P. Lic. José A. Marcone, I.V.E.
Jesús exaltado en la cruz
Según el pensamiento de la Iglesia, los evangelios de los tres últimos domingos de Cuaresma (Ciclo B) tienen como tema principal “la futura glorificación de Cristo por su cruz y resurrección”. Para esto se usarán tres textos de San Juan. Uno de ellos es el del domingo de hoy, cuarto de Cuaresma, Jn.3,14-21.
Dicho evangelio comienza con esta frase: “De la misma manera que Moisés levantó en alto la serpiente en el desierto, también es necesario que el Hijo del hombre sea levantado en alto, para que todos los que creen en Él tengan Vida eterna”. En esta frase está perfectamente expresada “la futura glorificación de Cristo por su cruz y resurrección”, cosa que trataremos de demostrar en este breve estudio exegético – teológico.
- ‘La hora’ de Jesús en S. Juan
El evangelio de San Juan hace recaer todo su peso teológico en ‘la hora’ de Jesús; es el evangelio de ‘la hora’ de Jesús. “Toda la vida de Jesús está de tal manera orientada, podría decirse, hacia aquella ‘hora’, que será el ápice de su existencia terrena”.
¿Cuál es ‘la hora’ de Jesús? ¿En qué consiste esa ‘hora’ de Jesús? San Juan nos lo irá develando paulatinamente.
San Juan, en un comienzo, habla de la ‘hora de Jesús’ diciendo que esa hora debe llegar pero no ha llegado todavía. En Jn.2,4 Jesús dice a su Madre en las Bodas de Caná: “Todavía no ha llegado mi hora”. Luego, en Jn.4,21 y 4,23 Jesús da ya algunas sugerencias acerca de la naturaleza de esa ‘hora’, cuando dice a la samaritana que está por llegar una hora nueva, la hora de la verdadera adoración a Dios: “Jesús le dice: ‘Créeme, mujer, que llega la hora en que, ni en este monte, ni en Jerusalén adoraréis al Padre. (…) Pero llega la hora (ya estamos en ella) en que los adoradores verdaderos adorarán al Padre en espíritu y en verdad’.” En 5,25.28 Jesús manifiesta a los fariseos en qué consiste su hora: “En verdad, en verdad os digo: llega la hora (ya estamos en ella), en que los muertos oirán la voz del Hijo de Dios, y los que la oigan vivirán. (…) No os extrañéis de esto: llega la hora en que todos los que estén en los sepulcros oirán su voz”. En estos dos últimos textos hay ya una descripción más exacta de la hora de Jesús: es la hora de la manifestación de Cristo como Dios, como Verbo, como Hijo de Dios, manifestación en la cual no creen los fariseos.
En Jn.7,30 y 8,20 se expresa que Jesús no fue apresado por los fariseos para ser lapidado porque ‘no había llegado su hora’. Con esto se está expresando que la hora de Jesús es la hora de su pasión y muerte.
A partir del cap. 12 comienza a decirse que ‘la hora está cercana’ o ‘ha llegado’. Y precisamente en ese momento, cuando comienza a decirse que ‘la hora está cercana’ o ‘ha llegado’, comienza también a presentarse a ‘la hora de Jesús’ como ‘la hora de la glorificación’ y no solamente ‘la hora del sufrimiento o de la muerte’. Son tres los pasos donde se marca claramente este giro.
- Durante la entrada a Jerusalén, con unos griegos que querían hablar con Él, 12,23: “Llegó la hora en que el Hijo del hombre debe ser glorificado’.
- En la solemne introducción de la cena, 13,1: “Había llegado la hora de pasar de este mundo al Padre”, lo cual implica su muerte, resurrección y ascensión, es decir, su glorificación. Es decir, ‘integra’ a la muerte, el triunfo de la resurrección y ascensión.
- Las primeras palabras de la oración sacerdotal, 17,1: “Padre, llegó la hora, glorifica a tu Hijo para que el Hijo te glorifique a ti”. Para un exégeta, A. George, la oración sacerdotal “es la oración de ‘la hora’, cuyo contenido es el profundo misterio de la indivisible unidad entre el sufrimiento y la glorificación”.
De manera que ‘la hora de Jesús’ según el Evangelio de San Juan es la hora de la manifestación de la divinidad de Jesús a través del Misterio Pascual completo: pasión, muerte, resurrección y ascensión a la derecha del Padre. Esta manifestación es expresada con la palabra glorificación. La hora de Jesús es, entonces, la hora de su glorificación.
En los sinópticos también aparece la frase ‘la hora de Jesús’: para ellos ‘la hora de Jesús’ es el momento más oscuro y terrible de la pasión de Jesús: el momento de sus sufrimientos. Por ejemplo, al final del relato de la agonía de Jesús en Getsemaní: “Llegó la hora: el Hijo del hombre es entregado en manos de los pecadores” (Mc.14,41). También en Lucas cuando se acerca la turba para arrestarlo se dice: “Esta es vuestra hora, la del poder de las tinieblas” (Lc.22,53).
Pero en Juan ‘la hora’ tiene una connotación mucho más profunda, completa e integral. Para San Juan ‘la hora de Jesús’ es la que ayuda vertebrar todo su evangelio. Pero además, “esa ‘hora’ no será, como en los sinópticos, la hora de las tinieblas -el Salvador entregado en las manos de los pecadores- sino la hora de la elevación sobre la cruz, y la hora de la glorificación”.
Y al decir esto último estamos entrando de lleno en el tema de nuestro evangelio de hoy. En efecto, era necesario explicar que todo el evangelio de San Juan se desarrolla en tensión hacia ‘la hora’ de Jesús, que esa ‘hora’ de Jesús es la hora de su glorificación y que su glorificación se identifica con el momento de su elevación sobre la cruz. Esta elevación sobre la cruz, en San Juan, más que un momento de profunda humillación, es el momento de la glorificación de Jesús, es el momento de su exaltación.
Y en el evangelio de hoy leemos: “Como Moisés levantó la serpiente en el desierto, así tiene que ser elevado el Hijo del hombre” (Jn.3,14-15). Para expresar ese ‘elevar’ de la serpiente y el ‘ser elevado’ de Cristo, San Juan usa el verbo griego hypsothênai que literalmente quiere decir ‘ser puesto por encima de’, es decir, significa ‘exaltar’. De hecho, San Jerónimo en la Vulgata lo traduce con el verbo latino ‘exaltari’. Vemos, entonces, cómo en el evangelio de hoy se pone en primera línea el tema de la glorificación y exaltación de Jesús por su elevación en la cruz. Y recordemos que la Iglesia celebra con una Fiesta especial “La Exaltación de la Santa Cruz”, en la cual se lee, precisamente, el mismo evangelio que leemos hoy, Jn.3,14-21, acompañado, en la primera lectura, por el texto de Núm.21,4-9, donde se narra el hecho histórico de las picaduras de serpientes entre el pueblo hebreo en peregrinación por el desierto y la confección de la serpiente de bronce por parte de Moisés.
- La exaltación (hypsothênai, exaltari)
“Como Moisés levantó la serpiente en el desierto, así tiene que ser levantado el Hijo del hombre”; éste es el tema central del evangelio de hoy y sobre el que debe versar nuestra predicación.
“El paralelismo con la serpiente de bronce en el desierto es aquí de gran importancia. La escena del libro de los Números (21,4-9) es muy conocida. Los israelitas, a causa de su espíritu de rebeldía, son castigados con picaduras de serpientes venenosas. Por indicación divina, Moisés pone sobre un asta una serpiente de bronce – que es un símbolo – y todos los que la miran con fe quedan curados. Ahora bien, esta imagen de bronce sobre el asta se convierte en ‘tipo’, es decir, en la prefiguración de Jesús sobre la cruz. Como Moisés erigió una serpiente de bronce sobre un asta, así el Hijo del hombre será elevado sobre el patíbulo de la cruz.”
Pero en San Juan esta prefiguración de Jesús sobre la cruz que se verifica en el signo de la serpiente de bronce, está unida a su glorificación. En efecto, el verbo hypsothênai, en la antigüedad, “tanto en lenguaje profano cuanto en el contexto bíblico, era usado para indicar el poder regio, el triunfo (cf. 1Mac.8,13; 11,16); ejercitando dicho poder sobre el pueblo, el rey era ‘elevado’ o ‘entronizado’.”
De manera que al decir San Juan que Jesús será ‘elevado’ en la cruz como lo fue la serpiente en el asta, está expresando metafóricamente el poder regio de Jesucristo. “San Juan tiene in mente esta imagen y la utiliza para evocar el tema del ejercicio del poder regio de Jesús sobre la cruz”.
“La serpiente es elevada sobre un asta algún metro sobre el suelo, visible para el pueblo, para que todos puedan mirarla con fe. Es esta exactamente la posición de Jesús sobre la cruz. (…) Jesús en la cruz ocupa una posición de dignidad, similar a la de un rey que reina sobre su pueblo. En Juan se opera entonces una transposición: al significado material de la elevación sobre la cruz, se agrega un significado simbólico del término ‘ser elevado’ para iluminar el tema de la realeza de Cristo, tan caro al evangelista”. Es decir, a la literalidad del vocablo ‘ser elevado’ se le agrega el sentido metafórico ‘ser entronizado’. O dicho de otro modo, el sentido literal es: ‘Jesús será elevado sobre la cruz como la serpiente lo fue sobre el asta’; pero el sentido pleno es: ‘Jesús, al ser clavado en alto, será enaltecido y exaltado, como un rey en su trono’.
“Para completar el razonamiento, es oportuno agregar que en la predicación de la Iglesia primitiva –los Hechos de los Apóstoles, las cartas de Pablo – la ascensión de Jesús es considerada como la entronización regia de Jesús en el cielo (cf. Hech.2,36; Fil.2,29). Allí Él se convierte en el Kýrios, el Señor. Pedro dice a la multitud: ‘Dios ha constituido Señor y Cristo a este Jesús que vosotros habéis crucificado’ (Hech.2,36). El aspecto bajo el cual es descripta la ascensión es aquel de la toma de posesión del reino. Juan anticipa este aspecto a la cruz. Él ve a Cristo elevado en la cruz como un rey que domina (en italiano: troneggia) sobre su pueblo, Señor y rey de los suyos”.
Vemos, entonces, cómo en esta frase del evangelio de hoy resplandece la unidad indivisible entre sufrimiento y glorificación. Podemos ver ahora todo reunido en un solo momento (‘la hora’): el sufrimiento, la exaltación y la glorificación de Jesús que se realiza cuando es elevado sobre la cruz.
Si bien con lo dicho hasta ahora ha quedado bien expresado el sentido pleno del texto del evangelio de hoy y se pueden sacar ya riquísimas consecuencias espirituales y pastorales para los fieles, queremos agregar algunas consideraciones sobre este importante verbo juáneo, hypsothênai.
San Juan usa este verbo en otros dos lugares más, ambos en boca de Jesús y referidos a su cruz. En 8,28: “Les dijo, pues, Jesús: ‘Cuando hayáis levantado (hypsothênai) al Hijo del hombre, entonces sabréis que Yo Soy’.” Y en 12,32-33: “ ‘Y yo cuando sea levantado (hypsothênai) de la tierra, atraeré a todos hacia mí’. Decía esto para significar de qué muerte iba a morir.” Éste último trozo es el que se leerá el próximo domingo, Domingo V de Cuaresma del Ciclo B, confirmando de esta manera que la Iglesia ve en este verbo hypsothênai una manifestación de la glorificación de Cristo a través de su cruz, tal como lo anunciaba en los Prenotanda del Leccionario, citado al principio de este estudio.
Estos dos textos agregan un matiz cada uno al concepto de exaltación de Jesús en la cruz. El texto de 8,28 agrega el hecho de que en la cruz se revelará definitivamente la divinidad de Jesús: “Yo Soy”, que es la traducción griega del nombre sacratísimo de Yahvhe. El texto de 12,32-33 agrega el hecho de que Jesús “reina ya desde la cruz, y or esto atrae a sí todos los hombres y forma, en torno a sí mismo sobre la cruz, el nuevo pueblo de Dios”. El domingo próximo habrá que afrontar en la predicación el tema de la cruz de Cristo como causa de la formación de la Iglesia y causa de unidad de todos los cristianos.
Otro aspecto interesante que presenta el evangelio de hoy lo descubrimos cuando comparamos nuestro texto con los evangelios sinópticos.
El mismo contraste existente entre la concepción de la ‘hora de Jesús’ para los sinópticos y para San Juan, lo encontraremos en el modo en que Jesús mismo anunciará su pasión. En efecto, en los sinópticos Jesús anuncia tres veces su pasión y lo hace mostrando el lado más humillante de ella: entregado a los sumos sacerdotes, condenado a muerte, entregado a los paganos, burlado, flagelado y crucificado (Mt.20,18-19)
Estos anuncios de la pasión faltan en Juan, pero hay textos paralelos que cumplen la misma función, sobre todo porque son anunciados con una necesidad teológica: ‘debe’, ‘es necesario’ (griego: deî, latín: oportet). Pero en lugar de decir, como los sinópticos, ‘debe ser entregado...etc.’, dice ‘debe ser elevado’, es decir, ‘debe ser exaltado’. Se habla de la elevación o levantamiento de Jesús, es decir, de la exaltación de Jesús. Y esta expresión: ‘debe ser elevado’, como ya hemos dicho, se encuentra solamente en los tres textos de San Juan ya mencionados: 3,14-15; 8,28; 12,32.
Así como para los sinópticos ‘la hora de Jesús’ es la hora de las tinieblas y para San Juan es la hora de la glorificación, así también, para los sinópticos el anuncio de la pasión es anuncio de humillaciones sin fin, pero para San Juan el anuncio de la pasión es anuncio de una exaltación.
Agreguemos finalmente dos anotaciones sobre el uso del verbo hypsothênai en el Antiguo Testamento y en la primera predicación cristiana.
El término ‘exaltación’ aplicado a Cristo se encuentra ya en el Antiguo Testamento. En efecto, el profeta Isaías, llamado ‘el quinto evangelista’, describe proféticamente en uno de los Cánticos del Siervo de Yahveh las humillaciones y dolores de Cristo. Pero allí mismo dice, según la versión griega de los LXX: “He aquí que mi Siervo tendrá éxito, será muy exaltado (verbo hypsothênai) y glorificado”. De ninguna manera puede tomarse ese texto, como algunos lo han hecho, en relación con su resurrección. Debe ser tomado en sentido metafórico como ‘ser puesto sobre un trono’, es decir, ‘exaltado’.
En los Hechos de los Apóstoles y en San Pablo el verbo hypsothênai se usa no para señalar la humillante crucifixión de Cristo entre cielo y tierra, sino la Ascensión de Cristo a los cielos. “Exaltado (hypsothênai) a la derecha de Dios, ha recibido del Padre el Espíritu Santo” (Hech.2,33). Y San Pablo: “Por esto, Dios lo ha sobre-exaltado (hýper – hypsothênai) y le ha dado el nombre que está por encima de todo nombre” (Fil.2,9)
Estas dos notas acerca del uso del verbo en el AT y en la primera predicación cristiana confirman que el ser elevado sobre la cruz es una exaltación.
Esta concepción de la cruz como glorificación debe llevar al predicador a hacer ver que la cruz de Cristo no es una maldición sino una bendición. En los primeros capítulos de la Primera Carta a los Corintios encontrará abundante materia para presentar a los fieles una correcta y resumida teología de la cruz.
También deberá el predicador transpolar todo lo que diga acerca de la glorificación de Cristo en la cruz, a la cruz concreta y cotidiana de los fieles. Estos deben comprender que todo tipo de sufrimiento, es decir, todo tipo de cruz debe ser afrontada como Cristo la afrontó: como una glorificación y no como una maldición. También deberá hacerle ver los frutos de la cruz. Esto también podrá hacerlo presentando algunos trozos de lo que la “Imitación de Cristo” dice acerca del “Camino regio de la cruz”, en Libro I, capítulos XI y XII.
Así, el evangelio de hoy y la predicación, encontrarán el lugar exacto dentro de la Cuaresma y será una preparación para la celebración del Misterio Pascual según el corazón de la Iglesia.
Sin embargo, queremos hacer una aplicación ayudados del gran Dante Alighieri. Él ha expresado en términos poéticos la profunda teología de San Juan sobre Cristo crucificado.
Podríamos decir que San Juan ve más allá que los Sinópticos. Coincide con ellos en que la hora de Jesús es la hora del sufrimiento y oscuridad, hora de las tinieblas. Pero alcanza a ver, con mirada penetrante y contemplativa, la gloria, el esplendor, la dignidad y el provecho de la cruz. La cruz es bella, y por eso está llena de gloria y esplendor. La cruz está llena de dignidad porque es elevación, porque estar en la cruz es reinar. Es provechosa porque ‘atrae a todos hacia sí’. Precisamente son estas líneas teológicas las que Dante prolonga en su Divina Comedia cuando se encuentra, en el quinto cielo, con una visión magnífica de la cruz.
El Dante ya está en el Paraíso y llega al quinto cielo, el cielo de Marte. En un momento dado (canto 14) es elevado más alto y vio brillar tan intensamente esa estrella que le dio una gran alegría (versos 85-87). Esa alegría le pareció una gracia tan grande que solamente podía agradecerse haciendo a Dios un holocausto total de sí mismo (“con tutto il core”), “como a la nueva gracia convenía” (88-90). Todavía no se había alejado de su corazón el calor del sacrificio que acababa de hacer que se dio cuenta de que Dios lo había aceptado (91-93).
Y en ese mismo momento aparece ante él la cruz de Cristo, formada por dos rayos de luz, hermosísima y radiante. Estaba formada por algo así como dos regueros de estrellas grandes y pequeñas (parecidos a la Via Lactea cuando está en todo su esplendor) que se extendían de un polo al otro de Marte, como se intersecan en ángulo recto los diámetros de una circunferencia, formando una cruz de brazos iguales (llamada cruz griega). Y en esa cruz estaba clavado Cristo y relampagueaba con inigualable esplendor, tanto que el Dante dice no tener ingenio ni arte para narrar lo que vio (94-104).
En medio de esta visión llena de luz y de centellantes estrellas (109-121), escucha una melodía que brotaba de la cruz que lo cautivaba completamente, aunque no entendía la letra. Era consciente que se trataba de una alabanza celestial, pero no llegaba a entenderla distintamente. A él le sonaba a ‘¡Resurge!’ y ‘¡Vence!’ (122-126).Y era tanto lo que lo enamoraba esta melodía de la cruz, que hasta ese momento (ya había estado en los cuatro primeros cielos) no había habido nada que lo atase con vínculos tan dulces (127-129). Incluso hasta piensa que algún lector puede considerar que sus palabras son demasiado osadas, teniendo en cuenta que pone este gozo de la cruz por encima del gozo de mirar los ojos de Beatriz. Pero esto se entiende, dice, por dos razones: en primer lugar porque durante ese tiempo no se había tornado a mirar los ojos de Beatriz, siempre más bellos. En segundo lugar, porque los placeres santos mientras más se progresa en alto más sinceros son (130-139, y fin del canto 14).
En medio de toda esta descripción rutilante de la cruz, en un momento dado, el Dante dice algo muy interesante: “El que toma su cruz y sigue a Cristo sabrá excusar lo que dejo de decir” (ma chi prende sua croce e segue Cristo, ancor mi scuserà di quel ch’io lasso) (105-108) .
De esta manera el Dante, magníficamente, con una sola pincelada literaria, traslada toda la teología joánea de la cruz al creyente individual y concreto. Él quiere decir: la maravillosa realidad de la cruz de Cristo y todo el esplendor de la teología de la cruz sólo puede ser entendida por aquel que ha llevado efectivamente la cruz que Dios ha permitido para él.