San Luis Bertrán
"Buscáis a Jesús Nazareno, el crucificado. Ha resucitado; no está aquí"
(Mc.16,6)
1.- Cuenta el glorioso San Marcos que el domingo, muy de mañana, vinieron tres mujeres al monumento del Señor para ungirlo y que, cuando llegaron, hallaron la piedra del sepulcro levantada y a un ángel que les dijo: «¿Buscáis por ventura a Jesús Nazareno, el crucificado? Pues ha resucitado y ya no está aquí». Y se cree piadosamente que en ese mismo momento estaba Cristo con la santísima Reina de los ángeles, Madre suya y Señora nuestra, la cual debió permanecer mucho tiempo con sus ojos pendientes por ver de divisar la entrada de su Hijo en su retirado cuarto. Estando en esa profundísima consideración, se cree que Cristo, nuestro Señor, le envió al arcángel San Gabriel, pues como él fue el embajador de la encarnación, lo fuese también de la resurrección. Entró, pues, éste en el aposento de María santísima con un cuerpo brillante y resplandeciente más que el sol, y postrado con muchísima humildad debió decirle: «Alegraos, Virgen santísima, que en seguida os llegará el descanso y la alegría de vuestro corazón; luego vendrá el Justo de los justos, el Santo de los santos, acompañado de los santos padres de la Antigua Ley».Y no hubo acabado de decirle esto, cuando al punto llegó Cristo en compañía de los ángeles, de los arcángeles, de los patriarcas, de los profetas y de los santos.
2.- ¿Qué lengua habrá que pueda explicar el acabado contento y singular gozo y alegría que debió sentir en este momento la santísima Virgen? ¡Cómo debió derribarse a los pies de Cristo y le diría: Oh pies santísimos! ¡Cuántos trabajos y amarguras me disteis, y cuánto contento, gozo y alegría me dais ahora! Pues, ¿qué lengua celestial puede haber tan afilada que sea capaz de declarar la singularísima satisfacción que recibiría la Virgen? Por eso, ¡alégrense los cielos, regocíjese la tierra, y salten de placer los ángeles! Además de esto, se cree muy piamente, que en este momento se le debió conceder también a la Virgen una visión de la divina esencia en la que vería y oiría aquellas músicas y melodías suavísimas, y aquellos cantares dulces y apacibles que continuamente están cantando delante de Dios los coros de los ángeles, de los arcángeles, de los querubines, de los serafines, de los tronos, de las dominaciones, de las potestades y de tantos santos padres, como en el cielo están rindiendo continuas alabanzas a Dios. Y todo eso fue para acrecentar el gozo y la satisfacción de María.
3.- Estaba la madre de Tobías llorando y lamentándose por el hijo que se había ido, y dice el texto sagrado que lloraba inconsolable y decía: ¡Ay de mí! ¡Ay de mi hijo! (Tb 10,4). Pero que cuando luego vio que volvía tan rico y hacendado, y con tantos despojos él y su esposa, que la madre no cabía de contenta y de placer. Pues considerad que después del Viernes Santo la Madre de Cristo estaba llorando con tanta amargura y tantas lágrimas, que más bien parecía inconsolable. Mas, ¿qué gozo no sintió, tal día como hoy, cuando le vio venir con tanto gozo, tan rico, con tantos despojos, y que traía a la sinagoga de la mano y a cada alma, como si fueran su esposa? Pues de este singular contento que recibió María sacamos en limpio que, como las manos y el corazón corren siempre parejos, si su corazón estaba ancho por la alegría y la satisfacción, también sus manos estarán anchas, abiertas y extendidas para hacer mercedes y usar de liberalidad con todos. Porque, si el Viernes pasado, aún estando el corazón de la Reina de los ángeles tan estrecho y con tanta angustia y dolor, nos acogimos a ella para pedirle su favor y ayuda para recibir la gracia, y no nos la negó; con cuánta mayor confianza podemos hoy pedírsela estando tan contenta y regocijada, que no cabe de placer. Por tanto, lleguémonos con mucha confianza a pedirle el favor y la ayuda de la gracia. Y puesto que le pedimos gracia, démosle la enhorabuena con gracia cantándole: ¡Reina del cielo, alégrate, aleluya! Porque el Señor, a quien has merecido llevar, aleluya, ha resucitado, según su palabra, aleluya. ¡Ruega al Señor por nosotros, aleluya!
4.- Dicen los cantores, y lo dicen con gran verdad, que el contrapunto, como es cosa dificultosa de interpretar, para que se haga con el orden y el concierto debidos, es menester que esté apoyado en el canto llano. Por eso, lo que os predique hoy acerca de esta fiesta de la santa resurrección del Señor, —lo cual es, como el contrapunto, algo dificultoso—, es menester que esté apoyado sobre el canto llano de la resurrección, esto es, viendo cómo sucedió, porque parece que existe alguna contrariedad entre los evangelistas, aunque a decir verdad no existe ninguna, porque todos escribieron movidos por el Espíritu Santo. Por eso he decidido contaros llanamente la historia de los hechos de dicha resurrección.
5.- Dice San Marcos que tres mujeres muy devotas y discípulas de Cristo, la noche de la Pascua andaban muy afanadas y ocupadas en comprar ungüentos y perfumes preciosos, para luego, a la mañana siguiente, ir a ungir el cuerpo de su Maestro (cfr. Mc 16,1-4). Y lo primero que cabe notar a este propósito es que, si estuvieron estas mujeres con María, la Madre de Jesús, al pie de la Cruz, bien vieron cómo José de Arimatea vino allí con permiso de Pilato para descender y bajar de la Cruz el cuerpo del Señor, y que con él venía otro noble caballero, llamado Nicodemo, que traía, como dice la Escritura, cien libras de ungüento y de mirra para sahumar y ungir el cuerpo de Cristo, y colocarlo en la sepultura (cfr. Jn 19,39). San Juan dice literalmente: Tomaron el cuerpo de Jesús y lo envolvieron en lienzos limpios con aromas, como es costumbre sepultar entre los judíos (ibíd. 40). Pues si esas mujeres habían visto que el cuerpo de Cristo estaba ya sahumado y ungido con tantos ungüentos y mirra, ¿a qué fin vienen hoy con otros ungüentos? ¿Por ventura no estaba lo suficientemente ungido con cien libras de ungüentos olorosos?
6.- Pues aquí debemos entender, hermanos, cuáles son las finezas del amor, al cual todo le parece poco, si él no mete las manos en lo que respecta a la persona amada. Por ejemplo, Marta tenía muchas criadas, las cuales hubieran podido ocuparse muy bien del servicio a Cristo como huésped cuando fue a su casa. Pero como ella le amaba tanto, no sólo se contentó que sus criadas se ocupasen de su servicio, sino que ella misma quiso poner sus manos en administrarle y servirle lo necesario. Más aún, era tanto el amor que le tenía, que no sólo ella y sus criadas se ocuparon de servir a Cristo, sino que incluso se quejó de que su hermana Magdalena no colaborara en dicho servicio; y es que todo le parecía poco para lo que se merecía su amado Maestro. Y por eso, según San Lucas, llega un momento en que se queja a Jesús, diciéndole: Señor, ¿no te importa nada que mi hermana me deje servir sola? Dile, pues, que me ayude (Lc 10,40). ¿Qué es lo que le causaba esta inquietud?... El fino y verdadero amor. Pues esto mismo sucede hoy con estas santas mujeres. Bien habían visto que el día de la muerte habían ungido el cuerpo de Jesús con ungüentos muy olorosos, pero les parecía poco o casi nada, si ellas no metían sus manos en la labor y no lo ungían también ellas. Y que éste es el verdadero efecto que causa el auténtico amor de Dios. Pues os digo de verdad, que aunque los hospitales estuviesen bien provistos de lo necesario, y los encarcelados y las viudas bien proveídos de lo que han menester, todo eso debería pareceros poco si vos mismo no pusieseis vuestras manos en ayudarlos, esto es, si vos mismo no os pusieseis a servir y a visitar a los enfermos con vuestros propios pies y manos, porque al fin ésa es la obra y el efecto que produce el verdadero y fino amor de Dios, como lo mostraron estas santas mujeres en el día de hoy, las cuales no se contentaron con la unción de Nicodemo, sino que ellas mismas quisieron hacerla por sí mismas.
7.- Así, pues, salieron de casa muy de mañana, y andando por el camino decían entre ellas: ¿Quién nos rodará la piedra de la puerta del sepulcro? (Mc 16,3). Mas, ¿cómo, santas mujeres, eso sólo es lo que os preocupa? ¿En eso radica toda vuestra dificultad? ¿No es mayor dificultad el temor al escuadrón de soldados que están delante del santo sepulcro, los cuales, en cuanto lleguéis, pensarán que sois ladrones y que venís a hurtar el cuerpo de Cristo, y os llevarán a la cárcel, en donde os aplicarán los mismos tormentos que a vuestro Maestro? ¿Cómo, pues, no decís: Quién nos librará de los soldados, en lugar de preguntaros sobre quién os quitará la piedra? Pues, entended, hermanos, que el amor todo lo pospone, y piensa que no hay cosa que se le resista ni que le impida realizar sus propósitos; más bien piensa que todo lo podrá vencer a trueque de alcanzar lo que ama y desea. Y estas santas mujeres van con tanto deseo de ver el santísimo cuerpo de Cristo y de ungirlo no sólo con ungüentos aromáticos sino con sus propias lágrimas, que por eso todo lo posponen, no sienten ningún temor, no les espantan los soldados, y si acaso las detuviesen están preparadas para morir allí junto al santo cuerpo del Señor. Pero, decidme, santas mujeres, aunque vuestro amor sea tan grande que todo lo pospone, ¿con qué fin os dirigís allí? ¿No sabéis que vosotras no podréis ladear la piedra, y que vuestra ida es en vano? Pues en esto conoceréis, hermanos, las espuelas del amor, que aquello que de por sí parece imposible, lo hace ligero y llano. Por eso, cuando queráis realizar una obra buena y santa, y el demonio os ponga tropiezos e impedimentos, pasad adelante, no os canséis, no os volváis desde mitad del camino, proseguidlo sin parar, como hicieron estas santas mujeres; pues cuando menos os percatéis, los impedimentos habrán desaparecido y lo hallaréis todo llano. ¡Oh, hermano!, si quisieres de verdad emprender la vida virtuosa al principio os parecerá que hay losas de piedra, que hay escuadrones de soldados, que hay grandes trabajos e impedimentos, pero cuando menos os percatéis hallaréis que todos ellos han sido quitados.
8.- Al fin estas santas mujeres se fueron hacia el sepulcro, y aunque salieron muy de mañana, antes de que apareciese el día, sin embargo, cuando llegaron, el sol ya estaba muy alto, y eso, no porque caminasen perezosas, ni porque fuesen despacio por el camino, pues más bien fueron volando como las águilas. Entonces, ¿por qué tardaron tanto? Yo os lo diré. Yendo de Jerusalén hacia el sepulcro, pasaron por el monte Calvario, y hallaron allí la Cruz, porque como era día de fiesta no la habían quitado, y cuando llegaron a la Cruz se pararon, y renovaron y refrescaron en su memoria los dolores que allí había padecido Cristo; allí refrescaron todas sus llagas y todas las palabras que le oyeron pronunciar desde la Cruz. Comenzaron a rumiarlo y a contemplarlo todo de nuevo, y se entretuvieron tanto, que les amaneció el sol, y estaba ya muy alto, cuando recordaron adonde iban, y se pusieron en camino porque cerca estaba el huerto y el sepulcro en donde habían depositado el cuerpo del Señor. Cuando llegaron, encontraron a los guardas como muertos, y de nada se espantaron. ¡Ved qué animo y qué corazón de mujeres!
9.- Pasaron más adelante, y hallaron a un ángel hermosísimo, vestido con una ropa blanca y sentado sobre la piedra del monumento, que estaba levantada, y éste les dijo: «No temáis, santas mujeres, porque los que buscan a Dios no tienen por qué temer; los que han de temer son los que le crucificaron, ésos han de temblar; pero vosotras que le buscáis con el ungüento del amor no tenéis por qué temer». Y después que las hubo alentado y animado, añadió: «Buscáis a Jesucristo resucitado; no está aquí; ya ha resucitado. Andad vosotras y llevad estas nuevas al Cenáculo de los Apóstoles y a San Pedro». Así, pues, se fueron hacia allá las santas mujeres, y comenzaron a contar lo que habían visto y oído. Los Apóstoles primero pensaron que deliraban y que estaban locas; pero como las oyeron contarlo con tanta persuasión, luego se fueron hacia allá San Juan y San Pedro, para comprobar si así era, y las tres mujeres volvieron tras ellos; y como al llegar vieron que el sepulcro estaba abierto y era verdad, se fueron de nuevo con estas noticias a los otros Apóstoles, y las Marías se quedaron en el huerto. María Magdalena estaba junto al sepulcro llorando y gimiendo continuamente; las otras dos se paseaban por el huerto, distrayéndose del trabajo y de la angustia que tenían; pero la Magdalena, como más enamorada, se mantuvo siempre en el sepulcro, porque, como suele decirse: El amor la hacía estar, y el dolor la hacía llorar. Observad cuánto puede la tristeza, que llega a agotar y endurecer el entendimiento, el juicio y la razón, hasta el punto que nada más volver de Jerusalén al sepulcro, ya se les había olvidado lo que les había dicho el ángel, que Cristo había resucitado y que no estaba allí. Pero ellas aún lloraban como si estuviera muerto, y pensaban que lo habían hurtado, y por eso estaban tristes.
10.- María Magdalena pensaba: "Si me voy, cuando vuelva hallaré el sepulcro derribado; prefiero, pues, quedarme aquí junto al sepulcro de mi Maestro". Por eso no hacía más que ir y venir, apartábase un poquito y luego volvía; hasta que al final su perseverancia halló la perla que buscaba. Se le aparecieron dos ángeles que le dijeron: Mujer, ¿por qué lloras? (Jn 20,13). ¿A quién buscas? ¿Por qué buscas entre los muertos al que vive? (Lc 24,5) ¿Por qué lloras como muerto, al que ya ha resucitado? Ella les respondió: Porque se han llevado a mi Señor y no sé dónde lo han puesto (ibíd.). Mirad cuán turbada estaba aún por la tristeza, que no entendió lo que le habían dicho. Luego vio a otro hombre que le preguntó lo mismo: Mujer, ¿por qué lloras? ¿A quién buscas? Y ella pensando que era el hortelano le dijo: Señor, si tú te lo has llevado, dime dónde lo has puesto y yo lo cogeré (ibíd. 15). ¡Mira qué varonil ánimo el de esta mujer! Si tú te lo has llevado —le dice—, dime dónde está, que yo me atrevo a llevármelo. Viendo esto el Señor, no pudo contenerse por más tiempo, y abriendo su santísima boca, pronunció el nombre con el que solía llamarla, y le dijo: ¡María, María! ¿Esa es la fe que tienes en mí? ¿Esa es la memoria que guardas de las palabras que yo te dije? ¿Es ésta la eficacia que hicieron en ti mis milagros?
11.- En cuanto María lo vio y reconoció, quiso derribarse a sus pies diciendo: ¡Maestro! Pero el Señor le dijo: Deja de tocarme, porque todavía no he subido al Padre. Ve a mis hermanos y diles: Subo a mi Padre y a vuestro Padre, a mi Dios y a vuestro Dios (ibíd. 17). El glorioso Padre San Agustín explica estas palabras diciendo: Cristo no habla solamente de "mi Padre", sino de "mi Padre y vuestro Padre", pues de una manera es Padre mío, y de otra, vuestro. Es padre mío por naturaleza; y es Padre vuestro por gracia. Y tampoco habló de "nuestro Dios", sino de "mi Dios", bajo el cual estoy en cuanto hombre, y de "vuestro Dios" porque entre él y vosotros estoy yo como mediador. Y le mandó que llevase esta buena noticia a San Pedro y a los otros Apóstoles, para que no perdiesen la confianza, antes bien recobrasen la esperanza.
12.- En oyendo esta santa nueva, la Magdalena comenzó a caminar hacia el Cenáculo de los Apóstoles en Jerusalén, y encontrando por el camino a las otras mujeres, les anunció las buenas noticias. Y mientras andaban las tres en compañía, de nuevo se les apareció Jesús por el camino, para premiarles el buen servicio y la buena obra que habían hecho de acompañar a María Magdalena, y entonces les mostró un mayor amor, porque les dejó que le tocaran y adoraran, pues ya tenían más fe (cfr. Mt 28,9). Cuando al fin llegaron al Cenáculo, hallaron que los discípulos estaban muy alborotados, pues unos decían que el Maestro había resucitado, y otros que no. Estando en esta contienda, les dijeron las mujeres: «Hermanos, no tenéis que dudar. Nosotras lo hemos visto y lo hemos tocado con estas manos, y con esta boca hemos besado sus pies, y nos mandó que os trajésemos esta buena nueva». Y aunque la mayoría les dio crédito a lo que decían, su fe no fue total, hasta que llegó San Pedro, al cual también se la había aparecido el Señor, y llegaron los dos discípulos de Emaús con la misma noticia. Y fue entonces, estando todos comentando que había resucitado, y teniendo cerradas las puertas del Cenáculo, cuando Jesús entró en medio de ellos y les dijo: ¡Paz con vosotros! (Jn 20,21) Y de esta manera los consoló, los animó, los esforzó y los confortó, dándoles mucha gracia y poder para perdonar los pecados.
13.- Hasta aquí, hermanos, la historia fidelísima y como la substancia de lo que los evangelistas nos cuentan acerca de la resurrección del Señor. (Éste es) el canto llano del relato de los hechos (…). De esta santísima fiesta afirma Isaías: Me acordaré de las misericordias del Señor, y al Señor alabaré por todas las cosas que él ha hecho en favor nuestro (Is 63,7). Es decir, que siempre que celebramos alguna fiesta es para que nos acordemos de las misericordias del Señor, y las tengamos perpetuamente en la memoria, y las refresquemos, para darle gracias al Señor por ellas. Por otra parte, las fiestas también se celebran para que sean en nuestras almas como la leña que las encienda en fuego vivo de amor y de caridad. Pero entre todas las fiestas, la más principal e importante es la de hoy, por eso dice el Salmista: Este es el día que hizo el Señor (Sal 117,24). Pero, ¿acaso los otros días no los hizo el Señor?... Sí, por cierto, y en todos nos concede mercedes; pero en éste de una manera más particular, porque esta fiesta es nuestra gloria y nuestro contento. Hoy celebramos la fiesta de nuestra Cabeza, de donde se sigue, que si él está vivo, también nosotros; y si él dijo: Yo soy la vid y vosotros los sarmientos (Jn 15,5), síguese también que si la vid y la cepa resucitan y tienen vida, necesariamente han de tenerla igualmente los pimpollos y los sarmientos. Por consiguiente, su resurrección es nuestra resurrección, y su vida es nuestra vida, que comienza en él como Cabeza y termina en nosotros como en sus miembros. Por tanto, hermanos, nuestra es la fiesta, la gloria, el contento y el regocijo, pues hoy se nos pone delante el modelo según el cual hemos de ser nosotros gloriosos un día.
(…)
(San Luis Bertrán, Obras y sermones, vol. II, pp.1-7 )