Mons. Fulton J. Sheen
La despedida del Divino Amante
Las palabras del Maestro corrían ahora más libremente desde que se había suprimido la presencia embarazosa del traidor. Además, la partida de Judas hacia su misión traicionera hacia que la cruz estuviera a una distancia más concreta y mensurable de nuestro Señor. Este habló a sus apóstoles como si ya sintiera en su carne el contacto del ignominioso madero. Si su muerte había de ser glorificadora, debíase a que con ella había de realizarse algo que no habían hecho sus palabras, sus milagros, ni su curación de enfermos. Durante toda su vida había estado tratando de comunicar su amor a la humanidad, pero mientras su cuerpo, a modo del vaso de alabastro de Maria, no se rompiera, no era posible que el aroma de su amor se difundiera por todo el universo. Dijo también que, en la cruz, su Padre seria glorificado. Esto fue porque el Padre no perdonó a su Hijo, sino que lo ofreció para salvar a los hombres. Dio un sentido nuevo a su muerte: que de su cruz irradiarían la clemencia y el perdón de Dios.
Ahora se dirigía a sus apóstoles como un padre moribundo a sus hijos y como un Señor moribundo a sus siervos.
Hijitos, todavía un poco estoy con vosotros. (Jn 13, 33)
Aquí estaba hablando en términos de la más profunda intimidad a los que se hallaban a su alrededor, respondiendo una tras otra a las pueriles preguntas de ellos. Puesto que eran como niños en cuanto al grado en que les era dado entender el misterio de su sacrificio, Jesús empleó el sencillo símil de un camino por el que de momento ellos no podían ir:
A donde yo voy, vosotros no podéis venir. (Jn 13, 33)
Cuando vieran las nubes de gloria que ocultaban al Señor en su ascensión a los cielos comprenderían por qué no podían ir con El de momento. Más adelante le seguirían, pero primero necesitaban pasar por la escala del Calvario y de Pentecostés. Lo poco que los apóstoles entendían la vida de Jesús se echa de ver en la pregunta que hizo Pedro:
Señor, ¿adónde vas? (Jn 13, 36)
Incluso en su curiosidad se revelaba el hermoso carácter de Pedro, ya que no podía soportar la idea de tener que separarse de su Maestro. Nuestro Señor le respondió:
A donde yo voy, tú no puedes seguirme ahora, pero me seguirás más tarde. (Jn 13, 36)
Pedro no era apto aún para darse cuenta de una manera más profunda de lo que había de ser la resurrección. La hora del Salvador había llegado, pero la de Pedro todavía no. De la misma manera que en el monte de la transfiguración quería Pedro la gloria sin la muerte, así ahora habría querido la compañía del divino Maestro sin tener que pasar por la cruz. Pedro consideró que el Señor, al responderle que le seguiría más tarde, estaba aludiendo a su valor y fidelidad, por lo cual hizo otra pregunta y declaróse capaz de todo por su Maestro:
Señor, ¿por qué no puedo seguirte ahora? Daría mi vida por ti. (Jn 13, 37)
El vehemente deseo de Pedro en aquel instante era seguir a Jesús; pero, cuando se ofreciera la ocasión para ello, no quería hallarse en el Calvario. Escudriñando en el corazón de Pedro, nuestro Señor le predijo lo que ocurriría al ofrecérsele una ocasión para ir en pos de El:
Darías tu vida por mí? En verdad, en verdad te digo que no cantará el gallo sin que me hayas negado tres veces. (Jn 13, 38)
La mente omnipotente de nuestro Señor describió así la apostasía de uno a quien El mismo había designado como 'la Roca'. Pero, después de la venida de su Espíritu, Pedro le seguiría. La significación de esto se nos ha conservado en una hermosa leyenda que nos presenta a Pedro huyendo de la persecución de Nerón en Roma. Pedro encontró al Señor en la via Apia, y le dijo: '¿Adónde vas, Señor?' Nuestro Señor le contestó: 'Voy a Roma a ser crucificado de nuevo'. Pedro regresó a Roma y fue crucificado en el lugar donde actualmente se encuentra la basílica de San Pedro. El sagrado corazón miraba ahora más allá de aquella hora tenebrosa, hacia los días en que El y sus apóstoles y sus sucesores serian una sola cosa con El en Espíritu. Si algún momento había más apropiado para apartar la mente del futuro, era precisamente aquel momento aciago. Pero, comoquiera que ya había hablado Jesús de la unidad de El y sus apóstoles por medio de la eucaristía, ahora volvería a tocar el mismo tema bajo la figura de la vid y los sarmientos. La unidad de que les hablaba no era como la que existía en aquel momento, puesto que dentro de una hora ellos le abandonarían y huirían. Más bien se trataba de la unidad que quedaría consumada por medio de su glorificación. La figura de la viña que Jesús empleó era muy familiar en el Antiguo Testamento. Israel se comparaba a una vid, aquella que había sido tomada de Egipto. Isaías decía que Dios había plantado aquella vid escogida. Jeremías y Oseas se lamentaban de que no produjeran fruto. De la misma manera que nuestro Señor, en comparación con el maná que fue dado a Moisés, se llamaba a Si mismo el 'verdadero Pan'; como en comparación con las brillantes luces de la fiesta de los tabernáculos, se designó a si mismo como la 'verdadera Luz'; como, en comparación al templo construido por manos de hombre, se llamó a si mismo el 'Templo de Dios', así ahora, comparándose a la vid de Israel, dijo:
Yo soy la vid verdadera, y mi Padre es el labrador. (Jn 15,1)
La unidad entre El y sus seguidores del nuevo Israel seria semejante a la unidad que existe entre la vid y los sarmientos; la misma savia o gracia que corría por El correría a través de ellos.
Yo soy la vid, vosotros los sarmientos: el que mora en mí, y yo en él, éste lleva mucho fruto; porque separados de mí nada podéis hacer. (Jn 15,5)
Separado de El, una persona no es mejor que un sarmiento separado de la vid, seco y muerto. El sarmiento ostenta los racimos, es cierto, pero no los produce; sólo El puede producirlos. Cuando estaba encaminándose a la muerte les dijo que viviría, y que ellos vivirían con El. Veía más allá de la cruz, y afirmaba que la vitalidad y la energía de ellos procedería de El, y que su relación sería orgánica, no mecánica. Estaba viendo a los que profesaban estar unidos externamente a El, pero que, sin embargo, estarían separados de El interiormente. Vio a otros que precisarían de que el Padre los purificara por medio de una cruz y a esto aludía al hablar de una poda que había de realizarse:
Todo sarmiento en mi que no lleva fruto, lo quita mas todo aquel que lleva fruto, lo poda, para que lleve más fruto. (Jn 15,2)
El ideal de la nueva comunidad es la santidad, y el que tiene en sus manos la podadera es el Padre celestial. El objeto de la poda no es castigar, sino castigar y perfeccionar juntamente, salvo en el caso de aquellos que son inútiles sarmientos; éstos quedan cortados, excomulgados de la vid. Cuando nuestro Señor llamó por primera vez a los apóstoles, hizo presente a todos ellos que debían sufrir por causa de El. Al ir hacia la cruz, les dio a comprender de una manera nueva aquel primer mensaje de que habían de tomar todos los días la cruz e ir en pos de El. La unidad con El no la alcanzarían simplemente por medio del conocimiento que tuvieran de sus enseñanzas, sino principalmente cultivando dentro de ellos el elemento divino, por medio de la poda de todo lo que fuera indigno de Dios:
Si alguno no permaneciere en mi será echado fuera como un sarmiento, y se secará; y a los tales los recogerán, y los echarán en el fuego, y serán quemados. (Jn 15,6)
Uno de los efectos que produciría la autodisciplina encaminada a lograr esta unión entre ellos y El, sería el gozo. La abnegación no produce tristeza, sino, al contrario, felicidad.
Estas cosas os he dicho, para que quede mi gozo en vosotros, y vuestro gozo sea completo. (Jn 15, 11)
Hablaba de gozo cuando faltaban pocas horas para que recibiera el beso de Judas; pero el gozo a que estaba refiriéndose no se hallaba en la perspectiva del sufrimiento que le aguardaba, sino más bien se trataba del gozo de someterse completamente en amor a su Padre por el bien de la humanidad. De la misma manera que hay una especie de gozo en dar la vida por la humanidad. El gozo de la abnegación era el que El les prometió que experimentarían si guardaban los mandamientos que El les daba como mandamientos recibidos de su Padre celestial. Aquellos pobres apóstoles, que estaban viendo cómo se desvanecía la ilusión que se habían forjado de un reino puramente terreno, no eran capaces de comprender el verdadero sentido de las palabras de Jesús al hablarles de aquel gozo espiritual; lo comprenderían más adelante, cuando el Espíritu viniera sobre ellos. Inmediatamente después de Pentecostés, hallándose delante del mismo sanedrín que había condenado a muerte a Cristo, los corazones de ellos se sentirían tan dichosos debido a que, al igual que sarmientos, habían sido podados para hacer de ellos. una sola cosa con la Vid:
En cuanto a ellos, se fueron del sanedrín, gozosos de haber sido considerados dignos
de padecer ultrajes a causa del nombre. (Hechos 5,1).
Además del gozo, otro efecto de la unión con El sería el amor.
Éste es, pues, mi mandamiento: que os améis los unos a los otros, como yo os he amado. Nadie tiene amor más grande que aquel que da la vida por sus amigos. (Jn 15,12-13)
El amor es la relación normal de los sarmientos unos para con otros, porque todos tienen un asiento en la vid. El amor de Jesús seria un amor sin limites. Una vez, Pedro puso un limite al amor al preguntar cuántas veces había de perdonar. ¿Siete veces, acaso? Nuestro Señor le respondió que era preciso perdonar setenta veces siete, lo cual significaba un número ilimitado de veces y negaba todo cálculo matemático. El amor de Jesús carecía de límites, pues El había venido a este mundo para dar su vida.
Nuevamente hablaba ahora del propósito de su venida, o sea de la redención. El carácter voluntario de ella quedó subrayado al decir que El daba espontáneamente su vida, sin que nadie se la quitara. Su amor sería como el sol: aquellos que estuvieran más cerca, experimentarían su calor y se sentirían dichosos; aquellos que estuvieran lejos, todavía tendrían ocasión de conocer su cruz.
Sólo mediante la muerte para bien de los otros era como podía demostrar su amor. Su muerte no era como la de una persona que se sacrifica por otra, como un soldado que muere por su patria, puesto que para el hombre que se salva también llegará un momento en que habrá de morir. Por grande que fuera su sacrificio, no sería más que un pago prematuro de una deuda que un día u otro tenía que pagar. Pero, en el caso de nuestro Señor, El no tenía necesidad de morir nunca. Nadie podía arrebatarle la vida. Aunque llamaba 'amigos' a aquellos por los cuales iba a morir, la amistad estaba toda entera de su parte y no de la nuestra, ya que nosotros, por ser pecadores, éramos enemigos de El. Más adelante Juan expresó esto de una manera acertada al decir que Cristo murió por nosotros a pesar de que éramos pecadores.
Los pecadores pueden manifestar un amor reciproco al tomar sobre si el castigo merecido por otro. Pero nuestro Señor no sólo estaba tomando sobre si el castigo, sino también la culpa, como si fuera suya. Además, esta muerte que pronto iba a sufrir era completamente distinta de la muerte de los que padecieron el martirio por causa suya, ya que éstos tuvieron el ejemplo de su muerte y la esperanza de la gloria que les estaba prometida. Pero morir en una cruz sin una mirada compasiva, rodeado por una muchedumbre que le escarnecía, y morir sin tener obligación de morir... esto si que era el colmo del amor. Los apóstoles no podían por el momento comprender este abismo de amor, pero lo comprenderían más tarde. Pedro, que en aquellos instantes nada entendía acerca de tal amor que se sacrifica por los demás, más adelante, al ver a sus ovejas dirigirse a la muerte durante la persecución romana, les diría:
Porque es una gracia soportar agravios por conciencia para con Dios, padeciendo injustamente. Pues, ¿qué gloria es soportar los golpes si habéis cometido una falta? Pero si cuando hacéis bien, y padecéis por ello, lo sufríos con paciencia, esto es una gracia de Dios.
Porque a esto mismo fuisteis llamados; pues que Cristo también sufrió por vosotros, dejándoos ejemplo, para que sigáis sus pisadas. (1 Pedro 2, 19-21).
También Juan parafrasearía lo que oyó aquella noche mientras se recostaba sobre el pecho de Cristo:
En esto conocemos el amor, porque El puso su vida por nosotros; y nosotros debemos poner nuestras vidas por los hermanos. (1 Jn 3, 16)
(Mons. Fulton J. Sheen, Vida de Cristo, Editorial Herder)