Raymond Brown
El pedido de un signo
(Jn.6,25-34)
Antes del texto de Jn.6,24-35, se encuentra la caminata de Jesús sobre las aguas del Mar de Galilea (6,16-24), que tiene algunas indicaciones muy importantes que iluminan tanto el precedente milagro de la multiplicación de los panes como el siguiente Discurso del Pan de Vida. Hagamos un brevísimo comentario a este hecho.
Como en Marcos y en Mateo, los discípulos están en dificultades, superados por una tempestad, cuando Jesús se acerca a ellos sobre el agua. Pero el punto central del relato en Juan no es Jesús que aplaca las olas del mar, sino más ben la afirmación majestuosa: “No temáis. YO SOY”. Este “Yo soy” puede ser considerado como una forma del nombre divino revelado a Moisés sobre el Sinaí, antes de la Pascua. (Algunos estudiosos en el camino sobre la superficie de las aguas llegan a entrever el tema del pasaje del Mar Rojo).
La muchedumbre sigue a Jesús hasta Carfanaúm y le pregunta: “¿Cómo has venido hasta aquí?”. Con un juego de palabras muy típico de San Juan, Jesús responde que él ha venido del cielo. (Es de notar cuánto se parece la conversación que sigue con la conversación con la samaritana en el capítulo 4. Y así se establece un paralelismo bastante cercano entre 6,27 con 4,13; 6,30-31 con 4,12; 6,33 con 4,14; 6,34 con 4,15).
Como siempre, las aspiraciones de la muchedumbre están sobre un plano material: los hombres ven el elemento milagroso del signo, pero no apresan su significado profundo. Jesús trata de elevarlos por sobre la perspectiva material, pero se encuentra con una persistente incapacidad para comprender. “Los judíos” introducen el argumento pascual del maná y del éxodo. (Según la literatura rabínica, el Mesías repetiría el milagro del maná). Pero estos galileos no se dan cuenta que el maná mesiánico es la Palabra de Dios: enseñanza divina y divina sabiduría (Deut.8,3; Prov.9,2-5). No se trata del pan del desierto, dado por Moisés, sino de Jesús, el pan dado y donado ahora por el Padre.
(BROWN, R., Il Vangelo e le Lettere di Giovanni. Breve comentario, Ed. Queriniana, Brescia, 1994, p. 60 - 61; traducción del equipo de Homilética)
Manuel de Tuya
Discurso sobre la diferencia y necesidad de un alimento espiritual
(Jn.24-35)
El encuentro de Cristo con las turbas en la región de Cafarnaúm da lugar a este primer diálogo, tan del gusto de Jn.
La pregunta que le hacen con el título honorífico de “Rabí”: “¿cuándo has venido aquí?” lleva un contenido sobre el modo extraordinario como vino. Sabían que no se había embarcado ni venido a pie con ellos. ¿Cómo, pues, había venido? Era un volver a admitir el prodigio en su vida.
La respuesta de Cristo soslaya aparentemente la cuestión para ir directamente al fondo de su preocupación. No le buscan por el milagro como “signo” que habla de su grandeza y que postula, en consecuencia, obediencia a sus disposiciones, sino que sólo buscan el milagro como provecho: porque comieron el pan milagrosamente multiplicado. Que busquen, pues, el alimento no temporal, aun dado milagrosamente, sino el inmortal, el que permanece para la vida eterna 24, y éste es el que dispensa 25 el Hijo del hombre 26 — el Evangelio — , y cuya garantía es que el Padre, que es al que ellos “llaman Dios” (Jua_8:54), “selló” al Hijo.
Un legado lleva las credenciales del que lo envía. Y éstos son los milagros, los “signos.” Así les dice: pero “vosotros no habéis visto los signos” (v.26; Jua_3:2).
Hasta aquí las turbas, y sobre todo los directivos que intervienen, no tienen dificultad mayor en admitir lo que Cristo les dice, principalmente por la misma incomprensión del hondo pensamiento de Cristo. Por eso, no tienen inconveniente en admitir, como lo vieron en la multiplicación de los panes, que Cristo esté “sellado” por Dios para que enseñe ese verdadero y misterioso pan que les anuncia, y que es “alimento que permanece hasta la vida eterna.”
De ahí el preguntar qué “obras” han de practicar para “hacer obras de Dios,” es decir, para que Dios les retribuya con ese alimento maravilloso. Piensan, seguramente, que puedan ser determinadas formas de sacrificios, oraciones, ayunos, limosnas, que eran las grandes prácticas religiosas judías.
Pero la respuesta de Cristo es de otro tipo y terminante. En esta hora mesiánica es que “creáis en aquel que El ha enviado.” Fe que, en Jn, es con obras (Jua_2:21; cf. Jua_13:34). La turba comprendió muy bien que en estas palabras de Cristo no sólo se exigía reconocerle por legado de Dios, sino la plena entrega al mismo, lo cual Jn toca frecuentemente y es tema de su evangelio.
Los oyentes, ante esta pretensión de Cristo, vienen, por una lógica insolente, a pedirle un nuevo milagro. En todo ello late ahora la tipología del éxodo. El “desierto,” la multiplicación de los panes en él, contra el que evocará la turba el maná; la “murmuración” de estos judíos contra Cristo, como Israel en el desierto, y, por último, la Pascua próxima, es un nuevo vínculo al Israel en el desierto. Ya el solo hecho de destacarse así a Cristo es un modo de superponer planos para indicar con ello, una vez más, la presentación de Cristo como nuevo Moisés: Mesías.
Los judíos exigían fácilmente el milagro como garantía. San Pablo se hace eco de esta actitud judía (1Co_1:22). Y Godet, en su comentario a Jn, escribe: “El sobre naturalismo mágico era la característica de la piedad judía.” 27
La multiplicación de los panes les evocaba fácilmente, máxime en aquel lugar “desierto” en el que habían querido proclamarle Rey-Mesías, el milagro del maná. Y esto es a lo que aluden y alegan. Los padres en el desierto comieron el maná (Exo_16:4ss). La cita, tal como está aquí, evocaba, sobre todo, el relato del maná, pero magnificado en el Salterio, en el que se le llama “pan del cielo” (Sal_105:40; Neh_9:15; Sal_16:20). La cita era insidiosa. Pues era decirle: Si Moisés dio el maná cuarenta años, y que era “pan del cielo,” y a una multitud inmensamente mayor, pues era todo el pueblo sacado de Egipto, y, a pesar de todo, no se presentó con las exigencias de entrega a él, como tú te presentas, ¿cómo nos vamos a entregar a ti? Por lo que le dicen que, si tiene tal presunción, lo pruebe con un milagro proporcionado.
Estaba en el ambiente que en los días mesiánicos se renovarían los prodigios del éxodo (Miq_7:15). El Apocalipsis apócrifo de Baruc dice: “En aquel tiempo descenderá nuevamente de arriba el tesoro del maná, y comerán de él aquellos años.” 28 Y el rabino Berakhah decía, en síntesis, sobre 340: “El primer redentor (Moisés) hizo descender el maná. e igualmente el último redentor (el Mesías) hará descender el maná.”
Si el Mesías había de renovar los prodigios del éxodo, no pasaría con ello de ser otro Moisés. ¿Por quién se tenía Cristo? ¿Qué “señal” tenía que hacer para probar su pretensión?
Pero la respuesta de Cristo desbarata esta argumentación, al tiempo que el climax del discurso se dirige a su culmen.
En primer lugar, no fue Moisés el que dio el maná, puesto que Moisés no era más que un instrumento de Dios, sino “mi Padre”; ni aquel pan venía, en realidad, del cielo, sino de sólo el cielo atmosférico; ni era el pan verdadero, porque sólo alimentaba la vida temporal; pero el verdadero pan es el que da la vida eterna; ni el maná tenía universalidad: sólo alimentaba a aquel grupo de israelitas en el desierto, mientras que el “pan verdadero es el que desciende del cielo y da la vida al mundo.”
¿A quién se refiere este pan que “baja” del cielo y da la vida al mundo? Si directamente alude a la naturaleza del verdadero pan del cielo, no está al margen de él su identificación con Cristo Si la naturaleza del verdadero pan de Dios es el que “baja” del cielo y da “la vida al mundo,” éste es Cristo, que se identificará luego, explícitamente, con este pan (v.35).
Los judíos, impresionados o sorprendidos por esta respuesta, tan categórica y precisa, pero interpretada por ellos en sentido de su provecho material, le piden que él les de siempre de ese pan, como la Samaritana (Jua_4:15). Probablemente vuelve a ellos el pensamiento de ser Cristo el Mesías, y esperan de El nuevos prodigios. Pero ignoran en qué consistan, y no rebasan la esperanza de un provecho material. Pero ese “pan,” que aún no habían discernido lo que fuese, se les revela de pronto: “Yo soy el pan de vida” (v.35).
(…)
Respecto al versículo 6,35, es la evocación del banquete de la Sabiduría (Pro_9:5; Isa_55:1.2). La Sabiduría invita a los hombres a venir a ella, a incorporarse a su vida. Así Cristo se presenta aquí evocando la Sabiduría. Es Cristo la eterna Sabiduría (Jua_1:3.4.5), a la que hay que venir, incorporarse y vivir de El (Jua_15:5; Jua_7:37.38).
Por eso, “el que está creyendo” en El en un presente actual y habitual, como lo indica el participio de presente en que está expuesta la fe del creyente, éste está unido a Cristo, Sabiduría y Vida, por lo que, nutriéndose de El, no tendrá ni más hambre ni sed, de lo que es verdadera hambre y sed del espíritu (Isa_5:49.10; Isa_55:1-3; Pro_9:5).
(DE TUYA, M., Evangelio de San Juan, en PROFESORES DE SALAMANCA, Biblia Comentada, BAC, Madrid, Tomo Vb, 1977)