San Juan Crisóstomo
Las pretensiones de los dos hermanos
- Sin embargo, nada de esto podía infundirles confianza, a pesar de que estaban constantemente oyendo hablar de resurrección. Y es que, juntamente con la muerte, lo que más los turbaba era oírle hablar de escarnios, de azotes y cosas semejantes. Ahora bien, cuando consideraban los milagros que el Señor había hecho, los endemoniados que había liberado, los muertos que había resucitado y los otros prodigios que había obrado, y le oían luego todo eso de insultos, azotes y muerte, se quedaban perplejos de que quien tales prodigios hacía, tales ignominias hubiera de sufrir. De ahí que pararan en verdadera confusión, y unas veces lo creían y otras se negaban a creerlo y no podían comprender lo que se les decía. Y hasta punto tal había llegado su confusión, que a raíz mismo de haberles hablado el Señor de su pasión, los hijos de Zebedeo se le acercaron a hablarle a Él de los primeros puestos. Porque: Queremos—le dicen— que uno de nosotros se siente a tu derecha y el otro a tu izquierda —¿Cómo, pues, dice el evangelista que comentamos, que fue la madre quien se acercó al Señor a pedirlo para sus hijos —Es natural que se dieran ambas cosas. Los discípulos tomaron consigo a su madre para dar más eficacia a su pretensión y mover así más fácilmente a Cristo. Pero que en realidad, como he dicho, la pretensión venía de ellos y que sólo por vergüenza echan por delante a su madre, pruébalo el hecho de que a ellos dirige Cristo su respuesta. Pero sepamos antes qué es lo que le vienen a pedir estos dos discípulos, con qué intención lo piden y cómo pudieron tener ese pensamiento. — ¿Cómo, pues, vinieron en ello? —Es que se veían más honrados que los demás, y de ahí nació su confianza de que habían de salir con aquella pretensión. —Pero ¿qué es en definitiva lo que piden?
Escuchad con qué claridad nos lo descubre otro evangelista. Como estaban—dice—cerca de Jerusalén y la aparición del reino de Dios parecía inminente, de ahí la súplica de los dos discípulos. Imaginábanse éstos, en efecto, que el reino de Dios estaba ya llamando a las puertas y que era, naturalmente, un reino terreno, y que, de alcanzar lo que pedían, no habían de sufrir molestias en su vida. Porque tampoco buscaban el reino por el reino, sino con intención de huir de las dificultades de la vida. De ahí también que el primer cuidado de Cristo es apartarlos de tales pensamientos, mandándoles estar dispuestos a sufrir la muerte violenta, los peligros y los más duros suplicios, Porque: ¿Podéis—les dice—beber el cáliz que yo voy he de beber? Mas nadie se escandalice de ver tan imperfectos a los apóstoles. Todavía no se había consumado el misterio de la cruz, todavía no se les había dado la gracia del Espíritu Santo. No. Si queréis conocer su virtud, mirad lo que fueron después, y los veréis por encima de toda pasión. Y si el evangelista descubre sus defectos, es justamente por que conozcáis qué tales fueron después de recibida la gracia. Porque que nada espiritual buscaban antes y que no tenían ni idea, del reino del cielo, bien patente queda en esta ocasión. Mas veamos cómo se acercan al Señor y qué le piden: — Queremos dicen — que nos concedas lo que te vamos a pedir. Y Cristo a ellos: ¿Qué queréis?—les pregunta—. No porque ignorara lo que querían, sino para obligarles a contestar y descubrir su propia llaga, y aplicarles así la medicina. Mas ellos, confusos y avergonzados por haber dado aquel paso llevados de pasión humana, tomaron al Señor aparte de los otros discípulos y así le presentaron su demanda. Porque se adelantaron—dice el evangelista—sin duda para no ser vistos de los otros, y así le manifestaron lo que querían. Y querían, según yo creo, la preminencia, por haber oído decir al Señor: Os sentaréis sobre doce tronos; querían, digo, la preferencia entre aquellos doce asientos. Que la tenían ya sobre los otros, no les cabía duda; pero temían a Pedro. Y así dicen: Di que uno de nosotros se siente a tu derecha y otro a tu izquierda. Y le apremian con ese imperativo: Di. ¿Qué responde el Señor? Queriéndoles declarar que nada espiritual pedían, y que, de haber sabido lo que pedían, no se hubieran atrevido a pedir tamaña gracia, les dice: No sabéis lo que pedís. No sabéis cuán grande, cuán admirable, cuán por encima mismo de las potestades celestes está lo que pedís. Y luego añade: ¿Podéis beber el cáliz que yo voy a beber y bañaos en el baño en que yo he de bañarme? Mirad cómo inmediatamente los aparta de sus imaginaciones, hablándoles justamente de lo contrario que ellos buscaban. Porque vosotros—parece decirles—me venís a hablar de honores y coronas, pero yo os hablo a vosotros de combates y sudores. No es éste aún, el momento de los premios ni mi gloria celeste ha de manifestarse por ahora. Ahora es tiempo de derramar la sangre, de luchar y de pasar peligros. Y mirad por otra parte cómo, por el modo mismo de preguntarles, los incita y atrae. Porque no dijo: "¿Estáis disueltos a dejaros pasar a cuchillo? ¿Sois capaces de derramar nuestra sangre"?, sino ¿cómo? ¿Podéis beber el cáliz? Y luego, para animarlos: ¿Que yo voy a beber? Pues el tener parte con Él había de hacerlos más animosos. Y llama nuevamente baño a su pasión para dar a entender la grande purificación que por ella había de venir al mundo entero. Seguidamente le contestan: Podemos. Su fervor les impulsa a prometérselo inmediatamente, sin saber tampoco ahora lo que decían, pero con la esperanza de que recibirían lo que pedían. ¿Qué les dice, pues, Cristo? Mi cáliz, sí, lo beberéis, y con el baño que he de bañarme yo, os bañaréis también vosotros. Grandes bienes les profetiza. Como si les dijera: Seréis dignos de sufrir el martirio, sufriréis lo mismo que yo he de sufrir, terminaréis vuestra vida de muerte violenta, y en eso tendréis parte conmigo. Mas el sentaros a mi derecha o a mi izquierda no me toca a mí dároslo, sino a quienes está preparado por mi Padre.
SI PUEDE ALGUIEN SENTARSE A LA DERECHA DEL SEÑOR
- Habiendo, pues, levantado el Señor las almas de sus das discípulos, y ya que los hubo, hecho inatacables a la tristeza, pasa luego a corregir su petición. Pero ¿qué es en definitiva lo que aquí les dice? A la verdad, dos son los problemas que aquí se plantean muchos: uno, si está reservado para algunos sentarse a la derecha de Dios; y otro, si quien es Señor de todo no tiene poder de darlo a quienes les está reservado. ¿Cuál es, pues, el sentido de sus palabras? Si resolvemos el primer problema, el segundo quedará de suyo claro. ¿Qué hay, pues, que decir a la primera cuestión? Hay que decir que nadie ha de sentarse ni a la derecha ni a la izquierda de Dios. Aquel trono es inaccesible a todos. Y no digo a los hombres, a los santos y apóstoles, sino a los mismos ángeles y arcángeles ya todas las potestades de arriba. Por lo menos como privilegio del Unigénito lo pone Pablo cuando dice: ¿A quién de los ángeles dijo nunca: Siéntate a mi derecha hasta que ponga a tus enemigos por escabel de tus pies? Y a los ángeles dice: El que hace mensajeros suyos a los vientos. Más al Hijo: Tu trono, ¡Oh Dios!, por el siglo del siglo. ¿Cómo dice, pues, Jesús: El sentarse a la derecha o a la izquierda no me toca a mí darlo? ¿Es que pensaba que algunos habían de sentarse? —No pensaba que hubiera de sentarse nadie; nada de eso. Lo que hacía era responder conforme a la idea que tenían sus preguntantes y condescender con su flaqueza. ¿Qué sabían sus discípulos de aquel altísimo trono ni de sentarse a la diestra del Padre, cuando desconocían cosas muy inferiores a ésta y que estaban oyendo diariamente? Lo que ellos buscaban era conseguir los primeros puestos, estar delante de los otros, no tener delante de sí a nadie al lado del Señor. Ya lo he indicado antes: Como habían oído hablar de aquellos doce tronos, sin saber lo que tales tronos significaban, buscaron ellos la preferencia de asientos.
Lo que Cristo, pues, les quiere decir es esto: "Morir, ciertamente moriréis por mí, derramaréis vuestra sangre por el Evangelio y tendréis parte en mi pasión. Pero esto no basta para que alcancéis la preminencia en los asientos y ocupéis los primeros puestos. Porque, si viniere otro que, juntamente con el martirio, posea todas las otras virtudes en grado superior a vosotros, no porque ahora os amo a vosotros y os prefiero a los demás, voy, a rechazar al que pregonan sus obras y daros a vosotros la primacía". Claro que el Señor no les habló en estos términos para no contristarlos; pero veladamente les vino a dar a entender eso mismo al decirles: Mi cáliz, sí, lo beberéis, y con el baño que he de bañarme yo, también os bañaréis vosotros; mas sentarse a mi derecha o mi izquierda, no me toca a mí darlo, sino que pertenece a quienes está preparado por mi Padre. — ¿Y para quiénes está preparado? —Para quienes por sus obras han sido capaces de hacerse gloriosos. Por eso no dijo: "No me toca a mí darlo, sino a mi Padre", pues pudieran echarle en cara debilidad e impotencia para recompensar a sus servidores. — ¿Pues cómo dijo? —No es cosa mía, sino de aquellos para quienes está preparado. A fin de que resulte más claro mi pensamiento, pongamos un ejemplo y supongamos un agonoteta y luego un buen número de valientes atletas que bajan a la palestra. Dos de ellos, íntimos amigos del agonoteta, acercan y le dicen, confiando precisamente en su amistad y benevolencia: "Haz que a todo trance se nos corone y proclame campeones". El agonoteta les contestaría: "No me toca a mi dar eso, sino que pertenece a quienes se lo ganen por sus esfuerzos y sudores". ¿Tendríamos en este caso por débil el agonoteta? ¡De ninguna manera! Más bien le alabaríamos por su espíritu de justicia y su imparcialidad. Ahora bien, como a éste no le tendríamos por impotente para dar la corona, sino por hombre que no quiere infringir la ley de los combates ni turbar el orden de la justicia; por semejante manera diría yo que Cristo dio esa respuesta a sus dos discípulos para impulsarlos por todos lados a que, después de la gracia de Dios, pusieran la confianza de su salvación y de su gloria en sus propias buenas obras. De ahí que diga: Para quienes está preparado. Porque ¿y si aparecen otros mejores que vosotros? ¿Y si han llevado a cabo obras mayores que las vuestras? ¿Por ventura porque seáis mis discípulos, es ello bastante razón para que consigáis los primeros puestos, si vosotros no os mostráis dignos de la elección? Porque que Él sea señor de todo, es evidente por el hecho de que Él posee todo el juicio. Y es así que a Pedro le dijo: Yo te daré las llaves del reino de los cielos. Y lo mismo declara Pablo cuando dice: Ya sólo me falta la corona de justicia, que me dará el Señor, justo juez, en aquel día. Y no sólo a mí, sino a todos los que aman su aparición". Y aparición de Cristo se llama su presente advenimiento. Ahora bien, que nadie ha de estar delante de Pablo, cosa evidente es para todo el mundo. Por lo más, si Cristo dijo todo esto con alguna oscuridad, no hay porqué maravillarse. Quería Él despachar prudentemente a sus discípulos para que no le molestaran más sin razón ni modo sobre primacías, ya que todo el asunto procedía de pasión humana, y no quería, por otra parte, contristarlos demasiado. Una y otra cosa consigue por aquella relativa oscuridad.
LOS APÓSTOLES SE ENFADAN
Entonces se irritaron los diez contra los dos. Entonces. Cuándo? Cuando el Señor los hubo reprendido. Porque mientras la preferencia había sido decretada por Cristo, no se irritaron, y, por muy honrados que los vieran, lo aceptaban y callaban por respeto y consideración a su maestro. Quizá allá en sus adentros lo sentían, pero nada se atrevían a sacar a pública plaza.
Y cuando también de Pedro sintieron algún celillo humano, con ocasión de pagar el didracma, no se enfadaron, sino que se contentaron con preguntarle al Señor: Luego, ¿quién es el mayor en el reino de los cielos?" Mas como ahora la petición había partido de los dos discípulos, de ahí la irritación de los demás. Y ni aun ahora se irritan inmediatamente, es decir, en el momento de presentar aquéllos su petición, sino cuando Cristo los reprendió y les dijo que no habían de alcanzar los primeros puestos si no se hacían merecedores de ellos.
LA IMPERFECCIÓN DE LOS APÓSTOLES
- Ya veis cuán imperfectos eran todos, lo mismo estos dos, que intentaban levantarse sobre los diez, que los diez, que envidiaban a los dos. Mas; como anteriormente dije mostrádmelos después, y veréis cuán libres están de todas estas pasiones. Escuchad, por ejemplo, cómo este mismo Juan que ahora se presentó al Señor con esas pretensiones, luego cede siempre el primer lugar a Pedro, tanto para dirigir la palabra al pueblo como para obrar milagros. Testigo el libro de los Hechos de los Apóstoles. Y no oculta sus merecimientos, sino que nos relata la confesión que hizo cuando los otros se callaron y cómo más adelante entró en el sepulcro, y en todo momento lo antepone a sí mismo. Porque, como uno y otro asistieron a la pasión del Señor, Juan abrevia su propio elogio, diciendo simplemente: Aquel discípulo era conocido del pontífice. En cuanto a Santiago, no sobrevivió mucho tiempo, sino que, desde los comienzos, fue tal su fervor y, dejando atrás todo lo humano, se levantó en su carrera a tan inefable altura, que fue inmediatamente degollado. Por semejante manera, todos los otros se elevaron después a la cúspide de la virtud. Mas entonces se enfadaron. ¿Qué hace, pues, Cristo? Llamándolos a sí, les dice: Los gobernantes de las naciones dominan sobre ellas. Como los diez se habían alborotado y turbado, el Señor trata de calmarlos por el hecho mismo de llamarlos antes de hablar y por su benignidad al tenerlos a su lado. Porque, en cuanto a los otros dos, que se habían arrancado del corro de los diez, allí estaban hablando a solas con el Señor. De ahí que llame a los otros cerca de si, y por este gesto de su bondad, por el hecho de desacreditar la pretensión de los dos y exponerla ante los demás, trata de calmar la pasión de unos y de otros.
Mas en el caso presente no reprime el Señor el orgullo de los discípulos del modo que lo hiciera antes. Antes les había puesto en medio un niño chiquito y les mandó imitar su sencillez y humildad. Ahora su reprensión es más enérgica, y, poniéndoles delante lo contrario, de lo que deben ellos hacer, les dice: Los gobernantes de las naciones dominan sobre ellas y los grandes les hacen sentir su autoridad. Mas entre vosotros no ha de ser así, sino quien quiera entre vosotros ser grande, ése ha de ser el servidor de todos, y el que quiera ser el primero, sea el último de todos. Lo cual era darles bien claro a entender que pretender primacías era cosa de gentiles. Realmente, la pasión es muy tiránica y molesta aun a los grandes varones. De ahí la necesidad de asestarle más duro golpe. De ahí también que el Señor los hiera más en lo vivo, confundiendo la hinchazón de su alma por la comparación con los gentiles, y así corta la envidia de los unos y la ambición de los otros poco menos que diciéndoles: No os molestéis como injuriados. A sí mismos más que a nadie se dañan y deshonran los que andan ambicionando primeros puestos, ya que por ello se ponen entre los últimos. Porque no pasa entre nosotros como entre los gentiles. Los gobernantes de los gentiles, sí, dominan sobre ellos; pero conmigo, el que se haga el último, ése es el primero. Y que esto no lo digo sin razón, en lo que hago y sufro tenéis la prueba. Porque yo he hecho algo más. Siendo rey de las potestades de arriba, quise hacerme hombre y acepté ser despreciado e injuriado; y no me contenté con esto, sino que llegué hasta la muerte. Que es lo que ahora dice: Porque el Hijo del hombre no ha venido a ser servido, sino a servir y a dar su vida en rescate de muchos. Porque no me detuve—parece decir—en eso, sino que di también mi vida en rescate... — ¿De quiénes? ¡De mis enemigos! Si tú te humillas, por ti mismo te humillas; pero si me humillo yo, me humillo por ti. No temas, pues, como si te quitaran tu honra. Por mucho que te humilles, jamás podrás llegar tan bajo como llegó tu Señor. Sin embargo, este abajamiento fue la exaltación de todos, a par que hizo brillar la propia gloria del Señor. En efecto, antes de hacerse hombre sólo es conocido de los ángeles; mas después que se hizo hombre, no sólo no disminuyó aquella gloria, sino que añadió otra, la que le vino del conocimiento de toda la tierra. No temas, pues, como si al humillarte se te quitara la honra, pues con ello no haces sino levantar más tu gloria, con ello no haces sino acrecentada. La humildad es la puerta del reino de los cielos. No echemos, pues, por el camino contrario, no nos hagamos la guerra a nosotros mismos. Porque, si queremos aparecer como grandes, no seremos grandes, sino los más despreciados de todos. ¿Veis cómo siempre los exhorta por lo contrario, dándoles lo que desean? En muchos casos hemos mostrado anteriormente este modo de proceder del Señor: así lo hizo con los amantes del dinero y " los vanidosos. Porque ¿qué razón te mueve a dar limosna delante de los hombres? ¿Para conseguir gloria? Pues no lo hagas así y la conseguirás absolutamente. ¿Y por qué razón atesoras? ¿Para enriquecerte? Pues no atesores y te enriquecerás absolutamente. Así procede también aquí. ¿Por qué ambicionas 1os primeros puestos? ¿Para estar por encima de los demás? Pues escoge el último lugar, y entonces obtendrás el primero. En conclusión, si quieres ser grande, no busques ser grande, y entonces serás grande. Porque lo otro es ser pequeño.
EL ORGULLO ABAJA, LA HUMILDAD EXALTA
- Mirad cómo los apartó de su vicio, queriéndoles mostrar que por la soberbia iban al fracaso, y por la humildad al triunfo, a fin de que huyeran de la una y siguieran la otra. Y si les hizo mención de los gentiles, fue para mostrarles de ese modo cuán reprobable y abominable era la ambición de preminencias y de mando. Porque forzoso es que el orgulloso esté bajo, y, por lo contrario, el humilde, alto. Y esta altura del humilde es la verdadera y legítima, ya que no se cifra en un puro nombre y palabras. La elevación mundana procede de necesidad y miedo; la nuestra, empero, se asemeja a la elevación misma de Dios. El humilde, aun cuando de nadie sea admirado, permanece elevado; el soberbio, empero, por más que todos le halaguen, sigue más bajo que nadie. Además, el honor tributado al orgulloso procede de fuerza; de ahí la facilidad con que se desvanece; mas el del humilde es libre y, por ende, también firme. Así admiramos a los santos; pues, siendo superiores a todos, se humillaron más que todos. De ahí que hasta hoy permanecen elevados y ni la muerte los pudo hacer bajar de su altura. Mas, si os place, examinemos esto mismo por razonamiento. Alto se dice uno cuando lo es o por su talla o cuando se halla colocado sobre un lugar prominente; y bajo, en los casos contrarios. Veamos, pues, quién es lo uno o lo otro, el arrogante o el modesto, a fin de que caigas en la cuenta de cómo nada hay tan alto como la humildad, ni más a ras de tierra que la arrogancia. Ahora bien, el arrogante quiere ser más que todos los otros, no tiene a nadie por digno de sí mismo; cuantos más honores alcanza, más ambiciona y pretende, y piensa no haber alcanzado ninguno, desprecia a los hombres y se perece por sus honras. ¿Puede haber nada más insensato? La cosa parece realmente un enigma. A los mismos que tiene por nada, de ésos pretende ser glorificado. ¿Veis cómo el que quiere exaltarse cae y se arrastra por tierra? Porque, que el arrogante tiene a todos los hombres por nada comparados consigo mismo, él mismo lo afirma y en eso cabalmente consiste la arrogancia. ¿A qué corres entonces tras el que no es nada? ¿A qué buscas honor de él? ¿A qué andas rodeado de tanta muchedumbre de gentes? ¿Veis cómo el soberbio es bajo y está en lo bajo? Pues, ea, examinemos al humilde, al de verdad alto. Éste sabe lo que es el hombre, cuán grande cosa es el hombre. Y como a sí mismo se tiene por el último de todos, de ahí que cualquier honor que se le tribute lo tiene por cosa grande. De suerte que sólo el humilde es consecuente consigo mismo, y está elevado, y no cambia de parecer. Puesto que tiene a los hombres por grandes, cree que sus honras, por pequeñas que sean, son también grandes, desde el momento que considera a aquéllos por grandes. El arrogante, en cambio, tiene por nada a quienes le honran, pero sentencia que sus honras son grandes. Además, el humilde no es presa de pasión alguna: ni la ira, ni la vanagloria, ni la envidia, ni los celos podrán molestarle, ¿Y qué puede haber más elevado que un alma exenta de estas pasiones? El soberbio, empero, por todas–estas pasiones se ve dominado, como un vil gusano que se revuelve entre el barro. Y, en efecto, los celos, la envidia, la ira, están constantemente atormentan o a su alma. ¿Quién está, pues, más alto: el que está por encima de sus pasiones o el que es esclavo de ellas? ¿El que teme y tiembla ante ellas o el que es a ellas inatacable y jamás puede ser por ellas dominado? ¿Qué ave diríamos que vuela más alta que va muy por encima de las manos y trampas del cazador la que cae en manos de éste sin necesidad de trampa alguna, por no poder volar ni remontarse por los aires? Tal es el orgulloso. Cualquier lazo le coge fácilmente, pues va siempre arrastrándose por el suelo.
PROSIGUE EL ATAQUE CONTRA EL SOBERBIO
- Mas, si os place, examinad lo que decimos por aquel malvado demonio. ¿Qué puede, en efecto, haber de más bajo que el diablo después que quiso exaltarse? ¿Qué de más alto que el hombre apenas quiere humillarse? El diablo se arrastra por el suelo, puesto debajo de nuestro talón. Porque: Caminad—dice el Señor—por encima de serpientes y escorpiones. El hombre humilde, en cambio, está arriba entre los ángeles. Mas si eso mismo lo queréis saber por los hombres soberbios, considerad aquel bárbaro que trajo consigo tan enorme ejército y que no sabía lo que es evidente a todo el mundo, por ejemplo, que una piedra es sólo una piedra, y los ídolos, ídolos. De ahí que se hallaba más bajo que piedras e ídolos. Mas los piadosos y creyentes se lanzan más allá del mismo sol. ¿Cabe elevación mayor? Pues ellos pasan todavía las bóvedas del cielo y, dejando atrás a los ángeles, se presentan ante el mismo trono regio de Dios. Por otro lado, podéis daros cuenta del poco valor de un soberbio. ¿Quién es natural que esté bajo: aquel a quien Dios ayuda o aquel a quien Dios hace la guerra? Pues oíd ahora lo, que dice la Escritura acerca de los humildes y soberbios: Dios resiste a los soberbios y da su gracia a los humildes 19. Y todavía quiero haceros otra pregunta: ¿Quién estará más alto: el que ofrece sacrificio y ofrenda a Dios o el que está lejos de toda confianza en Él? — ¿Y qué sacrificio—me dirás—ofrece el humilde? —Oye a David, que dice: Sacrificio es para Dios un espíritu contrito. Dios no despreciará un corazón contrito y humillado ¿Veis la pureza del humilde? Pues mirad también la impureza del soberbio. Porque: Impuro es—dice la Escritura—delante de Dios todo altanero de corazón. Aparte de eso, sobre el humilde descansa Dios: ¿Sobre quién fijaré mi mirada sino sobre el manso y tranquilo y que tiembla de mis palabras? Más el orgulloso es arrastrado juntamente con el diablo, cuyos tormentos tendrá también que sufrir. De ahí que el mismo Pablo dijera: No sea que, hinchado de orgullo, caiga en la condenación del diablo. Por otra parte, al soberbio le sucede lo contrario de lo que quiere. Quiere, en efecto, ser orgulloso para ser honrado, y con ello no consigue sino hacerse el más vilipendiado de todos. Porque nadie tan ridículo como el soberbio, nadie tan aborrecido y enemigo de todo el mundo, tan fácil presa de sus contrarios, tan pronto para la ira, tan impuro delante de Dios. ¿Qué puede, pues, haber peor que eso? Ése es, en efecto, el límite del mal. Mas ¿qué hay más agradable, qué cosa hay más feliz que un hombre humilde? Los humildes son los queridos y predilectos de Dios, ellos gozan del honor de los hombres, a ellos los estiman como a padres, los saludan como a hermanos y los aman como miembros propios.
EXHORTACIÓN FINAL: SEAMOS HUMILDES PARA SER EXALTADOS
Seamos, pues, humildes para ser exaltados. A la verdad, Nada hay que tan profundamente nos abaje como la soberbia. Esta fue la que hundió a Faraón. Porque: No sé—dice—quién Es el Señor. Y, por haber hablado así, vino a ser más vil que las moscas, las ranas y las orugas, y, después de eso, fue hundido en el mar con sus carros y caballos. Lo contrario de Faraón fue Abrahán: Yo soy—dice—polvo y ceniza; y por esa humildad venció a infinitos bárbaros y, después de caer en medio de Egipto, logró salir de allí con más brillante trofeo de gloria que antes y, abrazado siempre con esa virtud, cada día se hizo más glorioso. Por eso es su nombre celebrado por todas partes, por eso se le corona y proclama; Faraón, en cambio, sólo es ya polvo y ceniza o cualquier cosa más vil que el polvo y la ceniza. Porque nada aborrece Dios tanto como la soberbia. De ahí que desde el principio no dejó Él piedra por mover para arrancar y destruir esta pasión. Por ella nacimos mortales, entre dolores y lamentos. Por ella nos hallamos en trabajo, en sudor y en fatiga continua y desastrada. Porque por soberbia pecó el primer hombre, al pretender hacerse igual a Dios. Por eso no conservó ni lo que tenía, sino aun eso lo perdió. Tal es, en efecto, la soberbia. No sólo no añade nada bueno a nuestra vida, sino que nos daña en lo que tenemos. Al revés de la humildad, que no sólo no nos daría en lo que tenemos, sino que nos añade lo que no teníamos. La humildad, pues, emulemos, la humildad sigamos, a fin de gozar de la presente vida y alcanzar la eterna gloria, por la gracia y misericordia de nuestro Señor Jesucristo, con el cual sea al Padre gloria y poder, juntamente con el Espíritu Santo, ahora y siempre y por los siglos de los siglos. Amén.
(San Juan Crisóstomo, Homilías sobre San Mateo, Homilía 65, Ed. BAC, Madrid, 1966, p. 338 – 354)