P. Alfredo Sáenz, S.J.
Alfredo Saénz, SJ
Paciencia de Dios y urgencia de la conversión del hombre
Guiados por la liturgia de la Iglesia, nos vamos aproximando al momento culminante de la obra redentora de Jesucristo, su Pasión y Resurrección, culmen de la lucha entre las tinieblas y la luz, centro de la historia, que a partir del triunfo de Jesucristo verá reencauzado esencialmente su curso. Poco a poco, nos vamos introduciendo en la inteligencia del único hecho que ha verdaderamente modificado todo el orden creado, llamando a la dignidad de hijos adoptivos de Dios a todos aquellos, nosotros, que éramos hijos de ira por naturaleza.
Las dos primeras lecturas que la Iglesia nos propone en este domingo nos introducen en el drama que se pone luego plenamente de manifiesto en la parábola evangélica. El libro del Éxodo nos habla de la Alianza de Dios con su pueblo en el Antiguo Testamento, de las maravillas de su amor, destacando la misericordia con que el Señor se compadeció de su pueblo, al liberarlo de la esclavitud, y al intervenir repetidamente en su historia para colmarlo de sus beneficios. San Pablo nos recuerda dichos beneficios, que son imagen de la única verdadera Redención plena, la que aporta Jesucristo, haciéndonos ver que Él es la verdadera misericordia de Dios, la imagen visible del Dios invisible, la faz de Dios, Padre amoroso y preocupado por la salvación de todos sus hijos. El Apóstol nos advierte también acerca de las consecuencias que acarreó para el pueblo judío en el desierto su dureza de corazón, su desprecio de las gracias divinas, el abuso de la misericordia que Dios le había deparado. Por ello termina amonestando a sus fieles de Corinto: "Todo esto les sucedió simbólicamente, y está escrito para que nos sirviera de lección a los que vivimos en el tiempo final. Por eso, el que se cree muy seguro, ¡cuídese de no caer!".
Como muchas veces lo hizo en el curso de su predicación terrena, el Señor gusta de expresar los misterios más recónditos de su obra redentora mediante signos tomados de la vida cotidiana del pueblo judío. A través de imágenes, aparentemente banales, nos descubre los secretos más profundos del Reino de Dios.
Comienza el Señor por corregir la falsa idea que de la justicia divina se hacían los judíos de su tiempo. Como los amigos de Job, y como muchas veces nos sucede a nosotros mismos, tenían tendencia a pensar que los que reciben grandes pruebas son los más culpables. Jesús rectifica esta presunción de penetrar los juicios divinos mostrando, una vez más, como lo hizo desde el principio de su predicación, que nadie puede creerse exento de pecado, y por consiguiente que a todos es indispensable el arrepentimiento y la actitud de un corazón contrito delante de Dios. No se pueden, pues, identificar las pruebas que se nos presentan a lo largo de la vida como castigos divinos, ni pensar que el éxito en nuestros proyectos materiales sea necesariamente un signo de aprobación divina de todo aquello que obramos.
Muy por el contrario, a lo largo de su predicación el Señor pondrá de manifiesto cómo la persecución, la burla, el rechazo de los hombres, las pruebas de todo tipo, serán un signo distintivo de sus discípulos, de su colaboración con la obra redentora a la que el Señor mismo los llama. Medio de purificación de los propios pecados, participación en la misión salvadora de Cristo.
La parábola que el Señor propone a continuación da una dimensión cósmica a la necesidad de conversión de la que el Señor acaba de hablarles a sus oyentes. Esta higuera a la que el dueño había plantado y cuidado con la esperanza de recabar de ella abundantes frutos es ante todo Israel, el pueblo elegido del Antiguo Testamento, al que Dios había cuidado y colmado de bendiciones en orden a que fuera instrumento de salvación para las naciones. Por tres años el Mesías esperado predicó el mensaje de salvación a su pueblo, pero ellos desoyeron su enseñanza, porque sus corazones eran de piedra, cerrados a la Palabra de Dios para seguir sus tradiciones humanas. Sin embargo Dios, incansablemente fiel y generoso, les concedió todavía un año de misericordia, es decir que les renovó las promesas de bendición por medio de la predicación de la Iglesia, muy especialmente de San Pedro y San Pablo. Sin embargo, ellos volvieron a endurecer su corazón y trataron a los discípulos como habían tratado al Maestro. Pocos entraron en la Iglesia, como pocos habían sido los que entraron en la tierra prometida luego del largo camino en el desierto. Los dones de Dios requieren de la respuesta libre y amorosa del hombre; de otro modo, Dios puede cortar la higuera estéril.
Sin embargo, queridos hermanos, no caigamos nosotros en el error de los oyentes de Jesús, a los que el Señor reprendió por su insensatez. “Todo esto les sucedió simbólicamente” -nos dijo San Pablo en la segunda lectura de hoy-, y está escrito para que nos sirviera de lección a los que vivimos en el tiempo final". De hecho, en la historia misma de la Iglesia, hubo higueras que dieron mucho fruto, pero que luego, como el hijo pródigo, dilapidaron el tesoro que Dios les había donado. Pensemos en aquella Europa cristiana, que recibió la primera semilla de la Fe por boca de los Apóstoles mismos, regada con la sangre de innumerables mártires, protegida por santos pastores, civilizada por multitud de monjes, enriquecida con toda clase de dones. Beneficiaria, ella también, de un amor de gran predilección por parte del Señor. Pero hace ya tiempo que el dueño del campo va a buscar frutos de redención en aquella higuera y no encuentra sino esterilidad. ¿Dónde están las virtudes cristianas que hicieron posible la edificación de las magníficas catedrales, la creación de las escuelas y universidades, la construcción de una sociedad que tenía por ley el Evangelio, los tesoros del arte, las obras maestras, de la literatura cristiana, el gobierno de príncipes santos? Como los oyentes de Jesús, gran parte de los hodiernos habitantes de aquellas regiones desprecian a los que viven en el dolor, en la miseria y el hambre, poniendo como signo de su superioridad la edificación de un paraíso en la tierra. A ellos, también, Jesús les pregunta si se creen menos culpables. “Os aseguro que no —agregaría ahora, como lo hizo entonces—, y si vosotros no os convertís, todos acabaréis de la misma manera”. Quien desprecia los mismos fundamentos espirituales que fueron base de su grandeza, termina por dilapidar el tesoro y caer en la indigencia.
Oremos, hermanos, por aquellos cristianos fieles que en la vieja Europa, madre de nuestra cultura y de nuestra fe, siguen combatiendo el buen combate, y pidamos con ellos al dueño del campo que le dé a aquella bendita tierra "un año más", y la gracia de que sus corazones se abran a la penitencia que da frutos de vida eterna.
Oremos también por nuestra querida Patria, que parece igualmente querer olvidar sus orígenes cristianos, aquellos que la hicieron grande, para seguir en pos de un utópico nuevo orden mundial donde el Salvador no parece estar presente. Oremos, en fin, por todos nosotros, para que ninguno crea que no puede caer, y así, llenos de humildad, pero también de espíritu magnánimo, nos volvamos instrumentos aptos para que Cristo reine en los individuos y sociedades. Que cuando el dueño del campo nos visite no nos encuentre sin fruto. Amén.
Palabra y Vida Homilías dominicales y Festivas, Ciclo C. Ed. Gladius, Buenos Aires, 1994, pag. 103-106