Domingo de Ramos «de la Pasión del Señor» — Ciclo C

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Lecturas

Procesión

Evangelio

Lc 19, 28-40

¡Bendito el que viene en nombre del Señor!

Evangelio de nuestro Señor Jesucristo según san Lucas

Jesús siguió adelante, subiendo a Jerusalén. Cuando se acercó a Betfagé y Betania, al pie del monte llamado de los Olivos, envió a dos de sus discípulos, diciéndoles: «Vayan al pueblo que está enfrente y, al entrar, encontrarán un asno atado, que nadie ha montado todavía. Desátenlo y tráiganlo; y si alguien les pregunta: "¿Por qué lo desatan?", respondan: "El Señor lo necesita."»
Los enviados partieron y encontraron todo como él les había dicho. Cuando desataron el asno, sus dueños les dijeron: «¿Por qué lo desatan?»
Y ellos respondieron: «El Señor lo necesita.»
Luego llevaron el asno adonde estaba Jesús y, poniendo sobre él sus mantos, lo hicieron montar. Mientras él avanzaba, la gente extendía sus mantos sobre el camino.
Cuando Jesús se acercaba a la pendiente del monte de los Olivos, todos los discípulos, llenos de alegría, comenzaron a alabar a Dios en alta voz, por todos los milagros que habían visto. Y decían:
«¡Bendito sea el Rey que viene
en nombre del Señor!
¡Paz en el cielo
y gloria en las alturas!»
Algunos fariseos que se encontraban entre la multitud le dijeron:
«Maestro, reprende a tus discípulos.»
Pero él respondió:
«Les aseguro que si ellos callan, gritarán las piedras.»

Palabra del Señor.

Misa del día

Primera lectura

Is 50, 4-7

No retiré mi rostro cuando me ultrajaban, pero sé muy bien que no seré defraudado

Lectura del libro del profeta Isaías

El mismo Señor me ha dado
una lengua de discípulo,
para que yo sepa reconfortar al fatigado
con una palabra de aliento.
Cada mañana, Él despierta mi oído
para que yo escuche como un discípulo.
El Señor abrió mi oído
y yo no me resistí ni me volví atrás.
Ofrecí mi espalda a los que me golpeaban
y mis mejillas, a los que me arrancaban la barba;
no retiré mi rostro
cuando me ultrajaban y escupían.
Pero el Señor viene en mi ayuda:
por eso, no quedé confundido;
por eso, endurecí mi rostro como el pedernal,
y sé muy bien que no seré defraudado.

Palabra de Dios.

Salmo responsorial

Sal 21, 8-9. 17-18a. 19-20. 23-24

Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?

Los que me ven, se burlan de mí,
hacen una mueca y mueven la cabeza, diciendo:
«Confió en el Señor, que Él lo libre;
que lo salve, si lo quiere tanto.» R.

Me rodea una jauría de perros,
me asalta una banda de malhechores;
taladran mis manos y mis pies
Yo puedo contar todos mis huesos R.

Se reparten entre sí mi ropa
y sortean mi túnica.
Pero Tú, Señor, no te quedes lejos;
tú que eres mi fuerza, ven pronto a socorrerme. R.

Yo anunciaré tu Nombre a mis hermanos,
te alabaré en medio de la asamblea:
«Alábenlo, los que temen al Señor;
glorifíquenlo, descendientes de Jacob;
témanlo, descendientes de Israel.» R.

Segunda lectura

Flp 2, 6-11

Se anonadó a sí mismo. Por eso, Dios lo exaltó

Lectura de la carta del apóstol san Pablo a los cristianos de Filipos

Jesucristo, que era de condición divina,
no consideró esta igualdad con Dios
como algo que debía guardar celosamente:
al contrario, se anonadó a sí mismo,
tomando la condición de servidor
y haciéndose semejante a los hombres.
Y presentándose con aspecto humano,
se humilló hasta aceptar por obediencia la muerte
y muerte de cruz.
Por eso, Dios lo exaltó
y le dio el Nombre que está sobre todo nombre,
para que al nombre de Jesús,
se doble toda rodilla en el cielo, en la tierra y en los abismos,
y toda lengua proclame para gloria de Dios Padre:
«Jesucristo es el Señor.»

Palabra de Dios.

Aclamación al Evangelio

Flp 2, 8-9

Cristo se humilló por nosotros
hasta aceptar por obediencia la muerte,
y muerte de cruz.
Por eso, Dios lo exaltó
y le dio el Nombre que está sobre todo nombre.

Evangelio

Texto completo

Lc 22, 7. 14—23, 56

Pasión de nuestro Señor Jesucristo según san Lucas

HE DESEADO ARDIENTEMENTE COMER ESTA PASCUA CON USTEDES

ANTES DE MI PASIÓN

C. Llegada la hora, Jesús se sentó a la mesa con los Apóstoles y les dijo:
+ «He deseado ardientemente comer esta Pascua con ustedes antes de mi Pasión, porque les aseguro que ya no la comeré más hasta que llegue a su pleno cumplimiento en el Reino de Dios.»
C. Y tomando una copa, dio gracias y dijo:
+ «Tomen y compártanla entre ustedes. Porque les aseguro que desde ahora no beberé más del fruto de la vid hasta que llegue el Reino de Dios.»

HAGAN ESTO EN CONMEMORACIÓN MÍA

C. Luego tomó el pan, dio gracias, lo partió y lo dio a sus discípulos, diciendo:
+ «Esto es mi Cuerpo, que se entrega por ustedes. Hagan esto en memoria mía.»
C. Después de la cena hizo lo mismo con la copa, diciendo:
+ «Esta copa es la Nueva Alianza sellada con mi Sangre, que se derrama por ustedes.
La mano del traidor está sobre la mesa, junto a mí. Porque el Hijo del hombre va por el camino que le ha sido señalado, pero ¡ay de aquel que lo va a entregar!»
C. Entonces comenzaron a preguntarse unos a otros quién de ellos sería el que iba a hacer eso.
Y surgió una discusión sobre quién debía ser considerado como el más grande. Jesús les dijo:
+ «Los reyes de las naciones dominan sobre ellas, y los que ejercen el poder sobre el pueblo se hacen llamar bienhechores. Pero entre ustedes no debe ser así. Al contrario, el que es más grande, que se comporte como el menor, y el que gobierna, como un servidor. Porque, ¿quién es más grande, el que está a la mesa o el que sirve? ¿No es acaso el que está a la mesa? Y sin embargo, yo estoy entre ustedes como el que sirve.
Ustedes son los que han permanecido siempre conmigo en medio de mis pruebas. Por eso yo les confiero la realeza, como mi Padre me la confirió a mí. Y en mi Reino, ustedes comerán y beberán en mi mesa, y se sentarán sobre tronos para juzgar a las doce tribus de Israel.
Simón, Simón, mira que Satanás ha pedido poder para zarandearlos como el trigo, pero yo he rogado por ti, para que no te falte la fe. Y tú, después que hayas vuelto, confirma a tus hermanos.»
C. Pedro le dijo:
S. «Señor, estoy dispuesto a ir contigo a la cárcel y a la muerte.»
C. Pero Jesús replicó:
+ «Yo te aseguro, Pedro, que hoy, antes que cante el gallo, habrás negado tres veces que me conoces.»
C. Después les dijo:
+ «Cuando los envié sin bolsa, ni alforja, ni sandalia, ¿les faltó alguna cosa?»
C. Respondieron:
S. «Nada»
C. El agregó:
+ «Pero ahora el que tenga una bolsa, que la lleve; el que tenga una alforja, que la lleve también; y el que no tenga espada, que venda su manto para comprar una. Porque les aseguro que debe cumplirse en mí esta palabra de la Escritura: Fue contado entre los malhechores. Ya llega a su fin todo lo que se refiere a mí.»
C. Ellos le dijeron:
S. «Señor, aquí hay dos espadas.»
C. El les respondió:
+ «Basta.»

EN MEDIO DE LA ANGUSTIA, ÉL ORABA MÁS INTENSAMENTE

C. En seguida Jesús salió y fue como de costumbre al monte de los Olivos, seguido de sus discípulos. Cuando llegaron, les dijo:
+ «Oren, para no caer en la tentación.»
C. Después se alejó de ellos, más o menos a la distancia de un tiro de piedra, y puesto de rodillas, oraba:
+ «Padre, si quieres, aleja de mí este cáliz. Pero que no se haga mi voluntad, sino la tuya.»
C. Entonces se le apareció un ángel del cielo que lo reconfortaba. En medio de la angustia, Él oraba más intensamente, y su sudor era como gotas de sangre que corrían hasta el suelo.
Después de orar se levantó, fue hacia donde estaban sus discípulos y los encontró adormecidos por la tristeza. Jesús les dijo:
+ «¿Por qué están durmiendo? Levántense y oren para no caer en la tentación.»

JUDAS, ¿CON UN BESO ENTREGAS AL HIJO DEL HOMBRE?

C. Todavía estaba hablando, cuando llegó una multitud encabezada por el que se llamaba Judas, uno de los Doce. Este se acercó a Jesús para besarlo. Jesús le dijo:
+ «Judas, ¿con un beso entregas al Hijo del hombre?»
C. Los que estaban con Jesús, viendo lo que iba a suceder, le preguntaron:
S. «Señor, ¿usamos la espada?»
C. Y uno de ellos hirió con su espada al servidor del Sumo Sacerdote, cortándole la oreja derecha. Pero Jesús dijo:
+ «Dejen, ya está.»
C. Y tocándole la oreja, lo curó. Después dijo a los sumos sacerdotes, a los jefes de la guardia del Templo y a los ancianos que habían venido a arrestarlo:
+ «¿Soy acaso un ladrón para que vengan con espadas y palos? Todos los días estaba con ustedes en el Templo y no me arrestaron. Pero esta es la hora de ustedes y el poder de las tinieblas.»

PEDRO, SALIENDO AFUERA, LLORÓ AMARGAMENTE

C. Después de arrestarlo, lo condujeron a la casa del Sumo Sacerdote. Pedro lo seguía de lejos. Encendieron fuego en medio del patio, se sentaron alrededor de él y Pedro se sentó entre ellos. Una sirvienta que lo vio junto al fuego, lo miró fijamente y dijo:
S. «Este también estaba con Él.»
C. Pedro lo negó diciendo:
S. «Mujer, no lo conozco.»
C. Poco después, otro lo vio y dijo:
S. «Tú también eres uno de aquellos.»
C. Pero Pedro respondió:
S. «No, hombre, no lo soy.»
C. Alrededor de una hora más tarde, otro insistió, diciendo:
S. «No hay duda de que este hombre estaba con él; además, él también es galileo.»
C. Dijo Pedro:
S. «Hombre, no sé lo que dices.»
C. En ese momento, cuando todavía estaba hablando, cantó el gallo. El Señor, dándose vuelta, miró a Pedro. Este recordó las palabras que el Señor le había dicho: «Hoy, antes que cante el gallo, me habrás negado tres veces.» Y saliendo afuera, lloró amargamente.

PROFETIZA, ¿QUIÉN TE GOLPEÓ?

C. Los hombres que custodiaban a Jesús lo ultrajaban y lo golpeaban;
y tapándole el rostro, le decían:
S. «Profetiza, ¿quién te golpeó?»
C. Y proferían contra Él toda clase de insultos.

LLEVARON A JESÚS ANTE EL TRIBUNAL

C. Cuando amaneció, se reunió el Consejo de los ancianos del pueblo, junto con los sumos sacerdotes y los escriba S. Llevaron a Jesús ante el tribunal y le dijeron:
S. «Dinos si eres el Mesías.»
C. Él les dijo:
+ «Si yo les respondo, ustedes no me creerán, y si los interrogo, no me responderán. Pero en adelante, el Hijo del hombre se sentará a la derecha de Dios todopoderoso.»
C. Todos preguntaron:
S. «¿Entonces eres el Hijo de Dios?»
C. Jesús respondió:
+ «Tienen razón, yo lo soy.»
C. Ellos dijeron:
S. «¿Acaso necesitamos otro testimonio? Nosotros mismos lo hemos oído de su propia boca.»
C. Después se levantó toda la asamblea y lo llevaron ante Pilato.

NO ENCUENTRO EN ESTE HOMBRE NINGÚN MOTIVO DE CONDENA

C. Y comenzaron a acusarlo, diciendo:
S. «Hemos encontrado a este hombre incitando a nuestro pueblo a la rebelión, impidiéndole pagar los impuestos al Emperador y pretendiendo ser el rey Mesías.»
C. Pilato lo interrogó, diciendo:
S. «¿Eres Tú el rey de los judíos?»
+ «Tú lo dices.»
C. Le respondió Jesús. Pilato dijo a los sumos sacerdotes y a la multitud:
S. «No encuentro en este hombre ningún motivo de condena.»
C. Pero ellos insistían:
S. «Subleva al pueblo con su enseñanza en toda la Judea. Comenzó en Galilea y ha llegado hasta aquí.»
C. Al oír esto, Pilato preguntó si ese hombre era galileo. Y habiéndose asegurado de que pertenecía a la jurisdicción de Herodes, se lo envió. En esos días, también Herodes se encontraba en Jerusalén.

HERODES Y SUS GUARDIAS LO TRATARON CON DESPRECIO

C. Herodes se alegró mucho al ver a Jesús. Hacía tiempo que deseaba verlo, por lo que había oído decir de Él, y esperaba que hiciera algún prodigio en su presencia. Le hizo muchas preguntas, pero Jesús no le respondió nada. Entre tanto, los sumos sacerdotes y los escribas estaban allí y lo acusaban con vehemencia.
Herodes y sus guardias, después de tratarlo con desprecio y ponerlo en ridículo, lo cubrieron con un magnífico manto y lo enviaron de nuevo a Pilato. Y ese mismo día, Herodes y Pilato, que estaban enemistados, se hicieron amigos.

PILATO ENTREGÓ A JESÚS AL ARBITRIO DE ELLOS

C. Pilato convocó a los sumos sacerdotes, a los jefes y al pueblo, y les dijo:
S. «Ustedes me han traído a este hombre, acusándolo de incitar al pueblo a la rebelión. Pero yo lo interrogué delante de ustedes y no encontré ningún motivo de condena en los cargos de que lo acusan; ni tampoco Herodes, ya que él lo ha devuelto a este tribunal. Como ven, este hombre no ha hecho nada que merezca la muerte. Después de darle un escarmiento, lo dejaré en libertad.»
C. Pero la multitud comenzó a gritar:
S. «¡Qué muera este hombre! ¡Suéltanos a Barrabás!»
C. A Barrabás lo habían encarcelado por una sedición que tuvo lugar en la ciudad y por homicidio.
Pilato volvió a dirigirles la palabra con la intención de poner en libertad a Jesús. Pero ellos seguían gritando:
S. «¡Crucifícalo! ¡Crucifícalo!»
C. Por tercera vez les dijo:
S. «¿Qué mal ha hecho este hombre? No encuentro en Él nada que merezca la muerte. Después de darle un escarmiento, lo dejaré en libertad.»
C. Pero ellos insistían a gritos, reclamando que fuera crucificado, y el griterío se hacía cada vez más violento. Al fin, Pilato resolvió acceder al pedido del pueblo. Dejó en libertad al que ellos pedían, al que había sido encarcelado por sedición y homicidio, y a Jesús lo entregó al arbitrio de ellos.

HIJAS DE JERUSALÉN, NO LLORÉIS POR MÍ

C. Cuando lo llevaban, detuvieron a un tal Simón de Cirene, que volvía del campo, y lo cargaron con la cruz, para que la llevara detrás de Jesús. Lo seguían muchos del pueblo y un buen número de mujeres, que se golpeaban el pecho y se lamentaban por él. Pero Jesús, volviéndose hacia ellas, les dijo:
+ «¡Hijas de Jerusalén!, no lloren por mí; lloren más bien por ustedes y por sus hijos. Porque se acerca el tiempo en que se dirá: ¡Felices las estériles, felices los senos que no concibieron y los pechos que no amamantaron! Entonces se dirá a las montañas: ¡Caigan sobre nosotros!, y a los cerros: ¡Sepúltennos! Porque si así tratan a la leña verde, ¿qué será de la leña seca?»
C. Con él llevaban también a otros dos malhechores, para ser ejecutados.

PADRE, PERDÓNALOS, PORQUE NO SABEN LO QUE HACEN

C. Cuando llegaron al lugar llamado «del Cráneo», lo crucificaron junto con los malhechores, uno a su derecha y el otro a su izquierda. Jesús decía:
+ «Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen.»
C. Después se repartieron sus vestiduras, sorteándolas entre ellos.

ESTE ES EL REY DE LOS JUDÍOS

C. El pueblo permanecía allí y miraba. Sus jefes, burlándose, decían:
S. «Ha salvado a otros: ¡que se salve a sí mismo, si es el Mesías de Dios, el Elegido!»
C. También los soldados se burlaban de Él y, acercándose para ofrecerle vinagre, le decían:
S. «Si eres el rey de los judíos, ¡sálvate a ti mismo!»
C. Sobre su cabeza había una inscripción: «Éste es el rey de los judíos.»

HOY ESTARÁS CONMIGO EN EL PARAÍSO

C. Uno de los malhechores crucificados lo insultaba, diciendo:
S. «¿No eres tú el Mesías? Sálvate a ti mismo y a nosotros.»
C. Pero el otro lo increpaba, diciéndole: «¿No tienes temor de Dios, tú que sufres la misma pena que él? Nosotros la sufrimos justamente, porque pagamos nuestras culpas, pero Él no ha hecho nada malo.»
C. Y decía:
S. «Jesús, acuérdate de mí cuando vengas a establecer tu Reino.»
C. Él le respondió:
+ «Yo te aseguro que hoy estarás conmigo en el Paraíso.»

PADRE, EN TUS MANOS ENCOMIENDO MI ESPÍRITU

C. Era alrededor del mediodía. El sol se eclipsó y la oscuridad cubrió toda la tierra hasta las tres de la tarde. El velo del Templo se rasgó por el medio. Jesús, con un grito, exclamó:
+ «Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu.»
C. Y diciendo esto, expiró.

AQUÍ TODOS SE ARRODILLAN, Y SE HACE UN BREVE SILENCIO DE ADORACIÓN.

C. Cuando el centurión vio lo que había pasado, alabó a Dios, exclamando:
S. «Realmente este hombre era un justo.»
C. Y la multitud que se había reunido para contemplar el espectáculo, al verlo sucedido, regresaba golpeándose el pecho. Todos sus amigos y las mujeres que lo habían acompañado desde Galilea permanecían a distancia, contemplando lo sucedido.

JOSÉ COLOCÓ EL CUERPO DE JESÚS EN UN SEPULCRO CAVADO EN LA ROCA

C. Llegó entonces un miembro del Consejo, llamado José, hombre recto y justo, que había disentido con las decisiones y actitudes de los demás. Era de Arimatea, ciudad de Judea, y esperaba el Reino de Dios. Fue a ver a Pilato para pedirle el cuerpo de Jesús. Después de bajarlo de la cruz, lo envolvió en una sábana y lo colocó en un sepulcro cavado en la roca, donde nadie había sido sepultado.
Era el día de la Preparación, y ya comenzaba el sábado.
Las mujeres que habían venido de Galilea con Jesús siguieron a José, observaron el sepulcro y vieron cómo había sido sepultado. Después regresaron y prepararon los bálsamos y perfumes, pero el sábado observaron el descanso que prescribía la Ley.

Palabra del Señor.

Forma breve

Lc 22, 66a; 23, 1b-49

Pasión de nuestro Señor Jesucristo según san Lucas

NO ENCUENTRO EN ESTE HOMBRE NINGÚN MOTIVO DE CONDENA

C. Cuando amaneció, se reunió el Consejo de los ancianos del pueblo, junto con los sumos sacerdotes y los escribas. Y comenzaron a acusarlo, diciendo:
S. «Hemos encontrado a este hombre incitando a nuestro pueblo a la rebelión, impidiéndole pagar los impuestos al Emperador y pretendiendo ser el rey Mesías.»
C. Pilato lo interrogó, diciendo:
S. «¿Eres tú el rey de los judíos?»
+ «Tú lo dices»
C. Le respondió Jesús. Pilato dijo a los sumos sacerdotes y a la multitud:
S. «No encuentro en este hombre ningún motivo de condena.»
C. Pero ellos insistían:
S. «Subleva al pueblo con su enseñanza en toda la Judea. Comenzó en Galilea y ha llegado hasta aquí.»
C. Al oír esto, Pilato preguntó si ese hombre era galileo. Y habiéndose asegurado de que pertenecía a la jurisdicción de Herodes, se lo envió. En esos días, también Herodes se encontraba en Jerusalén.

HERODES Y SUS GUARDIAS LO TRATARON CON DESPRECIO

C. Herodes se alegró mucho al ver a Jesús. Hacía tiempo que deseaba verlo, por lo que había oído decir de él, y esperaba que hiciera algún prodigio en su presencia. Le hizo muchas preguntas, pero Jesús no le respondió nada. Entre tanto, los sumos sacerdotes y los escribas estaban allí y lo acusaban con vehemencia.
Herodes y sus guardias, después de tratarlo con desprecio y ponerlo en ridículo, lo cubrieron con un magnífico manto y lo enviaron de nuevo a Pilato. Y ese mismo día, Herodes y Pilato, que estaban enemistados, se hicieron amigos.

PILATO ENTREGÓ A JESÚS AL ARBITRIO DE ELLOS

C. Pilato convocó a los sumos sacerdotes, a los jefes y al pueblo, y les dijo:
S. «Ustedes me han traído a este hombre, acusándolo de incitar al pueblo a la rebelión. Pero yo lo interrogué delante de ustedes y no encontré ningún motivo de condena en los cargos de que lo acusan; ni tampoco Herodes, ya que él lo ha devuelto a este tribunal. Como ven, este hombre no ha hecho nada que merezca la muerte. Después de darle un escarmiento, lo dejaré en libertad.»
C. Pero la multitud comenzó a gritar:
S. «¡Qué muera este hombre! ¡Suéltanos a Barrabás!»
C. A Barrabás lo habían encarcelado por una sedición que tuvo lugar en la ciudad y por homicidio.
Pilato volvió a dirigirles la palabra con la intención de poner en libertad a Jesús. Pero ellos seguían gritando:
S. «¡Crucifícalo! ¡Crucifícalo!»
C. Por tercera vez les dijo:
S. «¿Qué mal ha hecho este hombre? No encuentro en él nada que merezca la muerte. Después de darle un escarmiento, lo dejaré en libertad.»
C. Pero ellos insistían a gritos, reclamando que fuera crucificado, y el griterío se hacía cada vez más violento. Al fin, Pilato resolvió acceder al pedido del pueblo. Dejó en libertad al que ellos pedían, al que había sido encarcelado por sedición y homicidio, y a Jesús lo entregó al arbitrio de ellos.

HIJAS DE JERUSALÉN, NO LLORÉIS POR MÍ

C. Cuando lo llevaban, detuvieron a un tal Simón de Cirene, que volvía del campo, y lo cargaron con la cruz, para que la llevara detrás de Jesús. Lo seguían muchos del pueblo y un buen número de mujeres, que se golpeaban el pecho y se lamentaban por él. Pero Jesús, volviéndose hacia ellas, les dijo:
+ «¡Hijas de Jerusalén!, no lloren por mí; lloren más bien por ustedes y por sus hijos. Porque se acerca el tiempo en que se dirá: ¡Felices las estériles, felices los senos que no concibieron y los pechos que no amamantaron! Entonces se dirá a las montañas: ¡Caigan sobre nosotros!, y a los cerros: ¡Sepúltennos! Porque si así tratan a la leña verde, ¿qué será de la leña seca?»
C. Con Él llevaban también a otros dos malhechores, para ser ejecutados.

PADRE, PERDÓNALOS, PORQUE NO SABEN LO QUE HACEN

C. Cuando llegaron al lugar llamado «del Cráneo», lo crucificaron junto con los malhechores, uno a su derecha y el otro a su izquierda. Jesús decía:
+ «Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen.»
C. Después se repartieron sus vestiduras, sorteándolas entre ellos.

ÉSTE ES EL REY DE LOS JUDÍOS

C. El pueblo permanecía allí y miraba. Sus jefes, burlándose, decían:
S. «Ha salvado a otros: ¡que se salve a sí mismo, si es el Mesías de Dios, el Elegido!»
C. También los soldados se burlaban de Él y, acercándose para ofrecerle vinagre, le decían:
S. «Si eres el rey de los judíos, ísálvate a ti mismo!»
C. Sobre su cabeza había una inscripción: «Éste es el rey de los judíos.»

HOY ESTARÁS CONMIGO EN EL PARAÍSO

C. Uno de los malhechores crucificados lo insultaba, diciendo:
S. «¿No eres tú el Mesías? Sálvate a ti mismo y a nosotros.»
C. Pero el otro lo increpaba, diciéndole: «¿No tienes temor de Dios, tú que sufres la misma pena que Él? Nosotros la sufrimos justamente, porque pagamos nuestras culpas, pero Él no ha hecho nada malo.»
C. Y decía:
S. «Jesús, acuérdate de mí cuando vengas a establecer tu Reino.»
C. Él le respondió:
+ «Yo te aseguro que hoy estarás conmigo en el Paraíso.»

PADRE, EN TUS MANOS ENCOMIENDO MI ESPÍRITU

C. Era alrededor del mediodía. El sol se eclipsó y la oscuridad cubrió toda la tierra hasta las tres de la tarde. El velo del Templo se rasgó por el medio. Jesús, con un grito, exclamó:
+ «Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu.»
C. Y diciendo esto, expiró.

AQUÍ TODOS SE ARRODILLAN, Y SE HACE UN BREVE SILENCIO DE ADORACIÓN.

C. Cuando el centurión vio lo que había pasado, alabó a Dios, exclamando:
S. «Realmente este hombre era un justo.»
C. Y la multitud que se había reunido para contemplar el espectáculo, al ver lo sucedido, regresaba golpeándose el pecho. Todos sus amigos y las mujeres que lo habían acompañado desde Galilea permanecían a distancia, contemplando lo sucedido.

Palabra del Señor.

Preparar la homilía

Exégesis

Alois Stöger

Parte cuarta

EN JERUSALÉN 19,28-21,38

I.ULTIMAS ACTlVIDADES DE JESÚS EN PUBLICO (19,28-48)

Jesús entra en Jerusalén como rey Mesías (19,28-40); pero como la ciudad rechaza la oferta salvífica de Dios, le predice su ruina (19,41-44). En la ciudad toma Jesús posesión del templo y lo constituye en centro de su actividad y del nuevo pueblo de Dios (19,45-48). Se echan los cimientos para la Iglesia primitiva en Jerusalén (cf. Hec_2:41-47; Hec_4:32-37). 

  1. ENTRADA TRIUNFAL (Lc/19/28-40) JERUSALEN/ENTRADA 

28 Cuando acabó de decir estas cosas, caminaba delante, subiendo a Jerusalén. 

Se disipa el equívoco acerca de lo que iba a suceder: La entrada en Jerusalén no erige todavía el esplendoroso reinado del Mesías. La marcha continúa. El profeta, «poderoso en obras y en palabras», camina en medio de sus discípulos, el Hijo de David se dirige a la fiesta de la redención de Israel. Muchos de los que caminan con él eran testigos de sus obras y de sus palabras. Todos están convencidos de que se acerca la hora en que se cumpla lo que se había prometido a Israel. Pero no se comprende cómo ha de suceder esto (Lc.18:34). 

29 Al acercarse a Betfagé y Betania, junto al monte llamado de los Olivos, envió a dos de sus discípulos, 30 diciendo: Id a esa aldea que está enfrente, y, al entrar en ella, encontraréis atado un pollino, en el cual no se ha montado nunca nadie; desatadlo y traedlo. 31 Y si alguien os preguntara: ¿Por qué lo desatáis?, responderéis: Porque el Señor lo necesita. 32 Fueron, pues, los enviados y encontraron conforme Jesús les había indicado. 33 Mientras ellos estaban desatando el pollino, les preguntaron los dueños: ¿Por qué lo desatáis? 34 Ellos respondieron: Porque el Señor lo necesita. 

Betfagé («casa de la higuera») estaba situada en la vertiente occidental del monte de los Olivos; Betania («casa de la tribulación») está sobre la vertiente sudoeste del mismo. Quien viaja de Jericó a Jerusalén llega primero a Betania, luego a Betfagé. Una vez más se mira el camino desde Jerusalén (Lc.17:11), el viaje se enjuicia en función de la meta; sólo así se puede comprender debidamente la marcha. 

En Betfagé se someten los peregrinos a los ritos de la purificación, antes de hacer su entrada en la ciudad santa. Se preparan. También Jesús se prepara para su entrada en Jerusalén. Envía una pareja de discípulos como había enviado por parejas a sus precursores (Lc.10:1). Esta vez no habían de preparar su llegada con la palabra, sino trayendo lo que era necesario para su entrada triunfal como rey. E1 oficio de aquellos consiste siempre en preparar para la venida del Mesías. 

Jesús tiene necesidad de una cabalgadura; ésta tiene que ser el pollino de una asna. Los guerreros montan a caballo; el asno es la cabalgadura de los pobres y de las gentes de paz. Aquí se cumple lo que había predicho el profeta Zacarías: «Alégrate con alegría grande, hija de Sión. Salta de júbilo, hija de Jerusalén. Mira que viene a ti tu rey, justo y salvador, montado en un asno, en un pollino hijo de asna. Extirpará los carros de guerra de Efraim y los caballos de Jerusalén, y será roto el arco de guerra, y promulgará a las gentes la paz, y se extenderá de mar a mar su señorío y desde el río hasta los confines de la tierra» (Zac_9:9 s) (Cf. Mat_21:5; Zac_9:9; Jua_12:15; Isa_40:9). Se elige un pollino porque todavía no ha servido a nadie. Como el animal sacrificado no debe usarse para ningún trabajo corriente, pues está reservado a Dios, así también la cabalgadura de Jesús, el rey Mesías, ha de ser un pollino en que todavía no haya montado nadie (Deu_21:3; Num_19:2). Jesús sabe a ciencia cierta dónde se ha de hallar este pollino y dispone que le sea entregado por sus dueños. Tiene ciencia sobrehumana y señorío sobre los señores. En él se manifiestan santidad divina, saber divino y poder divino, y le acompañan en su camino incomprensible para los hombres. 

35 Lo llevaron, pues, ante Jesús y echando encima del pollino sus mantos, hicieron que Jesús se montara en él. 36 Mientras él caminaba, las gentes extendían sus mantos por el camino. 

Hicieron que se montara. Estas palabras usadas esta vez, y sólo esta, en el Nuevo Testamento, evocan un hecho memorable del Antiguo Testamento, en el que se usan las mismas palabras: «Cuando estuvieron en presencia del rey (el sacerdote Sadoc, el profeta Natán y Banayas, hijo de Joyada), el rey les dijo: Tomad con vosotros a los servidores de vuestro señor, montad a mi hijo Salomón sobre mi mula y bajadle a Gihón. Allí el sacerdote Sadoc y Natán, profeta, le ungirán rey de Israel, y tocaréis las trompetas, gritando: ¡Viva el rey Salomón! Después volveréis a subir tras él y se sentará en mi trono para que reine en mi lugar, pues a él le instituyo jefe de Israel y de Judá» (lRe 1,33-35). El ciego de Jericó proclamó a Jesús Hijo de David; como hijo real de David, como príncipe de la paz, entra Jesús en Jerusalén. También el hecho de extender los vestidos como una alfombra al paso de Jesús forma parte del ceremonial de la coronación de los reyes. Cuando Jehú fue aclamado rey «tomaron todos sus mantos y los pusieron debajo de él en las gradas, y, haciendo sonar las trompetas, gritaron: ¡Jehú, rey!» (2Re_9:13). Lo que hacen los discípulos responde al plan salvífico de Dios; tributan homenaje a Jesús como a rey Mesías. 

37 Acercándose ya a la bajada del monte de los Olivos, toda la multitud de los discípulos, llenos de alegría, comenzaron a alabar a Dios a grandes voces por todos los prodigios que habían visto, 38 y exclamaban: ¡Bendito el que viene, el rey, en nombre del Señor! ¡Paz en el cielo y gloria en las alturas! 

Quien desde Betania va acercándose a la pendiente del monte de los Olivos ve a Jerusalén delante de sí. A la vista de la magnificencia del templo y de la ciudad se llena de fe entusiástica la multitud que acompaña a Jesús. Del lado del monte de los Olivos es esperada la entrada del Mesías (Zac_14:4). El pueblo se acuerda de las obras de poder que había visto durante el tiempo de la actividad de Jesús, «cómo Dios lo ungió con Espíritu Santo y poder, y pasó haciendo el bien y sanando a todos los oprimidos por el diablo, porque Dios estaba con él» (Hec_10:38). Dios mismo ha visitado en Jesús a su pueblo, aportándole la salvación. 

En una aclamación de homenaje se condensa todo lo que llena de alegría a la multitud. A los peregrinos que se dirigen al templo les gritan los sacerdotes desde el interior del santuario las palabras de bendición: «¡Bendito el que viene en el nombre del Señor!» (Sal_118:26). Estas palabras de bendición se convierten en aclamación de homenaje a Jesús. Él es rey, al que Dios ha dado misión y poder. Dios lo ha bendecido, y el pueblo lo bendice, el pueblo que lo recibe como rey, lo saluda y lo acompaña a la ciudad real, Jerusalén. El rey Mesías entra en Jerusalén: se cumplen las promesas de Dios. 

Ha alboreado una gran hora en la historia de la salvación. El pueblo que acompaña a Jesús se hace cargo de lo que tal hora entraña en sí. Su grito de aclamación lo expresa: ¡Paz en el cielo y gloria en las alturas! Aquí resuena lo que los ángeles habían anunciado la noche de navidad (2,14). El rey Mesías, rey de paz, entra en Jerusalén y toma posesión del reino; esto es señal de que Dios procura la paz a los hombres y se glorifica como Dios. Por el momento hay paz y gloria en el cielo. Lo que sucede en el cielo tendrá efecto en la tierra. En efecto, se formula una oración que dice: «La paz reina en las alturas, quieras procurarnos paz a nosotros y a todo el pueblo de Israel.» La entrada de Jesús, rey de paz, en Jerusalén, no trae todavía el reino de la paz; primero tiene todavía que morir él y ser elevado al cielo. Cuando él vuelva a venir, vendrá la paz a la tierra (19,11). Se han reunido tres jalones de la historia de la salvación: El nacimiento del rey de la paz, su entrada en Jerusalén para la pasión y la glorificación, y su retorno para la erección definitiva del reino de Dios. 

39 Algunos de los fariseos que estaban entre la multitud le dijeron: Maestro, reprende a tus discípulos. 40 Pero él contestó: Yo os digo, que si éstos se callan, gritarán las piedras. 

Entre la multitud que rinde homenaje a Jesús se hallan también fariseos. Antes habían puesto ya a Jesús en guardia contra Herodes (13,31), ahora vuelven a advertirlo. Lo que aquí se desarrolla es acción de alta política. ¿Qué va a decir la potencia romana de ocupación? Con mucho retintín lo llaman maestro; maestro con autoridad puede llamarse si quiere, pero también rey y Mesías. Le insinúan que mande guardar silencio. ¡Cuántas veces se lo impuso también él a sus discípulos! Pero ahora ha pasado ya el tiempo de callar. Dios quiere que se deje aclamar como rey Mesías. 

Jesús aprueba la aclamación y la confesión por Mesías de sus discípulos, como en Jericó había aprobado el grito de socorro del ciego que lo aclamaba como Hijo de David. La confesión tiene que pronunciarse. Un proverbio, que es un eco del profeta Habacuc, confirma esta necesidad: «Chilla en el muro la piedra y le responde en el enmaderado la viga» (Hab_2:11). La frase suena a proverbio: Si se hace callar a sus discípulos porque la realeza de Jesús es rechazada por su pueblo, entonces las ruinas de Jerusalén destruida gritarán testimoniando que se ha rechazado injustamente la reivindicación mesiánica de Jesús. Jerusalén se convertirá en un montón de escombros, no porque sea peligrosa la confesión mesiánica, sino porque Jesús es rechazado como rey, no se reconoce la hora de la historia de la salvación y no se acepta la oferta salvífica de Dios. 


(Stöger, Alois, El Evangelio según San Lucas, en El Nuevo Testamento y su Mensaje, Editorial Herder)

Comentario teológico

Benedicto XVI

La entrada en Jerusalén

El Evangelio de Juan refiere que Jesús celebró tres fiestas de Pascua durante el tiempo de su vida pública: una primera en relación con la purificación del templo (2,13-25); otra con ocasión de la multiplicación de los panes (6,4); y, finalmente, la Pascua de la muerte y resurrección (p. ej. 12,1; 13,1), que se ha convertido en «su» gran Pascua, en la cual se funda la fiesta cristiana, la Pascua de los cristianos. Los Sinópticos han transmitido información solamente de una Pascua: la de la cruz y la resurrección; para Lucas, el camino de Jesús se describe casi como un único subir en peregrinación desde Galilea hasta Jerusalén.

Es ante todo una «subida» en sentido geográfico: el Mar de Galilea está aproximadamente a 200 metros bajo el nivel del mar, mientras que la altura media de Jerusalén es de 760 metros sobre el nivel del mar. Como peldaños de esta subida, cada uno de los Sinópticos nos ha transmitido tres profecías de Jesús sobre su Pasión, aludiendo con ello también a la subida interior, que se va desarrollando a lo largo del camino exterior: el ir caminando hacia el templo como el lugar donde Dios quiso «establecer» su nombre, como se describe en el Libro delDeuteronomio (12,11; 14,23).

La última meta de esta «subida» de Jesús es la entrega de sí mismo en la cruz, una entrega que reemplaza los sacrificios antiguos; es la subida que la Carta a los Hebreos califica como un ascender, no ya a una tienda hecha por mano de hombre, sino al cielo mismo, es decir, a la presencia de Dios (9,24). Esta ascensión hasta la presencia de Dios pasa por la cruz, es la subida hacia el «amor hasta el extremo» (cf.Jn 13,1), que es el verdadero monte de Dios.

Naturalmente, la meta inmediata de la peregrinación de Jesús es Jerusalén, la Ciudad Santacon su templo y la «Pascua de los judíos», como la llama Juan (2,13). Jesús se había puesto en camino junto con los Doce, pero poco a poco se fue uniendo a ellos un grupo creciente de peregrinos; Mateo y Marcos nos dicen que, ya al salir de Jericó, había una «gran muchedumbre» que seguía a Jesús (Mt 20,29; cf. Mc 10,46).

En este último tramo del recorrido hay un episodio que aumenta la expectación por lo que está a punto de ocurrir, y que pone a Jesús de un modo nuevo en el centro de atención de quienes lo acompañan. Un mendigo ciego, llamado Bartimeo, está sentado junto al camino. Se entera de que entre los peregrinos está Jesús y entonces se pone a gritar sin cesar: «Hijo de David, Jesús, ten compasión de mí» (Mc10,47). En vano tratan de tranquilizarlo y, al final, Jesús le invita a que se acerque. A su súplica —«Rabbuní, ¡que pueda ver!»—, Jesús le contesta: «Anda, tu fe te ha curado».

Bartimeo recobró la vista «y le seguía por el camino» (Mc10,48-52). Una vez que ya podía ver, se unió a la peregrinación hacia Jerusalén. De repente, el tema «David», con su intrínseca esperanza mesiánica, se apoderó de la muchedumbre: este Jesús con el que iban de camino ¿no será acaso verdaderamente el nuevo David? Con su entrada en la Ciudad Santa, ¿no habrá llegado la hora en que Él restablezca el reino de David?

Los preparativos que Jesús dispone con sus discípulos hacen crecer esta expectativa. Jesús llega al Monte de los Olivos desde Betfagé y Betania, por donde se esperaba la entrada del Mesías. Manda por delante a dos discípulos, diciéndoles que encontrarían un borrico atado, un pollino, que nadie había montado. Tienen que desatarlo y llevárselo; si alguien les pregunta el porqué, han de responder: «El Señor lo necesita» (Mc 11,3; Lc 19,31). Los discípulos encuentran el borrico, se les pregunta —como estaba previsto— por el derecho que tienen para llevárselo, responden como se les había ordenado y cumplen con el encargo recibido. Así, Jesús entra en la ciudad montado en un borrico prestado, que inmediatamente después devolverá a su dueño.

Todo esto puede parecer más bien irrelevante para el lector de hoy, pero para los judíos contemporáneos de Jesús está cargado de referencias misteriosas. En cada uno de los detalles está presente el tema de la realeza y sus promesas. Jesús reivindica el derecho del rey a requisar medios de transporte, un derecho conocido en toda la antigüedad (cf. Pesch, Markusevangelium, II, p. 180). El hecho de que se trate de un animal sobre el que nadie ha montado todavía remite también a un derecho real. Y, sobre todo, se hace alusión a ciertas palabras del Antiguo Testamento que dan a todo el episodio un sentido más profundo.

En primer lugar, las palabras de Génesis 49,10s,la bendición de Jacob, en las que se asigna am Judá el cetro, el bastón de mando, que no le será quitado de sus rodillas «hasta que llegue aquel a quien le pertenece y a quien los pueblos deben obediencia». Sc dice de Él que ata su borriquillo a la vid (49,11).Por tanto, el borrico atado hace referencia al que tiene que venir, al cual «los pueblos deben obediencia».

Más importante aún es Zacarías 9,9, el texto que Mateo y Juan citan explícitamente para hacer comprender el «Domingo de Ramos»: «Decid a la hija de Sión: mira a tu rey, que viene a ti humilde, montado en un asno, en un pollino, hijo de acémila» (Mt 21,5;cf. Za 9,9; Jn 12,15).Ya hemos reflexionado ampliamente sobre el sentido de estas palabras del profeta para comprender la figura de Jesús al comentar la bienaventuranza de los humildes, de los mansos (cf. primera parte, pp. 108-112). Él es un rey que rompe los arcos de guerra, un rey de la paz y un rey de la sencillez, un rey de los pobres. Y hemos visto, en fin, que gobierna un reino que se extiende demar a mar y abarca toda la tierra (cf. ibíd., p. 109); esto nos ha recordado el nuevo reino universal de Jesús que, en las comunidades de la fracción del pan, es decir, en la comunión con Jesucristo, se extiende de mar a mar como reino de su paz (cf. ibíd., p. 112). Todo esto no podía verse entonces, pero lo que, oculto en la visión profética, había sido apenas vislumbrado desde lejos, resulta evidente en retrospectiva.

Por ahora retengamos esto: Jesús reivindica, de hecho, un derecho regio. Quiere que se entienda su camino y su actuación sobre la base de las promesas del Antiguo Testamento, que se hacen realidad en Él. El Antiguo Testamento habla de Él, y viceversa: Él actúa y vive de la Palabra de Dios, no según sus propios programas y deseos. Su exigencia se funda en la obediencia a los mandatos del Padre. Sus pasos son un caminar por la senda de la Palabra deDios. Al mismo tiempo, la referencia a Zacarías 9,9excluye una interpretación «zelote» de la realeza: Jesús no se apoya en la violencia, no emprende una insurrección militar contra Roma. Su poder es de carácter diferente: reside en la pobreza de Dios, en la paz de Dios, que Él considera el único poder salvador.

Volvamos al desarrollo de la narración. Cuando se lleva el borrico a Jesús, ocurre algo inesperado: los discípulos echan sus mantos encima del borrico; mientras Mateo (21,7) y Marcos (11,7) dicen simplemente que «Jesús se montó», Lucas escribe: «Y le ayudaron a montar» (19,35). Ésta es la expresión usada en el Primer Libro de los Reyes cuando narra el acceso de Salomón al trono de David, su padre. Allí se lee que el rey David ordena al sacerdote Zadoc, al profeta Natán y a Benaías: «Tomad con vosotros los veteranos de vuestro señor, montad a mi hijo Salomón sobre mi propia mula y bajadle a Guijón. El sacerdote Zadoc y el profeta Natán lo ungirán allí como rey de Israel...» (1,33s).

También el echar los mantos tiene su sentido en la realeza de Israel (cf. 2 R 9,13). Lo que hacen los discípulos es un gesto de entronización en la tradición de la realeza davídica y, así, también en la esperanza mesiánica que se ha desarrollado a partir de ella. Los peregrinos que han venido con Jesús a Jerusalén se dejan contagiar por el entusiasmo de los discípulos; ahora alfombran con sus mantos el camino por donde pasa. Cortan ramas de los árboles y gritan palabras del Salmo 118, palabras de oración de la liturgia de los peregrinos de Israel que en sus labios se convierten en una proclamación mesiánica: «¡Hosanna, bendito el que viene en el nombre del Señor! ¡Bendito el Reino que llega, el de nuestro padre David! ¡Hosanna en las alturas!» (Mc 11,9s; cf. Sal 118,25s).

Esta aclamación la han transmitido los cuatro evangelistas, aunque con sus variantes específicas. Estas diferencias no son irrelevantes para la historia de la transmisión y la visión teológica de cada uno de los evangelistas, pero no es necesario que nos ocupemos aquí de ellas. Tratamos solamente de comprender las líneas esenciales de fondo, teniendo en cuenta, además, que la liturgia cristiana ha acogido este saludo, interpretándolo a la luz de la fe pascual de la Iglesia.

Ante todo, aparece la exclamación: «¡Hosanna!». Originalmente, ésta era una expresión de súplica, como: «¡Ayúdanos!». En el séptimo día de la fiesta de las Tiendas, los sacerdotes, dando siete vueltas en torno al altar del incienso, la repetían monótonamente para implorar la lluvia. Pero, así como la fiesta de las Tiendas se transformó de fiesta de súplica en una fiesta de alegría, la súplica se convirtió cada vez más en una exclamación de júbilo (cf. Lohse, ThWNT, IX, p. 682).

La palabra había probablemente asumido también un sentido mesiánico ya en los tiempos de Jesús. Así, podemos reconocer en la exclamación «¡Hosanna!» una expresión de múltiples sentimientos, tanto de los peregrinos que venían con Jesús como de sus discípulos: una alabanza jubilosa a Dios en el momento de aquella entrada; la esperanza de que hubiera llegado la hora del Mesías, y al mismo tiempo la petición de que fuera instaurado de nuevo el reino de David y, con ello, el reinado de Dios sobre Israel.

La palabra siguiente del Salmo 118, «bendito el que viene en el nombre del Señor», perteneció en un primer tiempo, como se ha dicho, a la liturgia de Israel para los peregrinos y con ella se los saludaba a la entrada de la ciudad o del templo. Lo demuestra también la segunda parte del versículo: «Os bendecimos desde la casa del Señor». Era una bendición que los sacerdotes dirigían y casi imponían sobre los peregrinos a su llegada. Pero con el tiempo la expresión «que viene en el nombre del Señor» había adquirido un sentido mesiánico. Más aún, se había convertido incluso en la denominación de Aquel que había sido prometido por Dios. De este modo, de una bendición para los peregrinos la expresión se transformó en una alabanza a Jesús, al que se saluda como al que viene en nombre de Dios, como el Esperado y el Anunciado por todas las promesas.

La referencia específicamente davídica, que se encuentra solamente en el texto de Marcos, nos presenta tal vez en su modo más originario la expectativa de los peregrinos en aquellos momentos. Lucas, que escribe para los cristianos procedentes del paganismo, ha omitido completamente el «Hosanna» y la referencia a David, reemplazándola con una exclamación que alude a la Navidad: «¡Paz en el cielo y gloria en las alturas!» (19,38; cf. 2,14). De los tres Evangelios sinópticos, pero también de Juan, se deduce claramente que la escena del homenaje mesiánico a Jesús tuvo lugar al entrar en la ciudad, y que sus protagonistas no fueron los habitantes de Jerusalén, sino los que acompañaban a Jesús entrando con Él en la Ciudad Santa.

Mateo lo da a entender de la manera más explícita, añadiendo después de la narración del Hosanna dirigido a Jesús, hijo de David, el comentario: «Al entrar en Jerusalén, toda la ciudad preguntaba alborotada: "¿Quién es éste?". La gente que venía con él decía: "Es Jesús, el profeta de Nazaret de Galilea"» (21,10s). El paralelismo con el relato de los Magos de Oriente es evidente. Tampoco entonces se sabía nada en la ciudad de Jerusalén sobre el rey de los judíos que acababa de nacer; esta noticia había dejado a Jerusalén «trastornada» (Mt 2,3). Ahora se «alborota»: Mateo usa la palabra eseísthe (seíö), que expresa el estremecimiento causado por un terremoto.

Algo se había oído hablar del profeta que venía de Nazaret, pero no parecía tener ninguna relevancia para Jerusalén, no era conocido. La multitud que homenajeaba a Jesús en la periferia de la ciudad no es la misma que pediría después su crucifixión. En esta doble noticia sobre el no reconocimiento de Jesús —una actitud de indiferencia y de inquietud a la vez—, hay ya una cierta alusión a la tragedia de la ciudad, que Jesús había anunciado repetidamente, y de modo más explícito en su discurso escatológico.

Pero en Mateo hay también otro texto importante, exclusivamente suyo, sobre la acogida de Jesús en la Ciudad Santa. Después de la purificación del templo, algunos niños repiten en el templo las palabras del homenaje a Jesús: «¡Hosanna al hijo de David!» (21,15). Jesús defiende la aclamación de los niños ante los «sumos sacerdotes y los escribas» haciendo referencia al Salmo 8,3: «De la boca de los niños y de los que aún maman has sacado una alabanza». Volveremos de nuevo sobre esta escena en la reflexión sobre la purificación del templo. Tratemos aquí de comprender lo que Jesús ha querido decir con la referencia al Salmo 8, una alusión con la cual ha abierto una vasta perspectiva histórico-salvífica.

Lo que quería decir resulta muy claro si recordamos el episodio sobre los niños presentados a Jesús «para que los tocara», descrito por todos los evangelistas sinópticos. Contra la resistencia de los discípulos, que quieren defenderlo frente a esta intromisión, Jesús llama a los niños, les impone las manos y los bendice. Y explica luego este gesto diciendo: «Dejad que los niños se acerquen a mí: no se lo impidáis; de los que son como ellos es el Reino de Dios. Os aseguro que el que no acepte el Reino de Dios como un niño, no entrará en él» (Mc10,13-15). Los niños son para Jesús el ejemplo por excelencia de ese ser pequeño ante Dios que esnecesario para poder pasar por el «ojo de una aguja», a lo que hace referencia el relato del joven rico en el pasaje que sigue inmediatamente después (Mc 10,17-27).

Poco antes había ocurrido el episodio en el que Jesús reaccionó a la discusión sobre quién era el más importante entre los discípulos poniendo en medio a un niño, y abrazándole dijo: «El que acoge a un niño como éste en mi nombre, me acoge a mí» (Mc 9,33-37). Jesús se identifica con el niño, Él mismo se ha hecho pequeño. Como Hijo, no hace nada por sí mismo, sino que actúa totalmente a partir del Padre y de cara a Él.

Si se tiene en cuenta esto, se entiende también la perícopa siguiente, en la cual ya no se habla de niños, sino de los «pequeños»; y la expresión «los pequeños» se convierte incluso en la denominación de los creyentes, de la comunidad de los discípulos de Jesús (cf. Mc 9,42). Han encontrado este auténtico ser pequeño en la fe, que reconduce al hombre a su verdad.

Volvemos con esto al «Hosanna» de los niños. A la luz del Salmo 8, la alabanza de los niños aparece como una anticipación de la alabanza que sus «pequeños» entonarán en su honor mucho más allá de esta hora.

En este sentido, con buenas razones, la Iglesia naciente pudo ver en dicha escena la representación anticipada de lo que ella misma hace en la liturgia. Ya en el texto litúrgico postpascual más antiguo que conocemos —en la Didaché, en torno al año 100—, antes de la distribución de los sagrados dones aparece el «Hosanna» junto con el «Maranatha»: «¡Venga la gracia y pase este mundo! ¡Hosanna al Dios de David! ¡Si alguno es santo, venga!; el que no lo es, se convierta. ¡Maranatha! Amén» (10,6).

También el Benedictus fue incluido muy pronto en la liturgia: para la Iglesia naciente el «Domingo de Ramos» no era una cosa del pasado. Así como entonces el Señor entró en la Ciudad Santa a lomos del asno, así también la Iglesia lo veía llegar siempre nuevamente bajo la humilde apariencia del pan y el vino.

La Iglesia saluda al Señor en la Sagrada Eucaristía como el que ahora viene, el que ha hecho su entrada en ella. Y lo saluda al mismo tiempo como Aquel que sigue siendo el que ha de venir y nos prepara para su venida. Como peregrinos, vamos hacia Él; como peregrino, Él sale a nuestro encuentro y nos incorpora a su «subida» hacia la cruz y la resurrección, hacia la Jerusalén definitiva que, en la comunión con su Cuerpo, ya se está desarrollando en medio de este mundo.

(Ratzinger, J. – Benedicto XVI, Jesús de Nazaret, Segunda Parte, Ediciones Encuentro, Madrid, 2011, p. 11 – 22)

Aplicación

P. Alfredo Sáenz, S.J.

P. Alfredo Sáenz, S.J.


VAYAMOS Y MURAMOS CON ÉL


La liturgia de este domingo nos pone en contacto con dos hechos de la vida de nuestro Redentor: su entrada triunfal en la Ciudad Santa —entrada procesional de un Rey de condición divino-humana— y el relato de la Pasión de este Rey. Pasión que no está desvinculada de la entrada triunfal, ya que por este camino, el de la humillación, será entronizado, tomará posesión de este reino.

Previo a este reconocimiento público de Cristo como Rey en medio de vivas y hosannas al Hijo de David, ángeles, judíos y gentiles habían ya dado testimonio de su entrada en este mundo. Es cierto que al encarnarse, ocultó su condición en la humildad. Sin embargo, ya desde entonces era verdadero rey. Así lo declaró el arcángel Gabriel a la Santísima Virgen: "Él será grande y llamado Hijo del Altísimo, y le dará el Señor Dios el trono de David, su padre; reinará sobre la casa de Jacob por los siglos y su reino no tendrá fin". Algo semejante se dijo a los pastores: "Os ha nacido hoy, en la ciudad de David, un salvador, que es el Cristo, Señor". Y cuando los Magos se ponen en su busca, no dudan en calificarlo como rey: "¿Dónde está el rey de los judíos que acaba de nacer?".

A lo largo de su vida y enseñanza pública, Jesucristo iría haciendo conocer la naturaleza de su reino y el modo como lo conquistaría y consolidaría. Ahora, en este día de su entrada triunfal en Jerusalén, se nos muestra lleno de majestad, marchando decidido y solemne hacia su trono, el de la Cruz, para que se cumpla lo profetizado: "Reinará desde un madero".

Al iniciar la Semana Santa debemos incorporarnos a todos aquellos que a lo largo de los siglos lo han aclamado como rey, así como confirmar nuestra decisión de seguirlo por el camino real de la santa Cruz. En estos días venerables de la Semana Santa, la Iglesia nos hace experimentar una serie de sentimientos paradojales. Gozo, por la presencia del Salvador que nos obtendrá el perdón; dolor ante el Cristo al que crucifican por nuestros pecados; tristeza, porque va a la cruz por nuestra culpa; alegría, porque con San Pablo cada uno de nosotros puede decir: "Me amó y se entregó por mí". Muere el justo e inocente para que nosotros obtengamos el perdón y la vida".

Toda la vida de Cristo es un marchar hacia Jerusalén, hacia el Templo, el lugar de los sacrificios. Él mismo es el Templo, la Víctima y el Sacerdote. Él mismo es nuestra Pascua. Sube a Jerusalén a celebrar la verdadera y definitiva Pascua anunciada por los Profetas, figurada en culto de la antigua alianza, y esperada ansiosamente por nuestros padres en la fe. Pascua verdadera y definitiva que es el paso de la esclavitud del hombre viejo a la libertad de los hijos de Dios, de la situación de enemigos a la de hijos del Padre eterno, de la muerte a la vida.

El Misterio Pascual, tema central de estos días, no fue algo imprevisto o improvisado en la vida de Cristo. No fue un obstáculo a su obra. Los evangelios nos refieren que varias veces lo había predicho a los que lo seguían. "A partir de ese día, comenzó Jesús a manifestar a sus discípulos que él debía ir a Jerusalén y sufrir mucho de parte de los ancianos, los sumos sacerdotes y los escribas, que debía ser condenado a muerte y que resucitaría al tercer día". No en vano, una vez resucitado, les diría a los de Emaús: "¿No era necesario acaso que el Mesías sufriese así para entrar en su gloria?".

Sus mismos enemigos lo profetizarían. Caifás, por ejemplo, haciendo conocer la voluntad del Padre con respecto a Cristo: "Vosotros no sabéis nada, ni caéis en la cuenta que os conviene que muera uno solo por el pueblo y no que perezca toda la nación". De este modo señalaba que Cristo "iba a morir por la nación, y no sólo por la nación, sino también para reunir en uno a los hijos de Dios que estaban dispersos".

Cristo lo sabía y lo deseaba. Lo había declarado directamente y también de modo figurativo. Él mismo había dicho que a Él se refería la serpiente elevada en alto por Moisés, que curaba a quienes la miraban, infectados por el veneno del pecado. Él era el Templo que sería destruido al ser crucificado y al tercer día sería reedificado. Él, como Jonás, estaría tres días en el seno de la tierra, para luego ser devuelto vivo. Claramente había profetizado que cuando fuera elevado en alto, atraería a todos hacia Él. De este misterio que nos aprestamos a revivir litúrgicamente brotan todos los beneficios obtenidos por Cristo, según lo señala San Pablo: "Como por la transgresión de uno solo llegó la condenación a todos, así también por la justicia de uno solo llega a todos la justificación de la vida".

Toda la vida de Cristo fue un decidido caminar de Belén al Calvario. No faltaron, por cierto, quienes quisieron interferir en su decisión, evitando que diera cumplimiento a lo que Él llamaba "mi hora". En primer lugar, el mismo demonio, cuando lo tentó en el desierto; luego Pedro, después de reconocerlo como el Mesías, Hijo de Dios; asimismo las muchedumbres, cuando después de la multiplicación de los panes lo quisieron hacer rey, debiendo el Señor huir. También nosotros corremos el peligro de querer apartar a Cristo del camino de la Cruz. Si bien El ya lo recorrió cumplidamente, con frecuencia lo dejamos solo, no cargando nuestra propia cruz, bajándonos de ella, avergonzándonos de ser cireneos de Cristo, o pretendiendo inventar un cristianismo sin cruz.

Grande ha de haber sido la compasión que experimentó Cristo al contemplar la multitud que lo aclamaba y vitoreaba jubilosa. Eran sinceros en su alabanza, pero ignoraban la necesidad de ser redimidos, ignoraban el sentido del drama pascual. Así lo querían a Cristo, como rey vencedor, no como rey coronado de espinas. Mientras tanto, el Señor pensaría en su interior que "nadie tiene mayor amor que el que da la vida por sus amigos". Pero esto no podía ser entendido por ellos. Bien ha escrito el Kempis: "Tiene ahora Jesús muchos que quieren poseer su reino de los cielos, pero pocos que quieran llevar su cruz. Halla muchos amigos de su consolación; pocos, de su tribulación. Halla muchos compañeros de su mesa; pocos, de su ayuno. Todos quisieran gozar con Él; pocos quieren padecer algo por Él. Muchos siguen a Jesús hasta partir el pan; pocos, hasta beber el cáliz de la Pasión. Muchos admiran sus milagros; pocos siguen la ignominia de la cruz".

Jesús se resiste a buscar otro camino, hecho "obediente hasta la muerte y muerte de cruz". Cristo no renunciará, por cierto, a ser Rey de los individuos, de las familias, de las ciudades y de los soberanos del mundo. Si desistiera de ello, estaríamos perdidos. Él no busca ser dueño de tierras, poder y riquezas, ya que todo es suyo. Lo que Él quiere es ganarse el corazón, tanto de los individuos como de las sociedades, a ver si de una vez por todas dejamos de oponerle resistencia. No quiere dominar por la fuerza, sino suscitando nuestro amor, porque es rey de amor. No quiere esclavos, sino seres y sociedades libres del pecado, de las pasiones y de las cosas. Quiere hacemos reinar con Él. Por eso desea que le sirvamos, ya que servirlo es reinar.

Pero para reinar con Él deberemos imitarlo en su gesto victimal, poniendo también sobre nuestros hombros la cruz de cada día, tomando cotidianamente sobre nuestras espaldas su yugo, que es suave, y su carga, que es ligera. Él nos da el ejemplo. Va delante nuestro. Siendo Dios se hizo hombre, siendo Rey se hizo servidor, siendo justo se hizo pecado, siendo inocente se hizo maldito por nosotros. Tomó nuestra cruz para que nosotros tomásemos la suya.

Hoy la Iglesia, como en otro tiempo Juan Bautista, nos lo señala diciéndonos: "He ahí el Cordero de Dios, que quita los pecados del mundo". Si no lo reconocemos como Redentor, si no nos reconocemos pecadores, no podrá perdonamos. Su pasión se volverá ineficaz a causa de nuestra soberbia. En lugar de aquellas alfombras y ramas verdes, pongámonos nosotros mismos en su camino para que pisotee nuestros pecados, para que se enseñoree majestuosamente de nuestra persona y de nuestras obras con nuestro consentimiento amoroso.

Sube hoy el Señor a Jerusalén, acompañado de sus discípulos y de las multitudes atraídas por su fama, sus milagros, su enseñanza y su misericordia. Son las últimas manifestaciones de su gloria. Desde ahora en adelante su divinidad comenzará a eclipsarse y las multitudes a alejarse de Él, sin exceptuar a los discípulos, los de entonces y los de todos los tiempos. Deber nuestro es formar parte de aquel cortejo real, pero prosiguiendo nuestra marcha hasta el monte Calvario, permaneciendo allí no como acusadores, sino acusándonos; no pidiéndole que baje de la cruz, sino inmolándonos juntamente con Él, a semejanza de su Madre, María Santísima; no impidiendo su muerte, sino ofreciendo su sacrificio; acompañándolo en la pena para luego seguirlo en la gloria.

Continuaremos ahora el Santo Sacrificio de la Misa. Hagamos propios los sentimientos de Cristo, que se dirige al Calvario lleno de serenidad, pues no está haciendo otra cosa que la voluntad de su Padre. Hagamos menos pesada la tristeza que experimenta al considerar que su Pasión será ineficaz para muchos, a causa de la dureza de sus corazones. Y al recibir su cuerpo inmolado digamos con los apóstoles: "Vayamos y muramos con Él".



 (SAENZ, A., Palabra y Vida, Ciclo C, Ediciones Gladius, Buenos Aires, 1994, p. 114-118)

Sasn Juan Pablo II

S. Juan Pablo II

Cristo, junto con sus discípulos, se acerca a Jerusalén. Lo hace como los demás peregrinos, hijos e hijas de Israel, que en esta semana, precedente a la Pascua, van a Jerusalén. Jesús es uno de tantos.

Este acontecimiento, en su desarrollo externo, se puede considerar, pues, normal. Jesús se acerca a Jerusalén desde el Monte llamado de los Olivos, y por lo tanto viniendo de las localidades de Betfagé y de Betania. Allí da orden a dos discípulos de traerle un borrico. Les da las indicaciones precisas: dónde encontrarán el animal y cómo deben responder a los que pregunten por qué lo hacen. A los que preguntan por qué desatan al borrico, les responden: “El Señor tiene necesidad de él” (Lc 19,31), y esta respuesta es suficiente. El borrico es joven; hasta ahora nadie ha montado sobre él. Jesús será el primero. Así, pues, sentado sobre el borrico, Jesús realiza el último trecho del camino hacia Jerusalén. Sin embargo, desde cierto momento, este viaje, que en sí nada tenía de extraordinario, se cambia en una verdadera “entrada solemne en Jerusalén”.

Las palabras de veneración según el Evangelio de San Lucas, dicen así: “Bendito el que viene, el Rey, en nombre del Señor. Paz en el cielo y gloria en las alturas” (Lc 19,38).

El hecho de que Jesús sube hacia Jerusalén con sus discípulos asume un significado mesiánico. Los detalles que forman el marco del acontecimiento, demuestran que en él se cumplen las profecías. Demuestran también que pocos días antes de la Pascua, en ese momento de su misión pública, Jesús logró convencer a muchos hombres sencillos en Israel. Le seguían los más cercanos, los Doce, y además una muchedumbre: “Toda la muchedumbre de los discípulos”, como dice el Evangelista Lucas (19,37), la cual hacía comprender sin equívocos que veía en Él al Mesías.

Jesús al subir de este modo hacia Jerusalén, se revela a Sí mismo completamente ante aquellos que preparan el atentado contra su vida. Por lo demás, se había revelado desde ya hacía tiempo, al confirmar con los milagros todo lo que proclamaba y al enseñar, como doctrina de su Padre, todo lo que enseñaba. Las lecturas litúrgicas de las últimas semanas lo demuestran de manera clara: la “entrada solemne en Jerusalén” constituye un paso nuevo y decisivo en el camino hacia la muerte, que le preparan los ancianos de los representantes de Israel.

Las palabras que dice “toda la muchedumbre” de peregrinos, que subían a Jerusalén con Jesús, no podían menos de reforzar las inquietudes del Sanedrín y de apresurar la decisión final.

El Maestro es plenamente consciente de esto. Todo cuanto hace, lo hace con esta conciencia, siguiendo las palabras de la Escritura, que ha previsto cada uno de los momentos de su Pascua.

Jesús de Nazaret se revela, pues, según las palabras de los Profetas, que Él sólo ha comprendido en toda su plenitud. Esta plenitud permaneció velada tanto a “la muchedumbre de los discípulos”, que a lo largo del camino hacia Jerusalén cantaban “Hosanna”, alabando “a Dios a grandes voces por todos los milagros que habían visto” (Lc 19,37), como a esos Doce más cercanos a Él. A estos últimos, el amor por Cristo no les permite admitir un final doloroso; recordemos cómo en una ocasión dijo Pedro: “Esto no te sucederá jamás” (Mt 16,22).

En cambio, para Jesús las palabras del Profeta son claras hasta el fin, y se revelan con toda la plenitud de su verdad; y Él mismo se abre ante esta verdad con toda la profundidad de su espíritu. La acepta totalmente. No reduce nada. En las palabras de los Profetas encuentra el significado justo de la vocación del Mesías: de su propia vocación. Encuentra en ellas la voluntad del Padre.

“El Señor Dios me ha abierto los oídos, y yo no me resisto, no me echo atrás” (Is.50,5).

De este modo la liturgia del Domingo de Ramos contiene ya en sí la dimensión plena de la pasión: la dimensión de la Pascua.

“He dado mis espaldas a los que me herían, mis mejillas a los que me arrancaban la barba. Y no escondí mi rostro ante las injurias y los esputos” (Is 50,6).

“Al verme, se burlan de mí, hacen visajes, menean la cabeza... me taladran las manos y los pies, puedo contar mis huesos. Se reparten mi ropa, echan a suerte mi túnica” (Sal 21(22),8.17-19).

En medio de las exclamaciones de la muchedumbre, del entusiasmo de los discípulos que, con las palabras de los Profetas, proclaman y confiesan en Él al Mesías, sólo Él, Cristo, lee hasta el fondo lo que sobre Él han escrito los Profetas.

Y todo lo que han dicho y escrito se cumple en Él con la verdad interior de su alma. Él, con la voluntad y el corazón, está ya en todo lo que, según las dimensiones externas del tiempo, le queda todavía por delante. Ya en este cortejo triunfal, en su “entrada en Jerusalén”, Él es “obediente hasta la muerte y muerte de cruz” (Fil.2,8).

Entre la voluntad del Padre, que lo ha enviado, y la voluntad del Hijo hay una profunda unión plena de amor, un beso interior de paz y de redención. En este beso, en este abandono sin límites, Jesucristo que es de naturaleza divina, se despoja de Sí mismo y toma la condición de siervo, humillándose a Sí mismo (cfr. Fil. 2,6-8). Y permanece en este abatimiento, en esta expoliación de su fulgor externo, de su divinidad y de su humanidad, llena de gracia y de verdad. ÉL, Hijo del hombre, va, con esta aniquilamiento y expoliación, hacia los acontecimientos que se cumplirán, cuando su abajamiento, expoliación, aniquilamiento revistan precisas formas exteriores: recibirá salivazos, será flagelado, insultado, escarnecido, rechazado del propio pueblo, condenado a muerte, crucificado, hasta que pronuncien el último: “todo está cumplido”, entregando el espíritu en las manos del Padre.

Esta es la entrada “interior” de Jesús en Jerusalén, que se realiza dentro de su alma en el umbral de la Semana Santa.

En cierto momento se le acercan los fariseos que no pueden soportar más las exclamaciones de la muchedumbre en honor de Cristo, que hace su entrada en Jerusalén, y dicen: “Maestro, reprende a tus discípulos”; Jesús contestó: “Os digo que, si ellos callasen, gritarían las piedras” (Lc 19,39-40).

En esta ciudad (Roma) no faltan las piedras que hablan de cómo ha llegado aquí la cruz de Cristo y de cómo ha echado sus raíces en esta capital del mundo antiguo.

Que nuestros corazones y nuestras conciencias griten más fuerte que ellas.

(Domingo de Ramos, 30 de marzo de 1980)

SS. Benedicto XVI

SS. Benedicto XVI


Queridos hermanos y hermanas:
 


En la procesión del domingo de Ramos nos unimos a la multitud de los discípulos que, con gran alegría, acompañan al Señor en su entrada en Jerusalén. Como ellos, alabamos al Señor aclamándolo por todos los prodigios que hemos visto. Sí, también nosotros hemos visto y vemos todavía ahora los prodigios de Cristo: cómo lleva a hombres y mujeres a renunciar a las comodidades de su vida y a ponerse totalmente al servicio de los que sufren; cómo da a hombres y mujeres la valentía para oponerse a la violencia y a la mentira, para difundir en el mundo la verdad; cómo, en secreto, induce a hombres y mujeres a hacer el bien a los demás, a suscitar la reconciliación donde había odio, a crear la paz donde reinaba la enemistad. 

La procesión es, ante todo, un testimonio gozoso que damos de Jesucristo, en el que se nos ha hecho visible el rostro de Dios y gracias al cual el corazón de Dios se nos ha abierto a todos. En el evangelio de san Lucas, la narración del inicio del cortejo cerca de Jerusalén está compuesta en parte, literalmente, según el modelo del rito de coronación con el que, como dice el primer libro de los Reyes, Salomón fue revestido como heredero de la realeza de David (cf. 1 R 1, 33-35). Así, la procesión de Ramos es también una procesión de Cristo Rey: profesamos la realeza de Jesucristo, reconocemos a Jesús como el Hijo de David, el verdadero Salomón, el Rey de la paz y de la justicia. 

Reconocerlo como rey significa aceptarlo como aquel que nos indica el camino, aquel del que nos fiamos y al que seguimos. Significa aceptar día a día su palabra como criterio válido para nuestra vida. Significa ver en él la autoridad a la que nos sometemos. Nos sometemos a él, porque su autoridad es la autoridad de la verdad. La procesión de Ramos es —como sucedió en aquella ocasión a los discípulos— ante todo expresión de alegría, porque podemos conocer a Jesús, porque él nos concede ser sus amigos y porque nos ha dado la clave de la vida. Pero esta alegría del inicio es también expresión de nuestro "sí" a Jesús y de nuestra disponibilidad a ir con él a dondequiera que nos lleve. Por eso, la exhortación inicial de la liturgia de hoy interpreta muy bien la procesión también como representación simbólica de lo que llamamos "seguimiento de Cristo": "Pidamos la gracia de seguirlo", hemos dicho. 

La expresión "seguimiento de Cristo" es una descripción de toda la existencia cristiana en general. ¿En qué consiste? ¿Qué quiere decir en concreto "seguir a Cristo"? 

Al inicio, con los primeros discípulos, el sentido era muy sencillo e inmediato: significaba que estas personas habían decidido dejar su profesión, sus negocios, toda su vida, para ir con Jesús. Significaba emprender una nueva profesión: la de discípulo. El contenido fundamental de esta profesión era ir con el maestro, dejarse guiar totalmente por él. Así, el seguimiento era algo exterior y, al mismo tiempo, muy interior. El aspecto exterior era caminar detrás de Jesús en sus peregrinaciones por Palestina; el interior era la nueva orientación de la existencia, que ya no tenía sus puntos de referencia en los negocios, en el oficio que daba con 

qué vivir, en la voluntad personal, sino que se abandonaba totalmente a la voluntad de Otro. 

Estar a su disposición había llegado a ser ya una razón de vida. Eso implicaba renunciar a lo que era propio, desprenderse de sí mismo, como podemos comprobarlo de modo muy claro en algunas escenas de los evangelios. Pero esto también pone claramente de manifiesto qué significa para nosotros el seguimiento y cuál es su verdadera esencia: se trata de un cambio interior de la existencia. Me exige que ya no esté encerrado en mi yo, considerando mi autorrealización como la razón principal de mi vida. Requiere que me entregue libremente a Otro, por la verdad, por amor, por Dios que, en Jesucristo, me precede y me indica el camino. Se trata de la decisión fundamental de no considerar ya los beneficios y el lucro, la carrera y el éxito como fin último de mi vida, sino de reconocer como criterios auténticos la verdad y el amor. Se trata de la opción entre vivir sólo para mí mismo o entregarme por lo más grande. Y tengamos muy presente que verdad y amor no son valores abstractos; en Jesucristo se han 

convertido en persona. Siguiéndolo a él, entro al servicio de la verdad y del amor.

Perdiéndome, me encuentro. 

Volvamos a la liturgia y a la procesión de Ramos. En ella la liturgia prevé como canto el Salmo 24, que también en Israel era un canto procesional usado durante la subida al monte del templo. El Salmo interpreta la subida interior, de la que la subida exterior es imagen, y nos explica una vez más lo que significa subir con Cristo. "¿Quién puede subir al monte del Señor?", pregunta el Salmo, e indica dos condiciones esenciales. Los que suben y quieren llegar verdaderamente a lo alto, hasta la altura verdadera, deben ser personas que se interrogan sobre Dios, personas que escrutan en torno a sí buscando a Dios, buscando su rostro. 

Queridos jóvenes amigos, ¡cuán importante es hoy precisamente no dejarse llevar simplemente de un lado a otro en la vida, no contentarse con lo que todos piensan, dicen y hacen, escrutar a Dios y buscar a Dios, no dejar que el interrogante sobre Dios se disuelva en nuestra alma, el deseo de lo que es más grande, el deseo de conocerlo a él, su rostro...! 

La otra condición muy concreta para la subida es esta: puede estar en el lugar santo "el hombre de manos inocentes y corazón puro". Manos inocentes son manos que no se usan para actos de violencia. Son manos que no se ensucian con la corrupción, con sobornos. Corazón puro: ¿cuándo el corazón es puro? Es puro un corazón que no finge y no se mancha con la mentira y la hipocresía; un corazón transparente como el agua de un manantial, porque no tiene dobleces. Es puro un corazón que no se extravía en la embriaguez del placer; un corazón cuyo amor es verdadero y no solamente pasión de un momento. 

Manos inocentes y corazón puro: si caminamos con Jesús, subimos y encontramos las purificaciones que nos llevan verdaderamente a la altura a la que el hombre está destinado: la amistad con Dios mismo. 

El salmo 24, que habla de la subida, termina con una liturgia de entrada ante el pórtico del templo: "¡Portones!, alzad los dinteles, que se alcen las antiguas compuertas: va a entrar el Rey de la gloria". En la antigua liturgia del domingo de Ramos, el sacerdote, al llegar ante el templo, llamaba fuertemente con el asta de la cruz de la procesión al portón aún cerrado, que a continuación se abría. Era una hermosa imagen para ilustrar el misterio de Jesucristo mismo que, con el madero de su cruz, con la fuerza de su amor que se entrega, ha llamado desde el lado del mundo a la puerta de Dios; desde el lado de un mundo que no lograba encontrar el acceso a Dios. 

Con la cruz, Jesús ha abierto de par en par la puerta de Dios, la puerta entre Dios y los hombres. Ahora ya está abierta. Pero también desde el otro lado, el Señor llama con su cruz: llama a las puertas del mundo, a las puertas de nuestro corazón, que con tanta frecuencia y en tan gran número están cerradas para Dios. Y nos dice más o menos lo siguiente: si las pruebas que Dios te da de su existencia en la creación no logran abrirte a él; si la palabra de la Escritura y el mensaje de la Iglesia te dejan indiferente, entonces mírame a mí, al Dios que sufre por ti, que personalmente padece contigo; mira que sufro por amor a ti y ábrete a mí, tu 

Señor y tu Dios.

Este es el llamamiento que en esta hora dejamos penetrar en nuestro corazón. Que el Señor nos ayude a abrir la puerta del corazón, la puerta del mundo, para que él, el Dios vivo, pueda llegar en su Hijo a nuestro tiempo y cambiar nuestra vida. Amén.

 (Plaza de San Pedro, XXII Jornada Mundial de la Juventud, Domingo 1 de abril de 2007)

P. Leonardo Castellani

P. Leonardo Castellani


Domingo de Ramos


En la misa de hoy la Iglesia lee el "Passio", o sea la Pasión según San Mateo, empezando por la entrada de los Ramos, el Domingo, primer día laborable de la semana para los judíos.

La Pasión de Cristo se predica el Viernes Santo; y la verdad es que yo no me animo a predicar la Pasión en 10 minutos; de manera que hablaré solamente del comienzo, la entrada triunfal en Jerusalén públicamente y formalmente como "el Mesías".

Este es el final de la campaña de Cristo llevada a término con una singular energía. Como hombre y como héroe (digamos, como "jefe"), Cristo tenía tres cosas que hacer: 19) corregir y completar la Ley de Moisés; 2Q) manifestarse como el Mesías esperado; 39) redimir a los hombres del pecado por su Pasión y Muerte en Cruz; eso hizo durante su vida pública, y puso el broche apretado en esta última semana: las dos primeras, el Domingo, Lunes, Martes, Miércoles y Jueves; la última, el Viernes, en unas 15 horas.

Hay tantas cosas en estos días, que parece imposible haya habido tiempo; pero es que los Evangelistas en este punto anotaron simplemente TODO. En general, Cristo en estos días predicó en el Templo y por la noche se fue a orar al Oliveto; pero el Domingo se fue a Betania al atardecer, y el Miércoles parece haber permanecido oculto. El Martes Santo es el día colmado de cosas y también el Jueves.

Las cosas son principalmente éstas: la Segunda Limpieza del Templo y después milagros en el Templo y choque con los Sacerdotes — cuatro parábolas importantes, terminativas, acerca de la condena de Israel y del fin del mundo; el lloro sobre Jerusalén y el Sermón Parusíaco; cuatro discusiones con los Fariseos y los Saduceos que le hacen cuestiones insidiosas; la tremenda condena e imprecación contra el fariseísmo, llamada el Elenco contra Fariseos, o sea los Ocho Ayes; y después la preparación de la Última Cena al mismo tiempo que la condena a muerte, secreta, de los Pontífices, y el pacto con Judas. Los Magnates de Jerusalén habían encontrado por fin el modo satisfactorio de la perpetración del crimen.

Todas estas cosas no son casuales, siguen tranquilamente el designio de Cristo, Cristo cierra su campaña. La entrada triunfal en la Capital no fue casual: Cristo la preparó: mandó a sus discípulos a buscar la asna y el pollino sobre el cual montó; sabía dónde estaban, y los Discípulos fueron avisados de decir al dueño: "El Maestro los necesita"... "Mira, Jerusalén, tu Rey viene a ti - Pobre y manso - Montado en un pollino - Hijo de la que está bajo yugo", había predicho el Profeta Zacarías. El burro no era montura desdorosa en Palestina, donde no hay caballos, era incluso montura de los Reyes: burros y mulas de gran alzada: la mula del Rey David, la mula de Santa Teresa, la mula malacara del Cura Brochero.

Los Discípulos comenzaron la aclamación y comenzaron a avisar a las gentes, las cuales fueron aumentando en todo el camino desde el Cedrón, y al llegar al Centro eran "muchedumbre", dice el Evangelista. Y la aclamación era dirigida al Mesías: "Bendito el Hijo de David; he aquí que entra el Rey, el designado de Dios", frases que tenían un solo significado entre ellos. Los Discípulos creían que había llegado el Triunfo definitivo, la restauración del Reino de Israel con Cristo como Rey y ellos como Ministros.

Cristo no resistió a esta aclamación, antes bien al contrario la preparó: era necesaria a su misión. Dos veces los sacerdotes le mandaron que hiciese callar a su gente, que andaba profiriendo (según ellos) disparates y blasfemias. La primera vez Cristo respondió: "si yo acallo a éstos, hablarán las piedras". La segunda vez: " ¿No habéis leído en la Escritura: De la boca de los niños y de los lactantes yo sacaré una perfecta alabanza?", dando a entender que los que aclamaban eran gente sencilla y humilde comparable a niños; con, por supuesto, una cantidad de chiquilines barulleros y gritones, como suele suceder. Pero su alabanza era "perfecta", es decir, VERDADERA.

La multitud no era perfecta: nunca lo es. Aquí hay una cosa importante: no es la misma esta multitud que la otra del Viernes Santo que pide la muerte de Cristo. El exégeta de la Escritura tiene que ser un poco "detective", es decir, considerar el conjunto de los hechos y dese conjunto deducir otro hecho que no está allí, como Sherlock Holmes. Los autores dicen vulgarmente que era la misma muchedumbre "todo el pueblo de Jerusalén", como la revista "Esquiú": no fue así; los partidarios de Cristo se asustaron y se escondieron; por eso dije no eran perfectos.

Yo mismo puse en mi libro una reflexión que es falsa: "Vean cómo es el pueblo de voluble y cambiadizo; hoy aclama a uno como Rey y mañana desea asesinarlo, como a Hipólito Yrigoyen". Eso pasa a veces desde luego; y el poeta Robert Browning hizo un hermoso poema sobre este tema. Pero aquí no fue el caso: los que gritaron: "Crucifícalo, crucifícalo" el Viernes no eran los mismos que habían gritado: "Hijo de David" el Domingo. Eran dos fracciones del pueblo de Israel.

Aquí se ve una cosa importante: la gravedad de la cobardía de los Apóstoles y de San Pedro. Antes a mí me parecía que el pecado de San Pedro no era tan grave como para llorarlo toda la vida: haber negado a Cristo por miedo delante de una criada y cuatro soldados. Ahora no: pues si los partidarios de Cristo no se hubieran empavorecido podían haberlo librado de la Crucifixión, simplemente repitiendo lo del domingo pasado; ni siquiera era necesario derramar sangre. Pero la multitud no obra sino dirigida por jefes; los jefes naturales de los partidarios de Cristo eran los Apóstoles; y el jefe de los apóstoles era San Pedro. Si San Pedro en vez de huir después de cortar la oreja a Malco, hubiese dado instrucciones a los Apóstoles y ellos hubiesen corrido entre el pueblo avisando que habían aprehendido a Cristo con muy malas intenciones otro gallo nos cantara mejor que el que nos cantó.

Pedro era la cabeza de la Iglesia; y la ley que Cristo había puesto a su Iglesia era que sus discípulos debían dar testimonio dél. Si yo por caso dijere desde el púlpito un error o una herejía (Dios me guarde) no es lo mismo que si el Papa la dijera desde su cátedra —lo cual nunca sucederá. Si yo dijera por miedo que, por ejemplo, la supresión de la natalidad es permitida al cristiano (como dicen ahora algunos sacerdotes en Buenos Aires) no es lo mismo que Paulo VI —aunque éstos tienen la arrogancia de pequeños Paulos Sextos. Y dése modo, en la circunstancia, dado lo que era Cristo y dado lo que era Pedro (pues un jefe tiene responsabilidades que no tiene un soldado), la cobardía de Pedro tuvo consecuencias terroríficas. Sucedió lo que sucedió, lo que tenía que suceder por supuesto; y Cristo lo sabía. Pero el historiador sabe poco que sabe solamente lo que sucedió y no lo que hubiera podido suceder; porque lo que hubiera podido suceder descubre el sentido de lo que sucedió.

Así por ejemplo, si el Conde de Mirabeau no hubiese muerto temprano, probablemente envenenado por los masones, la revolución Francesa se hubiera evitado: hubiese podido ser evitada.

Así Cristo cumplió su campaña; y fue con tedio, temor y tristeza pero con firmísimo ánimo a la muerte. Este es el sentido de la penúltima palabra en la Cruz: "consummatum est", como dicen nuestras Biblias: "todo está acabado", pero como dice la palabra original "tetélestai" equivale a lo que decimos vulgarmente: "¡listo!" o "¡terminado!". Pero la palabra griega tiene más nutrido sentido, significa "concluido con perfección, lograda está la meta", "téleion". Cristo arrojó una mirada a toda su vida, desde Belén a la Cruz, mientras recitaba el Psalmo 21 que comienza:

"¡Dios mío, Dios mío!
¿Por qué me has abandonado?"

y vio que estaba hecha su campaña y cumplidas todas las profecías.

¿Por qué Dios lo había abandonado? ¿Por qué la Redención del Hombre tenía que hacerse a través dese torbellino de tormentos y orgía de horrores? Aquí hay que bajar la cabeza e incluso cerrar los ojos. ¿No podía Dios hacer la Redención de otra manera, a menos costo? Todos los teólogos dicen que sí podía: que una sola gota de sangre, una sola lágrima del Hombre Dios bastaba para limpiar de lacerias "el mundo, el mar y las estrellas", dice el himno de Santo Tomás: "terra, pontus, sidera". ¿Por qué entonces desa terrible manera?

Sólo podemos decir lo que dice un poeta argentino, Ignacio Anzoátegui: que Cristo dice a cada uno de nosotros:

"No temas, yo temeré por ti".

A los pecadores que absolvió, a la Magdalena, por ejemplo, Cristo nunca dijo: —Vete a hacer penitencia. Les dijo: —Vete y no peques más: la penitencia la hago YO.

En suma, Cristo tenía que hacer la imposible conjunción del invierno y de la primavera; y así juntó aquí en menos de tres días el invierno y la noche oscura con el amanecer de la alborada de la Resurrección. Que para Él no fue amanecer sino pleno día, pero para nosotros es amanecer.

Castellani, DOMINGUERAS PRÉDICAS, Jauja Mendoza, 1997, 99-103

P. Gustavo Pascual

P. Gustavo Pascual, I.V.E.

DOMINGO DE RAMOS

Muchos que aclamaron a Jesús como rey de Israel el domingo de ramos pidieron el viernes santo que Jesús fuera crucificado.

En Jerusalén la gente exaltada por los signos de Jesús lo aclama como el Mesías y aunque entró en Jerusalén con aspecto humilde, montado en un asno, el pueblo lo reconoció como el Enviado: “¡Bendito el Rey que viene en nombre del Señor! Paz en el cielo y gloria en las alturas”. Y Jesús quiso ser aclamado rey y entrar en la Ciudad Santa y en su templo como el Mesías, el hijo de David.

La fe de la turba era una fe superficial tan superficial que pocos días después iba a desaparecer y se iba a volver incredulidad. La turba fue manejada por una minoría que ostentaba el poder, a la cual, Jesús estorbaba.

No ha cambiado mucho la situación hoy. Quizá se ha empeorado. La gente sigue siendo manejada, pero más sutilmente, por una minoría que ostenta el poder. En la gente también se incluyen no solo el pueblo sino también personas que deberían conocer el manejo que hace esta minoría y denunciarla. Esa minoría sigue crucificando a Jesús y a sus fieles seguidores.

  Los medios masivos de comunicación influyen en la mentalidad de las personas, de tal manera, que hacen una verdadera inversión de valores.

La mayoría tiene la razónTodos lo hacen, debe estar bienQue tiene de malo si todos lo hacen… frases que se usan con mucha frecuencia. Son una falacia. La mayoría se puede equivocar y hoy mucho más porque la mayoría no piensa y se mueve por lo que le dan pensado.

Las decisiones que hay que tomar respecto de la sociedad deben buscar el bien común y no se pueden resolver por la opinión de la mayoría, porque la mayoría, es manejada por una minoría que busca el interés propio. Tampoco se pueden resolver por plebiscitos y referéndum que se hacen en el pueblo, sin saber el pueblo sobre lo que se trata, con cuestionamientos engañosos para lograr un objetivo que está determinado de antemano. Y aunque la resolución fuese contraria a lo que quiere esa minoría, la resolución suele ser tergiversada por el fraude. Estas concesiones que hacen los dirigentes para que participe el pueblo, son casi siempre, una mentira disfrazada de democracia.

Hay que tener cuidado para no dejarse engañar. Hay que preguntar al que debe responder con verdad y no dejarse llevar por cualquier viento de doctrina, evitar la información nociva y la superflua y ser críticos de las noticias que se escuchan si es que vale la pena escuchar alguna.

¿De dónde viene el cambio de mentalidad en casi todos los países del mundo? Del bombardeo permanente que hacen los medios de comunicación sobre las personas. Medios conducidos por un grupo que le conviene por propio interés manejar a las masas y con un objetivo concreto: crucificar a Cristo y sus enseñanzas. Hacerlo desaparecer y al cristianismo con Él.

El pueblo aclama a Jesús y lo entroniza en el templo. Jesús quiere ser reconocido como el “enviado del Padre” y por eso aunque callara la gente las piedras gritarían contra la voluntad de los que se oponen a su aclamación.

Frente a Pilatos Jesús se abandona a la voluntad del Padre y el Padre permite que pidan su crucifixión. Esta vez los fariseos se oponen a que viva y Dios lo permite para que se cumplan sus eternos designios. “Crucifícale” dicen a Pilatos. Lo hacen movidos por una minoría que quiere la muerte de Jesús y que la tiene determinada de antemano usando todos los medios para cumplir sus planes siniestros.

Aunque la mayoría pide la crucifixión la mayoría se equivoca y se pone del lado de la mentira, del error. Sólo Jesús posee la verdad porque es la Verdad y así lo confiesa ante Pilatos.

¡Cuántas veces hemos sido en nuestra vida aquel pueblo de Jerusalén! Hemos aclamado a Jesús delante de otros y delante de nosotros mismos como rey de nuestro corazón y otras tantas lo hemos negado con nuestros pecados y lo hemos crucificado. Nos hemos dejado llevar por los criterios del mundo, de la mayoría y hemos sido infieles a Cristo. Hemos preferido el error y la mentira a la Verdad y al Santo de Dios.

Gota tras gota se perfora la piedra. Escuchar uno y otro día las máximas mundanas termina por deshacer nuestras máximas cristianas. Es una realidad y la estamos viendo. Nuestra sociedad ha cambiado de manera de pensar y para mal. ¿Por qué para mal? Porque se ha alejado de Cristo y por tanto de la Verdad. Fuera de la Verdad sólo hay tinieblas y oscuridad y en ellas reina el que es mentiroso desde el principio, el padre de la mentira.

P. Jorge Löring, S.J.

P. Jorge Loring, S.I

Domingo de Ramos en la Pasión del Señor - Año C Lc 22:14-23, 56

1.- Hoy el pueblo de Jerusalén aclama al Señor con gritos de HOSANNA, y con palmas de olivo.

2.- A los pocos días, ese mismo pueblo grita ¡¡CRUCIFÍCALE!!

3.- Es notable la volubilidad del pueblo. Cómo se deja manipular por los agitadores. 

4.- Eso mismo pasa hoy día. Los mismo en conflictos sociales, políticos o anticatólicos.

5.- Es frecuente que en los MEDIOS DE COMUNICACIÓN SOCIAL se ataque a la Iglesia, y se la calumnie.

6.- Hay que saber defenderse.

7.- A veces se nos quieren imponer modas opuestas a la moral cristiana: aceptación del adulterio o de los matrimonios homosexuales, etc.

8.- La iglesia no puede cambiar su moral según las modas de cada época.

9.- El Evangelio es para todas las épocas.

10.- La fidelidad al Evangelio puede exigirnos ir contracorriente, y a veces hasta sacrificar la vida.

11.- Así lo han hecho muchos mártires en la Historia de la iglesia. Dar la vida por Cristo merece la pena. 

12.- Lo triste es que muchos católicos de hoy prefieren seguir las modas del tiempo aunque no supongan grandes sacrificios.

13.- Estamos necesitados de católicos que den testimonio de su fidelidad al Evangelio.

Santos Padres

San León Magno

La admirable virtud del Crucificado

Ya llegó amadísimos, la fiesta, tan deseada y suspirada por nosotros y por todo el mundo, de la Pasión del Señor, que no sufre el que enmudezcamos entre los transportes de las alegrías espirituales, pues aunque es difícil hablar digna y convenientemente muchas veces del mismo tema, sin embargo, no es facultativo del sacerdote privar al pueblo fiel de su predicación, tratándose de un tan grave misterio de la divina misericordia. Siendo la materia en sí misma inefable, por lo mismo proporciona recursos para hablar, y nunca faltará qué decir no agotándose la materia del asunto que se trata. Humíllese, pues, la humana flaqueza ante la gloria de Dios y declárese siempre impotente para exponer las obras de la misericordia divina. Agudicemos nuestros sentidos, quede en suspenso nuestro discurso y nos falten las palabras; es conveniente que nos demos cuenta de la pobreza de nuestro entendimiento para sentir rectamente la majestad de Dios. Por el hecho de decir el profeta: Buscad al Señor y esforzaos, buscad siempre su rostro (Sal 104, 4), nadie crea que hallará todo lo que busca, no sea que deje de acercarse a él, si deja de encaminarse hacia él. Ahora bien, entre todas las obras de Dios ante las cuales desfallece la admiración humana, ¿hay otra que tanto satisfaga a la contemplación del alma y que sea superior a sus fuerzas como la pasión del Salvador? Y cuantas veces meditamos en su omnipotencia, que le hace ser igual y de la misma esencia que el Padre, nos parece más admirable en Dios su humildad que su poder, y más difícilmente se comprende el anonadamiento de la divina majestad que la exaltación suprema de su forma de siervo. Pero mucho aprovecha para nuestra inteligencia el que aun siendo una cosa el creador y otra la criatura, una la divinidad inviolable y otra la carne pasible, las propiedades de cada naturaleza se junten en una sola persona, y por tanto, ya en sus desfallecimientos, ya en sus exaltaciones, del mismo es la afrenta del que es la gloria.

Con esta regla de fe, amados hermanos, que recibimos en el mismo comienzo del símbolo por la autoridad de los Apóstoles, confesamos que nuestro Señor Jesucristo, al que decimos Hijo único de Dios Padre Todopoderoso, es el mismo que nació también por virtud del Espíritu Santo de María virgen, ni nos apartamos de su majestad cuando creemos que fue crucificado, muerto y resucitó al tercer día. Todas las cosas que son de Dios, y del hombre las cumplieron a su vez la Humanidad y la Deidad, y al juntarse la naturaleza impasible a la pasible ni el poder pudo sufrir mengua de la debilidad (de la naturaleza humana) ni la debilidad pudo llegar hasta donde el poder. Con razón Pedro fue alabado por el Señor al confesar esta unión (de naturaleza), pues, al preguntar el Señor, que pensaban de él sus discípulos, adelantándose rápidamente a todos dijo: Tú eres el Cristo, el Hijo de Dios vivo. Lo cual supo, no porque se lo revelaran la carne y la sangre, que suelen servir de obstáculo a los ojos interiores, sino el mismo Espíritu del Padre, que obra en el corazón del creyente, para que estando de antemano preparado para gobernar la Iglesia aprendiese primero lo que había de enseñar después y en confirmación de la firmeza de su fe mereciera oír: eres Pedro y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia, y las puertas del infierno no prevalecerán contra ella. La fortaleza de la fe cristiana, que edificada sobre la roca inexpugnable no teme las puertas de la muerte 27, confiesa que nuestro Señor Jesucristo es a la vez verdadero Dios y verdadero hombre; que el mismo es el Hijo de la Virgen, que el creador de la madre; el mismo el nacido en la plenitud de los siglos y el autor de los tiempos; el mismo el Señor de todos los poderes y el que pertenece a la raza de los mortales, el mismo el que jamás conoció el pecado y el que por haberse revestido con la carne pecadora murió en sacrificio por los pecadores.

El cual, para librar al género humano de las ligaduras de la primera prevaricación, encubrió al perverso y soberbio enemigo hubiese podido conocer la determinación de la divina misericordia, hubiese pretendido mejor sosegar los ánimos de los judíos con la mansedumbre, que encenderlos con el odio para no perder el dominio sobre tantos esclavos, que tan poco se preocupaban de su liberación. Más su misma maldad le engañó y condujo al suplicio al Hijo de Dios, que habría de convertirse en remedio para todos los humanos. Derramó la sangre del justo, que sería el precio del rescate del mundo. Tomó el Señor los trabajos que por su propia voluntad había elegido. Consintió que se posasen sobre él las manos de aquellos enloquecidos, que mientras servían a su propio crimen obedecían a los mandatos del Redentor. Siendo tan grandes los afectos de su piedad que pedía al Padre desde la cruz no venganza, sino perdón para ellos, mientras decía: Padre, perdónalos, porque no saben lo que se hacen (Lc 23, 34). Y fue tanto el poder de esta oración, que la predicación del Apóstol Pedro convirtió a penitencia a muchos de los que habían gritado: su sangre caiga sobre nosotros y sobre nuestros hijos (Mt 27, 25), y en un día fueron bautizados cerca de tres mil judíos y formaron una sola alma y un solo corazón, dispuestos ya a morir por aquel a quien poco antes pedían que fuera crucificado.

Tal perdón no llegó a alcanzarlo el traidor Judas, pues como hijo de la perdición, que tenía el diablo a su derecha, se entregó a la desesperación antes de que Cristo consumase el misterio de su redención. Pues habiendo muerto el Señor por todos los pecadores, seguramente que también éste hubiera podido conseguir remedio si no se hubiera dado tanta prisa a ahorcarse. Más en tan malvado corazón, y en aquellos momentos entregado a los fraudes y robos y a tratos parricidas, nunca llegaron a penetrar las muestras de la misericordia del Salvador. Escuchó con incrédulos oídos las palabras del Señor cuando decía: No he venido a llamar a los justos, sino a los pecadores. El Hijo del hombre ha venido a salvar y buscar lo que se había perdido (Lc 5, 32). Ni había llegado a comprender toda la clemencia de Cristo, quien no sólo curaba las enfermedades de los cuerpos sino las heridas de las almas debilitadas, cuando dijo al paralítico: Ten confianza, hijo mío, se te acaban de perdonar tus pecados (Mt 9, 3), e igualmente a la adúltera traída a su presencia: Tampoco yo te condenaré, vete y ya no peques más (Jn 8, 11) demostrando con todas sus acciones que aquella su venida al mundo era como Salvador y no como Juez. Pero lejos de entenderlo así el impío traidor, se revolvió contra sí mismo no con pensamientos de arrepentimiento, sino con furor de asesino, para que quien había vendido al autor de la vida a sus propios matadores, en agravante de su condenación muriese pecando.

Por lo tanto, cuanto los falsos testigos y los sanguinarios príncipes y los impíos sacerdotes hicieron cohorte inexperta es para que todas las edades lo reprueben y a la vez lo bendigan. La cruz de Cristo, así como era de cruel en el pensamiento de los judíos, así es de admirable por la virtud del Crucificado. Todo un pueblo se enfurece contra uno y es Cristo quien se compadece de todos. Lo que es causado por la crueldad es aceptado de buena voluntad, para que el mismo crimen cumpla los designios divinos. De donde síguese -que toda la serie de hechos narrados claramente en el Evangelio, con tal disposición los debe escuchar el oído, que, dando fe a los acontecimientos ocurridos al tiempo de la pasión del Señor, entendamos que no sólo hemos alcanzado la perfecta remisión de los pecados por Cristo, sino también hemos recibido un ejemplo de santidad para imitar. 


San León Magno, Sermones Escogidos, Sermón XI: De la Pasión del Señor. (62), Apostolado Mariano España 1990, 73-6

Guion

Guión Domingo de Ramos
9 de abril de 2028 - Ciclo C

Procesión (antes de la llegada del sacerdote): Nuestro Señor se encamina decididamente a Jerusalén para realizar la obra de su Padre. Su entrada triunfal preludia el triunfo definitivo de la redención. Con amor acompañemos su camino hacia Jerusalén y también hacia el Calvario.

1ª Lectura Is 50, 4-7

Jesús es el Siervo sufriente que ha tomado sobre sí el destino del hombre. Él nos enseña a sufrir y a confiar en Dios.


2ª Lectura
Fil 2, 6-11

Jesucristo abraza nuestra condición presente, anonadándose a sí mismo. Por eso, Dios lo exaltó.


Evangelio
Lc 22, 14-23, 56

Contemplemos a Nuestro Señor y compartamos sus sentimientos, dispuestos a recibir los frutos sobreabundantes de su Pasión. 


Preces

Dirijamos nuestras intenciones a Dios nuestro Padre, ante quien tenemos acceso, por la muerte de Cristo.

A cada invocación respondemos....

+ Padre lleno de amor, que nos has convocado en un solo rebaño junto a Jesús, escucha las súplicas del Santo Padre en favor de la unidad de los cristianos, oremos...

+ Padre lleno de ternura, concede abundantes frutos de santidad entre los jóvenes que en todo el mundo, celebran junto al Papa, la Jornada mundial de la Juventud, oremos...

 + Padre santo, dadnos entrañas de misericordia para perdonar de corazón a quienes traicionan o hieren a la Esposa de tu Hijo, la santa Iglesia, oremos...

+ Padre de Jesús, que todos los cristianos expresemos en nuestras vidas la presencia de la cruz como trofeo, como puerta, como alegría incontenible que transmite la vida, oremos...


Oremos.

Padre nuestro, escucha nuestra confiada oración, y ya que estamos dispuestos al seguimiento de tu Hijo fortalece nuestras almas para seguirlo hasta la Cruz, y así participemos juntamente con Él de la gloria de la resurrección. Por Jesucristo, nuestro Señor.


Ofertorio

Presentamos todas nuestras intenciones ante el altar, y con ellas traemos: 

- Un ramo de olivos para celebrar a Cristo nuestro Rey y suplicarle el don de la paz entre los hombres.

- Estos cirios que al consumirse expresarán nuestra fe en la divinidad de Jesucristo Redentor del mundo.

En los dones de Pan y vino bendecimos a Dios Bendito que en ellos se quiso esconder por darnos vida.

Comunión “Abbá, Padre, he aquí que vengo para hacer tu voluntad.”


Salida
Con María Santísima seguimos a Cristo cantando “Hosanna”. Con Ella estaremos al pie de la Cruz para compartir también la alegría de la Pascua que ya se acerca. 

(Gentileza del Monasterio “Santa Teresa de los Andes” (SSVM) _ San Rafael _ Argentina)

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