San Alberto Hurtado
Uso del dinero
El choque más vehemente entre el espíritu de Cristo y el espíritu del "mundo" se realiza en el terreno de las riquezas. Sus puntos de vista son irreconciliables. El uno pone su confianza y su amor en las riquezas de la tierra, a las que aspira como el supremo bien; el otro aspira a los bienes eternos y se sirve de los bienes de esta tierra como de medios para alcanzar los eternos, como de un instrumento de colaboración con Cristo.
El valor cristiano del dinero, es el de un instrumento y nada más, instrumento necesario ya que toda obra grande supone dinero. ¿Cómo trabajarían los obreros si no hubiese grandes capitales que crearan industrias y ofrecieran trabajo? ¿Cómo prosperaría la ciencia sin medios abundantes consagrados a la investigación que procuren el pan cotidiano a los sabios y les permitan disponer de amplios recursos para la búsqueda e investigación científicas? ¿Cómo se solucionaría los problemas sociales más urgentes, como el de la vivienda, la higiene popular, la sanidad, sin grandes fortunas? La educación ¿no requiere acaso millones y millones invertidos en escuelas, sueldos de maestros, material escolar, sin hablar de la cifra fabulosa que requiere una enseñanza universitaria seria? La Iglesia misma ¿cómo podría realizar su labor apostólica, educacional, moralizadora sin los medios humanos? ¿Cómo viajarían sus misiones, de qué vivirían, cómo haría vivir a sus colaboradores sin dinero propio o suministrado por la generosidad de los fieles? ¿Cómo puede fundarse un hogar sin un mínimun de recursos? ¿Cómo puede un matrimonio cumplir las normas de la Iglesia sobre la vida matrimonial sin recursos suficientes para alimentar a sus hijos? ¿Cómo puede darse educación cristiana si los padres no tienen una renta suficiente? ¿Quién podrá negar la verdad de estas afirmaciones? Son demasiado evidentes; y por tanto sería infantil una predicación contra el dinero, contra la riqueza, contra la existencia de capitales...
La predicación de un régimen de universal despreocupación de los bienes de este mundo de imprevisión en lo que respecta al futuro, convertida en ley universal sería perniciosa y lo menos que podemos decir, cándida. Sería temeridad negarse al trabajo serio, despreocuparse del futuro, descuidar el pan de los hijos. La Iglesia nunca ha sido ilusa ni extremista sino profundamente realista, como realista fue Jesús que vivió toda su existencia en Nazareth del trabajo de sus manos, escogió como Apóstoles a quienes antes de su consagración apostólica se ganaban la vida con la pesca o construyendo tiendas como Pablo.
PELIGROS DEL DINERO
Jesús fue el gran predicador contra los abusos de las riquezas y nadie como El nos ha puesto en guardia contra los peligros del dinero.
¡Ay de vosotros ricos que ya tuvisteis vuestra recompensa!
"Mammona iniquitatis", llama Jesús al dinero (Lucas, XVI, 9).
Y en un lugar que no podemos leer sin temblor, dice con palabras de fuego: "En verdad os digo que más fácilmente pasará un camello por el ojo de una aguja, que no un rico entrará en el reino de los cielos" (Mateo, XX, 24). Podemos pretender suavizar la frase cuanto se quiera, pero allá está ella con toda su fuerza aplastante, como una amenaza eterna para los ricos como Epulón que nos describe el propio Jesús, que pasaba su tiempo en banquetes y festines y fue sepultado en el infierno.
Es por otra parte, un hecho indiscutible en la vida de Jesús que lo siguen algunos ricos; otros ricos que se acercaron a Cristo se empobrecieron voluntariamente dejándolo todo como Mateo, o parte como Zaqueo, atraídos por su ejemplo. En cambio, la gran mayoría de los poderosos que aparecen en el Evangelio, o están unidos en su contra desde los sumos sacerdotes, escribas, fariseos, hasta Herodes y Pilatos, o por lo menos no figuran entre los seguidores de Cristo, rebaño de los pobres de este siglo.
¿Por qué la riqueza no suele figurar al lado de Jesús? ¿Por qué Jesús nos pone tan en guardia contra la riqueza?
Es un hecho que el dinero ejerce una extraña seducción, y ante el deseo de poseerlo, se sacrifican muchos principios. Con demasiada frecuencia en el origen de las grandes fortunas, hay acumuladas muchas injusticias: juego, especulación, usura, guerras... ¡Cuántas riquezas amasadas con la sangre de pueblos que son llevados a la guerra para hacer la fortuna de un grupo de especuladores sin conciencia! Bourdaloue decía: "Con frecuencia el origen de las grandes fortunas, hace temblar; hay quienes no tienen ningún escrúpulo cuando se trata de acumular dinero: todos los medios parecen lícitos" (nota 28).
Una vez que se ha gozado de las comodidades que traen consigo las riquezas, resulta muy duro desprenderse de ellas. Hemos conocido a varios excelentes católicos que no han trepidado en abandonar todo cuanto poseían por cumplir sus obligaciones y, aún a veces, la apariencia de una obligación, pero, con frecuencia la tentación de seguir poseyendo, a cualquier precio, es más fuerte y se sucumbe a ella.
La riqueza tiene el gran peligro de endurecer a quien la posee: vive rodeado del dolor y con frecuencia parece no verlo; si lo ve, no lo comprende; y si lo comprende, se niega a remediarlo por razones que no se comprenden o sencillamente por la sola razón de seguir incrementando bienes. Con cuanta frecuencia viven juntos los que nadan en la abundancia y los que se ahogan en la miseria. ¿Acaso los primeros no la ven? ¿Pues cómo cierran sus ojos?
La riqueza suele traer orgullo de la vida. Cuando se tiene fortuna se recibe adulaciones. Todo lo del rico parece bien, y hasta "talento" se le reconoce, que le es muy pronto negado, si tiene la desgracia de perder su fortuna. Eso engendra vanidad. El rico no está acostumbrado a ser contrariado; todos se inclinan ante él; sus órdenes son al punto ejecutadas y eso engendra orgullo... El rico es independiente: ambas palabras han pasado a ser sinónimas; el rico no depende, (depende menos) de los demás, y tiende a actuar como si no dependiera tampoco de Dios. Sus propios medios le proporcionan lo que el pobre ha de pedir a Dios en su humilde plegaria de cada día.
El que nunca ha experimentado el dolor no conoce su amargura, y si ha tiempo que goza de la riqueza se ha olvidado fácilmente de su sabor. Esa es tal vez la causa porque cierra sus ojos y sus oídos al sufrimiento. Llega a pensar que hay una clase que está curtida para el dolor y a la cual no hace mella el sufrimiento. De ahí ese penoso contraste de quienes no pueden soportar en sí la más mínima molestia y presencia impasible los más grandes dolores ajenos.
El rico tiende a hacerse sensible, demasiado sensible al dolor físico, su vida suele ser más regalada, y de ahí que la pereza, la inacción sean con frecuencia el patrimonio de los hijos de ricos que dilapidan rápidamente lo que con tanto afán reunieron sus padres. Burham, en su libro La revolución de los directores, afirma el desinterés por los negocios generalizado entre los hijos de los grandes reyes de la industria norteamericana; y en nuestra propia patria no tenemos más que ver el cambio de mano de la antiguas fortunas y la creación de nuevos ricos en los que hay nuevas energías, que tal vez no serán el patrimonio de sus hijos o de sus nietos.
El rico suele también ser más sensible al dolor moral, a la crítica, al desaire, porque se cree con mayor derecho a la estimación de todos, y tiene más tiempo para vivir dentro de sí mismo. Por eso la neurosis, lo ronda con mayor frecuencia que al pobre que no tiene tiempo para pensar en sus penas y que las estima su patrimonio natural.
El rico tiene menos amigos hondos y verdaderos, aunque sean más los que lo rodean, pues mientras más se sube, más sinceramente solo se está, como las cumbres de las montañas a las que pocos llegan. Habrá muchos aduladores, pero ¿amigos?
Por eso no es de extrañar que la Iglesia que reconoce la legitimidad de la riqueza, más aún, su necesidad, ponga en guardia a sus fieles, contra sus peligros.
San Ignacio en una meditación central en sus Ejercicios, quiere precaver al ejercitante contra los escollos que ofrece la riqueza para una vida de perfección y a fin de darle colorido a su doctrina introduce, hablando a Lucifer que incita a otros demonios a que vayan y tienten a cada hombre primero de codicia de riquezas, para que de ahí venga a vano honor del mundo, luego a crecida soberbia y de ahí, a todos los otros vicios.
(…)
LA MODERACION EN LA RIQUEZA
Un concepto fundamental en el uso de los bienes es la recomendación de la "medida" en la prosecución de la fortuna. El "auri sacra fames", sed del oro, esteriliza la vida para toda idea espiritual, para toda obra de caridad.
La fortuna para cumplir su misión, ha de guardar ojos, corazón, interés y tiempo para las causas desinteresadas agregándoles la posibilidad de realizarlas. El rico ha de aspirar a "poseer", no a "ser poseído"; a ser "dueño", no "esclavo" de sus bienes.
De aquí la sobriedad de vida, la moderación en el uso del confort, el hábito del trabajo continuado en medio de la fortuna. Riqueza y sencillez; riqueza y modestia, son el verdadero sello de las almas nobles, que no miden su grandeza por la exhibición de tesoros comprados, sino por las cualidades de su espíritu, el refinamiento de sus virtudes y de su cultura.
Gracias a Dios podemos decirlo, con profunda verdad, hemos conocido y seguimos viendo en Chile ejemplos muy numerosos de esa verdadera nobleza, distinción de maneras, cultura refinada, sencillez de costumbres, servicialidad, espíritu fraternal con los pobres, sin asomo de proteccionismo, frugalidad, trabajo, sacrificio al par de sus inquilinos, y junto a eso una generosidad ilimitada para distribuir a los pobres y a las obras de bien el dinero que rehusan gastar en su persona; y todo esto con humildad exquisita, sin que la mano izquierda sepa lo que hace la derecha.
Estas personas forman parte del grupo de los pobres de espíritu de que habla Cristo; son los continuadores de la misión de los ricos que fueron sus amigos: de Lázaro, Marta y María que hospedaban a Jesús, del Centurión que edificó un templo, de Mateo, que dejó sus bienes por Jesús; de Nicodemo que le dio sepultura. Los ejemplos de estos pudientes, verdaderos católicos, son poco conocidos. El bien, no hace ruido; y estos hombres tampoco lo hacen. Se juzga a toda una clase social por la vida superficial, con frecuencia escandalosa de quienes no tienen dinero y corazón sino para las diversiones, de quienes no tienen jamás bastante dinero para gastos en sus personas; y se condena junto con ellos a quienes felizmente mucho más numerosos de lo que se piensa no tienen otra preocupación que el servicio de Dios, su familia y la gran familia de los abandonados.
Con la misma entereza con que merecen censura los malos ricos, son acreedores a la admiración y a la gratitud de Chile estos soldados desconocidos de la virtud, símbolo de una sociedad que hemos de impedir que se extinga, pues representa una tradición de lo mejor que ha producido la Patria, vestigio de sus mejores épocas de grandeza moral. No podemos recordar algunos nombres porque es muy larga la lista que debería citarse en esta página de honor.
Frente a estos ejemplos florecidos en tierra chilena se puede pedir un mayor esfuerzo para no perder una tradición de sobriedad de vida. Hay derecho a pedir sencillez en el vestido de las señoras que piensan en adornarse con todos los animales raros que han existido en la creación, cualquiera que sea su precio; sobriedad de vida a los hombres que derrochan fortunas en bebidas dispendiosas, en el juego de las carreras... cuando no en el espectáculo mil veces más deprimente de amores ilícitos en que se dilapidan millones extraídos de los pobres y devorados en el vicio. Estos son los verdaderos revolucionarios. Hay entre ellos quienes gritan contra el comunismo, pero sus clamores no nacen como los del Papa de un deseo de justicia y defensa de los valores espirituales, sino del temor de ver cercenada su ilimitada libertad de gozar de la vida. Estos son los más peligrosos propagandistas de ese comunismo que rechazan con sus palabras, pero confirman con sus hechos. Se es responsable de una revolución, no sólo cuando se la hace, sino también cuando se la provoca.
Ojalá que todo el que posee fortuna se recogiera con frecuencia a hacer esta sencilla reflexión: ¿Qué pensaría yo si me encontrara un día sirviente, inquilino, trabajador de un patrón igual a mí? ¿Qué bulliría en mi mente? ¿Qué aspiraciones querría ver satisfechas?... Es bien dificil que haya muchos que se resuelvan a poner en práctica este consejo, pues, nada hay más difícil que ahondar en la propia conciencia. La sinceridad es una virtud muy difícil; pero si, al menos uno, se resolviera a pensar y a obrar conforme a las luces de su reflexión ¡cuánto bien hubiera hecho!
LA CARIDAD QUE COMPLETA LA JUSTICIA
En el banco de la justicia siempre hay un lugarcito para la caridad. Por mejor organizadas que estén las instituciones sociales de un país "siempre habrá pobres con nosotros", según las palabras de Jesús, que constituyen un precioso llamado a la caridad.
La caridad actúa en el dominio de la plena espontaneidad: lo que no se puede reclamar con título de derecho es lo que se otorga por caridad. Esto no quiere decir que la caridad sea una virtud no obligatoria. Es tan obligatoria como la justicia, aunque por motivo diferente.
La caridad nos mueve a socorrer con generosidad de nuestros bienes a los pobres: lo que es superfluo para nosotros, la caridad lo pone al servicio de los pobres y a veces la caridad llega aún más lejos, participa a los menesterosos, aún de lo que uno ha menester para sí. El verdadero cristiano da y da hasta que duela. Mientras la limosna no nos cuesta, vale poco.
La caridad no se contenta con la limosna; ésa para tener valor debe ser el fruto de un sentimiento interno de respeto y de amor al pobre. Por eso dice San Pablo: aunque distribuya en limosnas toda mi fortuna, si no tengo caridad de nada me aprovecha.
En Chile felizmente se da mucho y se da con amor. Exponentes de esta caridad los encontramos en todas las clases sociales, sobre todo entre los pobres. En el barco en que escribimos estas líneas sirve un marinero náufrago tres veces. Tiene cinco hijos propios y cuatro huérfanos a su cargo. A todos les ha dado una formación y a los nueve quiere como si fueran hijos propios.
El hondo sentido social del pueblo chileno se ve en la facilidad con que comparte su pobre vivienda y su modesta comida con los que tienen menos que ellos. El que no tiene donde vivir puede estar seguro que al recorrer el campo no le faltará un corazón amigo que lo reciba como "allegado", a pesar de que esta caridad crea muchas veces problemas de muy difícil solución. Hemos conocido el caso de una pobre mujer, madre de ocho hijos, que recibió por lastima a los siete huerfanitos hijos de una vecina, al morir su madre. No tenía ella cómo alimentar los propios, pero su corazón no pudo cerrarse al abandono de esos huachitos.
Pasados los instantes trágicos de la noche del 24 de enero de 1939 en los alrededores de Cauquenes, el camino en otras ocasiones muy traficado estaba desierto; de pronto en lo alto asomó una carreta que conducía un humilde campesino del Maule. Vestía pobremente y calzaba las clásicas ojotas de la tierra. Con una picana de coligüe al hombro se dirigió a uno de los habitantes de Cauquenes, y aquel modesto campesino, padre de cinco hijos, le preguntó: "en donde se recibían las mantenciones para los que tenían hambre en la ciudad". El pobre agregó: "Señor, en el campo hemos sabido que en el pueblo ha pasado una gran desgracia; nos contaron que la gente lloraba ayer de hambre. Dios me dio este año una buena cosecha: quince sacos de trigo rindió uno que sembré. Yo he cargado cinco en mi carreta, señor, para entregarlo sin pago, a la olla de los pobres. De los diez restantes sembraré uno ese año, y los demás para pan de mis huachitos".
He aquí un hombre con sentido social, que hizo profundo contraste con los que sin necesidad ninguna fueron a buscar el trigo donado para los pobres, y mayor aún, con los muchos explotadores de terremotos, carentes de todo sentido de solidaridad humana.
Entre las personas pudientes hay muchas felizmente que tienen "la inteligencia del pobre" de que habla la Sagrada Escritura. Hemos conocido personas que disponían de cuantiosa renta y no gastaban un centavo en el arreglo de su persona. Una de ellas en cierta ocasión debió pedir prestado un sombrero para salir de su casa, pues, no lo tenía y no quería disminuir en un centavo el presupuesto de sus pobres.
Estas personas, aunque sean pudientes, forman parte del grupo de los pobres de espíritu a quienes Cristo prometió el Reino de los cielos. En cambio aquellos que amontonan una fortuna que a nadie sirve, sino a lo más a satisfacer sus caprichos, deberían sentirse avergonzados ante los hombres, y temerosos ante Dios a quien darán cuenta del talento escondido. Carnegie llega a decir que los que mueren en posesión de una fortuna inútil deberían considerarse deshonrados.
(San Alberto Hurtado, Humanismo social, en Obras Completas, Fundación Padre Hurtado, Santiago de Chile, tomo II, p. 303-305; 309-312)