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“[…] la esclavitud de amor a Jesús, según el ejemplo y con la ayuda materna de María.
Se trata de la comunión plena en la kénosis de Cristo; comunión vivida con María,
íntimamente presente en los misterios de la vida del Hijo:
«No hay, asimismo, nada entre los cristianos
 que nos haga pertenecer tanto a Jesucristo y a su santa Madre
como la esclavitud voluntaria, según el ejemplo del mismo Jesucristo,
que “tomó la forma de esclavo” (Flp 2,7) por nuestro amor,
y el de la Santísima Virgen, que se llamó sierva y esclava del Señor.

(P. Buela, El Señor es mi Pastor, p. 233)

 

La condescendencia —attemperatio en latín, synkatábasis en griego— es una cualidad del obrar de Dios con los hombres. Dios condesciende hacia el hombre: baja a su lado, se acomoda a su pequeñez, habla en su idioma y entra en su historia. Se pone a su altura sin dejar de ser infinito.

El Diccionario de la Real Academia ofrece dos acepciones: 1 – Acomodarse por bondad o conveniencia al gusto y voluntad de alguien. 2- Aceptar o tolerar con suficiencia o desdén.

Las dos, curiosamente, pueden aplicarse al trato de Dios con nosotros. Comencemos por la segunda —la que conviene evitar—, para entender mejor la primera, que es la más nos conviene.

La Escritura nos muestra que a veces Dios “tolera con desdén”: concede lo que pedimos, pero enojado. Así actuó con Israel cuando reclamó un rey: “Oye la voz del pueblo —dice el Señor a Samuel—, porque no te han rechazado a ti, sino a mí, para que no reine sobre ellos” (1 Sm 8, 7). Dios se lo concedió… pero a disgusto.

Lo mismo sucedió cuando los israelitas exigieron carne en el desierto: el Señor les dio lo que pedían, pero “aún teniendo los bocados en sus bocas, descendió la ira de Dios sobre ellos” (Sal 77, 30-31). También con Balaam, que pidió permiso para ir donde Dios no lo quería: se lo permitió, pero luego “se encendió su ira” (Nm 22, 32).

San Juan de la Cruz cita estos pasajes para advertirnos que Dios a veces condesciende enojado: concede lo que no conviene, porque el alma insiste con terquedad en su propio gusto. Es como un padre que, viendo a su hijo encaprichado con un plato mediocre, termina dándoselo para que al menos coma, aunque preferiría servirle algo mejor.

Así también algunas almas reciben de Dios dulzuras o ternuras sensibles, y se conforman con ellas. Él las da —dice el Santo— porque no están preparadas para el alimento más fuerte: el pan amargo de la cruz. Y aun así, se entristece. Esa es la condescendencia que debemos evitar: cuando Dios, por no contrariarnos, nos deja con migajas.

El modo de evitarla es mirar al Hijo y aprender de Él la virtud del anonadamiento: no pedir lo que me gusta, sino amar lo que me santifica.

La segunda acepción —“acomodarse por bondad al gusto y voluntad de alguien”— nos revela la condescendencia del Dios que se inclina por amor. Toda la historia de la salvación es una larga synkatábasis: Dios que baja, que se abaja, que se hace entendible, que se reviste de carne.

El Antiguo Testamento entero es como el sueño de un Dios que anhela hacerse hombre. Habla con voz humana, adopta gestos humanos, se deja describir con rasgos humanos: tiene ojos, manos, brazos, rostro, espalda; ve, oye, duerme, despierta, ríe, camina, suspira. El Infinito aprende el lenguaje de los mortales para no asustarlos.

San Juan de la Cruz pinta ese deseo divino en el romance de la encarnación

“Por lo cual, con oraciones,
con suspiros y agonía,
con lágrimas y gemidos,
le rogaban noche y día
que ya se determinase
a les dar su compañía…”

Y luego el clamor se hace súplica:

“Otros:-¡Oh si ya rompieses
esos cielos, y vería
con mis ojos que bajases,
y mi llanto cesaría!”

Así, en la plenitud de los tiempos, ese sueño se cumple: el Verbo se hace carne. El Dios soñador desborda su sueño y, por amor al hombre, se hace hombre para siempre.

Contemplar el pesebre es contemplar la condescendencia en su forma más pura. Ahí está el Dios que se abaja hasta la nada, que se acomoda a nuestra pobreza, que se deja envolver por la carne y la noche. San Juan de la Cruz lo comprendió en Granada, cuando exclamó: “Mi dulce y tierno Jesús, si amores me han de matar, agora tienen lugar.”

Y el mismo Santo nos invita a mirarlo sin desvío, con los ojos del Padre: “Pongamos siempre los ojos en Él… míralo tú bien, que ahí lo hallarás ya hecho y dado todo en Él… Mira a mi Hijo, sujeto a mí y sujetado por mi amor y afligido, y verás cuántas cosas te responde.” (2 S 22)

Mirarlo en el pesebre es dejar que nazca en nosotros. Que se anonade en nosotros. Porque para eso fuimos llamados: para despojarnos de todo lo que no es Dios, hasta quedar disponibles para su encarnación interior.

Dios no nos pedirá cuenta de talentos artísticos ni de dotes naturales, sino de si supimos anonadarnos como Él en Belén.

El alma consagrada, el sacerdote o la religiosa —cada cristiano en su medida— está llamado a reproducir esa kenosis. ¿Cómo vivir hoy esa condescendencia? No hace falta buscar lo extraordinario. Basta imitar su modo.

En la familia, es condescendencia cuando un padre se inclina sin impaciencia para escuchar la historia mal contada de su hijo, o cuando una madre renuncia a tener razón para conservar la paz. En la comunidad religiosa, es condescendencia cuando uno acepta la lentitud del otro sin ironía, o sirve en lo que no le gusta sin buscar consuelo. Cada vez que cedemos sin resentirnos, que nos abajamos sin esperar reconocimiento, estamos participando del misterio de Belén.

El Dios que en la noche de Navidad se inclinó sobre el mundo, sigue inclinándose hoy sobre cada uno de nosotros, esperando que aprendamos su modo. Esa es la condescendencia que salva: cuando el amor se acomoda a la debilidad ajena sin dejar de ser amor. Cuando un superior se hace verdadero padre, cuando un compañero se hace servidor, cuando un alma cansada deja que Dios la ame tal como está.

Ahí —en lo pequeño, en lo que nadie nota— continúa el milagro de Belén: Dios que baja y permanece, Dios que se hace comprensible, Dios que encuentra su gloria en el abajamiento.

Que esta Navidad nos conceda aprender esa condescendencia: saber mirar al Niño y, al mirarlo, dejarnos ablandar. Bajar con Él, hasta donde el amor nos pida, y quedarnos allí, en paz.

P. Gabriel M Prado, IVE

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Comentarios 2

  1. Tirza Rodriguez dice:

    Gracias por compartir tanta Sabiduría. Bendiciones de Ntro Señor

  2. Verónica Obdyke dice:

    Buenas noches!! Quería saber si ustedes tienen material religioso para niños en inglés?
    Gracias por su labor tan linda y por sus enseñanzas! Que Dios los bendiga y la Virgen Madre de Dios los guíe!
    Gracias y bendiciones

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