📖 Ediciones Voz Católica

Más leído esta semana

San Juan de la Cruz vivió su vocación religiosa en plenitud, y la vivió con una aspiración única y dominante: la unión con Dios, una unión cada vez más plena, más honda, más transformante. Ese fue el núcleo, el centro más profundo de su existencia personal y de todo su magisterio, tanto oral como escrito. No concibió nunca la vida religiosa sino como una vida orientada radicalmente a configurarse con Cristo. Por eso pudo escribir, al final de sus días: «pues que esta vida, si no es para imitarle, no es buena» (Carta, 6 de julio de 1591). Imitar a Cristo —y a Cristo crucificado— no fue para él un ideal piadoso, sino la medida misma de la verdad de la vocación

Esa vida intensamente vivida se fue transfundiendo naturalmente en su palabra y en su pluma. San Juan de la Cruz escribió con total naturalidad lo mismo que vivía. Por eso la vida religiosa quedó inscrita entre los temas más frecuentes y más hondos de su enseñanza; mejor aún —como explicaba el padre José Vicente Rodríguez—, podría decirse que es el tema pleno de su doctrina, aunque no siempre aparezca nombrado como tal. Todo en el Doctor Místico conduce al mismo punto: despojarse de lo que no es Dios para dejarse transformar por Él, y este camino halla en la vida religiosa su cauce más propio.

A veces se ha discutido si la doctrina sanjuanista puede aplicarse también a quienes viven fuera del claustro, y en qué medida. Pero nunca se ha puesto legítimamente en duda que sus enseñanzas fueron pensadas, en primer lugar, para religiosos y religiosas del Carmelo. Basta mirar los destinatarios concretos de sus escritos: frailes y monjas. Nuestro Santo no redacta tratados abstractos; responde a pedidos concretos. No combate vicios genéricos, sino defectos muy precisos: apegos a la celda, a los libros, a ciertos modos de devoción, a penitencias hechas a la propia medida. Defectos típicamente religiosos. El “ganado” del que habla no está en el campo abierto del mundo, sino dentro del convento, donde el corazón —si no se vigila— también puede llenarse de posesiones disfrazadas de virtud.

¿Desde dónde mira San Juan de la Cruz la vida religiosa? Desde Dios. ¿Y cómo la entiende? Como obra de Dios. No como iniciativa humana generosa, ni como empresa ascética, sino como una de las obras mayores de Dios, aquellas en las que Él más se implica, más trabaja, más “suda”. Crear el mundo fue fácil: la nada no resiste. Formar un alma consagrada es otra cosa. Ahí Dios tiene que luchar con nuestra libertad, con nuestros intereses, con nuestros apetitos… y convencernos. Por eso dice San Juan de la Cruz, sin exagerar, que Dios hace más en librar un alma de sus apetitos desordenados que en crearla de la nada.

Podemos señalar algunos rasgos para comprender qué entiende San Juan de la Cruz por vida religiosa. Ante todo, la ve como un estado prometido a Dios. No es algo ni provisional, ni tentativo: es una promesa. Y lo que se promete a Dios ha de entregarse a la manera de Dios, es decir, sin regateos. Aquí aparece con toda claridad la dimensión nupcial que Maestro en la Fe reconoce en la vida consagrada. El religioso no es un empleado del Reino ni un especialista en lo sagrado; es alguien que ha entregado su vida entera. Por eso el peso de su vocación no descansa en la eficacia ni en los resultados, sino en la fidelidad y perseverancia.

Ahora bien, quien prometa a Dios, que no se engañe: para entrar más adentro en las obras de Dios hay que entrar en la espesura de la Cruz. No hay atajo. No hay versión abreviada. Nuestro Santo es terminante: cuanto más cruz, más deleite verdadero. No deleite sensible, claro está, sino el gozo sólido de estar donde hay que estar. Seguir a Cristo —dice— es hacerlo “en toda paciencia, en todo silencio y en todas ganas de padecer”. Lo demás es turismo espiritual.

De esta hondura nace, paradójicamente, el celo apostólico. El Santo no opone contemplación y apostolado; opone contemplación verdadera y activismo estéril. El alma que se ha metido de veras en Dios no se conforma con salvarse sola. Le parece poco. Quiere llevar muchos consigo. Pero sabe de dónde nace el fruto: de la raíz oculta. Todo lo demás es martillar mucho y hacer poco… y a veces daño.

Para San Juan de la Cruz, el religioso es alguien que ya no es suyo. No se pertenece. Se entregó. Y punto. Es —como dice sin vueltas— quien “tiene toda su vida y obras consagradas a Dios”. De modo que sus acciones, si se las mira en serio, ya no son suyas, sino de la obediencia; y si se las saca de ahí, se pierden. Literalmente —afirma San Juan de la Cruz, muy en línea con Santo Tomás— se las pedirán como perdidas el día de la cuenta. Aquí no hay zonas francas ni rincones privados. Todo entra en el paquete. Dios pedirá todo. Nuestro Santo habla de la vida entera, no de un horario espiritual ni de un sector piadoso bien delimitado, ni de algunos años de nuestra vida.

Por eso la obediencia no es, para él, una manía conventual ni una gimnasia de disciplina. Es otra cosa mucho más seria: un sacrificio interior, más grato a Dios —dice— que todas las penitencias corporales inventadas por gusto propio. Penitencias hechas sin obediencia le parecen, directamente, “penitencia de bestias”. Lo que transforma de verdad al religioso no es endurecerse, sino configurarse con Cristo obediente al Padre. Y por ahí pasa todo: si hay obediencia, hay transfiguración; si no, habrá ruido, actividad, aparentes éxitos pastorales… pero no configuración con Cristo.

El convento, entonces, no es un refugio, sino un taller. Allí se labra al religioso como se labra una piedra antes de colocarla en el edificio. Nos labramos unos a otros. Por eso molestan tanto las asperezas del prójimo: porque pulen. El fin no es la comodidad, sino llegar a ser piedra viva, oro fino, imagen de Cristo.

Todo esto se sostiene —y se vence— por las virtudes teologales. Fe que se hace obediencia y vence al demonio. Esperanza que se hace pobreza y vence al mundo. Caridad que se hace castidad y vence a la carne. No son esquemas teóricos: son armas de combate. Y combaten juntas, porque también los enemigos se alían.

Finalmente, la vida religiosa es un ir a Dios “a oscuras y sin nada”. No por desprecio del mundo, sino por amor mayor. Entrar en ella es entrar ya por la puerta: Cristo. Y entrar en la noche. No todos entienden este lenguaje. Pero quien ha sido llamado, lo entiende desde dentro. Porque sabe que perder no es perder, y que quedarse sin nada es, al final, quedar solo con Dios. Y eso —para San Juan de la Cruz— es haber llegado al centro mismo de la vocación religiosa.

P. Gabriel M. Prado, IVE

Seguir Leyendo

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Acepto los Términos y condiciones y la Política de privacidad .

This site uses Akismet to reduce spam. Learn how your comment data is processed.

Librería Dictio

Anda. Velez Sarsfield 30 local 6
– pasaje Santo Domingo  –
Córdoba Centro
 tel 0351-4240578
de 10:30 a 18:00

Envíos a todo el país
[email protected]

Especifícanos los libros por los que estás interesado y nos pondremos en contacto lo antes posible.

Librería Gladius

Bartolomé Mitre 1721,
Buenos Aires, Argentina.
[email protected]

Envíos a todo el país