Los mártires, testigos de la Misericordia
Este punto de reflexión va a ser presentado, si Dios quiere, en tres momentos, porque es mucho el contenido.
En el mes de Julio hemos reflexionado sobre el valor de la Sange de Cristo. Ahora veremos el tema del martirio del cristiano.
Dice San Agustín:
“Cuando honramos a los mártires, honramos a amigos de Cristo. ¿Pretendéis saber qué los ha hecho amigos de Cristo? El mismo Cristo lo enseña al decir: Este es mi mandamiento: que os améis los unos a los otros. (Jn 15,12) (…) Vais a acercaros a la mesa del poderoso Señor; bien sabéis los fieles a qué mesa vais a acercaros; recordad lo que dice la Escritura: Cuando te acerques a la mesa del poderoso, sábete que conviene que tú prepares otra igual (Pr 23,1s). ¿Cuál es la mesa del poderoso a la que te acercas? Aquella en la que Él se ofrece a sí mismo, no una mesa con alimentos preparados según el arte culinario; Cristo te muestra su mesa, es decir, a Sí mismo. Acércate a esa mesa y sáciate (…) Sábete que conviene que tú prepares otra igual. Para que entiendas la frase, escucha a Juan, que la expone. Quizá ignorabas qué significa: Cuando te acerques a la mesa del poderoso, sábete que conviene que tú prepares otra igual. Escucha al comentarista: «Como Cristo entregó su vida por nosotros, así también nosotros debemos preparar tales cosas». ¿Qué significa esto? Entregar la vida por los hermanos.” (Sermón 332 San Agustin, En el natalicio de los mártires.)
El martirio en la teología cristiana remite en primer lugar, a la persona de Cristo; ya sea en sentido activo como quien da testimonio, siendo el testigo fiel y verás; o en sentido pasivo, como Aquel sobre el que se da testimonio, aún a riesgo de la vida, que es el caso de los mártires.
Este testimonio de vida y confesión de la fe, lejos de ser un modelo pasado continua siendo el patrón de la vocación a la santidad para todos los cristianos. ¿Queremos ser Santos? Debemos ser como los mártires.
Los mártires van a la muerte sabiendo que con su muerte la derrotan, y vence la misericordia: el amor de Dios al hombre. El amor del mártir que da la vida, es más fuerte que el pecado del verdugo que lo mata.
Ya lo decía San Juan Pablo II: «El amor es más grande que el pecado (…), y este amor es definido como misericordia y tiene un nombre: Jesucristo» (Redemptor hominis)
Los designios salvíficos de Dios siempre se cumplen: eso que Él se propuso para los que lo aman. Aún en las atrocidades de la guerra, Dios escribe derecho en líneas torcidas.
Por otro lado, los mártires van al martirio con la seguridad de la misericordia de Dios, Su protección. No los dejará solos, ni los abandonará. La vida de acá les será quitada violentamente, pero para darles una Vida eterna.
“La religión de la Encarnación es la religión de la Redención del mundo por el sacrificio de Cristo, que comprende la victoria sobre el mal, sobre el pecado y sobre la misma Muerte”. Esta idea la va a decir Juan Pablo II muchas veces: en Tertio millenio adveniente; en la Homilía de en Elblag (Polonia). En el 1999, va a decir también: «El Sagrado Corazón de Jesús es fuente de santidad pues en él ha quedado derrotado el pecado». En otra Homilía, en la inauguración del Centro Internacional San Lorenzo, en 1983; en una Audiencia general, en 1986; en otra Audiencia general, 2002: “Es que ante la misericordia que resplandece en el Gólgota, el mal se rinde y queda derrotado. Nada puede resistir al poder del amor de Dios manifestado en la cruz: solo el amor omnipotente sabe sacar el bien del mal y la vida nueva del pecado y de la muerte. Es a través de este amor misericordioso cómo el hombre es llamado a vencer al mal.”
Me pareció que estas ideas pueden servir de introducción a lo que presentaré sobre el martirio como testimonio de misericordia.
Pero antes del tema que nos ocupa, es conveniente revisar una auténtica Teología del martirio. Y empezaremos con Santo Tomás.
Teología del martirio
Santo Tomás, en este tema, como en otros, no hace sino sistematizar teológicamente la doctrina de la Biblia y de la Tradición. Por otra parte, la enseñanza tomista sobre el martirio, tal como se expone en la Summa Theologica II-II, cuestión 124, en cinco artículos, ha marcado mucho la enseñanza de los teólogos.
Art. 1: El martirio es un acto de virtud.
Propio de la virtud es hacer que la persona permanezca en la verdad y en el bien. Y «es esencial al martirio mantenerse por él firme en la verdad y en la justicia contra los ataques de los perseguidores. Es, pues, evidente que el martirio es un acto virtuoso»
Art. 2: El martirio es un acto de la virtud de la fortaleza
El mártir ejercita la virtud de la fortaleza resistiendo un mal extremo, la muerte corporal, y «no abandona la fe y la justicia ante los peligros de muerte». Por eso la fortaleza es la virtud, es decir, «el hábito productor» del martirio (124,2).
Pero también es cierto que es la caridad, es la fuerza del amor, la que mantiene fiel al mártir. «De ahí que el martirio sea acto de la caridad como virtud imperante, y de la fortaleza como principio del que emana. Pero el mérito del martirio le viene de la caridad» (ib.), pues «si repartiere toda mi hacienda y si entregara mi cuerpo al fuego, no teniendo caridad, nada me aprovecha» (1Cor13,3).
Art. 3: El martirio es el acto más perfecto
Si el martirio se considerara solo como un acto de la fortaleza, habría otros posibles actos cristianos más perfectos y meritorios. Pero si se considera como el acto supremo de la caridad es, sin duda, el más perfecto y meritorio acto cristiano.
Y el martirio se sufre precisamente por amor «a Cristo», a su Reino, a la Comunión de los Santos. El mismo Jesús dice a sus discípulos: todas esas persecuciones las sufriréis «por mí» (Mt 5,11), «por causa del Hijo del hombre» (Lc 6,22), «por causa de mi nombre» (Jn 15,21)
El martirio es, entre los demás actos humanos, el más perfecto en su género, pues es signo de la mayor caridad, ya que “nadie tiene un amor mayor que éste de dar uno la vida por sus amigos” [Jn 15,13]» (STh II-II, 124,3).
Otras virtudes, unidas a la caridad, alcanzan también en el martirio su absoluta perfección: así, la abnegación, por la que el mártir «se niega a sí mismo», «perdiendo su vida» (Lc 9,23-24); la fe, por la que da «testimonio de la verdad» hasta morir por ella (Jn 18,37), y la obediencia a Dios y a sus mandatos, por la que el mártir se hace «obediente hasta la muerte, y muerte de cruz» (Flp 2,8).
Art. 4: El martirio es morir por Cristo.
Es la propia vida la que el mártir entrega con suprema fortaleza a causa de un supremo amor a Jesucristo. Por eso la tradición de la Iglesia reserva el nombre de mártir a quien «por Cristo» ha sufrido la muerte, en tanto que llama confesor a quien por Él ha sufrido azotes, exilio, prisión, expolios, cárcel, torturas…. (confessores Jesus-Christi; Ctas. 12, 15, 30).
La muerte es, pues, esencial al martirio. En efecto, solo el mártir es testigo perfecto de la fe cristiana, pues sufre por ella la pérdida de su propia vida. Por eso a aquél que permanece en la vida corporal, por mucho que haya sufrido a causa de su fe en Cristo, no le ha sido dado demostrar del más perfecto modo posible su adhesión a Cristo, así como su menosprecio hacia todos los bienes de la tierra, incluida la propia vida. Por eso, dice Santo Tomás, «para que se dé la noción perfecta de martirio es necesario sufrir la muerte por Cristo».
Art. 5: No solo la fe es la causa propia del martirio
«Mártires –dice Santo Tomás– significa testigos, pues con sus tormentos dan testimonio de la verdad hasta morir por ella; y no de cualquier verdad, sino de “la verdad que es según la piedad” [Tit 1,1], la que nos ha sido dada a conocer por Cristo. Y así se les llama “mártires de Cristo”, porque son Sus testigos. Y tal verdad es la verdad de la fe. Por eso la fe es la causa de todo martirio.
«Ahora bien, a la verdad de la fe pertenece no solo la creencia del corazón, sino también su manifestación externa, que se hace tanto con palabras como con hechos, por los que uno muestra su creencia, según aquello de Santiago: “yo por mis obras te mostraré mi fe» [2,18].
Y San Pablo dice de algunos que “alardean de conocer a Dios, pero con sus obras lo niegan” [Tit 1,16]. «Según esto, todas las obras virtuosas, en cuanto referidas a Dios, son manifestaciones de la fe. Y bajo este aspecto pueden ser causa de martirio. Y así, por ejemplo, la Iglesia celebra el martirio de San Juan Bautista, que no sufrió la muerte por defender la fe, sino por haber reprendido un adulterio» (II-II, 124,5). Recordemos, sigue diciendo Santo Tomás, que «“los que son de Cristo Jesús han crucificado la carne con sus pasiones y concupiscencias” [Gál 5,24]. Por consiguiente, sufre pasión un cristiano no solo si padece por la confesión verbal de la fe, sino si, por Cristo, padece por hacer un bien y evitar un mal, porque todo ello cae dentro de la confesión de la fe» (5 ad1m). Más aún, «como todo bien humano puede hacerse divino al referirse a Dios, cualquier bien humano puede ser causa de martirio en cuanto es referido a Dios» (5 ad3m).
Por cierto que los mártires son perseguidos por odio a Cristo y muertos por amor a Cristo «Por mí», «por causa de mi nombre», dice Cristo en los Evangelios. En efecto, que el perseguidor obre por odio a Cristo, o como suele decirse, ex odio fidei, y que el mártir muera por amor a Cristo, es causa necesaria para que se dé el martirio cristiano en el sentido estricto. (Santo Tomás, IV Sent. dist. 49,5,3) Ha de darse «odio a la fe» o bien odio a cualquier obra buena en tanto que viene exigida por la fe en Cristo.
Es el criterio que hoy también está vigente en la Iglesia para discernir en las causas para la canonización de los mártires. Y a veces, como se comprende, es muy difícil aplicar con seguridad este criterio a cada caso concreto.
Santo Tomás afirma también, la bondad del deseo del martirio. Hace suya la doctrina de San Gregorio Magno, que comenta la frase de San Pablo, «el que desea el episcopado, desea algo bueno» (1Tim 3,1), recordando que cuando el Apóstol hacía esa afirmación, eran los obispos los primeros que iban al martirio (STh II-II, 185,1 ad1m).
Y de hecho, muchos santos, como Santo Domingo y San Francisco de Asís, Santa Teresa y San Francisco Javier, desearon el martirio intensamente, y en ocasiones dieron forma de oración a sus persistentes deseos.
Respecto de los enemigos, Cristo manda –no es un simple consejo; es un mandato– «amar» a los enemigos y «orar» por ellos (Mt 5,43-46). En efecto, si el martirio es un acto supremo de la caridad, ha de ser una afirmación de amor no solo a Cristo y a la comunión de los santos, sino también hacia los perseguidores. El mártir manifiesta este amor perdonando a sus enemigos y orando por ellos. Así es como en el martirio se configura plenamente a Cristo, por ejemplo, San Esteban y todos los santos mártires. Como dice Santo Tomás, «la efusión de la sangre no tiene razón de bautismo [es decir, de martirio, de bautismo de sangre] si se produce sin la caridad» (STh III,66,12 ad2m).
Y por último, el martirio es, también exaltación de la perfecta humanidad y de la verdadera vida de la persona, como atestigua San Ignacio de Antioquía dirigiéndose a los cristianos de Roma, lugar de su martirio: «por favor, hermanos, no me privéis de esta vida, no queráis que muera… dejad que pueda contemplar la luz; entonces seré hombre en pleno sentido. Permitid que imite la pasión de mi Dios» (Romanos VI,2-3).
No quiero dejar de destacar algo que a nosotros nos puede ayudar en nuestra lucha como cristianos, en un mundo hostil como el que vivimos en que muchas veces tenemos que dar testimonio de Cristo, aunque no se nos amenace a muerte: El Vaticano II (GS. 27) nos dice «Si el martirio es el testimonio culminante de la verdad moral, al que relativamente pocos son llamados, existe no obstante un testimonio de coherencia que todos los cristianos deben estar dispuestos a dar cada día, incluso a costa de sufrimientos y de grandes sacrificios. En efecto, ante las múltiples dificultades, que incluso en las circunstancias más ordinarias puede exigir la fidelidad al orden moral, el cristiano, implorando con su oración la gracia de Dios, está llamado a una entrega a veces heroica. Le sostiene la virtud de la fortaleza, que –como enseña San Gregorio Magno– le capacita a “amar las dificultades de este mundo a la vista del premio eterno” (Moralia in Job VII, 21,24).
Y el documento Lumen Gentium 42: “Así como Jesús, el Hijo de Dios, manifestó su caridad ofreciendo su vida por nosotros, nadie tiene un mayor amor que el que ofrece la vida por Él y por sus hermanos (cf. 1Jn 3, 16; Jn 15, 13). Pues bien, ya desde los primeros tiempos algunos cristianos se vieron llamados, y siempre se encontrarán otros llamados a dar este máximo testimonio de amor delante de todos, principalmente delante de los perseguidores. El martirio, por consiguiente, con el que el discípulo llega a hacerse semejante al Maestro, que aceptó libremente la muerte por la salvación del mundo, asemejándose a Él en el derramamiento de su sangre, es considerado por la Iglesia como un supremo don y la prueba mayor de la caridad. Y si ese don se da a pocos, conviene que todos vivan preparados para confesar a Cristo delante de los hombres y a seguirle por el camino de la cruz en medio de las persecuciones que nunca faltan a la Iglesia.“
Que Jesús el testigo fiel y veraz, como la Virgen Santísima Reina de los Mártires nos alcancen la gracia de vivir una autentica espiritualidad martirial, con la que sepamos conformarnos con Cristo crucificado.
Hemana María de la Fe, SSVM


