Del libro: Meditaciones sobre las Letanías del Sagrado Corazón de Jesús.
Cor Iesu, Filii Patris aeterni
Ricardo E. Clarey, sacerdote argentino
Misionero en Italia
- El Sagrado Corazón es corazón de hombre, pero también de Dios:
amor humano y amor divino.
La Escritura nos recuerda que la persona de Cristo es la del Hijo de Dios, el Verbo que estaba junto a Dios y era Dios (Jn 1,1). En todo el Nuevo Testamento encontramos innumerables veces la referencia de Hijo de Dios como algo propio de Jesús, y de múltiples modos Jesús mismo expresa su relación única con su Padre, llegando incluso a afirmar que Yo y el Padre somos uno (Jn 10,30).
Esto nos indica, pues, que en Cristo tenemos ciertamente un amor humano, en todo igual a nosotros excepto en el pecado, pero al mismo tiempo un amor divino, que es el mismo amor con el que el Padre nos ha amado y nos ha elegido en Cristo antes de la creación del mundo (cf. Ef 1,4). Un amor divino que ha movido al Verbo a querer encarnarse. «Ha querido que le viéramos bajo el símbolo de su Sacratísimo Corazón, para que el conocimiento de su divinidad y amor infinito nos entrara por los ojos. Ha querido vivir con nosotros, conversar con nosotros, emparentar con nosotros y hacerse hermano nuestro. “Nuestra carne y su carne –dice San Agustín– no son de diferente naturaleza; nuestra alma y su alma no son de diferente especie. Tomó la naturaleza que quiso salvar”»1.
Es un misterio extremamente profundo, porque nos encontramos ante la unión de Dios, que habita en una luz inaccesible (1 Tim 6,16), a quien nadie ha visto jamás (cf. Jn 1,18), con el ser humano, infinitamente débil y frágil, un simple esclavo en comparación con la majestad y la gloria de Dios Uno y Trino. Una unión que resulta escandalosa y absurda para tantas mentes. Pero una unión por la cual «el Dios infinito ha permitido que le abrace el Corazón de un Hombre cuyo nombre es Jesús de Nazaret, Jesucristo. Y a través del Corazón del Hijo, Dios Padre se acerca también a nuestros corazones y viene a ellos. Y así cada uno de nosotros es bautizado en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo. Cada uno de nosotros está inmerso, desde el principio, en el Dios Uno y Trino, en el Dios vivo, en el Dios vivificante»2.
Esta unión de Dios y el hombre en la única Persona del Verbo es también la unión de dos amores distintos, el de Dios y el del hombre, pero que tienden a la misma gloria de la Santísima Trinidad y al bien y felicidad del género humano por su misericordia. Por eso afirma Pío XII: «El Corazón de nuestro Salvador en cierto modo refleja la imagen de la divina Persona del Verbo, y es imagen también de sus dos naturalezas,
la humana y la divina; y así en él podemos considerar no sólo el símbolo, sino también, en cierto modo, la síntesis de todo el misterio de nuestra Redención. Luego, cuando adoramos el Corazón de Jesucristo, en él y por él adoramos así el amor increado del Verbo divino como su amor humano, con todos sus demás afectos y virtudes, pues por un amor y por el otro nuestro Redentor se movió a inmolarse por nosotros y por toda la Iglesia, su Esposa»3.
- Es amor del Verbo de Dios, que es Hijo natural del Padre y engendrado antes de los tiempos. Este amor eterno significa, ante todo, el amor que el Hijo tiene al Padre, pero también el amor que el Padre tiene al Hijo. Este amor precedente de Dios, eterno como Él mismo, es ciertamente del Padre al Hijo y del Hijo al Padre: pero, habiendo las Personas divinas decidido crearnos y llamarnos a la comunión con Él, ese amor es también el amor con el que Dios nos ama e incluso con el que quiere suscitar en nosotros el amor hacia Él. A cada uno de nosotros nos dicen el Padre y el Hijo: Con amor eterno te amé, por eso prolongué mi lealtad (Jr 31,3). ¡Todo esto lo encontramos expresado en el Sagrado Corazón que el Verbo toma en su encarnación!
Y este amor significa, asimismo, un amor total e intenso, no limitado por el modo imperfecto de ser engendrado ni por el tiempo. Nosotros sí estamos inmersos en el tiempo, y en medio de un mundo que es percibido por nuestros sentidos: por eso nos resulta tan fatigoso el esfuerzo de elevarnos para entrever, en el claroscuro de la fe, la vida íntima y refulgente de la Santísima Trinidad. Pero apoyados en la enseñanza del mismo Jesús, sabemos que toda la perfección de Dios en su vida íntima, y en particular su amor, es completa, sin variaciones, sin necesidad de sucesión ni de esperas: en Dios Trino y Uno todo lo bueno, todo lo verdadero, todo lo gozoso está presente aquí y ahora, sin más. Cualquier comparación con las cosas de la creación, incluso de las realidades espirituales, es algo infinitamente opaco y pobre.
- El Hijo del eterno Padre es también nuestro Hermano mayor, que nos ama de modo tan especial con este amor. ¡Y nos lo participa!
El Verbo eterno se hizo en su encarnación semejante a nosotros: Dios envió a su Hijo en semejanza de carne de pecado (cf. Ro 8,3), para rescatarnos. Por eso debía ser en todo semejante a sus hermanos, para venir a ser misericordioso y fiel sumo sacerdote en lo que a Dios se refiere, para expiar los pecados del pueblo (Heb 2,17).
Pues bien, no solamente Él se hizo semejante a nosotros, sino que por esta acción nos hizo a nosotros semejantes a Él. Gracias a esta dignación de su amor, cargando en sí la imagen deformada que había en nosotros, nos comunicó pura y resplandeciente su propia imagen, para que se cumpla así el plan providencial del Padre: A los que antes conoció, también los predestinó para que fueran hechos conformes a la imagen de su Hijo, para que él sea el primogénito entre muchos hermanos. Y a los que predestinó, a estos también llamó; y a los que llamó, a estos también justificó; y a los que justificó, a estos también glorificó (Ro 8,29-30). Ahora somos hermanos de su Hijo eterno, y fuimos llamados y justificados, y esperamos que por su misericordia seamos en Cristo glorificados.
Este proyecto grandioso es una realidad gracias al amor de Dios, al amor del Padre y del Hijo, que se nos hace tangible en el Sagrado Corazón. El Padre nos ama en Cristo, primogénito de toda creatura y primer predestinado. Un amor tan profundo que no solamente crea el bien donde no está, sino que además restaura su imagen haciéndonos una creatura nueva a través de su nueva presencia entre nosotros: Oí una gran voz del cielo, que decía: ‘El tabernáculo de Dios está ahora con los hombres. Él morará con ellos, ellos serán su pueblo y Dios mismo estará con ellos como su Dios’. […] El que estaba sentado en el trono dijo: ‘Yo hago nuevas todas las cosas’ (Ap. 21, 3.5).
Tan grande es la fuerza y el poder de este amor de Dios, que nosotros lo participamos y somos capaces de amar a Dios con todo nuestro corazón, con toda nuestra alma y con toda nuestra mente (cf. Mt 22,37). En efecto, Dios «nos ha amado primero y sigue amándonos primero; por eso, nosotros podemos corresponder también con el amor. Dios no nos impone un sentimiento que no podamos suscitar en nosotros mismos. Él nos ama y nos hace ver y experimentar su amor, y de este “antes” de Dios puede nacer también en nosotros el amor como respuesta»4.
¡Puedo amar a Dios y puedo amar como Dios, gracias al amor del Padre al Hijo y del Hijo al Padre, gracias al Sagrado Corazón de Jesús, Hijo del eterno Padre!
NOTAS
1.RAMÓN J. DE MUÑANA, Las letanías del Sagrado Corazón de Jesús, El Mensajero del Corazón de Jesús, Bilbao 1952, pp. 22-23.
2.SAN JUAN PABLO II, Angelus (2/6/1985).
3.PÍO XII, Encíclica Haurietis aquas sobre la devoción al Sagrado Corazón (15/5/1956),24
4.BENEDICTO XVI, Encíclica Deus caritas est sobre el amor cristiano (25/12/2005),
17.
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