Don Bosco siempre tenía muchos asuntos que tratar con el prefecto de Obispos y Regulares; pero en el ánimo del cardenal Ferrieri actuaban siniestras prevenciones con respecto a él, que se habían ido arraigando con la incesante gotera de denuncias que le venían de Turín. Aquel continuo presentar a don Bosco como si fuera un rebelde obstinado contra la autoridad diocesana y un transgresor sistemático de los sagrados cánones, habría hecho mella hasta en un prefecto que no hubiese tenido con el Ordinario de Turín las relaciones del Eminentísimo Ferrieri; podía en verdad parecer necesario estar en guardia para no comprometer los derechos de la jurisdicción episcopal ni las leyes de la Iglesia. Por lo tanto, atendidas semejantes disposiciones de espíritu, la firmeza del Beato, en defensa del honor y de los intereses de su Instituto contra imputaciones o actos perjudiciales, daba pie fácilmente a juicios erróneos sobre la naturaleza de sus actuaciones. Para conocer bien lo espinosa que por este lado era la situación de don Bosco y comprender mejor las tribulaciones que, por el mismo motivo, tendrá que soportar más adelante, nada mejor que el diálogo habido en la primera entrevista del Procurador general con Su Eminencia y referido por él en una carta a don Miguel Rúa. Nosotros expondremos lo sucedido según la narración que el mismo Procurador hizo a Lemoyne. Para no escandalizarse, será útil conocer también la índole del hombre. Soderini nos lo describe así (EDUARDO SODERINI, El Pontificado de León XIII, vol. I, pág. 225. Mondadori, Milán, 1932): «Era este Purpurado hombre muy sensato y muy docto, de trato entre áspero y severo, y quizá demasiado mordaz».
La primera vez que don Francisco Dalmazzo se presentó, se le dijo que el Cardenal no estaba en casa; pero él volvió por segunda y tercera vez y, habiendo recibido siempre la misma respuesta de que Su Eminencia no podía recibirlo, rogó al Secretario dijera a Su Eminencia que, como le urgía verlo, se dignara señalarle día y hora para la audiencia, dentro del espacio de un mes. Se le fijó el sábado siguiente, a las nueve.
Don Francisco Dalmazzo se presentó puntualmente. Después de esperar un rato, porque aquella mañana se levantaba entonces de la cama el Cardenal, fue introducido. Su Eminencia estaba en su estudio, vestido de simple sacerdote; su mirada casi infundió temor a don Francisco Dalmazzo, que también tenía personalidad y presencia imponentes y no era un pusilánime.
-¿Qué queréis de mí?, le preguntó con tono brusco.
-Vengo de Turín, contestóle don Francisco Dalmazzo, enviado por don Bosco para saludar a Su Eminencia y rogarle tenga la bondad de notificarnos las observaciones que se hacen sobre la Pía Sociedad y qué cosas se deben corregir en ella. Don Bosco no desea más que estar en todo y por todo sometido al parecer de sus Superiores.
-¡Don Bosco! Don Bosco es un mentiroso, exclamó el Cardenal. Don Bosco es un impostor. ¡Don Bosco es un prepotente que quiere imponerse a la Sagrada Congregación!
-Perdone, Eminencia, don Bosco no ha pretendido jamás imponerse a la Sagrada Congregación. Si se ve obligado a recurrir con frecuencia es porque el Arzobispo de Turín le obliga a dar estos pasos.
-También ése es una buena pieza, para darnos molestias sobre molestias; pero, en resumen, ¿qué quiere don Bosco?: No tiene ciencia, ni tiene santidad. Hubiera hecho mejor limitándose a estar al frente de un Oratorio que no obstinándose en querer fundar una Congregación.
-Perdone, Eminencia. Nosotros, que le conocemos, tenemos otro concepto muy distinto de don Bosco. Y ¡somos doscientos sacerdotes!
-Vosotros haríais mejor escapando a su dirección, volviendo a vuestros seminarios diocesanos y poniéndoos a disposición de vuestros Obispos. Don Bosco no es un hombre para fundar Congregaciones.
-Perdone, ¿cree Su Eminencia que todos nosotros somos tan cortos de entendimiento como para ponernos bajo la guía de don Bosco sin conocer qué persona es? Sepa que nosotros lo queremos y amamos y nos sentimos ofendidos cuando oímos que se le ultraja y se vilipendian sus obras.
-Yo no tenía intención de ofenderos, replicó más cortésmente el cardenal; digo solamente que don Bosco no debía presumir de acometer la fundación de su Pía Sociedad. Por los demás, ¿cuál es vuestra dirección?
-Me hospedo en Torre de’Specchi y, si Su Eminencia tiene algo que mandarme, estoy a sus órdenes.
-Está bien.
-Siempre que Su Eminencia desee alguna explicación, estoy pronto a dársela.
-Lo probaremos.
-Don Bosco quiere prestar obediencia a las disposiciones de la Sagrada Congregación en todo.
-Eso lo veremos.
Al llegar a este punto el Cardenal despidió al Procurador, pero cortésmente y acompañándole hasta la puerta. Pero siguió mostrándose duro con don Bosco. Para nuestro Beato Padre, que amaba mucho la paz y que, para vivir en paz con cualquiera, habría hecho cualquier sacrificio que le consintiese la conciencia, el verse rechazado de esta manera por una dignidad tan alta fue ciertamente una de sus mayores aflicciones. Por lo demás, son cruces que, como nos atestigua la historia, permitió Dios en sus insondables designios que tocasen más o menos a todos los grandes fundadores de Ordenes y Congregaciones religiosas. Su conducta humilde, caritativa y valiente, en tan difíciles y delicadas circunstancias, fue una de las pruebas más elocuentes de su santidad.
Eugenio CERIA, Memorie biografiche del Beato Giovanni Bosco, Vol. XIV, Ed. 1933.
4° edizione digitale: https://www.donboscosanto.eu/memorie_biografiche/scritti/don_bosco-memorie_biografiche_vol_14.html
Fuente: https://www.donboscosanto.eu/memorie_biografiche/


