Cómo rendir culto a la Divina Misericordia
El Culto a la Divina Misericordia
Con la ayuda de Dios, comenzaremos a ver en qué consiste el culto a la Divina Misericordia iniciado públicamente con San Juan Pablo II, en abril del año 2000, instituyendo la Fiesta de la Divina Misericordia para ser celebrada el segundo domingo después de Pascua. El mismo día de la institución de la Fiesta tuvo lugar la canonización de Sor Faustina Kowalska.
Para este artículo, me voy a guiar por el escrito de Marcin Kazmieerczak : “El culto de la Divina Misericordia en el mensaje de Sor Faustina Kowalska”, e-aquinas, 1/3 (2003), 12-25
Para conocer a Santa Faustina, su vida y su mensaje, tenemos que acudir principalmente a su Diario espiritual que escribió siguiendo las órdenes de su confesor el Padre Sopocko. En el Diario, ella fue anotando sus experiencias sobrenaturales desde el año 1934 hasta 1938 que fue el año de su muerte. El escrito comprende más de 600 páginas. No es fácil el análisis teológico del mismo porque está muy marcado por sus experiencias místicas. Por estas razones, para explicar en términos breves la esencia del mensaje sobre la Divina Misericordia, además del Diario, es aconsejable consultar la obra del padre Ignacy Rozycki, quien en los años setenta efectuó un profundo análisis teológico del mismo. Su trabajo lo tituló: “Líneas fundamentales de la devoción a la Divina Misericordia.”
Es bueno saber que en este trabajo, que resultó altamente convincente a los ojos de los teólogos-censores de la Congregación de la Causa de los Santos, el padre Rozycki define el objeto del culto de la Divina Misericordia, las condiciones necesarias para ser devoto de este culto, así como las cinco formas de practicar el culto reveladas en el Diario.
En este artículo a voy a hacer alusión a las condiciones necesarias para el culto y dejaré para el próximo mes las formas de practicarlo.
El objeto del culto
Según el padre Rozycki la Divina Misericordia es amor, bondad, piedad y, al adorar la Divina Misericordia adoramos al mismo Dios. A la luz de la doctrina católica Dios es absolutamente simple, «no hay en Él partes», es decir, «todo lo que hay en Dios es Dios». Por consiguiente, Dios no sólo es sabio, sino que es «la Sabiduría»; no sólo es omnipotente, sino que es «la Omnipotencia»; no sólo muestra su Providencia al mundo, sino que es la Providencia; no sólo nos ama, sino que es el Amor, la Misericordia, que son lo mismo que Dios y tienen derecho a la adoración religiosa por parte nuestra» (I. Rozycki, op. cit. p. 8)
Además, la Misericordia de Dios Uno y Trino, tiene atributos exclusivos de Dios; es inconcebible, insondable, indecible e infinita. Y aunque se trate de la misericordia de Dios en la Santísima Trinidad, Jesucristo es la persona privilegiada en esta devoción porque todas las formas nuevas del culto a la Divina Misericordia se relacionan con su persona. Este lugar particular de Jesucristo en la devoción a la Divina Misericordia se justifica a través de las palabras del Evangelio «Yo soy el Camino, la Verdad y la Vida. Nadie va al Padre sino por mí». (Juan 14,6). Por lo tanto, es correcto aplicar al culto de la Divina Misericordia un otro nombre equivalente que es el de la devoción a Jesús Misericordioso.
Jesús expresa su Misericordia en una de las apariciones a sor Faustina el 15 de julio de 1937: «(…) Tu miseria no es un obstáculo para mi misericordia. (…) Cuanto más grande es la miseria de un alma tanto más grande es el derecho que tiene a mi misericordia. Invita a todas las almas a confiar en el inconcebible abismo de mi misericordia, porque deseo salvarlas a todas. En la cruz, la Fuente de Mi Misericordia fue abierta de par en par por la lanza para todas las almas, no he excluido a ninguna» (D. 1182).
Cómo se puede ver, la divina Misericordia se presenta como accesible a todos los hombres sin condiciones, resultando más grande que el pecado humano.
Ninguna de las terribles atrocidades cometidas por los individuos y por todas las naciones tienen la capacidad de frenar el continuo flujo del manantial de las gracias.
La Misericordia y el Amor divinos superan con creces el odio del enemigo de la naturaleza humana y el abismo del pecado del hombre.
La confianza como primera condición del culto
La primera y la más importante condición y exigencia vinculada con este culto es la confianza en Dios. En ella consiste la esencia de la devoción. La confianza, según explica el padre Rozycki está relacionada con la fe, la esperanza, la humildad y la contrición. Al mismo tiempo, según afirma el teólogo, es la más difícil de todas las virtudes. Es la espera voluntaria, humilde, inalterable y animada por la fe, en la benevolencia de Dios.
La confirmación de este papel vital de la confianza para la práctica del culto se encuentra en el Diario: «Las gracias de mi Misericordia se toman con un solo recipiente y éste es la confianza. Cuanto más confíe un alma, tanto más recibirá» (D. 1578). De hecho, según los estudios del Padre Rozycki, hay 43 pasajes del Diario en los cuales Jesús anima, invita y exige a sor Faustina y a toda la humanidad la actitud de confianza.
Destacando de la confianza a la luz del Diario merece la pena indicar cierta dinámica en la relación mística entre el alma y Dios. Esta dinámica presente a lo largo del Diario consiste en el contraste entre la miseria del alma y la grandeza de la Divina Misericordia. La confianza en la infinita bondad de su Señor lleva a sor Faustina a escribir las frases siguientes: «Aunque tuviera en mi conciencia los pecados del mundo entero y los pecados de todas las almas condenadas, a pesar de todo esto, no dudaría de la bondad de Dios» (D 1552).
Es inevitable hacer una analogía entre esta exclamación de sor Faustina y el poema de Santa Teresa de Lisieux:
Si yo hubiera cometido todos los crímenes posibles/ Continuaría teniendo la misma confianza/ pues sé seguro que esta multitud de ofensas/ no es sino una gota de agua/ en una llama ardiente.
Esta analogía constituye, dice el autor que estamos siguiendo, una prueba de que la espiritualidad de sor Faustina, se inscribe en una cadena de revelaciones y expresiones espirituales, a través de las cuales, el Señor vuelve a corroborar las mismas verdades de siempre; sobre todo la más importante verdad referente a su amor paterno, infinito e incondicional por el hombre real, tal como es, a pesar de su miseria, sus limitaciones, hasta su pecado y su infidelidad.
En otro pasaje sor Faustina vuelve a insistir sobre el mismo aspecto de la relación de su alma con su Amado: «El conocimiento de mi miseria me permite conocer al mismo tiempo el abismo de Tu Misericordia. En mi vida interior con un ojo miro hacia el abismo de miseria y de bajeza que soy yo, y con el otro hacia el abismo de tu Misericordia, oh Dios» (D 56).
Al darse cuenta de este contraste, el alma acepta la insistente invitación del Señor a acoger su perdón y su gracia. No solo quiere participar al alma de su naturaleza adivina si no que, además, quiere participarle su propia generosidad y amor oblativo. En trueque, el alma consciente de su condición, entrega al Creador sus miserias, sus imperfecciones, sus pecados. Todo lo que el alma tiene que es pobreza, miseria y nada, el Señor lo ofrece en sacrificio, primero, hace dos mil años en el Gólgota y luego, cada día, en la Eucaristía.
De ahí la gran importancia que tiene para sor Faustina la vida sacramental y la Eucaristía en particular. Se puede ver en el Diario los puntos 105, 223, 355, 356, 814, 826, 1324, 1509, 1569, 1718 y otros.
La última nota del Diario de alguna manera resume esta dinámica y, al mismo tiempo, constituye un particular «testamento de confianza», fruto del continuo ejercicio en esta virtud a lo largo de la vida de la Santa. Poco antes de su muerte una vez más se dirige a Jesús: «Y aunque soy una gran miseria, no Te tengo miedo, porque conozco bien Tu Misericordia. Nada me alejará de ti, oh Dios» (D.1803).
Ya que abordamos el tema de la confianza, me parece que no está fuera de lugar, hacer algunas aclaraciones para no desvirtuar está devoción a la Divina Misericordia. La confianza a la cual nos exhorta Nuestro Señor, según Santa Faustina, no debe entenderse jamás como un permisivismo.
Como si se dijese “no nos preocupemos, pequemos, porque Dios es bueno y nos perdona”. No podemos esperar misericordia sin penitencia o el perdón y la gloria sin los méritos, como dice Santo Tomás en el tratado sobre la esperanza. (Cfr. S.Th. II-II, q.21, a.1)
Dice el Doctor Angélico, en el mismo artículo que esta presunción es pecado grave porque atenta directamente contra Dios pues implica un “apoyarse en el poder de Dios para conseguir lo que no le compete a Él” (ad 2). En esta presunción que espera perdón sin penitencia o sin arrepentimiento, está escondido el deseo desordenado por las cosas. (Cfr.ad. 3)
La verdadera esperanza (confianza) consiste en esperar que Dios perdone al penitente, no al impenitente; aunque incluye también la esperanza de llevarme a la perfección de la penitencia cuando tal vez la tengo todavía de modo incipiente.
De todos modos, la verdadera esperanza debe estar acompañada, si o si, del rechazo sincero y eficaz (no un querría…) del pecado.
Exigencias de la devoción a la Divina Misericordia
Podríamos pues hablar de exigencias, respecto de la devoción a la Divina Misericordia. Porque, la necesidad de no confundir la confianza con un permisivismo queda de manifiesto en dos elementos de esta devoción: primero, las exigencias que impone y segundo, el amor a la cruz que despierta; amor que lleva a unirse a Cristo crucificado.
Podemos considerar algunos textos del Diario donde se ve que, si bien la confianza es esencial, se trata de una devoción exigente:
“Esta imagen ha de recordar las exigencias de Mi misericordia, porque la fe sin obras, por fuerte que sea, es inútil”. (D. 742)
“No encontrará alma ninguna la justificación hasta que no se dirija con confianza a Mi misericordia…” (D. 570).
“Las almas mueren a pesar de Mi amarga Pasión. Les ofrezco la última tabla de salvación, es decir, la Fiesta de Mi Misericordia. Si no adoran Mi misericordia morirán para siempre” (D. 965).
Amor a la Cruz que se sigue necesariamente de esta devoción
Además, esta devoción lleva a unirse con Cristo crucificado ya que, amar verdaderamente la Misericordia implica ver la Cruz como fuente de la Misericordia. La Cruz es el instrumento gracias al cual Jesús puede “aplicar” su Divina Misericordia en nosotros.
Un médico puede obrar el bien en su paciente gracias al estudio y a la ciencia que ha adquirido. Y el paciente no solamente ama al médico si no también la ciencia y el estudio que éste posee, porque gracias a ellos, el médico puede curarlo. Así también el que ama la Divina Misericordia, tiene que amar la Cruz, porque la Cruz es el instrumento de la Misericordia divina. La Misericordia de Dios respeta su justicia: Jesús paga nuestros pecados en la Cruz:
“En la cruz, la Fuente de Mi Misericordia fue abierta de par en par por la lanza para todas las almas, no he excluido a ninguna” (D. 1182).
Trátese del amor a la Cruz del Señor, precio de nuestro rescate; o del amor a la Cruz que uno sufre, unida a la de Jesús, para pagar por los pecados cometidos o por penitencia, o para obtener una gracia, etc., de todas maneras, se trata de la Cruz, instrumento de la amable Misericordia del Salvador que mediante la confianza me une a Sí.
La misericordia para con el prójimo
Si el primer pilar o condición de la espiritualidad basada en el culto a la divina Misericordia es la confianza, la repetida insistencia en la misericordia para con el prójimo constituye el segundo pilar. Jesucristo le dijo a Sor Faustina, y a través de ella a todo cristiano: “Exijo de ti obras de misericordia que deben surgir del amor hacia Mi. Debes mostrar misericordia al prójimo siempre y en todas partes. No puedes dejar de hacerlo ni excusarte ni justificarte”(Diario 742).
De este modo, el estilo de vida de los devotos de este culto adquiere una “geometría cruciforme”, según palabras del autor. Es decir, su dimensión vertical es la relación con Dios marcada por la confianza que deriva de la apertura y la acogida de la Divina Misericordia. Su dimensión horizontal reposa en la relación con los demás hombres marcada por el deseo de transmitirles la misericordia a través de una actitud caritativa. Por lo tanto, las dos dimensiones están estrictamente conectadas. Quien ha recibido el perdón, a su vez debe perdonar; quien ha sido consolado, debe llevar el consuelo a los demás; quien ha abierto su corazón a las infinitas gracias de la Misericordia Divina debe sentir el deseo de ser misericordioso para con los demás. En el Diario Jesús propone a sor Faustina tres maneras de practicar la misericordia: a través de los actos, a través de la palabra y a través de la oración: “Te doy tres formas de ejercer misericordia al prójimo: la primera: la acción, la segunda: la palabra, la tercera: la oración (…). De este modo el alma alaba y adora Mi misericordia” (D. 742). Se ve claramente cómo el modo de honrar la Misericordia de Dios, es practicarla con el prójimo.
El padre Rozycki considera fundamental la puesta en práctica de estas dos pautas: «Cada acto de veneración a la Divina Misericordia tiene que expresar la confianza y debe ir unido a la práctica de la misericordia para con el prójimo. Sólo en este caso el devoto podrá beneficiarse de las promesas que Jesús vinculó a esta devoción» (I. Rozycki, op. cit. p. 19.)
Explica nuestro autor: “A la luz de esta afirmación contundente, nos damos cuenta de que la práctica de las nuevas formas del culto a la Divina Misericordia exentas del fundamento de confianza y misericordia para con el prójimo podrían derivar en una espiritualidad superficial, caracterizada por un sentimentalismo religioso exento de un contenido sólido. O, en otras palabras, la manera más eficaz de practicar este culto consiste precisamente en ejercitarse en la virtud de la confianza acompañada por las obras de caridad.”
En este punto que estamos tratando, es importante hacer hincapié en la intención con la que se deben llevar a cabo las obras de misericordia: se deben cumplir por amor a Jesucristo, que se identifica con cada hombre, porque – como dijo – “En verdad les digo que, cuando lo hicieron con alguno de los más pequeños de estos mis hermanos, me lo hicieron a mí” (Mt 25,40). Precisamente esa intención distingue la misericordia cristiana de la filantropía ejercida por motivos diversos y no por amor a Dios. Jesucristo quiere que Sus adoradores cumplan durante el día por lo menos un acto de misericordia hacia el prójimo por amor a Él. Esa exigencia del amor activo al prójimo, es lo que hace, según el P. Różycki, que la devoción a la Divina Misericordia no sea una simple devoción, sino una vida religiosa y cristiana vivida con toda profundidad.
Concluyó con uno de los anhelos de San Juan Pablo II:
“¡Cuánta necesidad de la misericordia de Dios tiene el mundo de hoy! En todos los continentes, desde lo más profundo del sufrimiento humano parece elevarse la invocación de la misericordia. Donde reinan el odio y la sed de venganza, donde la guerra causa el dolor y la muerte de los inocentes, se necesita la gracia de la misericordia para calmar las mentes y los corazones, y hacer que brote la paz. Donde no se respeta la vida y la dignidad del hombre, se necesita el amor misericordioso de Dios, a cuya luz se manifiesta el inexpresable valor de todo ser humano. Se necesita la misericordia para hacer que toda injusticia en el mundo termine en el resplandor de la verdad.
Palabras de San Juan Pablo II en el año 2002 en el Santuario de Cracovia


