Una novela portuguesa escrita alrededor del siglo XVI cuenta la historia de un portugués que se fue a la Nueva India para hacer dinero. Unos años más tarde regresó a Portugal con varios barcos cargados de riquezas. Cuando llegó a la ciudad portuaria, decidió poner a prueba a sus familiares y amigos. Dejó allí sus riquezas, se vistió como un hombre pobre y visitó a sus parientes y amigos para pedirles ayuda.
Visitó a su primo y le dijo: «Mira, aquí estoy, después de varios años buscando riqueza, he vuelto con las manos vacías. No tengo dónde quedarme. ¿Puedo vivir contigo?». Su primo le respondió: «Lo siento, no tengo sitio para ti». Uno tras otro, sus familiares y amigos lo rechazaron.
Una vez que visitó a todos sus conocidos y estos le cerraron las puertas de sus casas, regresó al lugar donde había dejado sus riquezas, se vistió como un hombre rico, compró una mansión y comenzó a disfrutar de su nueva vida. Poco después, sus parientes y amigos se dieron cuenta de que los había puesto a prueba y dijeron: «Qué tontos fuimos, perdimos una buena oportunidad».
Esto es lo que sucede cuando nos apegamos a las cosas materiales: perdemos la oportunidad de obtener el verdadero tesoro. El verdadero tesoro no es ninguna cosa terrenal, sino el cielo. Para llegar al cielo, necesitamos desprendernos de las cosas materiales. Las cosas materiales como el dinero, los talentos, las buenas acciones, etc., deben utilizarse para acercarnos a Dios, en lugar de utilizarse para alimentar nuestro orgullo o para tener una vida cómoda aquí.
Hay otro obstáculo importante que surge cuando nos apegamos a las cosas materiales: la desconfianza. El apego suele ir acompañado de la confianza, lo que significa que la persona que se apega a las cosas terrenales confiará en ellas en lugar de confiar en Dios. Esa persona piensa que sus talentos, buenas acciones, dinero, etc. la salvarán. Sin embargo, ninguna criatura puede salvarnos. Ninguna cosa creada tiene la capacidad de hacernos llegar al cielo; solo Dios puede hacerlo.


