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Tengo para mí —y no sin fundamento— que los llamados “no negociables”, tal como los establecieron los padres más grandes junto al querido Padre Buela, no son piezas aisladas, sino miembros vivos de un mismo organismo. Se tocan, se implican, se sostienen mutuamente. Cuando uno crece, todos crecen; cuando uno se debilita, todos se resienten. Porque no son añadidos.

Llamarlos “no negociables” es reconocer que pertenecen al núcleo de nuestro carisma. Prescindir de ellos no empobrece solamente: desfigura la identidad, debilita la misión y abre la puerta al espíritu del mundo, que siempre termina por vaciar lo sobrenatural.

Cuando, en cambio, se viven con fidelidad, la vida religiosa se vuelve fecunda por esa ley —tan simple como misteriosa— de la gracia, que hace dar fruto a lo que es de Dios, más allá de la pobreza de los instrumentos.

El mismo orden en que se proponen estos principios no es indiferente. El primero es la devoción eucarística: allí está Cristo, centro vivo del que todo parte y al que todo debe volver.

El segundo —y aquí me detengo, pues tocamos directamente el espíritu de San Juan de la Cruz— es una espiritualidad seria. No hecha de impresiones o modas, sino fundada en la verdad, en la doctrina y en una experiencia espiritual probada. Es la espiritualidad de los que no se quedan en la superficie, sino que buscan ir hasta el fondo.

Y por eso, no es casual que entre los grandes maestros que nos forman se encuentre —con un lugar privilegiado— San Juan de la Cruz. Porque el Doctor místico no tolera lo superficial. No negocia con lo sensible. No se detiene en formalismos.

Él nos enseña —con una claridad implacable y una ternura escondida— que el camino hacia Dios pasa necesariamente por la purificación del alma, por el desasimiento, por la negación de todo lo que no es Dios. Y que sólo así el alma puede ser transformada en Él.

Por eso, este segundo “no negociable” nos pone en contacto directo con el Santo.

San Juan de la Cruz en nuestro derecho propio

Hablar del derecho propio —constituciones, directorios, reglamentos, costumbres— suele despertar, en quien lo mira desde fuera, una cierta sospecha de aridez. Papeles, normas, precisiones.  Sin embargo, basta entrar en él con fe —y sobre todo con deseos del cielo— para advertir otra cosa. El derecho propio es memoria viva de un carisma. Es la forma concreta en que una gracia recibida se defiende del olvido y se preserva del desvío.  Y leído así, deja de ser sorprendente encontrar allí —a veces en cita expresa, muchas otras en forma más escondida— la presencia del Maestro en la Fe.

Si uno lo recorre a vuelo de pájaro, sin detenerse aún en cada artículo, pero con cierta atención interior, empieza a percibir un hilo.

Aparece, por ejemplo, en la pobreza (const.  n. 68). No como simple regulación de bienes, sino como exigencia de libertad interior. Hay en nuestras Constituciones una orientación constante hacia el desasimiento, hacia esa desnudez del alma que San Juan de la Cruz describe con una precisión casi implacable. El alma ha de quedar libre para Dios.

También se lo encuentra en la obediencia (const.  n. 76). No en la superficie de la organización, sino en su raíz teologal. La mirada sanjuanista está ahí, enseñando a atravesar la figura humana del superior para alcanzar a Dios que guía. No como una teoría, sino como el camino concreto de purificación. Porque la obediencia, cuando es real, trabaja sobre lo más hondo del hombre.

En la formación de los miembros (const.  n. 212) su presencia es todavía más clara. San Juan de la Cruz no figura como autor de consulta ocasional, sino como maestro, el tercero después de San Agustín y Santo Tomás.

En los directorios —de espiritualidad, de vida consagrada, entre otros— el influjo se vuelve más concreto, más directo. Allí aparece el Santo corrigiendo desviaciones finas: el peligro de una vida verdadera pero sin caridad viva, el riesgo de una actividad abundante sin raíz contemplativa, la tentación de intervenir demasiado en la acción de Dios.

Y esta misma línea atraviesa todos los directorios: el de dirección espiritual, de los ejercicios, el de noviciado, el de vida contemplativa, etc. Siempre la misma insistencia: dejar obrar a Dios, no adelantarse, no llenar con actividad lo que debe madurar en silencio, no temer el despojo.

San Juan de la Cruz y el Padre

La presencia de San Juan de la Cruz en nuestro derecho propio no es un hecho aislado. Sería extraño que así fuera. Porque lo que allí aparece como norma, en el Padre Buela se encuentra antes como vida pensada, asimilada, gustada.

Y en los escritos del Padre, leídos también —si se quiere— a vuelo de pájaro, esa afinidad con el Doctor místico aparece con una constancia que no puede ser casual. No se trata de una devoción ocasional ni de una referencia de autoridad. Se trata de una sintonía.

En El Catecismo de los jóvenes, al tratar de la trascendencia de Dios, el Padre presenta a San Juan de la Cruz como “un gran santo que no sólo conoció a Dios y lo amó, sino que, en cierto modo, lo experimentó”. Y enseguida introduce ese golpe de verdad tan propio del Santo: todo lo creado, frente al ser infinito de Dios, es como nada. No es una fórmula piadosa; es una medida.

Más adelante, al hablar del amor a la cruz, aparece la célebre súplica del Cristo de Segovia —“Padecer y ser despreciado por vos”—, junto con aquella pregunta que no deja margen de comodidad: “¿Qué sabe quien no sabe padecer por Cristo?”. No son citas ornamentales. Son principios que ordenan la vida.

El nombre del Santo vuelve a surgir cuando se tratan los grandes temas: la alegría en la cruz, la libertad de la Ley Nueva, la contemplación, el fin último. Incluso al cerrar el texto, la Llama de amor viva se hace presente para recordar que la santidad no es privilegio de algunos, sino vocación de todos.

En Jóvenes en el tercer milenio, la enseñanza sanjuanista se concentra en dos frases que bastarían por sí solas para medir una vida: “Donde no hay amor, ponga amor y sacará amor”; y “Al atardecer seré juzgado en el amor”.

Cuando el Padre escribe para sacerdotes o religiosos, la afinidad se vuelve más concreta. En Mi parroquia, San Juan de la Cruz aparece explicando el sentido de la cruz en la vida apostólica. Y lo hace con sus propias palabras, que tienen ese filo que no se embota: “Cuando se ofreciere algún sinsabor o disgusto, acuérdese de Cristo crucificado y calle”. “Crucificada interior y exteriormente con Cristo… bástele Cristo crucificado”. “El que no busca la cruz de Cristo, no busca la gloria de Cristo”.

En Sacerdotes para siempre, el Santo aparece como modelo de aquellas almas que aceptan entrar, de verdad, en la participación de la cruz redentora. No como idea, sino como entrega concreta por la salvación de los demás.

Y en El Arte del Padre —obra más madura— la presencia sanjuanista vuelve con toda su fuerza. Allí el Padre toma los grandes temas del Maestro de la perfecta abnegación —purificación, mortificación, desasimiento— y los aplica sin concesiones a los desórdenes espirituales de nuestro tiempo.

En uno de los pasajes más incisivos, frente a una espiritualidad que pretende llegar a la resurrección sin pasar por la cruz, hace resonar la advertencia del Santo: “Si en algún tiempo le persuadiere alguno… doctrina de anchura y más alivio, no le crea… sino penitencia… y jamás, si quiere llegar a poseer a Cristo, le busque sin la cruz”.

Esto muestra que la relación del Padre Buela con San Juan de la Cruz no fue solo literaria, sino de amistad. Hay autores que se leen. Otros, que se estudian. Y hay algunos —pocos— con los que se entra en amistad. Y las amistades verdaderas —también en la vida espiritual— se reconocen en esto: no sólo en lo que se dice del amigo, sino en lo que se piensa con él, en lo que se ama con él, en lo que se está dispuesto a vivir con él.

Conclusión

Así se entiende la unidad de todo lo dicho.

Los “no negociables”, el derecho propio y los escritos del Padre no son ámbitos separados. Expresan, en distintos niveles, una misma orientación: conducir el alma hacia Dios por el camino de la verdad, del desasimiento y de la cruz.

Y en esa orientación, San Juan de la Cruz no es una referencia más, sino un maestro silencioso que sostiene el conjunto desde dentro.

Por eso, la cuestión decisiva no es si lo conocemos, ni siquiera si lo citamos, sino si caminamos en la misma dirección.

Porque, en definitiva, la fidelidad a su doctrina no se prueba en las palabras, sino en la vida.

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