¿Cómo se ha de comulgar?

¿Cómo se ha de comulgar?

CONSEJOS PARA COMULGAR CON FRUTO ESPIRITUAL

la noche anterior, comienza a prepararte para la Sagrada Comunión, con muchas aspiraciones y deseos amorosos. Si durante la noche te despiertas, llena enseguida tu corazón o tu boca de palabras de adoración, con las cuales tu alma perfumada se prepara para recibir al Esposo, quien, mientras tú duermes, se prepara para traerte mil gracias y favores si tú estás en disposición de recibirlos.

Por la mañana, levántate con gran alegría, por la felicidad que esperas, y una vez confesada, ve con gran confianza, pero también con gran humildad, a recibir este pan celestial, que te alimenta para la inmortalidad. Y después que hayas dicho estas palabras:

“Señor, yo no soy digna de que entres en mi casa…”

pasa a comulgar abriendo con suavidad la boca y levantando lo necesario la cabeza, para que el sacerdote pueda ver lo que hace. Recibe llena de fe, de esperanza y de caridad a Aquél, en el cual, por el cual y para el cual, crees, esperas y amas.

Imagínate que así como la abeja después de haber recogido de las flores el rocío del cielo y el néctar más exquisito de la tierra, y después de haberlo convertido en miel lo lleva a su panal, de la misma manera, el sacerdote, después de haber tomado del altar el Salvador del mundo, verdadero Hijo de Dios, que como rocío desciende del cielo, y verdadero Hijo de la Virgen, que como una flor ha brotado de la tierra de nuestra humanidad, lo pone como manjar de suavidad en tu boca y en tu corazón.

Una vez lo hayas recibido mueve tu corazón a rendir homenaje a este Rey Salvador; habla con Él de tu vida interior, contémplalo dentro de ti, donde ha entrado para tu felicidad; en fin, hazle tan buena acogida como puedas y pórtate de manera que en todos los actos se conozca que Dios está en ti.

Pero cuando no puedas tener el gozo de comulgar realmente en la santa Misa, comulga, a lo menos, de corazón y en espíritu, uniéndote con fervoroso deseo a esta carne vivificadora del Salvador.

Tu gran anhelo en la comunión ha de ser avanzar, robustecerte y consolarte en el amor de Dios, ya que debes recibir por amor al que sólo por amor se da a ti. No, el Salvador no puede ser considerado en una acción ni más amorosa ni más tierna que ésta, en la cual podemos afirmar que se anonada y convierte en manjar, para penetrar en nuestras almas y unirse íntimamente al corazón y al cuerpo de sus fieles.

Si el mundo te pregunta por qué comulgas con tanta frecuencia, dile que lo haces para aprender a amar a Dios, para purificarte de tus imperfecciones, para consolarte en sus aflicciones, para apoyarte en tus debilidades.

Dile que son dos las clases de personas que han de comulgar con frecuencia: las perfectas, porque estando bien dispuestas, faltarían si no se acercasen al manantial y a la fuente de perfección, y las imperfectas, precisamente para que puedan aspirar a ella; las fuertes, para no enflaquecer, y las débiles, para robustecerse; las enfermas, para sanar, y las que gozan de salud, para no caer enfermas; y tú, como imperfecta, débil y enferma, tienes necesidad de unirte, con frecuencia, con tu perfección, con tu fuerza y con tu medicina.

Dile que los que no están muy atareados han de comulgar con frecuencia, porque tienen tiempo para ello, y que los que tienen mucho trabajo también, porque lo necesitan, pues los que trabajan mucho y andan cargados de penas, han de tomar alimentos sólidos y frecuentes. Dile que recibes el Santísimo Sacramento para aprender a recibirlo bien, porque no se hace bien lo que no se hace con frecuencia.

Filotea, comulga a menudo, tanto cuanto puedas, y, créeme, las liebres de nuestras montañas, en invierno, se vuelven blancas porque no ven ni comen más que nieve; y tú, a fuerza de adorar y comer la belleza, la bondad y la pureza misma, en este divino Sacramento, llegarás a ser toda hermosa, toda buena y toda pura.

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