“Oh Dios, crea en mí un corazón puro; renuévame por dentro con espíritu firme” (Salmo 50).
Una de las cosas que se nos pide especialmente en el tiempo de Cuaresma es purificar nuestro corazón. La Cuaresma es un tiempo propicio para poner atención a nuestro interior y buscar limpiarlo de todo lo que sea contrario a Dios: de las manchas que han dejado las huellas de nuestros pecados y de todo aquello que ocupa el lugar de Dios. Este tiempo nos trae muchas gracias especiales, y una de ellas es la de purificar nuestra alma para prepararnos a la gran Pascua del Señor y recibirle en esa gloriosa noche con un corazón limpio, resucitando con Cristo a una vida nueva.
Por eso debemos aprovechar este tiempo y pedir a Dios, unidos al salmista, la gracia de la pureza de corazón: “Rocíame con el hisopo, quedaré limpio; lávame, quedaré más blanco que la nieve” (Salmo 50).
Quisiera compartir con ustedes algunas consideraciones sobre la pureza de corazón que hace el padre Louis Lallemant1, principalmente en qué consiste esta práctica y cuán necesaria es para alcanzar la unión con Dios. Creo que puede ser de mucho provecho.
¿En qué consiste la pureza de corazón?
La pureza de corazón consiste en no tener nada en el corazón, por poco que sea, que sea contrario a Dios y a la obra de su gracia.
¿Cuál es su necesidad?
Su necesidad es tan grande para la santidad que nunca llegaremos a Dios mientras no hayamos corregido, suprimido o destruido —ya sea en esta vida o en la otra— todo lo que es contrario a Él. La pureza de corazón es el primer medio para llegar a la perfección; es el gran camino hacia la santidad.
Para comprender su necesidad, sería necesario entender la corrupción natural del corazón humano. Hay en nosotros una malicia infinita que no vemos porque rara vez entramos sinceramente en nuestro interior.
Si entramos en nuestro corazón, encontraremos una infinidad de deseos y apetitos desordenados de honor, placer y comodidades, que brotan incesantemente. Ideas falsas, juicios erróneos, pasiones y malicia, de modo que, si pudiéramos ver nuestro interior, muchas veces nos avergonzaríamos de nosotros mismos.
¿De qué cosas debemos purificar el corazón?
Primero que nada, del pecado venial, de nuestras pasiones desordenadas, del fondo de orgullo que hay en nosotros, de las menores imperfecciones y de abnegar nuestras inclinaciones para llegar a la santa indiferencia.
¿Cómo se llega a la pureza del corazón?
Para llegar a la pureza de corazón debemos seguir un orden, como quien saca agua continuamente de un pozo fangoso. Al comienzo, el agua que se saca no es casi más que barro; pero, a fuerza de sacar, el pozo se purifica y el agua se va haciendo más clara, de modo que, al final, se obtiene agua muy buena y cristalina.
El orden que hay que guardar es:
- Caer en la cuenta de los pecados veniales y corregirlos.
- Observar los movimientos desordenados del corazón y remediarlos.
- Vigilar los pensamientos y regularlos.
- Reconocer las inspiraciones de Dios, sus designios y su Voluntad, y animarse a cumplirlos.
Luego, hay cuatro grados de pureza a los que podemos llegar por medio de una cooperación fiel a la gracia:
- Primer grado: estar purificados de los pecados actuales y de la pena que les es debida. Se alcanza particularmente por la penitencia ofrecida en reparación de los pecados.
- Segundo grado: deshacernos de los malos hábitos y de las afecciones desordenadas, lo cual se obtiene principalmente por la mortificación y la práctica de las virtudes.
- Tercer grado: liberarnos de esa corrupción moral que llamamos fomes peccati, estímulo al pecado presente en todas nuestras potencias y en todos nuestros miembros. Esta pureza nos la dan los sacramentos, que obran en nosotros la gracia de la reparación.
- Cuarto grado: desprendernos de la debilidad natural propia de las criaturas sacadas de la nada, llamada defectibilidad. Esta purificación la realiza Dios mismo mediante nuestra unión con Él, que, siendo nuestro principio y fuente de nuestro ser, puede fortalecernos contra las debilidades a las que nuestra nada nos arrastra. Dios nos da particularmente esta fortaleza cuando se une a nosotros en la Santa Comunión.
Un camino de toda la vida
La pureza de corazón es un trabajo de todos los días y de toda la vida. Pero podemos comenzar por realizar una buena confesión en esta Cuaresma, disponernos a que Dios purifique nuestro corazón y pedir la gracia de tener un corazón puro.
Conviene tomarnos el tiempo para entrar en nuestro interior y conocer nuestro corazón, descubrir aquello que todavía es contrario a Dios en nosotros, examinar nuestras intenciones y ver si en cada cosa que hacemos buscamos solamente agradar a Dios.
Ayudaría mucho tener un tiempo especial en el día para recogernos en nuestro interior, o —si es posible— realizar en esta Cuaresma un día de retiro y, en el mejor de los casos, los Ejercicios Espirituales ignacianos.
Para profundizar más sobre la pureza de corazón, hay mucho material interesante en el libro citado al principio sobre la guarda del corazón y la pureza de intención en nuestras acciones.
Que María Santísima, modelo de pureza y docilidad, nos acompañe en este camino y nos obtenga la gracia de tener un corazón limpio, capaz de recibir a Cristo resucitado con alegría y plenitud.
1. Lallemant, Doctrina espiritual, Ed. Mensajero 2017, Tercer principio, pág. 129-164.


