Los Himnos del Oficio de Lecturas en el Liber Hymnarius:
Teología, Poesía y Tradición Viva
“El himno es la voz de la Iglesia que vela, canta y contempla el misterio en la quietud de la noche.”
Los himnos del Liber Hymnarius destinados al Oficio de Lecturas constituyen una de las expresiones más finas de la tradición poética y teológica de la Iglesia. En ellos convergen siglos de oración monástica, sensibilidad literaria y una profunda contemplación del misterio cristiano. Este artículo se adentra en la riqueza de estos textos, explorando su origen, su estructura y su función espiritual dentro de la Liturgia de las Horas. A través de este recorrido, se busca no solo comprender mejor la belleza de estos himnos, sino también redescubrir su capacidad para modelar la oración, iluminar la noche y sostener la vigilia del corazón creyente.
Consideraremos un aspecto esencial del canto gregoriano: el llamado ethos.
Protus, deuterus, etc., toda esta terminología puede o sonarnos a chino, o indicar solamente datos musicales algo descarnados, como que la finalis es la nota re, o bien abrirnos un horizonte espiritual, afectivo y sensible con que podremos saborear el texto y asumir la disposición que éste propone.
El ethos modal del canto gregoriano es, precisamente, lo que genera dicha disposición. La palabra griega ethos significa carácter o costumbre. El vocablo existe también en castellano: la R.A.E. lo traduce como el “Conjunto de rasgos y modos de comportamiento que conforman el carácter o la identidad de una persona o una comunidad”. En la retórica de Aristóteles, el ethos es el carácter que debe asumir el orador para ganarse la confianza de su auditorio. No será el mismo ethos si debe dirigirse a grandes personalidades o si tiene que hablar a jóvenes adolescentes. Todo esto se puede aplicar sin problemas a cada tono del octoechos. Así pues, el ethos sería el ambiente o el tipo de emociones que despierta cada tono. Es como el color propio de los ocho modos. Si nos fijamos en las cajas de bombones de chocolate, no son jamás de colores como el verde militar o el gris, ya que éstos no generarían un “ethos concupiscible” en nosotros para que nos lanzáramos a comer esos bombones. En cambio, el rojo o el marrón nos hablan de delicia y sensaciones. También podemos comparar el ethos con los temperamentos puros y espontáneamente manifestados: el melancólico afectivo tal vez recita el Credo de un modo distinto al del flemático especulativo. Es un mismo Credo, pero genera, por así decir, vivencias interiores diferentes.
No debemos asustarnos al hablar de los ethos, creyendo que se pone el acento todo o en parte en la experiencia sensible del canto. Que existan los ethos es muy buena señal, ya que éstos responden a nuestra realidad antropológica más íntima y la armonizan con la vida espiritual por medio de la liturgia. En efecto, alma y cuerpo somos, dice Santa Teresa, y no ángeles: si la melodía nos mueve emocionalmente a la alegría expansiva, podremos también captar con todo nuestro ser la necesidad de alegrarnos en determinado tiempo litúrgico o momento de oración, y así con las demás emociones. En la liturgia, como todo en la vida, los sentidos deben servir al espíritu. Los ethos elevan los sentidos.
Existen ocho tonos en el canto gregoriano. Encontramos en cada caso un modo autenticus y su correspondiente plagal, luego debemos hablar de cuatro modos o tipos de modalidad: protus, deuterus, tritus y tetrardus, divididos en dos modos: ocho en total, octoechos, en griego ‘ocho sonidos’. Cada uno tiene sus reglas musicales, como ya hemos dicho: la propia nota finalis, el comportamiento propio de sus neumas, algunos finales típicos, la propia escala que incluye un bemol o lo excluye o no llega a él… Conocer estas reglas no es nuestro propósito ahora. Sigamos hablamos del ethos.
Una de las fuentes históricas más antiguas del octoechos con sus ocho ethos son los capiteles de la iglesia de la abadía de Cluny, en Francia, que podrían ser anteriores al año 1000. Sobre cada columna, en el seno del capitel, se aprecia esculpida una imagen distinta: en el primero, un músico afinando su laúd; en el segundo, una mujer danzando; en el tercero, un hombre con barba tocando el salterio; y, finalmente, en el cuarto, un personaje peculiar que lleva un yugo en el cuello del cual penden tres campanas, y lleva en la mano una cuarta campana. Si bien actualmente los capiteles se encuentran algo deteriorados, alrededor de cada figura humana se leen bien las inscripciones propias. Alrededor del afinador del laúd está escrito: Hic tonus orditur modulamina música primus, Este primer tono comienza las armonías musicales, y Subsequitur ptongus numero vel lege secundus, Le sigue según número o ley el segundo. La mujer que danza está adornada con las palabras Tertius impingit Christumque resurgere fingit, El tercero se impone y representa que Cristo ha resucitado, y Succedit quartus simulans in carmine planctus, Le sucede el cuarto que en su canto imita los lamentos. El barbudo con el salterio parece dar estos consejos: Ostendit quintus quam sit quisquis tumet imus, El quinto muestra cómo baja quien se eleva, y Si cupis affectum pietatis, respice sextum, Si buscas el afecto de la piedad, mira al sexto. El último capitel con su misterioso siervo de las campanas reza: Insinuat flatum cum donis septimus almum, El séptimo recuerda al Espíritu con sus dones, y Octavus santos omnes docet esse beatos, El octavo enseña que todos los santos son beatos.
Adán de Fulda, un monje benedictino alemán y gran músico de su época (nos situamos en el signo XV), reconocía de modo categórico los ocho ethos : Omnibus est primus, sed alter est tristibus aptus; tertius iratus, quartus dicitur fieri blandus; quintum da laetis, sextum pietate probatis; septimus est iuvenum, sed postremus sapientum, El primero se presta a todos los sentimientos, el segundo a los sentimientos tristes; el tercero para la ira, el cuarto tiene carácter lisonjero; el quinto es alegre, el sexto es para devotos, el séptimo es para los jóvenes, pero el octavo es para los sabios.
Otro proverbio medieval, igualmente, dice: Primus gravis, secundus tristis; tertius misticus, quartus harmonicus; quintus laetus, sextus devotus; septimus angelicus, octavus perfectus, El primer modo es serio, el segundo triste, el tercero místico, el cuarto armónico, el quinto alegre, el sexto devoto, el séptimo angelical, el octavo perfecto. En realidad, esta es una de las clasificaciones o nomenclaturas de los ocho tonos gregorianos, así nos referimos al hablar de cada uno de ellos.
Tal vez nos sentimos todavía en una nebulosa de latinismos y descripciones. Para que comencemos a entender y a sentir los ocho ethos, podemos recordar el introito de Navidad Puer natus est o la secuencia del Corpus Christi Lauda Sion Salvatorem escritos en tetrardus autenticus, o sea, septimus angelicus; la antífona mariana Salve Reina, en quintus autenticus o quintus laetus; muy distinto es el Vexílla regis que cantamos en estos días, un protus autenticus o primus gravis, o bien los himnos en protus plagal, secundus tristis, de las horas medias de Cuaresma; y muy otra cosa es el sextus devotus con que se escribe tardíamente el Ave verum corpus natum de Santo Tomás. Si dejásemos los textos íntegros y cambiásemos la melodía de cada uno modificando el modo, al cantar cualquiera de estas piezas gregorianas también las rezaríamos de otra forma. Un ejemplo es el Salve Regina en tritus y el Salve Regina solemne en protus. Con el primero nos sentimos como niños en el regazo de nuestra Madre Celestial, mientras que el protus nos coloca a sus pies como humildes glorificadores de su grandeza y clemencia.
Después de esto, consideremos la traducción del Ex more místico y del Nunc tempus acceptábile a la luz de su tono, que es, precisamente un protus autenticus o primus gravis. El primero, escrito por San Gregorio Magno en el siglo V reza:
La traducción del otro, que es de autor anónimo y de fecha anterior al s. XI es:
Es claro el énfasis sobre la penitencia exterior que acalla los apetitos y los sentidos para una más profunda conversión del alma. La Cuaresma tiene por modelo arcaico a Moisés y a los Profetas, encuentra en Cristo su máximo exponente y debe ser para todos una verdadera reforma, pues, al contrario que aquellos, sobre todo Jesucristo, todos apestamos de “la tibieza del mundo”. Este tiempo penitencial ofrece perspectivas estupendas: el “tránsito feliz a la Pascua eterna”. Pero salvo esta promesa recordada al final del Nunc tempus acceptábile, ya se ve que los dos himnos rezuman seriedad, ascesis, una sana melancolía, voluntad de retiro y de mortificación. Aquí el maestro de la carne es el mencionado primus gravis: no nos arrebata en deliciosa espiral al orfeón angélico como el tetrardus, ni mece nuestro corazón como lo haría el sextus devotus, pero tampoco pone un cilicio al sentimiento, operación propia del deuterus. Es un protus autenticus. Es sobrio y vuelve sobrio cuanto toca, con su sacralidad infunde el temor de Dios, humilla sin abatir, instruye alentando.
Así pues, con solo la sonoridad del protus, comprendemos que la Cuaresma encierra un tesoro divino que es concedido solamente a quienes estén dispuestos a vivirla con sabiduría y abnegación. Recordemos que los hagiógrafos del gregoriano no eran músicos de conservatorio sino monjes, expertos en la vida espiritual: si el Ex more místico y el Nunc tempus acceptábile fueron escritos en protus, meditémoslos con la mente en modo protus y volvámonos a nuestro tiempo de Cuaresma en ese mismo modo, que es el modo de Cristo en el desierto.
Los himnos del Oficio de Lecturas revelan, en su sobria grandeza, la vocación de la Iglesia a velar en la noche y a custodiar la esperanza. Su lenguaje, a la vez antiguo y siempre nuevo, continúa ofreciendo a los creyentes una vía privilegiada para entrar en el misterio de Cristo. Al contemplar su historia, su teología y su resonancia espiritual, se hace evidente que estos textos no son solo patrimonio litúrgico, sino alimento vivo para la oración cotidiana. Que su canto siga despertando en nosotros la alabanza, la vigilancia y la alegría de quienes esperan la aurora del Señor.
Pidamos a la Virgen María, mujer de todos los ethos, que nos haga vivir seriamente nuestra Cuaresma, nuestra Semana Santa y nuestro Triduo Pascual, de tal manera que sirvamos a Dios con el espíritu y el cuerpo plenamente rendidos a su Voluntad.





