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Kangeme, Kahama, Tanzania, 29 de enero de 2026.

¿Cómo resumirles la historia de Ihata? Porque ayer pude ir a esa aldea, y no podíamos recordar ni con los mismos feligreses cuándo fue la última vez que les celebré la misa. Tuve que ponerme ahora a buscar entre las crónicas de la misión, y me sorprendo al ver que la última vez que pudimos celebrarles misa fue cerca del mes de junio de 2018, es decir ¡hace más de siete años! No puedo recordar si en este lapso de tiempo fue a celebrar misa algún otro sacerdote, me parece que no. Recuerdo que el P. Víctor estuvo allí visitando cuando se realizó la misión popular de Mazirayo, en el año 2020, que tomaron un día para visitar las casas, y juntarse a rezar, pero no sé si en esa ocasión se celebró la misa.

En septiembre de 2015 escribí lo siguiente sobre esta aldea: “Antes de llegar a Nonwe se pasa por la aldea de Ihata. Me dio una gran pena, porque la capilla católica estaba totalmente en ruinas, destruida, sin techo y las paredes tumbadas por partes. (…) La iglesia tenía el techo un poco dañado, lo que pudimos ver en aquella ocasión. Pero lo de hoy fue triste. Luego me dijeron que hay un nuevo catequista, que rezan debajo de un árbol, que ya han hecho los ladrillos y en poco tiempo esperan poder volver a edificar. Pero yo quiero que se muden a otro terreno, porque están al lado de los protestantes (…) sobre todo el problema suele ser que la celebración de la palabra no se puede hacer en total paz. Ojalá que pueda ayudarlos a comprar un terrenito, aunque mas no sea de media hectárea, (…) así se mudan y comienzan a edificar.
(…) Yo ahora les pido: ¿Podrán rezar por la aldea de Ihata?”.
Al año siguiente, en junio de 2016, pude escribir esto: “Este centro (de Mazirayo) tiene la dificultad de que está muy lejos, es uno de los que menos atendemos por este problema, especialmente en tiempo de lluvias. Otra dificultad es que al estar lejos y ser poco atendidos, los catequistas en su mayoría no están muy firmes, y no atienden muy bien sus aldeas. Algunas capillas hasta se han derrumbado, sin que nadie haga nada por impedirlo, ningún trabajo o arreglo, y al pasar por Ihata sólo hay un montón de escombros mezclados con la paja que constituía el techo, y el altar de adobes que todavía se deja ver. (…). Por la distancia de este centro hasta la misión, muchas veces los líderes dejan de asistir a las reuniones, lo mismo que los catequistas. Y finalmente, y como si fuera poco, la gran cantidad de paganos y el paganismo tan arraigado en supersticiones y creencias.”
Y la última referencia a esta aldea que encontré entre las crónicas, es de junio de 2018: “Ihata tuvo un catequista que no tenía espíritu para llevar las cosas a delante. Se quedaba con los aportes de los fieles, y no procuraba que hubiera progreso. Recuerdo que por el año 2013 todavía tenían una capillita. La pude ver en pie durante un tiempo. Luego sólo quedaba el altar de barro… finalmente se redujo a un montón de escombros.

Daba mucha tristeza ver eso cuando pasábamos para otras aldeas de esa zona. A los misioneros nuevos, cuando pasamos por allí, les cuento que en ése lugar estaba la capilla, y se admiran, porque realmente no quedan rastros. Gracias a tantas oraciones de ustedes, hemos podido ver una luz de esperanza. En ése centro del “lejano oeste”, han comenzado a tomar mucha fuerza.

(…) Consiguieron un terreno, no muy grande, para construir la iglesia. Fue donado por uno de los feligreses. Actualmente se reúnen en una de las casas, y rezan debajo de la sombra de los árboles de ese lugar. Me pidieron que vaya a celebrarles misa, y bendigamos el terreno. Fui gustosamente, ya que, si bien conocía el lugar por pasar muchas veces, nunca había celebrado misa allí desde mi llegada a la misión, hace cinco años. Y la misa no se celebraba en ese lugar desde todo este tiempo.”

Para completar la historia, resulta que después de aquél breve “resurgir” de esta aldea, nuevamente los fieles dejaron de rezar, el catequista iba a dirigir la liturgia de la palabra y se encontraba con un grupo de niños solamente, ningún adulto. Dejaron nuevamente de asistir a las reuniones de la parroquia, y también del centro, que les queda muy cerca, tan sólo a cuatro o cinco kilómetros. El catequista, luego de insistir mucho tiempo, terminó por pedirme no ir más, pues no había feligreses. Hasta los líderes de la parroquia fueron para ver qué pasaba, y dialogar con la gente, y cuando llegaron esperaron varias horas, y no llegó nadie.

Entonces llegamos a la resolución de que ya no había una aldea, o digamos una capilla o comunidad que pudiera reunirse en ese lugar, y que los que desearan rezar y participar de alguna celebración el día domingo, se dirigieran a la aldea más cercana. Así encontré alguna vez, cuando iba a celebrar misa en Namba 11, algunos niños que iban recorriendo a pie los cinco kilómetros que los separaban de esa capilla.

Han pasado todos estos años, y les dijimos que cuando quisieran tener una capilla, una aldea, con catequista, se decidieran a rezar. Las oraciones de ustedes por esta misión (¡y cuantas veces les he pedido que recen por nosotros!), y la Divina Providencia, que no se olvida de esta gente, ha logrado algo que es increíble. Hace un par de años, un hombre se vino desde otra aldea, católico, casado por iglesia, con el fin de dedicarse al trabajo del cultivo del tabaco. En esta zona este trabajo es fuente de buenos ingresos, y esta persona podemos decir que tenía una buena condición económica. Desde el año pasado pidió permiso para comenzar a construir una capilla, pues deseaba tener un lugar para rezar cerca de su casa. Comenzaron a pedir que un catequista les dirigiera la celebración de la palabra cada domingo, y de verdad que comenzaron a rezar, debajo de un árbol de mangos. Allí construyó este feligrés una iglesia de buen tamaño, y me invitaban que fuera a verla. La semana pasada les avisé que celebraría la misa en ese lugar el día miércoles, es decir ayer, y allí pudimos vivir esto que les cuento ahora.

Llegué desupués de haber celebrado la misa en la iglesia parroquial de Kangeme, y luego una segunda misa en la aldea de Namba 11. En aquél terreno que bendijimos en el año 2018, estaba la iglesia que yo veía por primera vez, y un gran grupo de gente. Se trataba de feligreses de Ihata, pero también de otros que habían venido para esta fiesta, pues bendeciríamos la nueva construcción, y habían invitado a las capillas vecinas. Los niños de la escuela primaria habían pedido permiso, y vinieron con el catequista que también es maestro de la escuela. Los jóvenes católicos del colegio secundario también vinieron, y eran más de cien, por lo que podía calcular. Estos jóvenes dirigieron los cantos de la misa. Fue una inmensa alegría para mí estar celebrando en ése lugar, como se imaginarán, después de conocer su larga historia… y de pensar que en trece años sólo se había celebrado la misa una sola vez. Alegría de poder tener nuevamente la esperanza de que sigan adelante, esta vez sí, sin volver atrás. Hay que rezar por ellos.

Al terminar la misa hice la bendición de la construcción, y le agradecimos mucho al donante, quien estaba allí con su familia, muy orgulloso y feliz. Le dije que de la misma manera que en cada capilla que construimos con la ayuda de donantes de afuera, les decimos que siempre en esa iglesia se rezará por ellos, por sus intenciones, por su familia, y por todas las generaciones que vendrán… a perpetuidad. Es un gran honor para una persona poder construir una iglesia… aunque sea pequeña. Se imaginan ustedes que este grupo de personas, sencillas, en una aldea perdida en Tanzania, siempre rezará por los que les han ayudado a levantar su iglesia.

Al terminar la misa reinaba un clima de alegría, repartimos caramelos a los niños, los jóvenes seguían cantando. Los feligreses invitaron a todos a que se quedaran a comer algo, y los niños y los jóvenes, más que felices y agradecidos de poder comer antes de regresar caminando a la escuela, a más de cuatro kilómetros de distancia, y ya a las dos de la tarde.

Gran regalo me hizo Dios ayer, 28 de enero, celebrar tres misas, comulgar el cuerpo de Cristo por tres veces, celebrar en dos aldeas lejanas, predicar a gente deseosa de escuchar la Palabra de Dios, muchos de ellos paganos, o catecúmenos, celebrar la primera misa en la nueva iglesia de Ihata, cuyo patrono es San Juan Bosco, después de más de siete años sin que tengan misa en ése lugar, y con la esperanza de un nuevo inicio…

¡Gracias Señor!

Dios los bendiga, y ¡Firmes en la brecha!
P. Diego Cano, IVE

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