El 21 de julio de 1483, veintinueve años justos desde la muerte de don Juan II, subiendo la penosa cuesta de la Cartuja, hizo la Reina Isabel su primera visita a Miraflores. No la acompañaba don Fernando, ocupado en la guerra contra los moros de Andalucía. Ante la puerta del Monasterio hubo de advertirle el Prior, Dom Juan de Temiño, que en la Cartuja estaba terminantemente prohibida la entrada a las mujeres. Al punto le contestó la gloriosa reina: «Lejos de mí, Padre Prior, que por mi causa sufran alteración las leyes de vuestra santísima Orden». Dicho lo cual, se retiró de los dinteles del Monasterio.
Como su objeto era venerar los restos de su padre, se levantó la losa de mármol que los cubría; sacaron los religiosos el féretro fuera de la clausura y ante su vista se postró a orar la magnánima reina. Regresó a las Huelgas donde se hospedaba y al día siguiente hizo su entrada, con gran solemnidad, en la ciudad de Burgos. La tela de tisú de oro del palio bajo el cual fue recibida la envió de regalo a la Cartuja de Miraflores.
A su interés y generosidad se debió, después de curiosas vicisitudes, la terminación de las obras de este admirable templo. Hoy, en el atrio del mismo, se lee una inscripción latina que los monjes dedicaron a la hija del monarca fundador; gratitud perenne de la Comunidad a la egregia señora: Quorum memoria apud hujus Cartusiae alumnos, in perpetua erit benedictione.
Justamente merece esta gran reina ser tenida y considerada como fundadora de la Santa y Real Cartuja de Miraflores. Honróse con ello levantando templo a su Dios, sepulcro a sus padres, cobijo y asilo a la venerable Comunidad que ha conservado en este Monasterio, a través de los siglos, la tradición y el espíritu de la Regla de San Bruno.
Una crasa ignorancia de lo que es La Cartuja ha creado en torno a ella y a la vida de sus monjes una leyenda tan falsa como disparatada acerca de su rigidez y austeridad. Es frecuente oír, entre personas cultas y bien intencionadas, los consabidos tópicos de que los cartujos cavan diariamente su sepultura, se saludan con frases que renuevan constantemente el pensamiento de la muerte y que su silencio les obliga a comunicarse por señas. Esto, unido a otras vulgaridades y leyendas de un romanticismo enfermizo, ha presentado a los cartujos como unos seres extraños que, siempre mudos y absortos en el pensamiento de la muerte, terminan por aborrecer la vida.
Nada más lejos de la realidad. Ocho días de retiro en Miraflores siguiendo la distribución de los cartujos, me han permitido observar esta vida, mezcla feliz de la vida monástica y de la eremítica. De la primera tiene la ventaja de la obediencia y sujeción a los superiores; de la segunda la soledad y el silencio que ayudan al alma al trato íntimo con Dios. Y están obviados en ella los inconvenientes del trato continuo con los hombres y el peligro de gobernarse cada uno a su capricho.
Su Regla es modelo de prudencia, en su conjunto y detalles, lo mismo en lo que se refiere a la vida de soledad como en lo que se relaciona con la vida en comunidad. Consagrados por entero a la oración y al canto del oficio divino, con una sabia distribución, no pueden menos de santificarse aquí quienes, llamados por esta vocación, la practican sinceramente.
La Cartuja, por dentro, es austera, pero alegre. Los religiosos que en ella se santifican, lo son también; con esa alegría santa, con esa paz y esa circunspección que da la práctica de las virtudes. Los temperamentos tristes y melancólicos han dado aquí siempre medianos resultados. Y hace falta, desde luego, la especial vocación, sin la cual no es posible resistir esta vida. Pero observándola, al detalle, y tratando con quienes la practican, se puede sentar esta afirmación que acaso llame la atención de muchos lectores: La Cartuja es alegre; con una alegría sin contrastes, equilibrada y serena, que no derrama los ojos ni el espíritu.
Hay en la mirada de estos monjes una clara placidez de aguas tranquilas y, al propio tiempo, un especial fulgor de transparencia. Es como el reflejo de la paz, de la alegría y del fervor de su vida interior; ese resplandor sobrenatural que irradian, también al exterior, las almas que, en la plenitud de su vocación, han roto toda clase de ligaduras con la tierra, viviendo de Dios sólo y sólo para Dios.
Los cartujos dividen la noche en vigilias y el día en partes de tiempo de semejante duración. Aquí empieza el día cuando en las demás partes acaba. A las once menos cuarto de la noche, se levanta el cartujo. Después de recitar Maitines y Laudes de la Virgen, en su celda, asiste en la iglesia a los oficios de Maitines y Laudes del día, que suelen durar hasta las dos o las tres de la madrugada. Dice luego, en la celda, Prima del Oficio de la Virgen y se acuesta hasta las seis menos cuarto. A las siete suena de nuevo la campana y los religiosos vuelven a la iglesia. Previo un cuarto de hora de adoración al Santísimo, seguido de las letanías de los Santos, asisten a la Misa conventual. Después, los sacerdotes van, de dos en dos, a las capillas donde dicen su misa rezada, ayudándose mutuamente. Y ya no vuelven al Coro hasta la hora de Vísperas, a las tres de la tarde.
La distribución de la vida que hacen en la celda es muy minuciosa. Rezan en ella las demás horas del Oficio y el de la Virgen; lectura espiritual, estudio y otras devociones.
La soledad y el silencio forman como el ambiente propio dentro del cual se desenvuelve la observancia cartujana. Su vida es una oración variada y no interrumpida. Y si de algo se quejan los cartujos, es de la rapidez con que el tiempo pasa.
Los domingos y fiestas de Capítulo, los Padres suelen tener, en común, una hora de recreo. Sabia y prudente medida del Estatuto cartujano, profundo conocedor del alma humana y de los peligros que la soledad y la incomunicación absolutas pueden acarrear, incluso a estos hombres llamados a vivir en las excelsas cumbres de la vida contemplativa.
Un día a la semana, el lunes generalmente, los cartujos salen fuera de la Cartuja para dar un largo paseo de varios kilómetros por el campo. Y desde que abandonan la Cartuja hasta que regresan a ella hablan entre sí.
Su alimentación es muy sobria. Nunca, ni por ningún motivo, toman carne. No hay desayuno. A las once comen y tienen luego, en su celda, una hora de esparcimiento que dedican, según su gusto o afición, al paseo por su pequeño huerto, al cultivo de sus flores, a algún trabajillo manual. Entre cuatro y media y cinco se toma la cena, si no es día de ayuno; la colación, cuando lo es. Además de los ayunos de la Iglesia, guardan todos los de la Orden, que prescribe su Regla. Sin embargo, la salud de estos hombres es excelente, llegando en su mayor parte a edades muy avanzadas.
A esta frugalidad, precisamente, se atribuye en gran parte, la salud que en la Cartuja suele disfrutarse y la longevidad extraordinaria de los cartujos, que llama tanto la atención de las gentes. Cuando el Papa Urbano V pretendió suavizar la austeridad de su Regla, en puntos tan esenciales como la soledad y la abstinencia, los cartujos enviaron al Santo Padre una comisión para suplicarle que desistiera de semejante intento. Pero ¡qué comisión! La formaban veintiocho religiosos, el más joven de los cuales contaba ya sus ochenta y ocho años…
La vida penitente de estos monjes, edifica a las almas sinceramente cristianas, espanta a las tibias o ignorantes y desorienta, con frecuencia, a los hombres sin fe que no aciertan a comprenderla.
Asombran sus mortificaciones exteriores: los ayunos, la perpetua abstinencia de carnes, la interrupción de su sueño a media noche, su soledad, su silencio, el rigor de sus disciplinas. Mas, hay que advertir que todas estas penitencias, dirigidas con prudencia, no se encaminan a destruir la naturaleza, lo cual sería pecaminoso y hasta absurdo, sino a someter la carne y las pasiones al dominio de la recta razón y del espíritu. Cercenando a su cuerpo todo lo superfluo, sometiéndolo a lo estrictamente indispensable, su espíritu se prepara para ese libre y majestuoso vuelo que se requiere para entrar en las altas regiones de la Contemplación y acercamiento a la Divinidad.
Ojos miopes, muy dados al utilitarismo, se han lamentado a veces, de la inacción de estas inteligencias y energías que, sometidas a la práctica de su Regla, no pueden dedicarse a ningún ministerio exterior: predicación, confesión, enseñanza, etc., considerando esta vida como obra de un estéril egoísmo. ¡Error profundo el de esta visión de la vida contemplativa!
La vida cartujana tiene una importantísima misión que llenar dentro de la vida misma de la Iglesia. Su extraordinario valor, ha sido estimado y elogiado por los Romanos Pontífices. Estos monjes, encerrados en la soledad de sus celdas, practicando durante toda su existencia la oración y la penitencia, ejercen, dentro de la economía de la Iglesia, un ministerio apostólico, tan útil y necesario por lo menos como el que realizan los religiosos de vida activa.
Si el ministerio exterior de acción, que constituye la base y fundamento de la organización de la Iglesia, instrumento ordinario de sus conquistas, opera cerca de los hombres distribuyendo entre ellos las influencias del poder divino, este otro que pudiéramos llamar ministerio de unión divina de las órdenes contemplativas, en íntima comunicación con Dios, es el que obtiene de su divina Bondad lo que el ministerio activo tiene el encargo de distribuir.
He aquí la misión sublime de estos monjes.
Cargadas de historia, de arte y de nobleza están estas venerables piedras de Miraflores que evocan un pasado de grandeza y de fe, el más esplendoroso de la Historia de España, pero saturadas sobre todo por el aroma de las virtudes heroicas de tantas generaciones de monjes que aquí maceraron su carne y divinizaron su espíritu, siempre sometidos a una disciplina y a una Regla nunca reformada, porque nunca sufrió deformación. Conocido es el axioma: Cartusia nunquam reformata… Hecho quizá único en la historia de las antiguas Órdenes monásticas.
Y ¡qué fuerza de convicción encierra, a través de los siglos y ante la conmoción de la guerra más espantosa, por sus medios de destrucción, que ha conocido la historia, el mote del escudo cartujano: Stat Crux dum volvitur orbis!…
* En «Estampas Cartujanas», La Editorial Vizcaína, Bilbao, España – 1947, pp.33.38.


