Kangeme, Kahama, Tanzania, 1 de enero de 2026
Me hubiera gustado enviar esta crónica antes de terminar el año, pero sólo logré anotar algunas ideas con el fin de desarrollarlas después. En medio de las actividades de fin de año, con un campamento tras otro, y con algunos campamentos simultáneos, y otras tareas pastorales al mismo tiempo, llegué al final con mucho cansancio y algunas dolencias que me impidieron darle forma a esas ideas. Trato de hacerlo ahora, aprovechando que es el primer día del año, ya hemos celebrado la misa de Santa María Madre de Dios, y la gente se va a su casa para el almuerzo de la fiesta, pues aquí se acostumbra a festejar al mediodía, y no a las doce de la noche. En el caso del año nuevo, a las doce hay tradición de cantar el himno nacional, y luego de saludarse se va todo el mundo a dormir. Podemos decir que el año nuevo es menos “ruidoso” que la navidad.

Pensaba escribirles acerca de cómo pasa el tiempo en la misión, tan rápido, y llega el fin de año. El movimiento de las últimas semanas, comenzando el mes de diciembre, es acelerado: confesiones y primeras comuniones en varios centros, cuatro campamentos de niños, misas de Navidad, pesebres vivientes… Todas actividades muy hermosas, que producen gran alegría, y lo pueden ver reflejado en las fotos y videos, pero no deja de producir cansancio y dejar hasta secuelas físicas en los misioneros.

Recuerdo que las primeras navidades en la misión eran muy diferentes, cuando estaba recién llegado, sobre todo los días que la rodeaban, porque no teníamos tantas actividades organizadas como ahora. Éramos pocos misioneros, y nos dedicábamos exclusivamente a la única parroquia. Ahora las actividades son muchas más, porque ha crecido la misión, y eso da mucha alegría. Sin embargo, el misionero en medio de tantas cosas, recuerda aquellos tiempos más tranquilos en los que se podía tener algún momento para el recogimiento y el silencio. Me ha sucedido en estos días que se me viene a la mente la vida de nuestros monjes contemplativos, o de las hermanas contemplativas, y en cierta manera surge una santa envidia. Sin embargo, sabemos que a cada uno le toca lo suyo, a ellos les corresponde por vocación, estar dedicados totalmente a la contemplación, y a nosotros, la “vida mixta”, es decir, la mezcla de la contemplación y la acción.

En mi caso veo con mucha satisfacción que estos campamentos han crecido en calidad, y se han institucionalizado, los chicos los esperan, y ya son una costumbre cada año. De tal forma sucede esto que pareciera que “siempre se hicieron estas actividades”. Pero justamente hoy le contaba a otro miembro de la misión, que ya tiene más de siete años aquí, cómo habíamos comenzado con estos campamentos y le resultaba una novedad total. No se lo imaginaba. Son historias de hace doce años atrás, pero pareciera prehistoria de la misión. Recuerdo cuando hacíamos estas actividades con muy pocos misioneros, con muy pocos medios, y muchas carencias, y de todas formas se hacía mucho bien y ha sido preludio de esto que vivimos hoy. Gracias a Dios, todo ha crecido, y siendo muchos más religiosos, se pueden realizar con más efectividad, y con mayores frutos espirituales.

En aquella época escribía las crónicas con la idea de que quede una especie de historia de la misión, de las actividades, de los hechos más importantes, de las experiencias de los misioneros, las primeras experiencias de un nuevo misionero, etc. Y al pasar algunos años ya voy viendo que cumplen su función, aunque pocos las conozcan, creo que cuando pasen más años, nos llamarán más la atención.

Hemos tenido en estos campamentos cerca de 800 niños. El número ha disminuido un poco con respecto a algún año en que llegamos a superar los 1.200, pues decidimos este año recibir sólo a los niños de catecismo, y a los que ya han recibido la confirmación pero están en la edad de participar todavía. Esto nos ha ayudado a insistirles más en la necesidad del catecismo, y entusiasmarlos a que se anoten y asistan. Al ser los niños y niñas que asisten a la catequesis durante todo el año, hemos percibido que el ambiente de estos días ha sido mucho mejor, los niños participan bien de la misa, se confiesan y hay muchas comuniones. ¡A la mayoría de estos 800 niños hay que confesarlos!! Es un gran trabajo de los días de campamento, y requiere varias horas, pues somo pocos sacerdotes.

Tenemos que pensar en la importancia de estos campamentos, pues esta misión sigue siendo “misión ad gentes”, a pesar de que muchas personas nos escriben y nos felicitan por la cantidad de niños, y por cómo participan de la misa, etc. Pero debo recordarles que se trata de muchos niños que vienen de familias paganas, que muchos de ellos tienen a sus dos padres paganos, y hasta hermanos paganos. Otros tal vez, uno de sus progenitores se ha convertido y comenzó a ir a la iglesia. Y una cantidad, tal vez en este número de 800 sean mayoría, proviene de familias cristianas católicas. Sin embargo, muchos de ellos, o no están casados por iglesia, o que han vuelto al paganismo… o simplemente han dejado de rezar.

Cambiando de tema, hace unos días volvimos a la misión con el sabor agridulce de las lágrimas, al volver del funeral de la mamá de una religiosa nuestra que está en formación en Filipinas, y que es oriunda de Ushetu. Sabor amargo de la despedida, sabor dulce por la vida de una persona buena. Hubo muchísima gente en la misa y entierro, y fue un gran ejemplo para todos los que asistieron. Los laicos de nuestra Tercera Orden viajaron desde lugares lejanos para poder participar. En estas oportunidades hay que aprovechar a renovar la meditación personal sobre la propia vida y la muerte, que cada año está más cercana. En ése día me preguntaba si Dios me pudiera simplemente recibir en el cielo por haber sido misionero. Pero no, evidente, hay que ser buenos misioneros, o mejor dicho, hay que ser santos, hay que entregarse del todo, y hasta el final. No es cuestión de quedarse a mitad de camino, como dice San Pablo: “no sea que, habiendo proclamado a los demás, resulte yo mismo descalificado” (I Co 9,27).

Cerca del último día del año aproveché para hacer limpieza más a fondo en mi habitación de la parroquia de Ushetu. Me encontré con muchas cartas, esas de antes, escritas a puño y letra. No suelo guardar las cartas, sino tan solo aquellas que todavía no he respondido. Encontré cartas de hace años más de diez años, cartas no respondidas. Pido perdón por esto, pero varias de ellas no pude responderlas por el mismo medio, por no saber cómo hacerlas llegar, o porque las mismas personas, como en el caso de muchos religiosos, han ido cambiando de destinos y de casas, que hasta se les pierde el rastro. Por otra parte, son cartas del tiempo en que escribíamos más, porque no había tanto whatsapp, y tantos medios tan rápidos y prácticos como ahora. Pude encontrar cartas de algunas personas que ya no están en este mundo. A veces se ve como algo fuera del tiempo, escribir cartas. Pido disculpas a contemplativas, y a los seminaristas y hermanas que ya son misioneros consagrados en tierra de misión, por no haberles respondido sus cartas. Hoy haciendo limpieza veo cómo ha pasado el tiempo, poco tiempo son diez años, pero a la vez es mucho cuando uno considera que el que escribe es un seminarista menor, y después de diez años, ya es sacerdote. Así pasa el tiempo, y esto me sobre para concluir esta crónica, que justamente la escribo al terminar un año, y comenzar otro, dando gracias a Dios, mirando el tiempo que pasó, y el que nos espera hacia adelante.
¡Firmes en la brecha! Dios nos conceda la gracia de estar firmes año tras año, hasta el final.
¡Feliz año 2026! ¡Viva la Congregación!
P. Diego Cano, IVE









Comentarios 1
Me gustaria conocer mas y quienes acompañan en la misión.