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Desde una montaña bajaba un río que, poco a poco, se dividía en varios canales. Uno de esos canales desembocaba en el límite de tres campos. El dueño del primer campo plantó y sembró las semillas, pero no hizo nada para aprovechar el canal que discurría junto a un lado de su campo para regarlo, y, como consecuencia, las semillas que había sembrado se secaron.

El dueño del segundo campo también sembró su campo, pero lo regó con tanta frecuencia que las semillas se ahogaron en el agua, y las diminutas raíces que comenzaron a brotar se pudrieron. El tercero también sembró semillas y las regó según las necesidades del campo y de las semillas, y pudo cosechar frutos de ellas.

La diferencia entre estos tres propietarios es la prudencia y, más concretamente, una de las partes integrantes de la prudencia, que es la razón. Como explica santo Tomás, la razón es necesaria para la prudencia porque, para ser prudente, el hombre debe razonar bien.

En la prudencia, «más que en cualquier otra virtud, el hombre necesita tener un buen razonamiento para poder aplicar principios universales a casos particulares que son variados e inciertos» (II-II, 49, 5 ad 2). Siguiendo el ejemplo de la historia, no solo es necesario saber que las plantas necesitan agua, sino también saber cuánta agua necesitan, lo cual depende del campo y del tipo de planta.

Muchas cosas pueden impedir el uso de la razón en nuestras acciones, convirtiéndolas así en acciones imprudentes. Como se mostró en el caso del primer propietario (y como ocurre en la mayoría de los casos), podría ser una pasión desordenada la que obstaculice el uso de nuestra razón; tal vez sea por pereza, como probablemente fue el motivo del primer propietario de la historia, o alguna otra pasión desordenada, lo que nos impide razonar bien, o incluso razonar en absoluto, de modo que no hagamos lo que es prudente.

Como ilustra el segundo caso de la historia, también podría ser que nuestro razonamiento no sea bueno y, por lo tanto, sea necesario crecer en la virtud de la prudencia, porque es precisamente la virtud de la prudencia la que nos hace pensar y razonar bien. Así pues, razonar bien forma parte de la prudencia, y en la medida en que crezcamos en esta virtud, creceremos también en nuestro razonamiento, porque el resto de las partes integrantes de la prudencia, especialmente las cognitivas, nos ayudan a razonar bien.

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Comentarios 1

  1. María dice:

    Gracias, Padre 🙏❣️
    Quizá habría q distinguir entre prudencia humana y prudencia divina.. Digo, pensando en particular en lo q dice Santa Teresita, y q justo leía hoy :
    “¡Qué gran verdad es que “al amor nada le parece imposible, porque para él todo es posible y permitido…!”La prudencia humana, por el contrario, tiembla a cada paso y no se atreve, por así decirlo, a posar el pie en el suelo.”
    Santa Teresita del Niño Jesús (Manuscrito A,75 v°)

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