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Kangeme, Kahama, Tanzania, 3 de enero de 2026.

Anoche me llamaron para ir a ver un enfermo en una aldea bastante lejos. Se puede llegar a ese lugar en auto, y actualmente los caminos están mucho mejor que hace algunos años atrás, con el paso del tiempo se ven algunos progresos. Sobre todo en donde está el río, que siempre era un gran problema en este tiempo de lluvias, han construido un puente, que todavía no está inaugurado oficialmente, pero han permitido que se use. Yo acababa de salir de la adoración, y veo el mensaje del catequista de que hay un enfermo en estado grave y pide la unción de los enfermos. Es bastante difícil tomar la decisión de salir de noche, manejar por estos caminos, y luego no saber si para llegar hasta la casa del enfermo hay que caminar otro tanto en la oscuridad. Gracias a Dios, esta noche había mucha claridad, por la luna llena, y además se gozaba de un cielo despejado de tormentas.

Sin embargo, podemos decir que anduve en la oscuridad, y por eso mismo he podido tomar una sola fotografía. Haré todo lo posible por describir la escena, y me confío a vuestra capacidad de imaginar. Busqué las cosas necesarias para la unción sin demorar mucho más, y comencé el viaje hacia Ubagwe. Debía pasar por el pueblito de Itobora, para recoger al catequista que me guiaría hasta la casa del enfermo. Saliendo desde la parroquia debo pasar por el centro de este poblado, y es aquí que me encuentro una y otra vez con el ambiente de estos lugares a la noche. Es una experiencia difícil de describir, pues aquí no hay alumbrado público en las calles, y entonces se da un contexto de mucha oscuridad, gente caminando, niños en grupos sin hacer nada, música estilo “regueton” o algo así, borrachos caminando tambaleándose y que hay que estar muy atentos para no chocarlos.

Cuando pasa el auto, que no es tan común, pues el tráfico es generalmente de motocicletas, algunos dicen algo, los niños a veces te gritan “mzungu” (blanco), y en algún lugar llegué a escuchar “mwarabu” (árabe), y alguno que otro que me hace dar mayor gracia, como cuando nos dicen “mchina” (chino).

Al pasar por Itobora recojo al catequista Petro, quien me acompaña en el último trecho hasta Ubagwe. La última parte antes de llegar hasta esta aldea, se trata de un sendero, que lo tengo bien conocido. Llegamos otra vez, al “centro” de una aldea, y no repito la misma descripción del párrafo anterior. Es algo muy llamativo, pues se puede ver entre las penumbras y la poca luz que sale de algún pequeño foco, en el frente de alguna casa, o de algún “negocio”, gente caminando, niños y adolescentes haciendo diabluras como gritar, insultar, empujarse, patear botellas de plástico ruidosamente, reírse a carcajadas desproporcionadamente… todas cosas que se animan a hacer más en la impunidad que otorga la oscuridad. Creo que no está de más decirles que cuando digo “centro” se trata de una pequeña calle de tierra, flanqueada por casas muy cerca del camino, casas de barro con techos de chapa y algunos de paja, pequeños techados bajo los cuales hay bancos, y mesas muy bajas donde hay grupos de hombres charlando, o tomando alcohol, con música de fondo.

Nos bajamos y la casa estaba junto al camino, gracias a Dios. Había un grupo grande de gente en el patio, sentados en dos grupos, junto a sendos fuegos. Me reciben todos con muchos “karibu, karibu” (bienvenido). Cuando los saludo con el “Alabado sea Jesucristo” de los católicos, algunos pudieron responder. Me indican el lugar donde estaba el enfermo, y aquí viene algo que me sorprendió, pues dentro de la habitación había una fogata. No lo había visto otras veces. La casa, sumamente pobre, de adobe, piso de tierra, con una puerta pequeña por la que entramos agachándonos. Cuando estoy adentro, me doy cuenta del porqué de la fogata dentro de la habitación: faltaban buenas partes de las paredes, de la mitad hacia arriba, en algunos lados. El enfermo, un abuelo de más de ochenta años, recostado en una cama y sobre un colchón, algo que me pareció muy bueno. Si embargo, el contexto de pobreza era muy grande.

Allí hicimos las oraciones, entraron todos en la habitación, y a cada momento que me detenía por un punto y aparte en el ritual, respondían “amén”. Les tuve que explicar que no debían decir amén en cada momento. Sin embargo, pude percibir en medio de la oscuridad, que participaron con mucha devoción. Nos tuvimos que alumbrar con la linterna del celular para poder leer. Siguió una breve conversación con los familiares, en la que los animé a tomar esto con espíritu cristiano, aceptando la voluntad de Dios, y agradeciendo por todo lo que le había dado a este abuelo durante toda su vida. Al salir me invitan a sentarme en el patio para conversar y arriman una silla, todos signos de hospitalidad típicos en África. No acepté, con la excusa real de que debía regresar hasta la casa, y el viaje es un poco largo, más siendo de noche. Sabía que si me sentaba no me podría parar luego de dos minutos, sino que debía mediar un rato de conversación. Todos me despidieron y agradecieron mucho que haya ido. Antes de subirme al auto se acercó un borracho que quería “ser pastor”, y que quería ir a la iglesia. Gracias a Dios, no se puso cargoso, sino que lo invité a rezar el domingo en la capilla de la aldea, prometió que vendría… no se si va a acordarse de lo que dijo, pues salió caminando tambaleándose y se fue atajado por alguno que estaba allí con él para que no se caiga, en medio de las risas de la gente que presenció esto.

Hoy, al levantarme por la mañana, recibo el mensaje del catequista Petro, en que me avisa que el enfermo había fallecido durante la noche. Dando todos gracias a Dios de que hubiera podido recibir el auxilio de los sacramentos unas horas antes. Esto da mucho consuelo al misionero, ver que a pesar de estar en un ambiente tan pagano, se puede trabajar para llevar estas almas al cielo. Y que en medio de tanta oscuridad, brilla la luz de Cristo.

¡Firmes en la brecha!
P. Diego Cano, IVE
PD: acompaña esta crónica la única foto que tomé cuando entré a la casa. Es poco lo que muestra.

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Comentarios 1

  1. Nelly Guadalupe Rochel Moguel dice:

    Gracias Padre Diego Cano, por compartir. Dios lo bendiga. Hacemos oración para que continué salvando almas.

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