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G. K. Chesterton cierra su Ortodoxia con estas palabras: “La alegría, que para el pagano era solo una externa y efímera exhibición, es el secreto radical y profundo del cristiano. Y al cerrar este volumen caótico, vuelvo a abrir el extraño librito del que vino todo el Cristianismo; y torno a recibir una suerte de confirmación de esta aserción. Porque la tremenda figura que inunda los Evangelios descuella por encima de todos los pensadores que se creyeron grandes precisamente en este aspecto, como en todos los demás. Su emoción era natural…
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Ver disponibilidad (se abre en una nueva pestaña)G. K. Chesterton cierra su Ortodoxia con estas palabras: “La alegría, que para el pagano era solo una externa y efímera exhibición, es el secreto radical y profundo del cristiano. Y al cerrar este volumen caótico, vuelvo a abrir el extraño librito del que vino todo el Cristianismo; y torno a recibir una suerte de confirmación de esta aserción. Porque la tremenda figura que inunda los Evangelios descuella por encima de todos los pensadores que se creyeron grandes precisamente en este aspecto, como en todos los demás. Su emoción era natural; casi sin esfuerzo. Los antiguos estoicos, así como los modernos, se han enorgullecido de ocultar sus lágrimas; Él, en cambio, nunca las escondió sino que las mostró abiertamente en su rostro accesible a todas las miradas cotidianas... Pero algo escondía. Los superhombres y los diplomáticos siempre han presumido de contener su ira. Él nunca lo hizo, sino que derribó a patadas las mesas que los mercaderes habían instalado en las escalinatas del Templo y amenazó a los hombres con la condenación eterna. Y, sin embargo, refrenaba alguna cosa. Lo digo con reverencia: en esa personalidad apabullante había un rasgo de timidez. Experimentó algo que ocultaba a los hombres cuando subía a orar en la montaña; algo que constantemente velaba con un silencio repentino, o apartándose impetuosamente. Mientras caminaba sobre nuestra tierra, había en Él algo demasiado grande para nos fuera revelado por Dios; a veces me inclino a pensar que era su alegría”.