San Agustín
Los falsos colores del cuerpo y del alma
“En los leprosos que el Señor curó diciéndoles: id y mostraos a los Sacerdotes, muy amados hermanos míos, muchas cosas se ofrecen, que justamente los que me oyen podrán preguntar: no solo podrán preguntar, porque el número de los enfermos fueron diez, mas también querrán saber, por qué razón sólo uno se halló que volviese a dar gracias al Señor por la merced que había recibido.
Estas dos dudas son de poca importancia, y siendo bien resueltas, o no tanto, podrá el que pregunta, contentarse sin que se detenga mucho su intención en la inteligencia del Santo Evangelio.
Otra duda hay, a mi ver, que más mueve el deseo del saber, y es, ¿por qué el Señor los envió a los Sacerdotes, para que yendo por el camino fuesen curados y limpiados? No hallamos que el Señor haya enviado a los Sacerdotes hombre alguno de estos, a quienes curaba de enfermedades corporales, sino solamente a los leprosos; y así leemos en otro lugar del Santo Evangelio, que el Señor envió otro leproso que había curado, diciéndoles: ve y muéstrate a los Sacerdotes, y ofrece por ti sacrificio, el cual Moisés mandó en testimonio para ellos. Podemos también preguntar, ¿qué tal fue la limpieza espiritual de aquellos que el Santo Evangelio condena por desagradecidos? Fácil cosa es, ver que un hombre está curado en cuanto al cuerpo, y que ya no tiene lepra como solía: mas no tener limpieza en el alma, no se puede así conocer.
Y según lo que en este milagro se cuenta, se podrá decir que el ingrato no está curado en el alma. Digo pues que es menester examinar, qué es lo que esta lepra significa: notad pues, que los que el Santo Evangelio cuenta haber sido curados, no dice, fueron sanados, sino fueron limpiados.
El daño de la lepra, es defecto, o vicio que se muestra fuera en el color de la piel, más que en lo interior de la salud, o virtud de los miembros; y así, a mi ver, podríamos entender por los leprosos, los que no teniendo verdadera ciencia, o noticia de la fe católica como conviene, van publicando diversas doctrinas llenas de error. No sabe esconder su ignorancia y defectos, antes la publican y sacan a luz con título de muy sana y santa doctrina, usando de vanas palabras, a fin de coger vanagloria con ellas. Y tened por cierto que no hay doctrina tan falsa, que no mezcle consigo algunas verdades: mezcladas pues las verdades con los errores, y mentiras, muestran una confusión de colores inciertos, como en el cuero del hombre leproso se muestran también inciertos y falsos colores.
Sabed pues, que a los tales maestros de errores, es menester que los aparten de la Iglesia; y si es posible que estén muy lejos de ella, y que desde lejos den voces y pidan misericordia a la Iglesia, como vemos que estos leprosos la pedían al Señor: pues dice el Santo Evangelio que de lejos alzaron la voz diciendo: Jesús Maestro ten misericordia de nosotros. v.13
Y advertid que para pedirle medicina corporal le llaman Maestro, cosa que no hallo que alguno pidiendo remedio corporal jamás la haya dicho, y por esto me cuadra muy bien que esta lepra denota la falsa doctrina, la cual tiene necesidad de buen Maestro que la cure. No creo yo que ningún Católico dude, que el sacerdocio de los judíos fue figura del sacerdocio real que hoy está en la santa iglesia, en el cual son consagrados todos los que pertenecen al cuerpo místico de Jesucristo que es el verdadero y Supremo Príncipe de los Sacerdotes; y así ahora los Sacerdotes son ungidos, cosa que entonces solamente se daba a los Reyes y a los Sacerdotes; y cuando el glorioso Apóstol San Pedro, escribiendo al pueblo cristiano en su Epístola Canónica lo llama sacerdocio real, declaró manifiestamente que entrambos nombres convenían al sacerdocio cristiano.
Los otros defectos y vicios secretos del alma, que son enfermedades o indisposiciones de ella, como la lepra lo es del cuerpo, el Señor las corrige y sana secreta y espiritualmente: lo que toca a la doctrina falsa de los errados maestros, es menester que se cure con la santa doctrina de la Iglesia, ensenándolos y exhortándolos para que dejen el error y tomen la verdad, y así les quite el color malo de leprosos que por fuera tenían; porque esta cura del mal que es notorio, pertenece a la Santa Iglesia y a los buenos ministros de ella; y así el glorioso San Pablo, luego que oyó la voz del Señor que le dijo: ¿por qué me persigues? yo soy Jesús al que tú persigues, fue enviado a Ananías para que fuese bautizado, y con el alto Sacramento de nuestra fe, que el Sacerdote Ananías le comunicó, fuese lavado, y con su doctrina enseñado, y así tomase buen color.
No lo envió el Señor al Sacerdote Ananías, porque él por sí mismo no le pudiera muy bien limpiar, porque en fin lo que el Sacerdote y el Sacramento y la Iglesia hacen, el mismo Señor lo hace; mas quiso que así se hiciese, para que el Colegio Católico de los Cristianos, viendo que así se administra en la Santa Iglesia, tome tal ejemplo y confirmación que todos tengan buen color.
Con esto concuerda lo que el glorioso Apóstol San Pablo escribe diciendo: después de esto yo subí a Jerusalén con Bernabé, y llevé también conmigo a Tito, y subí, porque así me fue revelado que lo hiciese, y así declaré el Evangelio que ahora predico a los Gentiles; y esto, porque no corrí, ni corro ahora en vano; y poco después dice: habiendo conocido claramente Pedro, y Diego, y Juan, la gracia que por el Señor me había sido dada, mostrándose ellos como columnas, me dieron sus manos derechas a mí y a Bernabé, para que les fuésemos compañeros en la santa predicación.
Esta manera de concordia mostraba ser nuestra doctrina toda una, sin haber alguna diferencia o diversidad en ella. Así lo confirma el mismo Apóstol, cuando escribiendo a los de Corinto, les dice: yo os ruego hermanos por el nombre de nuestro Señor Jesucristo, que todos os conforméis en decir y querer una misma cosa.
Hallamos en los actos de los Apóstoles, que cuando el Ángel habló a Cornelio notificándole como sus limosnas y oraciones habían sido aceptas a Dios; más que con todo eso era menester, para que conociese la unidad y conformidad de la doctrina cristiana, que fuese a dar la obediencia, y se presentase con sus compañeros al Apóstol San Pedro; fue a decirle a él y a los otros: id y mostraos a los Sacerdotes; y así yendo a él, fueron limpiados, porque ya había venido a ellos el Apóstol San Pedro; mas por cuanto aún no habían recibido el Sacramento del Bautismo, decimos que no habían ido espiritualmente a mostrarse a los Sacerdotes: bien es verdad, que se conocía que estaban limpios, porque el Espíritu Santo había venido sobre ellos, y les había sido comunicado el don de lenguas.
Siendo todo esto verdad, como la Santa Escritura nos lo enseña, muy fácilmente podemos ver, que en la Santa Iglesia se alcanza esta sanidad, tomando la doctrina limpia que ella nos enseña, para limpiar la lepra de los errores que en nosotros puede haber; y para que conformándonos con la verdad católica sepamos diferenciar el Criador de la criatura; y así se conozca en nosotros que somos limpiados de la diversidad de las mentiras y errores como de una grave lepra.
Es menester con todo esto que volvamos a dar gracias al Señor nuestro libertador que así nos ha curado, so pena de ser ingratos y soberbios, y tales que se puedan decir contra nosotros las palabras que el Apóstol dijo condenando a otros: estos malos y desagradecidos, habiendo conocido a Dios no le honraron ni glorificaron como a Dios, ni le dieron las gracias que le eran debidas.
En decir el Apóstol que aquellos habían conocido a Dios, notifica que habían sido limpiados de la lepra; pero luego los acusa de desagradecidos y los tales quedarán como imperfectos dentro del número de nueve que no alcanzan a diez, que es número perfecto.
Notad que si añadís uno a nueve, cumpliréis el número de diez, y así hacéis una manera de unidad, o unión tan conforme y tan unida, que no podéis pasar adelante, si no volvéis sobre uno; y esta regla hallaréis cuanto más quisieres multiplicar.
Y así decimos, que nueve han menester uno que se junte con ellos, para que los junte, y traiga la unión que tienen siendo diez; y el uno solo, para tener unión, no tiene necesidad de los nueve, que ya por sí se la tiene.
Por tanto, mirad que los nueve por su ingratitud fueron reprobados después de limpios, y fueron apartados de la unión en que está la perfección; y el uno que volvió a dar gracias, fue constituido en unidad con la santa Iglesia, y confirmado en la limpieza que había cobrado, y loado por tal; y estos nueve que eran Judíos, perdieron por su soberbia el reino del cielo, que es de los humildes, y donde más reina y resplandece la unión.
Y este Samaritano, que quiere decir guardador, volvió a dar gracias y reconocer al Señor la merced que había recibido, cantando las palabras que el Real Profeta dice: Señor, yo guardaré mi fortaleza para tu servicio.
Humillándose a su Rey y dándole gracias, guardó con devoción humilde la unidad, de la cual goza por la merced de Jesucristo, que vive y reina para siempre jamás. Amén.
FUENTE: “Homiliario o colección de homilías o sermones de los más excelentes santos padres y doctores de la Iglesia, sobre los evangelios que se cantan en las principales festividades y tiempos del año. Recopiladas por el doctor Alcuino, maestro del emperador Carlo Magno. Traducidas al castellano por el bachiller Juan de Molina. Tomo tercero. Oficina de Don Benito Cano. 1795. Págs. 358-362.
http://salutarishostia.wordpress.com/category/escritos-de-santos/san-agustin/