Apéndice
APÉNDICE
Textos selectos del P. Leonardo Castellani acerca del género ‘parábolas’
Las frases que siguen están tomadas del libro:
Castellani, L., El evangelio de Jesucristo, Ediciones Dictio, Buenos Aires, 1977.
Aunque no estén entre comillas, todos los párrafos son textuales del autor.
Está hablando de la parábola del administrador injusto
Cuanto más leo las parábolas de Cristo, más veo que son un género literario único, que no tuvo precedentes ni continuadores. Son más sencillas que el más sencillo de los géneros literarios, las fábulas de Esopo; y al mismo tiempo más atrevidas y extrañas que el género moderno que los españoles llaman esperpento. Son naturalísimas porque se trata de una simple comparación; son brevísimas, porque no hay un solo rasgo que sobre; y sin embargo tienen un contenido tal que nos deja bizcos: hay que ver el lío que se han hecho con esta parábola los más doctos intérpretes, incluso el doctísimo cardenal Cayetano, el famoso comentador de Santo Tomás: el cual declara netamente que a esta parábola él no la entiende ni la puede explicar. Menos mal que tuvo esa humildad, que otros menores que él no la tuvieron.
Cristo fue mucho más que un genio literario; pero fue también un genio literario. Lo lírico está contenido en el material de las parábolas –que son en conjunto 120 contando grandes y chicas– material tomado de la naturaleza, del campo, de las plantas y animales y de las costumbres del animal más sorprendente que existe. Lo patético está suministrado por la profundidad enorme del sentimiento, conectado con las cosas más graves de la vida humana. Lo dramático, en la viveza y originalidad de los cortos diálogos. Lo humorístico en la mirada aguda y maliciosa con que el autor capta las costumbres de los hombres. Lo filosófico en la súbita trasposición de planos, y una especie de descoyuntamiento, que apunta a un sentido escondido. Lo teológico, en los emblemas y figuras de Dios: en este caso, Dios es el Patrón, el dueño de todo el Universo, de quien se dijo: “Si tuviese hambre, no te lo voy a decir a ti, porque mía es la redondez de la tierra y cuanto en ella hay” (Ps XLIX, 12), y también: “Mía es la plata y el oro, dice el Señor” (Ageo II, 8). (p. 282-3)
Hemos notado otra vez que las parábolas de Cristo ostentan una especie de desmesuras o bruscas salidas del carril, que se podrían llamar humorismo si se quiere; pero que es un humorismo trascendental, exigido por su objeto: no humorismo jocoso, por cierto; aunque en algunos casos sí hay un tono chusco, como en la parábola del Mayordomo Camandulero. El objeto de ellas, el Misterio, es una cosa desmesurada, infinita. Cristo toma el material de ellas de la realidad cotidiana, de lo que veía en torno suyo, de las costumbres populares, de lo que contaba la gente, de las noticias que corrían... de la boca misma de sus oyentes. Fue carpintero, según parece, pero nunca tomó como materia sus recuerdos de joven, los instrumentos, la madera, los muebles; y la razón es que era un contemplativo y hablaba de lo que veía hic et nunc; puesto que continuamente veía lo Eterno insertándose en el Tiempo. Pero lo Eterno embutido en lo Cotidiano, le hace saltar las costuras. Cristo toma un cuentito de Reyes y de Convites como los que corrían por allí; y de repente, en el medio del cuentito, estalla el trueno; o por lo menos, se abre una interrogación; y una especie de perspectiva mística inmensa, a veces temerosa, se abre de repente detrás de las cosas triviales de la vida: como el abismo que veía a su lado Pascal cuando caminaba por la calle. Como todos los grandes artistas, no necesitaba Cristo materiales ricos para hacer su obra. Como todos los artistas populares, tomaba sus temas de la boca misma de sus oyentes. Como los payadores criollos, no cantaba a María Estuardo o a Guillermo Tell, sino a Lucía Miranda, a los indios pampas, o al “contingente”[1]. (p. 245-6)
Por eso las parábolas de Cristo son paradojas, tienen un rasgo desmesurado o, digamos, algo como un giro humorístico. “¿Por qué predicas así?” ––le preguntaron una vez; y eso está en Mateo XIII, 13––. “¡Para que no entiendan!”, respondió Cristo, con humor evidentemente.
El humor y el patetismo son los estilos propios del hombre religioso cuando habla a los otros hombres, al hombre ético y al hombre estético. (p. 141)
La ironía es el lenguaje del hombre ético cuando habla a los anéticos: “el hombre magnánimo usa de la ironía” dice Aristóteles: “vir magnanimus utitur eironeia”. El humor es propio del hombre noble, sea inglés o no; los países en que no hay humor y el hombre que no entiende el humor, son poco desarrollados. (p. 144-5)
Los antiguos querían encontrar un significado a cada uno de los pormenores de las parábolas o milagros, lo cual es fácil con un poco de imaginación; pero es arbitrario, y al final cae en el ridículo: alegorismo que los modernos no podemos tragar, y con razón. Pero Maldonado, uno de los precursores de la exégesis moderna, cae en otro error peor: reaccionando al excesivo alegorismo antiguo –al comentar la parábola del Convite, que (p. 304) ya hemos visto– afirma que no todo se ha de alegorizar, porque hay en los Evangelios rasgos de adorno, rasgos superfluos, dice; es decir, cosas inútiles en puridad; lo cual equivale a decir la inocente blasfemia de que él las hubiese hecho mejor a las parábolas, si lo dejan, pues es capaz de distinguir lo que es “superfluo”. (p. 303-4)
Parábola del deudor desaforado
Maldonado hace dos errores serios en la explicación de esta parábola: uno, rechazar la distinción de Santo Tomás porque la trae Calvino, al cual tiene un odio inextinguible; y otro, al decir que en esta parábola hay dos “juegos ornamentales”; conforme a una teoría de los “rasgos ornamentales de las parábolas” que él inventó y a la cual tiene un amor inextinguible; y que es un error. La inventó para ir en contra de la interpretación meticulosa y fragmentaria de los detalles propia de los Santos Padres antiguos, la cual es a osadas otro error; que explicaremos otro día, cuando veamos la parábola del Grano de Mostaza. Ahora no hay lugar.
“Rasgo ornamental” es para Maldonado “las cosas superfluas”, que según él habría en las parábolas. No hay cosas superfluas en las parábolas. Ese rasgo de los “¡diez mil talentos!”, una suma considerable –por ejemplo–, ¿es una exageración inútil e inverosímil?... Veámoslo un poco: es difícil, si no imposible, fijar el valor de las monedas antiguas: porque, primero, había talentos de oro y de plata; y, después, nuestras monedas actuales están en constante muda; pero de todos modos, un talento de oro era una cosa que un hebreo veía pocas veces, o nunca; y diez mil talentos es inconcebible. En realidad, talento era medida de peso más que moneda: unos 59 kilos de oro puro.
No es una exageración inútil. El “Hombre-Rey” es Dios, es Cristo mismo, juez de vivos y muertos; y el autor de la parábola quiere marcar la diferencia inconmensurable que va del hombre a Dios y de las “deudas” que tenemos entre nosotros, y las que tenemos con Dios. Al oír “10.000 talentos” los ojos de los oyentes se perdieron en el infinito con un temblor; porque efectivamente esa suma les era inimaginable. Éste es el motivo permanente de las “exageraciones” de Cristo, ya lo hemos dicho; y de su especie de “humorismo trascendental”.
Por mucho que exagerara, nunca iba a medir bien Lo Inconmensurable, nunca iba a nombrar del todo a Lo Inefable. Cristo era un excelente artista, mucho más artista que el erudito Juan de Maldonado; el cual de artista no tiene un jerónimo. (p. 366)
El hablar por semejanzas era típico de la literatura –o mejor dicho de la poesía– hebrea como de todo el Oriente. Hoy conocemos mejor este género; conocemos totalmente las leyes del llamado estilo oral –uno de los estadios de la evolución de la expresión humana– gracias a la preciosa obrita técnica del investigador Mar- (p. 384) cel Jousse. No era el caso de los exégetas antiguos ni de los del Renacimiento. En otro lugar he indicado que éstos yerran a veces en la interpretación, cayendo en dos extremos viciosos, a causa de su ignorancia del género; pues aprisionados por los esquemas de la retórica grecolatina, los unos miran a las parábolas como si fuesen alegorías o emblemas y los otros como si fuesen novelitas mal hechas. En realidad las parábolas pertenecen al género símbolo, la más antigua y natural de las maneras de expresión poética de la humanidad; lo que llamo Giambattista Vico “la lingua degli erói”.
Así pues los Santos Padres antiguos descomponen las parábolas en todos sus elementos constitutivos hasta los menores detalles, como en un análisis químico, y quieren dar un significado concreto a cada uno de ellos; el cual en ocasiones no puede ser sino arbitrario y aun estrafalario, cayendo así en el “alegorismo” que S. S. Pío XII desrrecomienda en su Encíclica Divino Afflante Spiritu. Proceden como un maestro de heráldica: “Gules significa la paz, sinople significa la astucia, la orla de oro significa parentesco con la casa real, el león rampante en campo de gules significa casa noble que crece, los dos calderos significa comarca de olivares...”; y así sucesivamente hasta dar a todo el escudo de armas un significado concreto... y convencional.
Así, por ejemplo, esta sencillísima parábola de la Levadura, que tiene cuatro líneas, hace decir a la exégesis antigua: “El Fermento es Cristo, la harina es la Humanidad, las tres medidas de harina significan la fe, la esperanza y la caridad, la mujer significa la Sabiduría”; y después se ponen a discutir muy formales por qué Cristo dijo: “tres satos de harina”, que es un 'hedió (que son 59 kilos) cantidad desmesurada para una horneada, y aun para tres horneadas y tres mujeres. Pero resulta ahora que la “sabiduría” no es femenino, sino masculino en arameo: no es mujer, es varón. Otra discusión.
La “mujer” significa simplemente que en Palestina quienes horneaban eran las mujeres. El rasgo desmesurado es una cosa general en las parábolas de Cristo, y ya hemos explicado el porqué. La parábola ha de tomarse (p. 385) en su conjunto como un símbolo; en este caso, de la sociedad religiosa que Cristo estaba en tren de fundar. Los rasgos particulares tienen por objeto diseñar simplemente y traer a la memoria vívidamente una cosa conocida de todos, para significar con ella una cosa invisible; en este caso, misteriosa y futura: la Iglesia. Un pintor actual que pinta un cuadro simbólico de la Paz, por ejemplo, pone allí una cosa concreta que en su conjunto significa la paz; pero cada uno de los rasgos separados de tal cosa concreta, no es necesario tenga un significado especial.
Los exegetas del Renacimiento vieron que el alegorismo no marchaba; y que las parábolas debían tener un significado literal único, pretendido por Cristo, y sobre el cual no podía caber discusión. Eso fue un progreso, porque es efectivamente así. Pero sin embargo, intrigados de los pormenores a veces raros, introdujeron que en las parábolas había “rasgos ornamentales”; es decir, adornos en el fondo inútiles. Maldonado, explicando la parábola del Convite Regio y topando con la frase del Rey: “Los pollos ya están muertos, los becerros están adobados”, dice que eso es un “rasgo ornamental superfluo”, lo cual viene a querer decir, si bien se mira, que Maldonado la hubiese hecho mejor de haber sido el autor él. Pero un buen artista elimina todo lo superfluo: en una obra maestra no sobra una sola palabra. Esa frase trivial del Rey pertenece al conjunto del símbolo, como parte de él, pero parte no separable; y el Rey la dice para significar que el Convite ha de llevarse a cabo; y eso, pronto. Pregunten a un hacendado si se puede aplazar una “yerra de convite”. (p. 383-5)
III. Las parábolas
Hemos dicho en este libro que la parábola es un género creado por Jesucristo, que ni antes ni después de El fue usado por nadie. Esta afirmación es nueva, y conviene justificarla.
Parecería que la parábola de los Evangelios pertenece al género griego del apólogo; que es una fábula (mythos) (p. 478) cuyos personajes son humanos en vez de imaginarios[2], como por ejemplo El Viejo y la Muerte de Esopo. No es así, sin embargo: el apólogo griego es una narración más sencilla en su contextura que termina en una conclusión de moral corriente, que llamamos en español moraleja; y muy bien llamada: es una moralidad chiquita: como por ejemplo:
Tenga paciencia quien se cré infelice,
Que aun de la situación más lamentable,
Es la vida del hombre siempre amable:
El viejo de la leña nos lo dice,
en el susodicho apólogo de Esopo, traducido por Samaniego.
La parábola evangélica es más bien que narración un cuadro, con más elemento dramático que épico; y presenta casi sin excepción una especie de distorsión, como la hecha por un espejo convexo, que desconcertó desde el principio a los intérpretes, y sobre todo a los retóricos paganos, como Celso, que las tachó de extravagantes; y en nuestros días han sido tratadas hasta de “criminales” o ''inmorales''.
Esta distorsión de rasgos responde al propósito, como está dicho, de aludir al misterio, a lo teológico, a lo infinito; y ha sido comparada no sin propiedad por Chesterton al soplo impetuoso que en la plástica barroca hincha los ropajes, tuerce los miembros y agita las líneas arquitectónicas, haciéndolas danzar a veces; como en los cuadros del Greco, las estatuas del Bernini y los altares del Vignola.
En suma, la parábola pertenece al género símbolo; que es más que un género literario, el modo de expresión más primitivo y fundamental de la poesía; mezclado con humorismo, como diríamos hoy, un humorismo teológico o trascendental –como ha sido bautizado–, no una cualquiera jocosidad o ironía. Archibald Cronin escribió al final de su novela Las Llaves del Reino: “El Cristo es más grande que Buda; pero Buda tenía más sentido del humor”. Se equivoca. Chesterton en su li- (p. 479) bro Orthodoxy notó que esta singular exageración que se encuentra en las parábolas, no es otra cosa que humorismo; aunque omite allí el explicarse más claramente.
En la literatura cristiana posterior a Cristo no encontramos parábolas: el Pilgrim Progress de Bunyan, el Pilgrim Regress de Lewis y las tremendas novelas satíricas del Deán Swift, por ejemplo, son propiamente alegorías. Tampoco puede llamarse parábola sublime, como la calificó Macaulay, la Divina Comedia de Dante; ésta es un poema épico de una creación enteramente nueva, una epopeya espiritual, que preside toda la literatura romántica. En todo caso, lo que más se parecería a la parábola son los actuales relatos monstruosos de Kafka, o algunas de las últimas novelas de Hemingway.
En el Viejo Testamento se habla de las parábolas (o “semejanzas”) de Salomón y se dice que el Rey Sabio compuso 3.000 dellas. Pero las parábolas de Salomón que se han conservado no son sino comparaciones brevísimas, de contenido moral casi siempre, que tienen uno o dos dísticos solamente. Verdad es que aquí se encuentra el embrión del género que en los rabbíes posteriores se desarrolló; y en Cristo se consumó. En los rabbíes anteriores a Cristo se encuentran parábolas más extensas (como las que hemos citado de Elisha‑ben‑Abuyah y de Josef‑Bar‑Iudah en p. 60) pero todas las que conocemos tienen el carácter ya definido de “apólogos”.
El escritor modernista Samuel Butler –no S. Butler el satírico, sino S. Butler el pintor– y otros después de él, califica a las parábolas de Cristo de ''inmoralistas”. La aseveración es típica del escritor más impío que conocemos, al lado del cual Voltaire y su epígono Anatole France parecen simples nenes bocasucias. ¿Por qué? Porque, según el autor de The Way of All Flesh, las parábolas principales del Nazareno insinuarían máximas contrarias a la moral natural. Ignoraba el escritor inglés que su blasfema afirmación, que trasunta una ignorancia monumental, había sido refutada de antemano por un contemporáneo suyo, el danés Kirkegor, en su profunda doctrina de la distinción entre la “instancia ética” y la “instancia religiosa”, y en la sutil observación de que (p. 480) la “instancia religiosa” comporta una especie de “suspensión de la moral”, provisoria desde luego; y en el fondo sólo aparente.
Por lo demás, cualquier hombre con cultura artística sabe que cuando el artista crea símbolos o imágenes no por eso los aprueba o recomienda; se reduce a retratar una realidad. Que existen Mayordomos Pícaros, por ejemplo, es una realidad; y la conclusión de la parábola que dice que “los pícaros son más pícaros en sus negocios que los Buenos en los suyos” es una ironía de Cristo, como está dicho en su lugar, o como dijo exactamente Cristo que “los hijos de las tinieblas ven mas en sus cosas que en las propias los hijos de la luz”, lo cual es una verdad que tiene su justificación teológica, y que incluso se puede apoyar con Aristóteles. Aristóteles dijo que para las cosas divinas los ojos humanos son como los ojos del murciélago para el sol: a causa no de la deficiencia sino de la excelencia del objeto. Y así es justo que los fieles vean menos en sus cosas propias, que son las divinas, que no los pícaros en las suyas, que son las picardías. Mas Aristóteles añade, que ese conocimiento, aunque sea fragmentario y oscuro por exceso de luz tiene infinito más valor que el conocimiento de lo terreno, aunque sea mayor y más claro. Que un pagano tenga que enseñarle al hijo del clérigo Butler estas cosas...
Este dicho de Cristo funda la doctrina de la fe, de la que enseñan los teólogos que es obscura, y que desde el respecto de la claridad, la facilidad y el gozo de conocer, es inferior a la ciencia; pero no desde el respecto de su valor. (p. 477-80).
(…) (Aquí hace una descripción de una novela de Samuel Butler, novela que, al igual que su autor, es pérfida y la encarnación de la herejía del modernismo)
Hemos querido caracterizar a este escritor modernista antes de copiar su brulote contra las parábolas de Cristo y en realidad contra toda su doctrina, que dice así. “Ninguna de las parábolas puede ser interpretada literalmente con ventaja para el bienestar humano, excepto quizás la del buen Samaritano; ni tampoco el Sermón de la Montaña, salvo en algunos pasajes que eran en realidad patrimonio común de la Humanidad antes de la venida de Cristo. Las parábolas que todos aplauden son en realidad muy malas: el Mayordomo Pícaro, Los Operarios de la Viña, el Hijo Pródigo, El Rico y Lázaro, el Sembrador, las Vírgenes Cuerdas y Locas, la Vestidura Nupcial, el Hombre que plantó una Viña... todas son groseramente inmorales, o tienden a engendrar un concepto muy bajo del carácter de Dios, un concepto muy por debajo del promedio de los buenos reyes terrenales. (p. 485) Y cuando no Son inmorales o no tienden a degradar el carácter de Dios, Son las más simples paparruchas imaginables, tal que uno se asombra de ver que “eso” haya sido aceptado como predicado primigeniamente por el Cristo. Algunas máximas como las que inculcan la concordia y un cierto perdón de las injurias –con tal que sean practicables– son ciertamente buenas; pero el mundo no debe su descubrimiento a Jesucristo; y no tienen mucha influencia por cierto en la vida práctica de sus seguidores...”[3]
Claramente se ve aquí cómo esa permanente alusión a lo sobrenatural o irrupción de lo teológico en las parábolas, que les dan su sello propio y único en toda la literatura del mundo, ha sido malentendido por Butler, lo mismo que por los fariseos. Cristo lo sabía perfectamente: que su predicación tenía que ser “piedra de escándalo”, y “dichoso aquel que en mí no escandalice”, es decir, no tropiece. Y por eso contestó con divina ironía a los que le observaban:
“–¿Por qué les hablas en parábolas, si ya ves que no te entienden?
“–Para eso, para que no entiendan... y se pierdan”.
Respuesta de previsión, lucidez y dolor –que Butler calificará sin duda de “ferocidad”–, respuesta que quiere decir lo contrario de lo que dice, como es propio de la ironía. (p. 484-85)
El texto que sigue está tomado de:
Castellani, L., Las parábolas de Cristo, Ediciones Jauja, Mendoza, 1994, p. 16.
LAS PARÁBOLAS DE JESUCRISTO
Las Parábolas de Cristo contienen su enseñamiento popular; junto con sus discursos teológicos (muy diferentes de nuestros sermones teológicos), sus bendiciones y maldiciones, y sus profecías; aunque forman unidad con todo esto. Todo esto fue pronunciado en" estilo oral"; no son un libro escrito.
En nuestro "Evangelio de Jesucristo" hemos indicado el género de las parábolas: son como apólogos transcendentes o teológicos. Se puede decir que este género lo inventó y lo concluyó Cristo: aunque haya tenido precedentes e imitaciones débiles. No son fábulas, no son apólogos comunes, no son leyendas, no son consejas, no son novelas, no son poesía épica; son poesía simbólica. "La fábula es un género pueril y prosaico", dice Menéndez y Pelayo; la parábola es un género pueril y poético.
Las parábolas de Cristo son 120, contando como tales las que comienzan por la fórmula: "Semejante es..." o algo similar; que habría que traducir más bien: "Parejo es…” o “A la par es..."; pues la realidad espiritual a que aluden no es propiamente parecida (y por eso hay una distorsión poco humana en muchas parábolas, una inverosimilitud literaria o una "exageración" que dijéramos), sino más bien análoga... en otro plano superior.
La realidad espiritual a que se refieren las parábolas es, si se mira bien, una sola. Pueden dividirse en parábolas acerca del mismo Cristo (El Buen Pastor) acerca del Reino de Dios (Los Invitados al Convite) y acerca de los Adversarios de Él (La Higuera Estéril). Pero estos tres hacen uno: la realidad espiritual de Cristo; el Dios terrenal en la tierra, la Tierra del Dios Terreno.
Muchas metáforas y comparaciones esmaltan los Evangelios, como por ejemplo: "Dejad que los muertos entierren a sus muertos". Son como gérmenes de parábolas. Pero aquí nos ocuparemos solamente de las desarrolladas, aunque a veces tengan sólo 4 líneas, que suelen comenzar por la fórmula susodicha. También hay en el Evangelio "parábolas en acción", como son casi todos los milagros.
La regla más importante de la pedagogía y la literatura es que hay que enseñar lo desconocido por medio de lo conocido; la regla teológica más importantes es que a Dios lo conocemos "por medio de las cosas visibles, comprendiéndolas", como dijo San Pablo. Estas reglas confluyen en este género simple, primitivo, profundo y original. Las costumbres y las circunstancias lo imponían y el genio lo transfiguró.
Parábola significa en griego "arrojar una cosa al lado de otra", de allí viene en español la "palabra" (como en italiano "parola" y "parla", y en francés "parole", en inglés "palaver", en alemán "parole" y "pároli") pero en griego no significa "palabra", el "verbum" latino, que se perdió en castellano con ese significado, sino un "verbum" especial. En griego no dice "poner" una cosa al lado de otra, sino "arrojar": las dos cosas pertenecen a planos distintos.
Otras características de las parábolas hemos explanado en nuestro "Evangelio de Jesucristo" (Apénd. III, pág. 387).
L.C.
Las frases textuales que siguen están tomadas del libro:
Castellani, L., Doce parábolas cimarronas, Ediciones Jauja, Mendoza (Argentina).
Las parábolas de Cristo son pequeñas obras de arte, indudablemente: arte elemental, todo lo que quieran. Este simple hecho, conocido hace veinte siglos, dirime por sola presencia tres difíciles problemas de Estética, a saber: 1 o, el proceso al Arte; 2°, el Arte y la Moral; 3°, esencia de la Belleza. (p. 185)
¿Habrá que decir pues que el Arte es lícito y decente sólo cuando es docente; cuando se vuelve un mero vehículo de una enseñanza, una edificación o una moralización: "fermosa cobertura de cosas útiles", como definió a la Poesía el Marqués de Santillana? Ése es el segundo problema. Y que el Arte PUEDE hacer eso sin dejar de ser artístico lo dirimen, contra los exageradores del "arte puro", las parábolas de Cristo. (p. 189)
Cuanto más noble y elevada sea el alma del artista al crear, alcanza esferas más altas de belleza. Los santos que han sido artistas (pocos) y que han "ejercido" su arte (más pocos aún) son la cumbre de la Humanidad. Y eso fueron las parábolas de Cristo, malgrado la tenuidad y sencillez de su materia y de su formalidad artística. (p. 192)
La Belleza, que es el objeto del Arte, tiene que ver con la Verdad y el Bien ontológicos, que son dos nombres de Dios, y cuya búsqueda no es peligrosa, al contrario; pero la Belleza es (p. 193) el resplandor desos Transcendentales a través o por medio de las cosas sensibles; y el Hombre está demasiado apegado a lo sensible, y sus sentidos están desordenados: "concupiscencia" llaman los teólogos no solamente al desequilibrio más notorio respecto a la lujuria, sino respecto a todas las cosas creadas, incluido el propio YO. (p. 192-3)
“El Arte sirve al lujo; y el lujo y la lujuria están cerca. El Arte es un lujo intelectual, un lujo del alma; y el alma lujosa orilla el orgullo. El Arte juega, es un juego, pero juega a la creación, como Dios, y por eso está cerca de la idolatría. El Arte tiene que ver con lo divino: mas el fin último del hombre no es lo divino sino Dios mismo, personal, infinito e inaccesible, anoser por la Gracia.
“Esto explica las inmensas desviaciones o aberraciones que hallamos en su historia; la desconfianza que han nutrido hacia él muchos hombres religiosos, e incluso las monstruosidades en que se ha precipitado en nuestros días al llamado "Arte Moderno".
“Una sección del Arte de hoy ha seguido la correntada de su época, y se ha vuelto "hereje", no ya solamente respecto a la religión, mas respecto a la razón: se ha sublevado incluso contra la misma natura: hacen poemas "sin sentido", es decir, insensatos; quieren pintar cuadros "sin objetos", como si el ojo, (p. 194) sujeto de la pintura, pudiese ver la luz en sí misma y no refractada en las cosas, digamos. Blasfema contra el Creador, pretende descrear; busca la fealdad por ejemplo, lo inarmónico, lo disonante, lo antirracional, lo imposible, incluso lo monstruoso. Hacer Madonas que eran solo hermosas mujeres o San Sebastianes que eran bellos mancebos desnudos fue una leve blasfemia del Renacimiento contra Cristo; mas hoy el arte blasfema contra el Padre, cuando, presa de extraño furor intenta demoler las formas naturales, y proyectar del fondo del alma lo deforme; e incluso blasfema contra el Espíritu Santo, cuando pretende encerrar en la poesía o en la plástica la desesperación o la negación satánica; cuando usa los mágicos instrumentos de la expresión para aniquilar en los pechos no solamente la religión, mas aun la esperanza natural, el equilibrio, el entendimiento y la cordura. Signo de nuestro tiempo, el Arte caótico y degenerado no hace más que expresar en sus extravíos a la época atea y convulsa, y en justo castigo, es herido de esterilidad. No se puede ya hablar solamente de inmoralidad o corrupción, directamente, degeneración. "Y tomé la vara llamada Belleza, dijo Dios, y la rompí; para volver nulo mi pacto con todos los pueblos" (Zac. X, 11)” (p. 193-4)
Con Cristo comienza el arte cristiano, el cual sí existe, a pesar de Bloy ... como lo prueban las mismas obras de Bloy: inmensamente imperfecto y siempre descontento y decepcionante. Hegel anotó la diferencia esencial del Arte Cristiano (que él llama "Romántico") con el Arte Oriental simbólico, y el Arte Griego apolíneo. Es "abierto al infinito", es decir, es desgarrado, traspasado. Las parábolas de Cristo parten del Arte Oriental religioso y simbólico, mas no paran en el Arte clásico, apolíneo y perfecto -limitado. Rompen la simetría apolínea, contienen "exageraciones", es decir, fracturas de líneas y módulos, desarmonías, movimiento - hacia arriba. Esa característica del Arte Cristiano llega a su exasperación en el barroco, que es justamente el vicio de sus virtudes. El Arte Cristiano quiere indicar, guiar, mover, más que definir o apaciguar en lo terreno. Es un Arte vulnerado, que sangra de manos, pies y costado. La muerte ha entrado solemnemente en él, la muerte y la vida futura. Lo inefable lo obsede; y por eso no puede cerrarse elegantemente sobre sí misma, en la curva perfecta del Arte Griego, contenta con (p. 196) el mundo de acá. Ningún griego hubiese podido escribir la Divina Commedia; hubiese escrito solamente el Inferno, o solamente el Paradiso; mas Dante intenta fundir en una sola visión (sin conseguirlo del todo) sus tres orbes inquietantes. (p. 195-6)
Las parábolas de Cristo son pequeñas creaciones de belleza artística adaptadas humildemente al auditorio; de belleza secreta contenida y modesta, que por su contenido trascendental se elevan sobre todas las creaciones más complicadas del arte humano. (p. 199)
De todo esto se sigue que una parábola de Cristo es superior en su sencillez que La Ilíada y La Odisea.
(…) Todas esas obras de arte refinadas que mencioné no existirían sin el desarrollo durante siglos de la literatura cristiana, cuyo origen está en ese "nabí" de Nazareth, que resultó ser el Cristo o Mesías. (p. 202)
[1]El autor se refiere al cuerpo militar que en el siglo pasado se reclutaba en el Ejército argentino para luchar contra los indios [N. del E.].
[2] El libro impreso (p. 478) dice: “son humanos en vez de beluinos”, pero la palabra beluinos parece que no existe en castellano.
[3]The Fair Haven, London, Watts and Co., 1938, p. 34.