P. José A. Marcone, I.V.E.
P. José A. Marcone, IVE
Las parábolas del tesoro escondido y la perla encontrada
(Mt 13,44-52)
Introducción
La Iglesia nos muestra claramente que su intención para el domingo de hoy es que se predique acerca de las parábolas del tesoro escondido y la perla encontrada, y no tanto sobre la parábola de la red echada al mar. Esta intención de la Iglesia queda de manifiesto en la posibilidad de lectura breve que ofrece, donde se quita la parábola de la red, pero se mantienen las otras dos parábolas. Además, esta intención de la Iglesia se ve en la lectura del AT, que en los domingos de Tiempo Ordinario está siempre en armonía con el evangelio. En esa lectura (1Re 3,5-12) se presenta el discernimiento necesario para juzgar con rectitud como algo precioso (un tesoro o una perla) para el hombre, y no se hace mención a la separación entre buenos y malos, tal como sí se hace en la parábola de la red.
¿Por qué la Iglesia no pretende que se predique hoy de la parábola de la red? Porque la parábola de la red tiene un mensaje muy parecido al de la parábola del trigo y la cizaña, que hemos leído la semana pasada. En efecto, en la parábola del trigo y la cizaña, el terreno donde se siembra trigo y se sobre-siembra cizaña es la Iglesia. La cizaña son hombres, son los católicos perversos (pravi catholici, dice Santo Tomás). La ciega final es el juicio final donde la cizaña es arrojada al fuego, a la condenación eterna.
Y en la parábola de la red, la red es, como el campo en la parábola de la cizaña, la Iglesia Católica[1], los peces buenos son los buenos católicos, los peces malos son los malos católicos. La red es arrastrada a la orilla, la cual orilla representa el fin del mundo. Los ángeles separan a los buenos de los malos y a los malos los arrojan al infierno. Por este motivo, porque nos anuncia la posibilidad del infierno, San Juan Crisóstomo la llama “parábola espantosa”[2]. Un mensaje muy parecido al de la parábola del trigo y la cizaña, si bien no igual. Hay matices muy interesantes, de los cuales vamos a mencionar dos.
En la parábola de la red se subraya la universalidad de la Iglesia, que por esta razón es llamada ‘Católica’, que significa ‘universal’[3]. Precisamente ésta, es decir, la universalidad, es la característica esencial que Santo Tomás le asigna a la parábola de la red[4]. En la Iglesia hay “griegos y bárbaros” (Rm 1,14), “judíos y griegos, esclavos y libres” (1Cor 12,13; Gál 3,28) y el Evangelio debe ser predicado “a toda creatura” (Mc 16,15).
Santo Tomás, explicando la parábola de la red echada al mar y, más concretamente, el hecho que los malos son arrojados al infierno, hace notar este otro matiz: en la parábola de la red echada al mar, los malos son aquellos que han ido al infierno sin ser excomulgados de la Iglesia, mientras que en la parábola de la cizaña se trata de aquellos que, por su divergencia con los dogmas de la Iglesia, sí han sido excomulgados[5]. En definitiva, Santo Tomás ve en la parábola de la cizaña el pecado gravísimo de herejía, que no aparece en la parábola de la red.
Las dos parábolas sobre las cuales debemos predicar hoy, la del tesoro y la de la perla, tienen el mismo mensaje, con sus matices propios cada una. Respecto a esto dice San Juan Crisóstomo: “Al modo como las anteriores parábolas del grano de mostaza y de la levadura no se diferenciaban mucho entre sí, así tampoco las del tesoro escondido y las piedras preciosas”[6]. Veamos primero cuál es el mensaje común a las dos parábolas.
1. El mensaje común a las dos parábolas
Tanto el hombre que trabaja en el campo como el mercader que busca perlas para comerciar representan a todo hombre que busca la felicidad. Por felicidad se entiende la realización plena de todas sus aspiraciones más profundas, el encontrar el sentido de la vida y la realización plena de la propia persona. Jesucristo, que conoce nuestra naturaleza humana, para que entendiéramos lo que es la felicidad la compara a un tesoro o a una perla, que son bienes materiales muy valiosos.
Ahora bien, aquello en lo cual vamos a encontrar realizadas todas nuestras aspiraciones más profundas y la realización plena de nuestras personas es el Reino de los Cielos, es decir, el Evangelio. Pero en Mc 1,1 se dice: “Inicio del evangelio de Jesu-Cristo, Hijo de Dios”, que, en realidad habría que traducir: “Fundamento del Evangelio que es Jesucristo, Hijo de Dios”.
Por eso, tanto el tesoro como la perla representan a Jesucristo. Santo Tomás, siguiendo a San Jerónimo, lo dice de una manera muy hermosa: “Según Jerónimo el tesoro es el Verbo de Dios, del cual dice San Pablo: ‘En Él están escondidos todos los tesoros de sabiduría y ciencia’ (Col 2,3), tesoros que escondió en el campo de su cuerpo, porque el Verbo estaba como escondido en la carne”[7]. Y respecto a la perla, dice Santo Tomás siguiendo a San Agustín: “Cuando encuentra la perla, es decir, a Cristo, en quien están todos los bienes en sumo grado, va y vende todo lo que tiene”[8].
El que encuentra a Jesucristo y lo posee como algo propio encontró la razón de su existir. El hombre encuentra el sentido de su vida cuando se une a Jesucristo. Por esta razón, al decir ‘Jesucristo’, decimos también una serie de realidades sobrenaturales que le están intrínsecamente unidas: 1. La Eucaristía, que es el mismo Jesucristo; 2. La gracia santificante, sin la cual es imposible unirse a Jesucristo ni por unión mística ni por unión eucarística. 3. La fe, es decir, el asentimiento al cuerpo de verdades que se resumen en el Credo o en la palabra ‘Evangelio’. La fe es el inicio de la salvación. 4. La consecuencia final de todo esto que es el conseguimiento de la vida eterna, la salvación definitiva y la realización plena de la persona por toda la eternidad por la visión cara a cara de la esencia divina.
En ambos casos, para alcanzar a Jesucristo es absolutamente necesario desprenderse de absolutamente todo. Esto está expresado de una manera muy simple en el primer mandamiento: “Amar a Dios sobre todas las cosas”.
Pero en ambos casos, el vender todos los bienes significa jugársela entero para cumplir el primer mandamiento venciendo todos los impedimentos, tanto interiores como exteriores. Vender todo para poder amar a Dios sobre todas las cosas y alcanzar a Jesucristo por toda una eternidad significa, en primer lugar, negar completamente las tres concupiscencias que llevamos en el alma como producto o secuelas del pecado original: la concupiscencia de la carne, la concupiscencia de los ojos y la soberbia de la vida (cf. 1Jn 2,16). La concupiscencia de la carne es el deseo del placer, la concupiscencia de los ojos es el deseo de tener bienes materiales y la soberbia de la vida es el orgullo y el deseo de dominar y de tener poder. Vender todo significa, entonces, someter el placer a la voluntad de Dios; ordenar el deseo de tener para aspirar solamente al ‘pan nuestro de cada día’; someter a través de la humildad y la mansedumbre el amor desordenado a nuestra propia excelencia.
En segundo lugar, vender todo significa estar dispuesto a afrontar todas las dificultades exteriores con tal de no perder la gracia de Dios: pérdida de bienes materiales, burlas y persecuciones del mundo, tentaciones del maligno y hasta perder la vida antes que consentir en un pecado mortal o apostatar de la fe. Por eso dice Santo Tomás citando a San Agustín: “Por lo tanto debes vender todo por Cristo: las cosas terrenas, los bienes del alma, los bienes del cuerpo, porque cuando vendes estas cosas, te posees a ti mismo y eres señor de ti mismo”[9].
Todo esto, tanto en la parábola del tesoro como en la de la perla, es presentado por Jesús no como una pérdida sino como un gran negocio. “Sepa el que renuncia a sus bienes, que no ha sufrido una pérdida, sino que ha hecho un negocio”, dice San Juan Crisóstomo[10]. “El hombre siempre quiere cambiar un bien menor por un bien mayor”, dice San Gregorio Magno[11]. Jesucristo nos dice que vale la pena perder la propia vida con tal de alcanzarlo a Él eternamente. San Pablo lo dice con palabras definitivas: “Juzgo que todo es pérdida ante la sublimidad del conocimiento de Cristo Jesús, mi Señor, por quien perdí todas las cosas, y las tengo por estiércol[12] para ganar a Cristo” (Filp 3,8).
Hay un hecho histórico narrado en los evangelios que concretiza lo que las parábolas exponen en figura. Es la historia del joven rico (Mt 19,16-22; Mc 10,17-22; Lc 18,18-23). Este joven está buscando el sentido de su existencia, la felicidad verdadera y la realización plena de su persona. Y él mismo concretiza todo eso en la vida eterna. Está perfectamente bien encaminado. Y que busca todo esto con sinceridad se nota en el hecho que desde pequeño cumple la ley de Dios. Y un día, de golpe, se encuentra con el tesoro que estaba buscando: Jesucristo, en quien se resumen la Ley y los Profetas. Y hasta reconoce que es un tesoro, porque lo llama ‘maestro bueno’ (Lc 18,18). Jesús le hace notar cuál es la condición para adquirir ese tesoro: “Ve, vende cuanto tienes, dáselo a los pobres y tendrás un tesoro en el cielo, y luego, ven y sígueme” (Mc 10,21). Pero este joven no era un buen negociante porque no fue capaz de renunciar a sí mismo ni renunciar a las riquezas materiales que tenía para alcanzar el tesoro o la perla, porque el evangelio dice: “Pero él, abatido por estas palabras, se marchó entristecido, porque tenía muchos bienes” (Mc 10,22).
En el caso particular de este joven, el medio concreto para adquirir el tesoro era seguir a Cristo en la vida religiosa a través de los tres votos: pobreza, obediencia y castidad[13]. Jesús elige a hombres y mujeres determinados a los que invita a una unión mucho más intensa con Él, pero para los cuales la renuncia debe ser mayor que en el común de los bautizados. El precio es mayor, pero el tesoro y la perla son más preciosos. Por tratarse de un consejo y de una invitación, el rechazar la vocación sacerdotal o religiosa no es pecado mortal[14], pero sí pone en riesgo su salvación eterna, porque Jesucristo había previsto darle una serie de gracias que confluirían en su salvación eterna, pero dentro del estado religioso o sacerdotal. Notemos que San Alberto Hurtado dice que “no compromete directamente la salvación eterna de su alma”, pero sí la compromete indirectamente. Puede perder el tesoro o la perla para siempre por falta de generosidad.
2. Un rasgo propio de la parábola del tesoro: la alegría
Jesús dice que el hombre que encontró el tesoro vendió todos sus bienes “a causa de la alegría” (apò tês jarâs) que le dio el encontrar el tesoro. Hay una contraposición clara con el segundo terreno de la parábola del sembrador. Allí se decía que ese terreno de poco espesor de tierra era el hombre que recibía la Palabra con alegría (metà jarâs) pero, por ser superficial, cuando venía una tribulación a causa de la Palabra, abandonaba a Cristo (Mt 13,20-21).
La alegría es un signo claro de la mano de Dios. Dice San Ignacio de Loyola: “Proprio es de Dios y de sus ángeles en sus mociones dar verdadera alegría y gozo spiritual, quitando toda tristeza y turbación, que el enemigo induce; del cual es proprio militar contra la tal alegría y consolación spiritual, trayendo razones aparentes, sutilezas y asiduas falacias”[15].
La alegría espiritual puede ser una fuerza poderosa que nos impulse a vender todo para alcanzar a Cristo. Hay varios ejemplos en los evangelios de esta alegría que conduce a la consecución del tesoro.
Los Reyes Magos “viendo la estrella se alegraron con una alegría inmensamente grande (ejáresan jaràn megálen sfódra). Y entrando en la casa vieron al Niño con María, su madre, y postrándose lo adoraron; y abriendo sus tesoros (toùs thesauroùs autôn) le ofrecieron dones: oro, incienso y mirra” (Mt 2,10-11). Los Reyes Magos fueron capaces de desprenderse de sus propios tesoros (en plural) para alcanzar el Tesoro por antonomasia (en singular absoluto).
También en el nacimiento de Jesús, el ángel les dice a los pastores: “Les anuncio una gran alegría (jaràn megálen) que será también una gran alegría para todo el pueblo: hoy les ha nacido un salvador que es el Cristo y el Señor” (Lc 2,10-11). Impulsados por esta alegría, los pastores encontraron a Jesús, el Tesoro: “Fueron a toda prisa, y hallaron a María y a José, y al niño acostado en el pesebre” (Lc 2,16).
San Juan Bautista también sintió esa alegría de haber encontrado el Tesoro. Él dice: “El que tiene la esposa es el esposo. Pero el amigo del esposo, que está allí, se alegra mucho (jarâ jaírei) al escuchar la voz del esposo. Esta es, pues, mi alegría, que ha alcanzado su plenitud” (Jn 3,29). San Juan Bautista, impulsado por esa alegría, va a entregar hasta su propia sangre y su propia vida para poder adquirir el Tesoro. Ninguna tribulación a causa de la Palabra impedirá que dé fruto al 100 x 1.
3. Un rasgo propio de la parábola de la perla: la belleza
Santo Tomás de Aquino dice que estas tres parábolas que hemos leído hoy muestran la esplendidez (dignitas) del Reino de los cielos. La parábola del tesoro muestra la esplendidez en cuanto a la abundancia (copiositas), la parábola de la red muestra la esplendidez en cuanto a la universalidad (communitas) y la parábola de la perla muestra la esplendidez en cuanto a la belleza (pulchritudo). “‘El Reino de los Cielos es semejante a un mercader que anda buscando perlas finas’. Esto quiere expresar la belleza”[16].
Esta opinión de Santo Tomás no es una mera intuición teológica sino una conclusión estrictamente exegética pues el texto griego dice exactamente que el negociante buscaba kaloùs margarítas, es decir, ‘bellas perlas’. El adjetivo kalós significa, en primer lugar, ‘bello’, ‘hermoso’. También puede significar ‘bueno’, conservando un pequeño matiz de hermoso[17].
Por otro lado, si, como dijimos, la perla es Cristo, el mismo Cristo se definió a sí mismo como ho kalós: ‘el Bueno’ que al mismo tiempo es ‘el Hermoso’. En efecto, en Jn 10,11 Él dice: “Yo soy el Buen Pastor” (ho poimèn ho kalós). Por lo tanto, la conclusión de Santo Tomás, desde el punto estrictamente exegético, es exactísima. El Reino de los Cielos es como una perla hermosa y esa perla hermosa es Cristo, porque Cristo es el Hermoso por excelencia.
En este sentido, San Francisco de Asís repite dos veces en pequeño escrito compuesto después de haber recibido en el monte Verna los estigmas de Cristo: “¡Tú eres belleza... Tú eres belleza!”[18]. Y en la liturgia oriental se califica a Cristo como “el Bellísimo, de belleza superior a todos los mortales”[19].
Así como hay una distinción entre tesoro (abundancia) y perla (belleza), así también hay una distinción entre el hombre que cava en el campo y el negociante que busca perlas. Son dos tipos distintos de hombres. Uno es más rudo, tosco o rudimentario porque hace trabajos de obrero agrícola y aprecia más la abundancia. El otro es, sin ningún matiz peyorativo, un negociante, pero, al mismo tiempo, es un artista, con un espíritu más exquisito y selecto. Su mismo oficio consiste en saber percibir la belleza y apreciarla. Es lo que hoy llamaríamos un joyero. Un joyero que no sabe apreciar la belleza de una perla fina y hermosa no es un verdadero joyero y, además, nunca progresará económicamente.
La parábola de la perla está dirigida especialmente para aquellos que tienen una sensibilidad especial para la belleza, llamémoslos artistas o poetas. Particularmente el mundo de hoy, refractario a las palabras y los sermones, nunca dejará de sentirse seducido por la belleza, y esa belleza lo conducirá al Autor de la belleza. Éste es el sentido de la frase de Dostoievski: “La belleza salvará al mundo”[20]. Y no hace falta recurrir a argumentos intelectuales para demostrar que el Reino de los Cielos, es decir, el Evangelio, es decir, Cristo, es creador de belleza. Basta decir esto: Giotto, Fra Angélico, Miguel Ángel, Rafael y Mozart eran cristianos.
“La belleza es clave del misterio y llamada a lo trascendente. Es una invitación a gustar la vida y a soñar el futuro. Por eso la belleza de las cosas creadas no puede saciar del todo y suscita esa arcana nostalgia de Dios que un enamorado de la belleza como san Agustín ha sabido interpretar de manera inigualable: ‘¡Tarde te amé, belleza tan antigua y tan nueva, tarde te amé!’”[21].
Conclusión
Con el evangelio de este domingo termina la primera serie de parábolas propuestas por la Iglesia para ser leídas y predicadas durante el Ciclo A. En tres domingos leímos las siete parábolas que se encuentran en el capítulo 13 de San Mateo, que Santo Tomás las resume de la siguiente manera. En primer lugar, dos parábolas que hablan de los impedimentos para recibir la Palabra (la del sembrador, en el aspecto individual, y la de la cizaña, en el aspecto social). En segundo lugar, dos parábolas que hablan del crecimiento del Reino de los Cielos (la del grano de mostaza y la de la levadura en la masa). En tercer lugar, tres parábolas que hablan de la esplendidez del Reino de los Cielos (la del tesoro, que expresa abundancia; la de la perla, que expresa belleza; y la de la red, que expresa la universalidad).
Pero no debemos contentarnos con haber escuchado las parábolas y las predicaciones sobre ellas. Jesús nos exige más. Efectivamente, la exposición de las siete parábolas termina de la siguiente manera: “Dijo Jesús: ‘¿Habéis entendido todo esto?’ Le responden: ‘Sí’. Y él les dijo: ‘Así, todo escriba que se ha hecho discípulo del Reino de los Cielos es semejante al dueño de una casa que saca de sus arcas lo nuevo y lo viejo” (Mt 13,51-52).
¿Qué sentido tienen estos versículos? Hay aquí dos cosas importantes, las dos muy relacionadas entre sí. En primer lugar, Jesús quiere asegurarse de que han entendido y por eso los examina y hace la pregunta. En segundo lugar, la razón por la cual hace esto es porque los va a destinar al oficio de maestros de la Sagrada Escritura. Por eso dice Santo Tomás: “Dado que iban a ser futuros maestros, por eso era necesario que entendieran”[22]. Ellos serán los ‘escribas’ que extraerán tanto del Nuevo como del Antiguo Testamento las verdades necesarias para la salvación de los hombres.
Para decir ‘escribas’ (lo que Santo Tomás llama ‘maestros’) el original griego dice grammateús, que significa ‘hombre de letras’, ya que gramma significa ‘escrito’. En los evangelios se usa la gran mayoría de las veces en sentido peyorativo, para designar a aquellos hombres corrompidos por la doctrina farisaica y que finalmente matarán a Cristo.
Sin embargo, Jesús usa dos veces la palabra grammateús aplicado a sus discípulos. Una en el evangelio de hoy y otra en Mt 23,34. Allí, hablándoles precisamente a los escribas y fariseos, les dice: “He aquí que yo envío a vosotros profetas, sabios y escribas (grammateîs): a unos los mataréis y los crucificaréis, a otros los azotaréis en vuestras sinagogas y los perseguiréis de ciudad en ciudad”. Por lo tanto, Jesús quiere que sus discípulos sean hombres de letras. Aunque habría que escribir ‘Letras’ con mayúsculas, porque se trata de las Sagradas Escrituras.
El verdadero ‘hombre de letras’ es el hombre de ‘las Letras Sagradas’, el hombre que escudriña la Escritura. Jesús se define a sí mismo como ‘el escudriñador de los corazones’ (Apoc 2,23) y, al mismo tiempo, nos exhorta: “Escudriñad las Escrituras” (Jn 5,39). Nosotros, uniendo ambos versículos, debemos ser ‘escudriñadores’ y ‘escrutadores de la Escritura’. Entonces seremos verdaderos ‘hombres de Letras’.
Pero esos ‘hombres de Letras’ no deben ser ratones de biblioteca. Serán grammateús, serán ‘maestros’, pero deberán ser, al mismo tiempo, profetas y sabios dispuestos a morir por Cristo. Por eso dice Santo Tomás que Jesús los examina en tres cosas. Primero, en si entendieron: “¿Entendieron esto?” (Mt 13,51). Segundo, en si aman: “Simón, ¿me amas más que estos?” (Jn 21,15). Tercero, en su disponibilidad para la pasión: “¿Podéis beber el cáliz que yo voy a beber?” (Mt 20,22)[23].
¡Qué pocos hombres de Letras que hay entre los católicos, sea entre los laicos como entre los sacerdotes! Pero hombres de letras en el sentido profundo de Mt 23,34: expertos en las Sagradas Escrituras, buenos entendedores, sabios y profetas que sepan aceptar el destino del profeta: morir en Jerusalén (cf. Lc 13,33).
Pidámosle, entonces, a la Virgen María la gracia de entender, de amar y de estar disponibles para la pasión para así ser hombres de Letras, maestros, sabios y profetas.
[1] “Esta red es cierto instrumento, el cual cubre una gran parte del mar; por lo tanto puede significar tanto la doctrina como la Iglesia”. “Ista sagena est quoddam instrumentum, quod circumdat magnam partem maris; unde potest per eam significari vel doctrina, vel Ecclesia” (Sancti Tomae de Aquino, Super Evangelium S. Matthaei lectura, Lectio 4; traducción nuestra).
[2] San Juan Crisóstomo, Homilía 47, párrafo 2, en Obras de San Juan Crisóstomo (II), BAC, Madrid, 1956, p. 21-25.
[3] En la parábola de la cizaña se sobrentiende la universalidad, pero no está de una manera tan explícita como en la parábola de la red.
[4] “Y recogió peces de todo género: he aquí la universalidad. La Ley de Moisés, en cambio, había sido dada a un solo pueblo. La Ley evangélica congrega a todos. Por eso dice San Pablo: “Me debo a todos, griegos y bárbaros, sabios e ignorantes” (Rm 1,14). Y también: “Id, predicad el Evangelio a toda creatura” (Mc 16,15)”. “Et ex omni genere piscium congreganti. Ecce communitas. Lex enim non erat data nisi uni genti; Ps. CXLVII, 20: non fecit taliter omni nationi, et iudicia sua non manifestavit eis. Lex evangelica congregat omnes; ad Rom. I, 14: Graecis et barbaris, sapientibus et insipientibus debitor sum. Et Mc. ult., 15: ite, praedicate Evangelium omni creaturae” (Sancti Tomae de Aquino, Super Evangelium S. Matthaei lectura, Lectio 4; traducción nuestra).
[5] “Ahora bien, surge una pregunta: ¿por qué repite esto el Señor siendo que parece ser el mismo mensaje que el de la parábola de la cizaña? Es el mismo en cierto sentido, pero aquí por la red se entiende a los buenos y a los malos, es decir, significa a aquellos que no son amputados de la Iglesia. En cambio, por la cizaña se significa aquellos que sí son amputados a causa de su divergencia con los dogmas, y estos últimos no pertenecen a la Iglesia”. “Sed est quaestio, quare iteravit hoc dominus, quia videtur idem esse quod parabola de zizania? Dicendum, quod idem est quantum ad aliquid, quia hic per sagenam intelliguntur et boni et mali; unde significat eos qui non sunt praecisi ab Ecclesia. Sed per zizaniam significantur illi qui sunt praecisi per diversitatem dogmatum, et hi non sunt de Ecclesia” (Sancti Tomae de Aquino, Super Evangelium S. Matthaei lectura, Lectio 4; traducción nuestra).
[6] San Juan Crisóstomo, Homilía 47, párrafo 2, en Obras de San Juan Crisóstomo (II), BAC, Madrid, 1956, p. 21-25.
[7] “Secundum Hieronymum est verbum Dei, de quo ad Col. II, 3: in quo sunt omnes thesauri sapientiae, et scientiae absconditi, quem abscondit in agro sui corporis, quia latebat in carne” (Sancti Tomae de Aquino, Super Evangelium S. Matthaei lectura, lectio 4; traducción nuestra).
[8] “Et cum invenerit eam, scilicet Christum, in quo omnes virtutes sunt in summo, abiit et vendidit omnia” (Sancti Tomae de Aquino, Super Evangelium S. Matthaei lectura, lectio 4; traducción nuestra).
[9] “Unde debes omnia vendere pro isto, et terrena, et animam, et corpus, quia cum vendis ista, teipsum habes, et es dominus tui” (Sancti Tomae de Aquino, Super Evangelium S. Matthaei lectura, lectio 4; traducción nuestra).
[10] San Juan Crisóstomo, Homilía 47, párrafo 2, en Obras de San Juan Crisóstomo (II), BAC, Madrid, 1956, p. 21-25.
[11] “Homo semper vult commutare minus bonum pro maiori bono”, (San Gregorio Magno, citado en Sancti Tomae de Aquino, Super Evangelium S. Matthaei lectura, lectio 4; traducción nuestra).
[12] La palabra griega skýbalon y que San Jerónimo traduce como stercora, en el griego clásico significa ‘estiércol’, ‘excremento’ (Schenkl, F. – Brunetti, F., Dizionario Greco – Italiano – Greco, Fratelli Melita Editori, La Spezia, 1990, p. 801). En el NT aparece una sola vez, aquí, en Filp 3,8.
[13] Dice San Juan Pablo II respecto a la frase ‘vende todo lo que tienes, dalo a los pobres y sígueme’: “En el Evangelio estas palabras se refieren ciertamente a la vocación sacerdotal o religiosa” (San Juan Pablo II, Carta Apostólica Dilecti Amici, en el Año Internacional de la Juventud, 1985, nº 9).
[14] “La vocación no es en general un llamamiento obligatorio para el joven sino una invitación a su generosidad que no compromete directamente la salvación eterna de su alma en caso de no seguirla” (San Alberto Hurtado, ¿Es Chile un país católico?, Editorial Los Andes, Santiago de Chile, 1992, p. 123).
[15] San Ignacio de Loyola, Libro de los Ejercicios Espirituales, nº 329.
[16] “Simile est regnum caelorum homini negotiatori quaerenti bonas margaritas. Hic ostenditur pulchritudo” (Sancti Tomae de Aquino, Super Evangelium S. Matthaei lectura, lectio 4; traducción nuestra).
[17] Cf. Fontoynont, V., Vocabulario Griego, Editorial Sal Terrae, Santander, 1966, p. 18.
[18] San Francisco de Asís, Alabanzas al Dios altísimo, vv. 7 y 10: Fonti Francescane, n. 261, Padua 1982, p. 177, citado en San Juan Pablo II, Carta a los artistas, 1999, nº 6.
[19] Enkomia del Orthós del Santo y Gran Sábado, citado en San Juan Pablo II, Carta a los artistas, 1999, nº 6.
[20] Dostovieski, F. El Idiota, parte III, cap. V, citado en San Juan Pablo II, Carta a los artistas, 1999, nº 16.
[21] San Juan Pablo II, Carta a los artistas, 1999, nº 16.
[22] “Quia futuri erant magistri, ideo oportebat quod intelligerent” (Sancti Tomae de Aquino, Super Evangelium S. Matthaei lectura, lectio 4; traducción nuestra).
[23] “Et nota quod de tribus examinabantur. Primo de intellectu intellexistis haec omnia? Item de amore, Io. ult., 15: Simon, amas me plus his? Item de possibilitate ad passionem; infra XX, 22: potestis bibere calicem, quem ego bibiturus sum?” (Sancti Tomae de Aquino, Super Evangelium S. Matthaei lectura, lectio 4; traducción nuestra).