P. José A. Marcone, I.V.E.
P. José A. Marcone, IVE
El primer anuncio de la pasión
(Mt 16,21-27)
Introducción
El domingo pasado leímos el evangelio donde Pedro hace su confesión de fe recta en Jesucristo proclamándolo Mesías y verdadero Dios. Como consecuencia de esa confesión Jesús le confiere el Primado sobre toda la Iglesia, de manera perpetua.
Inmediatamente después de este hecho, Jesús anuncia por primera vez1 que va a morir asesinado por los judíos.
1. Jesús anuncia su pasión, muerte y resurrección
La ocasión en que Jesús anuncia su muerte tiene mucha importancia. Al hacerlo inmediatamente después de la confesión de Pedro quería aclarar cuál era la naturaleza del Mesías. Los judíos, y por contagio también los Apóstoles y los discípulos, esperaban un Mesías poderoso en obras, que iba a liberar al pueblo judío con poder humano, un Mesías espectacular y político, que con fuerzas humanas iba a acabar con los enemigos del pueblo judío. Esta concepción estaba originada en la corrupción teológica de los fariseos. Ellos habían falseado la interpretación de la Sagrada Escritura y habían cercenado todo lo que en ellas se decía del Mesías sufriente. En efecto, Isaías presenta al Mesías como el Siervo sufriente, aquel que carga sobre sus hombros el pecado del mundo y es llevado al matadero como un cordero manso (cf. Is 53,1-12). Pero los fariseos habían borrado de un plumazo todo el aspecto doloroso de las profecías sobre el Mesías, para poder maquillar la verdadera fisonomía del Mesías y presentar un Mesías más aceptable para la sensibilidad humana, quitando de esa manera lo esencial del Mesías, es decir, su misión de redimir al hombre del pecado a través de su sufrimiento. Esto también estaba profetizado en Isaías: “¡Y con todo eran nuestras dolencias las que él llevaba y nuestros dolores los que soportaba! (…) Él ha sido herido por nuestras rebeldías, molido por nuestras culpas. El soportó el castigo que nos trae la paz, y con sus cardenales hemos sido curados. (…) Yahveh descargó sobre él la culpa de todos nosotros. Mi siervo justificará a muchos, porque cargó sobre sí los crímenes de ellos. Le daré una multitud como parte, y tendrá como despojo una muchedumbre, porque se entregó a sí mismo a la muerte y fue contado entre los malhechores; él tomó sobre sí el pecado de las multitudes e intercedió por los pecadores” (Is 53,4-6; 11-12).
Ahora que Pedro (y junto con él todos los Apóstoles) había declarado con toda claridad cuál era la personalidad de Cristo, Dios y Mesías, era necesario aclarar qué tipo de Mesías era. En el evangelio de San Marcos se indica las cuatro experiencias que el Mesías debe pasar para configurarse como el Mesías del sufrimiento: padecer mucho, ser rechazado, ser muerto y resucitar (Mc 8,31). Y esto es presentado con una necesidad teológica: es necesario que el Hijo del hombre padezca; el Hijo del hombre debe padecer. Esta es una expresión técnica en teología y en exégesis, llamada pasivo teológico. La frase ‘es necesario’ está en voz pasiva, y expresa una voluntad absoluta de Dios que no puede dejar de cumplirse. Por lo tanto, el hecho de que Cristo la exprese de esta manera indica que se trata de una revelación divina. Al presentar la necesidad de su sufrimiento con esa frase está expresando que es Dios quien le ha comunicado esa verdad y Él se la manifiesta a sus Apóstoles como una verdad divina que debe ser aceptada porque viene directamente de Dios.
2. La reprensión de Pedro y la respuesta de Jesús
Y es precisamente aquí donde Pedro muestra sus limitaciones. Si antes había manifestado una gran delicadeza para identificar una revelación del Padre indicándole que Jesucristo es Dios y es el Mesías, ahora equivoca el rumbo interpretando la frase de Jesús como no venida de Dios; es decir, no acepta la palabra de Cristo acerca de su sufrimiento como una revelación de Dios. Su concepción humana del Mesías y su repugnancia natural al sufrimiento lo hacen rechazar el aspecto doloroso del Mesías y lo hacen desconocer una revelación divina.
El verbo que usa Pedro para amonestar a Jesús es el verbo reprender (en griego: epitimán); y, en San Marcos, Jesús usa el mismo verbo para reprender a Pedro. “Tomándole aparte, Pedro, se puso a reprenderle. Pero él, volviéndose y mirando a sus discípulos, reprendió a Pedro, diciéndole: «¡Ve detrás de mí, Satanás! porque tus pensamientos no son los de Dios, sino los de los hombres»” (Mc 8,32-33). Y el verbo epitimán es el que usa el evangelista San Marcos para describir la acción de Jesús cuando expulsa demonios (Mc 1,25; 3,12; 9,25). Por lo tanto, es como si Pedro, al escuchar las palabras de Jesús sobre el sufrimiento y la muerte, viera en Jesús un mal espíritu que es necesario arrojarlo de Jesús. Y Jesús lo mismo respecto a Pedro. Uno quiere liberar al otro de su espíritu2. Pero la frase de Jesús quita toda incertidumbre. Es Pedro el que, al rechazar el sufrimiento, se ha puesto en la línea del Mesías que Satanás deseaba: un Mesías que rechazara la cruz y la muerte, tal como el mismo demonio trató de hacer con Jesús en las tentaciones del desierto.
En ningún paso del evangelio se narra un disenso tan fuerte entre Jesús y Pedro. Pedro no siente que esa sea la disposición de Dios, no está abierto a la revelación del Padre que Jesús les proclama: “Es necesario que el Hijo del hombre sufra mucho y sea matado”. Jesús no acepta la situación confidencial y privada que Pedro busca, sino que, implicando a los otros discípulos, lo reprende abiertamente. En realidad, la frase que usa Jesús para indicar a Pedro lo que debe hacer es, literalmente, “ve detrás de mí” (en griego: hypáge opíso mou). Son las mismas palabras que usó Jesús para llamarlos a su vocación de discípulos. Quiere decir que Jesús reubica a Pedro en el lugar que le corresponde. Pedro no se había colocado como discípulo, sino como maestro de Jesús, como maestro del Maestro. Y esto Jesús no lo acepta de ninguna manera. Jesús ha hecho una verdadera revelación de la voluntad de Dios y Pedro, al oponerse a las palabras de su Maestro, se contrapuso a Dios mismo, se comportó exactamente como Satanás, que es el opositor de Dios por antonomasia3.
Santo Tomás de Aquino hace notar que la frase del original griego hypáge opíso mou (‘ve detrás de mí’) tienen un doble sentido. En primer lugar, el recién mencionado, es decir, el re-ubicar a Pedro en su lugar de discípulo. En segundo lugar, una especie de exorcismo dirigido a lo que, en ese momento, Pedro tiene de Satanás. En este sentido, la frase hypáge opíso mou se equipara a la interjección latina usada frecuentemente para rechazar a Satanás: Vade retro, Satana!, ‘¡retrocede o retírate, Satanás!’4.
San Pedro es digno de ser llamado ‘Satanás’ porque su actitud ante el mesianismo sufriente de Cristo se parece mucho a las tentaciones a las que Satanás sometió a Cristo. En efecto, las tres tentaciones de Satanás a Cristo (cf. Mt 4,1-11; Mc 1,12-13; Lc 4,1-13) tenían como objetivo apartar a Cristo del camino de cruz del Mesías. ‘Convierte estas piedras en pan’ es la insinuación de que use del carisma de hacer milagros para su propio provecho, abandonando la propia abnegación. ‘Arrójate de lo alto del templo porque los ángeles impedirán que te hagas daño’ es el horrible pecado de tentar a Dios, abandonando la humildad y entregándose a la soberbia y la presuntuosidad. ‘Póstrate y adórame’ es el pecado de idolatría o, aún más, de satanolatría, el más grave que puede existir.
Es por esta razón que Jesús le dice a Pedro que es un escándalo para Él. La palabra griega skándalon señala “aquella parte de la trampa donde agarra o se pega el cebo. De ahí que signifique también la misma trampa, que muchas veces consistía en un lazo. Por eso, la palabra skándalon significa también un lazo, obstáculo, una molestia, un tropiezo”5. Santo Tomás lo interpreta en la misma línea: “Dice: ‘Eres un escándalo para mí’, es decir, ‘quieres impedir mi propósito’”6. En el plano moral, el escándalo es aquello que impide a alguna persona el cumplimiento de la voluntad de Dios. Pedro, al querer evitar que Cristo asuma su sufrimiento y su muerte en cruz, se convierte en una tentación para Cristo que podría tener como resultado la no aceptación de la voluntad del Padre, cosa que Cristo rechaza abierta y resueltamente: “Padre, si es posible, aparta de mí este cáliz, pero no se haga mi voluntad sino la tuya” (Mt 26,39).
Otro aspecto que demuestra la ceguedad de Pedro y su horror por el sufrimiento es que no capta que Jesús también está revelando y anunciando su resurrección: “El Hijo del Hombre debe padecer mucho, ser rechazado (…), y ser llevado a la muerte y resucitar después de tres días” (Mc 8,31). También la resurrección formaba parte de esta revelación de la voluntad de Dios. Pero el temor al dolor y a la prueba había enajenado completamente sus espíritus.
De esta manera Jesús completa la revelación acerca del Mesías. Había aceptado como venidas del Padre las palabras de Pedro con las que lo reconocía Dios y Mesías. Ahora completa esa revelación precisando cómo sería el Mesías: no un Mesías espectacular y triunfador con medios humanos, sino un Mesías sufriente, lleno de dolor, que ofrecería su sufrimiento por la salvación del mundo.
3. La instrucción de Jesús
El evangelio de San Marcos narra con más detalle que Mateo cómo fue el gesto exacto de Jesús cuando reprendió a Pedro. San Mateo dice simplemente ‘se dio vuelta y le dijo…’ (Mt 16,23), en cambio San Marcos dice: “Dándose vuelta y mirando a los discípulos, reprendió a Pedro diciéndole…” (Mc 8,33). Hay un claro gesto de indignación de Jesucristo, que no acepta el momento de intimidad que le propone Pedro, se da vuelta y reprende a Pedro, pero mirando a los discípulos7. Jesucristo rompe las reglas de educación y se muestra tenso e indignado ante la presencia de un espíritu que no proviene de Dios. Pero no se contentará ni con su gesto airado ni con su durísima reprensión a Pedro.
En efecto, Jesucristo pasa al ataque y hace lo diametralmente opuesto a lo que Pedro le insinúa8, es decir, aconseja abiertamente que, el que quiera ser su discípulo, debe ser crucificado como Él. No sólo reprende a Pedro, sino que, inmediatamente, aconseja lo diametralmente opuesto a lo que Pedro le insinúa.
Lo primero, ‘el que quiera’, es decir, debe haber plena libertad en el seguimiento de Jesús. Santo Tomás dice: “Dice ‘el que quiera’, porque más y mejor es atraído el que voluntariamente es atraído, que el que es atraído violentamente”9.
Santo Tomás dice que la invitación de Cristo a tomar su cruz tiene dos sentidos. En primer lugar, un sentido estricto: “imitar la pasión de Cristo al modo como los mártires la imitaron corporalmente; por lo tanto, puede entenderse de la cruz física”10. En segundo lugar, puede entenderse en cuanto deben estar dispuestos a imitar la pasión de Cristo “espiritualmente los hombres espirituales, que mueren espiritualmente por Cristo”11.
Por lo tanto, el discípulo de Cristo, debe estar dispuesto a sufrir cualquier tipo de muerte por Dios. Y esta cruz, sea la cruz en sentido estricto (la cruz del martirio), sea la cruz espiritual siempre será, dice Santo Tomás en latín, “acerbissima et turpissima”12. Siguiendo lo que dicen los diccionarios debemos decir, entonces, que la cruz implica una muerte asperísima, crudelísima, rigurosísima, muy desapacible, muy acre, muy agria, penosísima, amarguísima, acerbísima, dolorosísima y muy despiadada. Y también la cruz siempre será repugnantísima, muy repulsiva, muy vergonzosa y muy infamante. El que no está dispuesto a afrontar todas estas características de la cruz, no puede ser discípulo de Cristo.
“La cruz, en su sentido espiritual, implica el morir espiritualmente a sí mismo. Ahora bien, la negación de sí mismo puede considerarse en tres sentidos. En primer lugar, cuando alguien reniega y renuncia al estado de pecado en el que se encontraba, como dice San Pablo: ‘Consideraos a vosotros mismos muertos al pecado’ (Rm 6,11). En segundo lugar, es el caso de aquel que no está en pecado, pero busca llegar a la perfección espiritual, como dice San Pablo: ‘No quiero decir que haya alcanzado ya la perfección, sino que corro tras ella con la pretensión de darle alcance’ (Filp 3,12). En tercer lugar, el caso de aquel que niega su propio afecto, como dice San Pablo: ‘Estoy concrucificado con Cristo’ (Gál 2,19)”13.
Santo Tomás nos indica una notable y jugosa observación etimológica: la palabra cruz (en latín, crux) proviene de una palabra que significa ‘tormento’, ‘suplicio’ (en latín, cruciatus), y no al revés. Esto indica que la palabra cruz lleva en su misma estructura etimológica el sentido de sufrimiento y tormento. Otras palabras de la misma familia son: el sustantivo cruciamentum, que significa ‘tormento’, ‘sufrimiento’; cruciatio significa ‘dolor’, ‘tormento’; cruciator significa ‘verdugo’; y el verbo crucio, que significa ‘atormentar’, ‘torturar’.
De esto brota, según Santo Tomás, otro sentido de llevar la cruz: “Cruz viene de tormento (cruciatus). Se atormenta o se crucifica (cruciatur) espiritualmente aquel cuya alma se crucifica (cruciatur) por la compasión para con el próximo, como dice San Pablo: ‘Llorar con los lloran’ (Rm 12,15). De la misma manera, se crucifica espiritualmente aquel que hace penitencia, como dice San Pablo: ‘Los que son de Cristo Jesús han crucificado su carne con sus vicios y concupiscencias” (Gál 5,24)”14.
No sólo hay que tomar la cruz, sino, además, seguir a Cristo. Se puede sufrir con Cristo pero no seguirlo. Eso sucede con aquellos que llevan sus sufrimientos con fe en Cristo, pero viven en pecado mortal. Esto es una contradicción, pues Cristo vino para destruir el pecado. Lo mismo sucede con aquellos que sufren por vanagloria, como dice el mismo Cristo: “Cuando ayunéis, no pongáis cara triste, como los hipócritas, que desfiguran su rostro para que los hombres vean que ayunan” (Mt 6,16)15.
Luego siguen dos frases: “Porque él que quiera salvar su vida, la perderá; y el que pierda su vida a causa de mí, la encontrará. ¿De qué le servirá al hombre ganar el mundo entero si pierde su vida?” (Mt 16,25-26). Para Santo Tomás estas frases tienen un sentido simple y claro, que se expresa de la siguiente manera.
El que quiera salvar su vida corporal y no quiera llevar su cruz material o su cruz espiritual perderá la vida eterna, es decir, se condenará eternamente en el infierno. Y el que pierda su vida corporal a través del martirio por Cristo o a través de la negación de las concupiscencias para crucificarse espiritualmente con Cristo, encontrará y ganará la vida eterna, salvándose del infierno. De tal manera que aquí la contraposición es clara: vida material y temporal a cambio de vida espiritual y eterna.
Santo Tomás lo dice hasta con cierto humor: “La salvación es doble. Una es la salvación del alma, y esta es la que corresponde a los justos. Otra es la salvación del cuerpo, que corresponde a todos, incluso a los burros. Por lo tanto, ‘el que quiera salvar su alma’, no abnegando la vida corporal y no tolerando la cruz, ‘la perderá’. En cambio, ‘el que la pierda’ ya sea entregándose a la muerte, ya sea abnegando sus propias delectaciones o abandonando los deseos carnales, ‘a causa de Mí’, ‘la encontrará’”16.
El que mejor expresa esta exhortación de Jesucristo es San Pablo, empleando, incluso, el mismo vocabulario de ‘perder’ (dsemióo) y ‘ganar’ (kerdaíno): “Lo que era para mí ganancia, lo he juzgado una pérdida a causa de Cristo. Y más aún: juzgo que todo es pérdida ante la sublimidad del conocimiento de Cristo Jesús, mi Señor, por quien perdí todas las cosas, y las tengo por basura para ganar a Cristo” (Filp 3,7-8).
Conclusión
El mejor modo de cumplir el mandato de Jesús es asumir nuestras cruces dentro del Santo Sacrificio de la Misa. El pan y el vino que serán la materia del Sacrificio de Cristo representan todos nuestros trabajos, nuestras preocupaciones, nuestros sufrimientos; en una palabra, nuestras cruces. Cuando el pan y el vino son llevados al altar en el momento de la procesión de ofrendas antes del ofertorio, es el momento en que nosotros debemos poner sobre la patena todas nuestras cruces.
Ese pan es fruto de la generosidad de Dios que nos ha dado el trigo, pero también es fruto de nuestro trabajo, a través del cual lo hemos cultivado. Ese pan ha sido, además, amasado por nosotros a través de nuestro trabajo diario y nuestras lágrimas se han mezclado con la masa. Y el vino también es fruto de nuestro trabajo: nosotros hemos pisado las uvas y gotas de lágrimas y hasta gotas de sangre se han mezclado con el mosto nuevo.
Por lo tanto, cuando el pan y el vino se conviertan en el Cuerpo y la Sangre de Cristo y se perfeccione el Sacrificio de Cristo en el altar, entonces todas nuestras cruces se unirán a la única cruz de Cristo y alcanzarán un valor infinito para salvar al mundo. Como dice una de las canciones de ofertorio: “Esfuerzos y trabajos / que en Cristo se agigantan, / y por su medio alcanzan / valor de redención”. Esta canción es perfecta teológicamente hablando. Nuestras cruces se agigantan porque se convierten en Cristo y, por Cristo, sirven para salvar al mundo.
Pidámosle esa gracia a la Santísima Virgen.
1 Luego lo hará dos veces más. El segundo anuncio está en Mt 17,22-23; Mc 9,30-32; Lc 9,43-45.El tercer anuncio está en: Mt 20,17-19; Mc 10,32-34; Lc 18,31-34.
2 Cf. Stock, K., Vangelo secondo Marco, Edizioni Messaggero Padova, Padova, 2002, p. 139.
3 Cf. Stock, K., Vangelo secondo Marco..., p. 139 – 140.
4 Dice textualmente Santo Tomás: “Es una admonición de Cristo. Puede significar: ‘ve detrás de mí, Pedro’, es decir, ‘sígueme’. O también: ‘¡retrocede, Satanás!’ La palabra ‘Satanás’ significa ‘adversario’. Por lo tanto, el que contradice el consejo divino, es llamado ‘Satanás’”. “Admonitio, quia vade, Petre. Unde est eadem sententia, quae dicta est supra Diabolo, vade retro, Satana. Vel vade post me, sequere me. Satanas est idem quod adversarius. Unde qui consilio divino contradicit, Satanas dicitur” (Sancti Tomae de Aquino, Super Evangelium S. Matthaei lectura, caput 16, lectio 3; traducción nuestra). Las palabras de Cristo en el original griego son las mismas en Mt que en Mc: hýpage opíso mou, Satanâ. Sin embargo, la Vulgata traduce, en Mt, vade post me, Satana; y en Mc, vade retro, Satana. Esto es una confirmación más que la frase dicha por Jesús tiene un doble sentido, perfectamente acorde con la inspiración bíblica, que admite un doble sentido de una misma frase, siempre y cuando no se excluyan mutuamente.
5 Schenkl, F. – Brunetti, F., Dizionario Greco – Italiano – Greco, Edizione Fratelli Melita Editori, La Spezia, 1990, p. 797. Lo mismo dice Vine, Multiléxico del NT, nº 4625.
6 “Scandalum mihi es; idest vis impedire meum propositum” (Sancti Tomae de Aquino, Ibidem; traducción nuestra). Muchas veces hemos leído que el skándalon en griego era el escalón que solía haber en la entrada de las casas para evitar que entraran insectos y, eventualmente, el agua. Y que se convertía, lógicamente, en ‘piedra de tropiezo’. Sin embargo, hay que notar que dicho escalón toma el nombre de la trampa llamada skándalon, y no al revés. Si a dicho escalón se lo llamaba skándalon es porque era una trampa.
7 Recordemos que el evangelio de San Marcos es el evangelio de Pedro recitado de memoria por San Marcos.
8 Precisamente, San Ignacio de Loyola, dice que, para poder vencer al diablo, no basta con oponerle resistencia, sino que hay que hacer ‘lo diametralmente opuesto’ a lo que el diablo insinúa o sugiere con su tentación. San Ignacio lo llama el oppósito per diametrum (San Ignacio de Loyola, Ejercicios Espirituales, nº 325, regla nº 12 de las Reglas de Discernimiento para la segunda semana.
9 “Et dicit vult, quia magis trahitur qui voluntarie trahitur, quam qui violenter” (Sancti Tomae de Aquino, Ibidem; traducción nuestra).
10 “Imitantur speciali modo martyres corporaliter. (…) Unde potest legi de cruce corporali” (Sancti Tomae de Aquino, Ibidem; traducción nuestra).
11 “Oportet quod sitis parati ad passionem Christi imitandam (…), sed spiritualiter spirituales homines, spiritualiter pro Christo morientes” (Sancti Tomae de Aquino, Ibidem; traducción nuestra).
12 “Et tollat crucem suam, et sequatur me: quod paratus sit pati crucem, sive mori morte acerbissima et turpissima” (Sancti Tomae de Aquino, Ibidem).
13 “Secundum Gregorium intelligitur de mortificatione spirituali. Est enim abnegatio sui ipsius tripliciter. Primo quando abnegat statum peccati praecedentis; Rom. VI, 11: existimate vos mortuos peccato. Item si non est in peccato, et transferret se ad statum perfectum; ad Phil. III, 12: si quo modo occurram ad resurrectionem quae est ex mortuis, non quod iam acceperim, aut iam perfectus sim: sequor autem si quo modo comprehendam, in quo et comprehensus sum a Christo Iesu. Item qui proprium affectum abnegat; ad Gal. II, 19: ego autem per legem legi mortuus sum ut Deo vivam: Christo confixus sum cruci” (Sancti Tomae de Aquino, Ibidem; traducción nuestra).
14 “Crux a cruciatu dicitur. Spiritualiter cruciatur, cuius mens cruciatur propter proximi compassionem, ut apostolus Rom. XII, 15: flere cum flentibus. Cruciatur similiter quis per poenitentiam; ad Gal. cap. V, 24: qui Christi sunt, carnem suam crucifixerunt cum vitiis et concupiscentiis” (Sancti Tomae de Aquino, Ibidem; traducción nuestra).
15 Cf. Sancti Tomae de Aquino, Ibidem.
16 “Est enim duplex salus; salus scilicet animae, et haec est iustorum; salus corporis, et haec omnium, etiam iumentorum (…). Unde dicamus qui voluerit animam suam salvam facere, vitam corporalem non abnegando non tollerando crucem, perdet eam. (...) . Qui autem perdiderit, vel tradendo in mortem, vel abnegando delectationes, propter me, inveniet eam. (...) Qui autem perdiderit propter me, scilicet qui carnalia desideria dimiserit, inveniet eam” (Sancti Tomae de Aquino, Ibidem; traducción nuestra). A nuestro modo de ver, podemos adivinar de modo legítimo el humor de Santo Tomás en el juego de palabras entre iustorum y iumentorun, es decir, ‘la vida de los justos’ y ‘la vida de los jumentos’. Es preferible negar la vida corporal propia de los jumentos para alcanzar la vida espiritual y eterna, propia de los justos.