P. José A. Marcone, I.V.E.
P. José A. Marcone, IVE
La correción fraterna
(Mt 18,15-20)
Introducción
En los Prenotanda de la Ordenación de las Lecturas de la Misa se nos da una indicación preciosa para saber cuál es el tema que la Iglesia quiere resaltar al presentar un determinado evangelio dominical. Esa indicación consiste en señalar que, en los domingos del Tiempo Ordinario, la lectura del AT, la primera lectura, está elegida en “composición armónica”1 con el evangelio. Y también dice que “los textos del AT se han distribuido sin un orden lógico, atendiendo solamente a su relación con el Evangelio”2. Por lo tanto, es la lectura del AT la que, generalmente, nos indicará el tema sobre el cual debe versar nuestra homilía dominical.
El evangelio de hoy tiene dos temas distintos: primero, la corrección fraterna (Mt 18,15-18); segundo, la oración en común (Mt 18,19-20). Pero la lectura del AT, tomada del profeta Ezequiel nos presenta el tema del evangelio de manera inequívoca: se trata de la necesidad de corregir al que peca para, incluso, salvar nuestra propia vida (Ez 33,7-9).
No cabe ninguna duda que los versículos del capítulo 18 de San Mateo que hemos leído hoy y que versan sobre la corrección fraterna, están en estrecho vínculo con los versículos anteriores, donde se habla del escándalo dentro de la Iglesia. “Si tu hermano peca, corrígelo”, dice el evangelio de hoy. Ese pecado del que habla es el pecado de escándalo que ha herido a los pequeños. En efecto, dice Santo Tomás: “Si tu hermano peca…, corrígelo. Aquí se trata de quitar el escándalo. (…) Acaba de decir que no hay que menospreciar a los pequeños (Mt 18,6). Ahora enseña qué hay que hacer si alguien los escandaliza”3. Y San Juan Crisóstomo dice que las palabras del evangelio de hoy Jesús las dice a los que han sido escandalizados para que sepan cómo comportarse con los escandalizadores4.
El escándalo que hay que quitar a través de la corrección fraterna es el escándalo inferido a los niños (cf. Mt 18,1-14). Aquí se entiende ‘niños’ en sentido estricto, es decir, aquellos que, por su corta edad, están todavía en el primer período de la vida de la persona, desde el momento de la concepción hasta el principio de la adolescencia. Y el tipo de ofensas que para estos niños constituye un escándalo es todo tipo de ofensas, desde el aborto hasta el abuso sexual, pasando por todo tipo de injurias.
Sin embargo, en el pensamiento de Cristo, ‘niño’ o ‘pequeño’ (en griego mikrós), como también los llama, son, también, la gente sencilla. Y el escándalo mayor que puede inferirse a esta gente sencilla es aquel escándalo que hiere su fe. Por eso Jesucristo dice: “Al que escandalice a uno de estos pequeños que creen en mí más le valdría que le colgaran una piedra de molino, etc.” (Mt 18,6). Las faltas graves que tienen por objeto la distorsión o la negación de la fe recta en Jesucristo forman parte de los pecados de escándalo que Cristo manda extirpar.
1. En qué consiste la corrección
Jesucristo dice: “Si tu hermano peca, corrígelo”. En el original griego se usa el verbo elégjo (pronunciar elénjo). Este verbo encierra en su capacidad de significación cuatro conceptos al mismo tiempo. No se trata de que este verbo a veces signifique un concepto y otras veces otro, sino que se trata de cuatro conceptos que entran, armónicamente, en la significación unitaria del verbo elégjo. Esos cuatro conceptos son: 1. Dar vergüenza. 2. Mostrar, demostrar, convencer. 3. Reprender. 4. Investigar. El significado unitario es, entonces, mostrar y convencer a alguien de su pecado o error, con pruebas evidentes, lo cual ocasionará vergüenza en el reprendido. Un autor resume muy bien lo que este verbo significa: “Primer sentido: objeto de vergüenza, reproche. Convencer y, al mismo tiempo, avergonzar a alguno con una acusación trayendo pruebas”5.
Por lo tanto, se trata de mostrar un pecado teniendo certeza de que realmente ha sido cometido. Se trata sólo de eso, de mostrar, y de mostrar brevemente; “breviter ostende”, dice Santo Tomás, es decir, ‘muestra brevemente’. Y aclara: “Cristo no dice ‘increpa’ o ‘exaspera’”6.
Esta orden que da Cristo se aplica a la comunidad católica, ya sea la comunidad eclesial local, ya sea la comunidad eclesial universal. No es un precepto para ser aplicado con los que pecan y no pertenecen a la Iglesia. Por eso dice: “Si tu hermano peca”, es decir, ‘el que tiene la misma fe que tú y pertenece a tu comunidad’.
En la parábola del trigo y la cizaña (Mt 13,24-29. 36-43) se hablaba de los escándalos dentro del campo de la Iglesia. Ahora se da un medio apropiadísimo para quitar esos escándalos de dentro de la Iglesia. Uno de los medios más poderosos para purgar nuestras comunidades católicas es la corrección fraterna hecha según el espíritu del evangelio de hoy.
En la comunidad de Israel, aquel que presta su nombre al mismo Hijo de Dios hecho hombre y le da su condición de rey, es decir, el Rey David, cometió un pecado gravísimo haciéndose traer a su cuarto matrimonial a Betsabé, esposa de Urías, y luego mandó matar a Urías para esconder su pecado. Una corrección fraterna muy bien hecha por el profeta Natán produce un gran arrepentimiento en el pecador pero humilde David y extirpa de la comunidad un escándalo de la forma más caritativa que hacerse pudiera (2Sam 12,1-7). El pecado de David, la corrección de Natán y el arrepentimiento del pecador han dado como fruto esa excelente obra literaria inspirada por el mismo Espíritu Santo que es el Salmo 50: “Misericordia, Dios mío, por tu bondad; / por tu inmensa compasión borra mi culpa; / lava del todo mi delito, / limpia mi pecado. / Pues yo reconozco mi culpa, / tengo siempre presente mi pecado” (Sal 50,1-3).
Una de esas comunidades a las que se refiere Jesucristo es la familia, ‘iglesia doméstica’. Los padres tienen poder judicial para corregir, pero también pueden elegir corregir al modo de un hermano, y esto tiene un poder de persuasión inmenso. Una corrección hecha por un papá o una mamá a su hijo al modo de la corrección fraterna según el espíritu del evangelio de hoy puede lograr la rectificación de la personalidad de un hijo y la restauración de la paz dentro de la comunidad familiar. El no emplear la corrección, ya sea judicial, ya sea fraternal por parte de los padres, es una de las grandes causas de los naufragios morales de los hombres de hoy.
2. El modo en que hay que hacer la corrección
El modo debe ser: “Corrígelo entre tú y él solos” (Mt 18,15). ¿Por qué? Porque Jesús no habla aquí de la corrección judicial sino de la corrección fraterna cuyo único motor es la caridad, es decir, el amor a Dios y al prójimo. Esta corrección tiene como única razón el amor que me impulsa a querer la salvación de mi hermano.
El hacerlo a solas es muy importante porque salvar la fama del que ha pecado es importantísimo para salvar su alma. Dice Santo Tomás: “En esto hay que tener en cuenta dos cosas: la conciencia y la fama del que ha pecado. Si realmente quieres salvarlo, debes también salvar su fama. Y esto lo haces corrigiéndolo entre tú y él solos. Si lo corriges ante todos, le quitas la fama”7. Si quieres salvar su conciencia salva también su fama, podríamos decir.
En este tema de la fama del que ha pecado hay que ser muy cuidadosos, y hasta escrupulosos, por dos razones. En primer lugar, porque el hecho de que una falta o pecado oculto o conocido por muy pocos sea hecho público, genera en el pecador una vergüenza tan grande que es posible que esa vergüenza lo aleje definitivamente de la comunidad eclesial a la que pertenece8. En segundo lugar, dice Santo Tomás que “frecuentemente sucede que cuando un hombre ve hacer público su pecado, entonces se hace de tal manera descarado que se expone a cometer todo tipo de pecado”9. Y cita Sir 4,25: “Hay una vergüenza que conduce a la gloria y a la gracia, y hay una vergüenza que conduce al pecado”. El que corrige en privado provoca en el pecador una vergüenza que lo puede conducir a la gracia. El que corrige en público provoca en el pecador una vergüenza que lo puede conducir a pecar más todavía e, incluso, a todo tipo de pecado.
Ahora bien, si llegara a haber un conflicto insalvable entre su conciencia y su fama, es preferible que pierda su fama antes que su conciencia naufrague10.
A este punto surge una objeción puesta por la misma Sagrada Escritura. En efecto, dice San Pablo: “Al que peca repréndelo delante de todos” (1Tim 5,20). Dice Santo Tomás que esto se refiere al que peca públicamente. De manera que el texto de San Pablo quiere decir lo siguiente: “Hay algunos que pecan públicamente y, por lo tanto, públicamente hay que reprenderlos. Otros, en cambio, pecan en secreto y, por lo tanto, en secreto hay que reprenderlos”11.
De todo esto se sigue una importante conclusión de San Agustín que sirve para interpretar correctamente el texto del evangelio de hoy: Jesucristo está hablando aquí del pecado grave (escándalo) conocido por uno solo o por muy pocos. Por eso San Agustín interpreta así el texto de hoy: “Si tu hermano peca, y lo sabes tú solo, ve y corrígelo entre tú y él solos”12.
“Si reconoce y se arrepiente, has ganado a tu hermano”. Respecto a esto Santo Tomás dice dos cosas importantes. Primero, se trata de corregir con rectitud de intención, para ganar al hermano para Dios y no con sed de venganza o por resentimiento: “Dice que lo has ganado para que sepas por cuál fin debes reprender; porque si reprendes por y para ti mismo, nada haces, porque cuando la corrección se hace en provecho propio, la corrección no es meritoria. Ahora bien, si se hace por Dios, entonces sí tiene valor”13. Segundo: “¿Acaso primero lo perdonas? No, sino que primero debes corregirlo. Por lo tanto, no manda que lo perdones, sino después de que se ha arrepentido”14.
Si el pecador no reconoce y, por lo tanto, no se arrepiente debe aplicarse el principio antes enunciado: “El bien de la conciencia del otro debe anteponerse al bien de su fama”. De todas maneras, quizá sea necesario repetir con Santo Tomás que “de tal modo debe ser purificada la conciencia que no se vea lesionada la fama. Por lo tanto, si puedes lograr el arrepentimiento de tu hermano del primer modo, genial. Si no puedes, entonces convoca algún o algunos testigos”15.
En este último caso, se debe llamar a los testigos por tres razones. Primero, “para que haya testigos de que la corrección fue efectivamente hecha, para que, si el pecador continúa en su pecado, no se te impute a ti”16. Se cumple aquí lo que dice el profeta Ezequiel en la primera lectura: “Si tú, en cambio, adviertes al malvado para que se convierta de su mala conducta, y él no se convierte, él morirá por su culpa, pero tú habrás salvado tu vida” (Ez 33,9). Segundo, “para que el pecador se convenza de su pecado; porque algunos son tan pertinaces que no reconocen su pecado y, por lo tanto, debes aducir testigos, para convencerlo eficazmente”17. Tercero, “para tratar de que no vuelva a cometer el mismo pecado u ofensa”18.
Si tampoco con los testigos reconoce su pecado, entonces ‘díceselo a la Iglesia’. “Que lo sepa toda la multitud, para que sea confundido; para que, el que no quiso corregirse sin confusión, con la confusión se corrija”19. Este es el momento en que la corrección fraterna deja de ser corrección fraterna y se convierte en denuncia judicial20.
Si ni siquiera a la Iglesia escucha ‘que sea para ti como un pagano o un publicano’. Esto quiere decir que debe ser expulsado de la comunidad eclesial, ya se trate de una comunidad local, ya se trate de la Comunidad Universal, es decir, la Iglesia Católica en sentido estricto. “Por lo tanto, al modo de los que son separados, que sean excomulgados por sentencia de la Iglesia, porque a la Iglesia no escucharon. De donde se sigue que el hombre, por la sola contumacia, puede ser excomulgado”21.
El que reciba esta pena debe saber que esa excomunión, si es hecha según del Derecho Canónico y todas las normas de la Iglesia de manera válida, tiene vigencia también ante Dios, es decir, en el cielo. Es eso lo que significa el versículo de Mt 18,18.
3. La obligación de corregir
Las palabras del profeta Ezequiel son perentorias: “Hijo de hombre, Yo te he puesto como centinela de la casa de Israel: cuando oigas una palabra de mi boca, tú les advertirás de mi parte. Cuando yo diga al malvado: «Vas a morir», si tú no hablas para advertir al malvado que abandone su mala conducta, el malvado morirá por su culpa, pero a ti te pediré cuenta de su sangre” (Ez 33,7-8). Por eso dice San Agustín: “Si no corriges, obras peor tú callando que aquel otro pecando”22.
Ahora bien, hay que tener en cuenta que esta corrección de la que habla Jesús es la corrección fraterna, que se hace por caridad. A los superiores jerárquicos, en cambio, les corresponde hacer esta corrección como algo inherente a su mismo cargo23.
“Sin embargo dice San Agustín que, a veces, debemos desistir de hacer la corrección, si temes que por la corrección hecha, el pecador no se enmiende o se vuelva peor que antes. Igualmente, si temes que la corrección provoque la persecución contra la Iglesia, no pecas”24.
Pero sigue diciendo San Agustín, citado por Santo Tomás: “Ahora bien, si desistes de hacer la corrección para no verte lesionado en tus bienes temporales o para que no te sobrevenga alguna molestia, o por causas parecidas, entonces sí pecas”25. Y agrega Santo Tomás: “A veces el Señor permite que los buenos sean castigados como si fuesen malos. ¿Por qué? Porque no corrigieron a los malos”26.
En el primer libro de Samuel se narra las dramáticas consecuencias que puede tener el no corregir a los que están a nuestro cargo para ser formados. Elí era un sacerdote de Yahveh. Entonces dice el texto sagrado: “Los hijos de Elí eran unos disolutos; no se cuidaban del Señor. El pecado de los jóvenes era muy grande ante el Señor, porque trataban con desprecio las ofrendas hechas al Señor” (1Sam 2,12.17). Entonces Yahveh se aparece al profeta Samuel y le dice: “Dile a Elí que yo condeno a su casa para siempre, porque él sabía que sus hijos maldecían a Dios y no los corrigió” (1Sam 3,13). Un tiempo después, estando Israel en guerra, un mensajero viene a traerle noticias a Elí: “‘Israel ha huido ante los filisteos; ha sido una gran derrota; murieron también tus dos hijos, Jofní y Fineés, y el arca de Dios fue capturada’. Al mencionar el arca de Dios, Elí cayó de su silla hacia atrás, frente a la puerta, se rompió la nuca y murió” (1Sam 4,17-18).
En nuestras comunidades católicas la causa principal por la cual no se hace la corrección fraterna o judicial es por temor a perder la estima del otro, sea un hermano en la fe, sea un hijo, sea alguien que está a nuestro cargo para ser formado, como un alumno o un seminarista. Y entonces se cae fácilmente en un defecto que es lo contrario de la corrección: la adulación. A mi modo de ver, hablando en general, la adulación es una enfermedad crónica de nuestras comunidades católicas.
Conclusión: la adulación
La adulación es una deformación de la amistad27. Una de las características absolutamente legítimas de la amistad es la de tratar de agradar al amigo. Ahora bien, hay situaciones en las que es necesario desagradar al amigo, ya sea por un bien que hay que conseguir o por un mal que hay que evitar. Si yo, por no desagradar al amigo, dejo de alcanzar ese bien y no evito el mal que hay que evitar, entonces caigo en la adulación.
“Ahora bien, si alguien hace esto con la sola intención de agradar, se llama, según Aristóteles, ‘complaciente’. Pero si lo hace con la intención de conseguir algún lucro o ganancia o interés, es llamado ‘lisonjero’ o ‘adulador’. Sin embargo, comúnmente, el nombre de ‘adulación’ se suele atribuir a todos aquellos que, por sobre el modo debido a la virtud, quieren, con hechos o palabras, agradar a los demás en la convivencia común”28.
En algunos casos, incluso, la adulación puede ser más grave que la pelea o el litigio, que también va contra la amistad. Y esto a causa de la intención, “por ejemplo, cuando se intenta por engaño un honor o ganancia indebidos”29. En el contexto de una comunidad formativa (llámese universidad, seminario, colegio, etc.), en ambientes con poca sicología viril, se le suele dar mayor gravedad a un litigio o pelea surgido a causa de un momento de enojo que a la adulación solapada que busca el honor o el escalar en los puestos de gobierno o de poder30. Y eso es un gran error. Del mismo modo que se corrigen los actos de litigio el formador debe corregir cualquier hierbita mala de adulación. Para eso es absolutamente necesario que el formador se abstenga totalmente de cualquier adulación e, incluso, de apariencia de adulación31.
San Pablo se preciaba de no haber sido nunca adulador. En efecto, dice en 1Tes 2,5-6: “Nunca nos presentamos, bien lo sabéis, con palabras de adulación (en lógo kolakeías), ni con pretextos de codicia, Dios es testigo, ni buscando gloria humana, ni de vosotros ni de nadie”.
‘Adulación’, entonces, en griego se dice kolakeía. Pero en griego también existe el término akolákeutos. La partícula a- al inicio de la palabra indica negación. Por lo tanto, este término griego significa “el no-adulante”. Pero también significa “el no-adulado”, es decir, según dice literalmente F. Schenkl: “Aquel que es inaccesible a la adulación, que no se deja vencer por la adulación, tal como usa el término Plutarco”32.
Todos deberíamos tener como ideal ser akolákeutos, es decir, hombres que jamás adulemos a nadie y que jamás nos dejemos adular por los demás, poniendo en práctica con valentía la corrección fraterna o judicial, ya sea a través de un modo formal, ya sea a través de un gesto, una broma e, incluso, una ironía.
Estos son los jóvenes que la Iglesia Católica debe formar, jóvenes que no se dejen ‘sobar el lomo’, como se suele decir, y que no acepten las famosas palmaditas en la espalda.
Pidámosle esa gracia a la Virgen María.
1 Congregación para el Culto Divino y la Disciplina de los Sacramentos, Ordenación de las lecturas de la Misa, Segunda Edición Típica, Prenotandos, nº 67.
2 Congregación para el Culto Divino y la Disciplina de los Sacramentos, Ibidem, nº 106.
3 Sancti Tomae de Aquino, Super Evangelium S. Matthaei lectura, caput 18, lectio 2; traducción nuestra.
4 Las palabras de San Juan Crisóstomo son las siguientes: “Como había el Señor dirigido tan duras palabras contra los escandalizadores y los había por todas partes aterrado, porque los escandalizados no se volvieran por ello negligentes y pensaran que todo se había dicho por los otros y, halagados, vinieran a dar en otra maldad y, queriéndolo corregir todo, terminaran en orgullo, mira cómo también a éstos los reprime ahora y les manda que la corrección se haga entre el ofendido y el ofensor solos” (San Juan Crisóstomo, Homilías sobre el Evangelio de San Mateo, homilía 60,1, BAC, Madrid, 1956, Tomo II, p. 258).
5 Fontoynont, V., Vocabulario griego, Editorial Sal Terrae, Santander, 19664, p. 160.
6 Sancti Tomae de Aquino, Ibidem; traducción nuestra.
7 SAncti Tomae de Aquino, Ibidem; traducción nuestra.
8 Pensamos en este momento en los innumerables casos en que algún parroquiano ha sido reprendido públicamente por algún pequeño acto de indisciplina durante la celebración de la Misa. La vergüenza provocada es tan grande y genera tanto resentimiento que muchas veces aleja definitivamente al fiel de la parroquia. Esa es una corrección mal hecha y fuera del espíritu del evangelio de hoy. El llanto de un niño durante la Misa (por poner sólo un ejemplo) debiera ser para el sacerdote celebrante una música agradable, inocente y transparente que, en vez de irritarlo, debiera llenarlo de placidez.
9 Sancti Tomae de Aquino, Ibidem; traducción nuestra.
10 “Sin embargo, la conciencia debe ser antepuesta a la fama” (Sancti Tomae de Aquino, Ibidem; traducción nuestra).
11 Sancti Tomae de Aquino, Ibidem; traducción nuestra.
12 “Dicit Augustinus quod, si te solo sciente, peccaverit corripe eum inter te et ipsum solum” (Sancti Tomae de Aquino, Ibidem; cursiva y traducción nuestra).
13 Sancti Tomae de Aquino, Ibidem; traducción nuestra.
14 Sancti Tomae de Aquino, Ibidem; traducción nuestra.
15 Sancti Tomae de Aquino, Ibidem; traducción nuestra.
16 Sancti Tomae de Aquino, Ibidem; traducción nuestra.
17 Sancti Tomae de Aquino, Ibidem; traducción nuestra.
18 Sancti Tomae de Aquino, Ibidem; traducción nuestra.
19 Sancti Tomae de Aquino, Ibidem; traducción nuestra.
20 “Díceselo a la Iglesia, es decir, a los jueces, para que se corrija” (Sancti Tomae de Aquino, Ibidem; traducción nuestra).
21 Sancti Tomae de Aquino, Ibidem; traducción nuestra). Santo Tomás habla aquí de la pena de excomunión de manera análoga. En sentido estricto, se refiere a la excomunión que sólo el Papa puede hacer para expulsar a alguien de la Iglesia Católica. En sentido análogo, se refiere a la expulsión de algún miembro de una cierta comunidad local, como puede ser una diócesis, una congregación religiosa, un grupo católico, etc.
22 San Agustín, citado en Sancti Tomae de Aquino, Ibidem; traducción nuestra.
23 “Sólo a los prelados les corresponde a causa de su cargo; al resto, por caridad” (Sancti Tomae de Aquino, Ibidem; traducción nuestra).
24 Sancti Tomae de Aquino, Ibidem; traducción nuestra.
25 San Agustín, en Sancti Tomae de Aquino, Ibidem; traducción nuestra.
26 Sancti Tomae de Aquino, Ibidem; traducción nuestra.
27 Cf. SAnto Tomás de Aquino, Suma Teológica, II-II, q. 115.
28 Santo Tomás de Aquino, Suma Teológica, II-II, q. 115, a. 1 c; traducción nuestra. La palabra latina que hemos traducido por ‘lisonjero’ es ‘blanditor’. Es interesante conocer la familia a la que pertenece esta palabra porque nos da una idea más acabada del defecto de ser lisonjero o adulador. La familia de palabras es la siguiente: Blanditor: lisonjeador, lisonjero, zalamero, adulador, adulón. Blandior (dep. 4 intr.; rige dativo): acariciar, lisonjear; favorecer. Blanditia: caricia, halago, incentivo. Blanditiae, -iarum (fem. pl.): palabras lisonjeras. Blandimentum, -i (n.; generalmente en pl.): caricia, lisonja; placer, encanto, halago de los sentidos. Blandus, a, um: cariñoso, lisonjero (blandus amicus: amigo adulador); atrayente, persuasivo. Blande: suavemente (Diccionario Vox).
29 Santo Tomás de Aquino, Suma Teológica, II-II, q. 116, a. 2 c..
30 Sin embargo, es necesario aclarar que, en cuanto a la especie de pecado, objetivamente es más grave el litigio que la adulación. Pero la gravedad puede variar de acuerdo a la intención del que peca (cf. Santo Tomás de Aquino, Suma Teológica, II-II, q. 116, a. 2 c.).
31 San Agustín tiene palabras muy duras para el pastor adulador. En su famoso sermón “Sobre los pastores” explica que el no fortalecer a las ovejas débiles consiste en no advertirles que van a tener que sufrir mucho si quieren ser fieles a Cristo. Esto lo hace el mal pastor que prefiere adular a sus ovejas con lisonjas para agradar los oídos de sus oyentes y de esa manera poder aprovecharse mejor de su leche y de su lana, que significan, respectivamente, sus bienes materiales y sus honores. Entre otras cosas dice: “¿Te imaginas qué clase de pastores son aquellos que, para no disgustar a sus oyentes, dejan no sólo de prepararlos para las pruebas, sino que incluso llegan a prometerles una felicidad que ni el mismo Señor jamás prometió? ¡Insensato pastor que buscas tus intereses personales!” (San Agustín, Sermón sobre los pastores, Sermón 46,11).
32 Schenkl, F. – Brunetti, F., Dizionario Greco – Italiano – Greco, Fratelli Melita Editori, La Spezia, 1990, p. 30; traducción nuestra.