P. José A. Marcone, I.V.E.
P. José A. Marcone, IVE
Los obreros de la última hora
(Mt 19,30 – 20,16)
Introducción
“La parábola de los Obreros de la Hora Undécima es la más difícil que hay en el Evangelio”1. Por esta razón, para poder interpretarla correctamente, será conveniente más que nunca, recordar el principio básico de las parábolas de Cristo: cada una de ellas dejan una sola enseñanza global y hay que resistir a la tentación de alegorizar, es decir, de encontrar para cada detalle de la parábola un significado particular. No que en ellas haya algo que sobre o que sea puro ornamento, como erróneamente afirmaba Maldonado. Se trata de un justo equilibrio: en las parábolas de Cristo no sobra nada, son perfectas, pero no son alegorías en las que cada detalle tiene un significado teológico.
Lo que se dice de Santo Tomás de Aquino acerca de sus obras teológicas se aplica de la misma manera a sus comentarios de la Sagrada Escritura: “En sus libros aprovecha más el hombre en un solo año que en el estudio de los demás durante toda la vida”2. Así sucede con esta parábola: más aprovecha el hombre leyendo media hora el comentario de Santo Tomás a San Mateo que leyendo muchas horas los otros comentarios3.
1. El mensaje central de la parábola
El primer gran acierto de Santo Tomás es ubicar nuestra parábola en su contexto amplio, es decir, en la unidad constituida por los capítulos 19 y 20 de San Mateo. Para Santo Tomás el tema principal de esos dos capítulos es la entrada en el Reino. Reino entendido en sentido amplio, es decir, tanto la Iglesia militante como la Iglesia triunfante. Dice Santo Tomás: “En el capítulo 19, el Señor trata acerca de la entrada al Reino por la vía común de salvación (se refiere al matrimonio, Mt 19,1-12) y por la vía de perfección (se refiere al sacerdocio y la vida consagrada, el joven rico, Mt 19,14-30). Y dado que algunos creen que pueden entrar de una manera indebida, por eso los rechaza. Y esto lo hace en el capítulo 20. Primero rechaza a aquellos que quieren entrar al Reino basados en la anterioridad temporal (propter temporis antiquitatem; se refiere a la parábola de hoy, Mt 20,1-16). En segundo lugar, rechaza a aquellos que quieren entrar al Reino basados en el origen carnal (propter carnis originem; se refiere a los hijos del Zebedeo que piden los primeros puestos por ser hijos del Zebedeo, Mt 20,17-34)”4.
Por lo tanto, según Santo Tomás, esta parábola está dirigida a rechazar y confutar a aquellos que pretenden entrar y pertenecer al Reino basados en prerrogativas humanas. Si bien Santo Tomás reserva la expresión propter carnis originem (‘a causa del origen carnal’) para los hijos del Zebedeo, sin embargo, el pretender entrar y pertenecer al reino propter temporis antiquitatem (‘a causa de la antigüedad o anterioridad en el tiempo’) es, propiamente hablando, también un ‘origen carnal’. Y Dios de ninguna manera se deja condicionar por los orígenes carnales o humanos. Éste es el núcleo, la esencia de la parábola de hoy.
Mil veces hemos escuchado la explicación de esta parábola aplicada a las distintas etapas de una vida humana (niñez, adolescencia, juventud, adultez, senectud). Y esto no está mal, siempre y cuando se haga la aclaración que hace Santo Tomás. No se trata estrictamente de un análisis del hombre según las etapas de su vida sino de explicar que no hay preeminencia alguna a causa de prerrogativas que tienen su origen en condicionamientos humanos, como es, en este caso, la anterioridad o antigüedad en la aceptación del Reino.
Quizá la palabra clave de la parábola de hoy sea ésta: origen. La parábola de hoy también podría resumirse de la siguiente manera: para Dios no vale nada el origen humano; para Dios no vale nada la procedencia humana.
El texto que mejor expresa, quizá, esta realidad es Jn 1,12-13. Allí se dice que, a los que recibieron al Verbo “se le dio potestad de ser hijos de Dios (…), a aquellos que no nacieron (egennéthesan) ni de sangre (ek haimáton) ni de voluntad de la carne (ek thelématos sarkós) ni de voluntad de hombre (ek thelématos andrós) sino que nacieron de Dios”. En este breve versículo están todas las palabras claves que sirven para rechazar y confutar a aquellos que quieren entrar al Reino por algún título humano, al igual que sucede con nuestra parábola de hoy, como dice Santo Tomás.
Efectivamente, en Jn 1,13 se dice que ‘no nacieron’. Se usa aquí el verbo gennáo, que significa ‘nacer’ y de donde provienen las palabras castellanas ‘engendrar’, ‘génesis’, ‘género’, ‘gen’5, ‘generación’6, etc. ¿De dónde no fueron engendrados? Ni de la sangre, ni de la voluntad de la carne, ni de la voluntad de varón. Es imposible rechazar de una manera más insistente y más clara el origen humano para llegar a ser ‘hijos de Dios’, es decir, pertenecer al Reino7.
Dios no se atiene a la carne. Dios es absolutamente soberano, independiente, autónomo. Dios es libre en sentido absoluto. Dios es emancipado, es decir, libre de toda patria potestad, de toda tutela o servidumbre, de cualquier clase de subordinación o dependencia. Dios es exento, es decir, no sometido a ningún condicionamiento ni jurisdicción. Dios está separado de cualquier influencia. Dios está desembarazado de cualquier condicionamiento humano. Dios es “el Trascendente”. He aquí el mensaje principal de la parábola de hoy.
Por esta razón es que la Iglesia quiere poner como primera lectura ese texto del profeta Isaías: “Porque mis pensamientos no son vuestros pensamientos, ni vuestros caminos son mis caminos - oráculo del Señor -. Porque cuanto aventajan los cielos a la tierra, así aventajan mis caminos a los vuestros y mis pensamientos a los vuestros” (Is 55,8-9).
2. Algunas particularidades de la parábola
La explicación de algunas de las particularidades de la parábola nos ayudará a comprender más profundamente el mensaje central. En primer lugar, el que unos hombres sean conchabados para trabajar con un salario representa a los hombres que son llamados a trabajar “al servicio de Dios”8 dentro de la Iglesia Católica y, por ese trabajo, ganan méritos9. Pero esos méritos no están sujetos a una regla fija que pueda medirse según los esfuerzos humanos, sino que están sujetos a la libertad y a la misericordia de Dios. O mejor, a la libérrima misericordia de Dios. O mejor todavía, a la misericordiosísma libertad de Dios.
El haber sido llamados a ocupar un puesto en la Iglesia para estar al servicio de Dios en su viña es, ya de por sí, un acto de misericordia. Y el premio o salario que recibiremos por nuestro trabajo, los méritos, son también un acto de misericordia. Todos nuestros méritos no tendrían ningún fundamento si no fuera por los méritos que ganó Jesucristo en su pasión. Por eso, con mucha razón, decía el P. Martín Descalzo hablando con Dios: “Me da un poco de risa eso de que nos vas a dar el cielo como premio. ¿Como premio de qué? Eres un tramposo: nos regalas tu cielo y encima nos das la impresión de haberlo merecido”10.
Santo Tomás lo dice de una manera más teológica: “Con otros (los de la hora tercia y los que siguen) no convino en ningún precio porque Él siempre paga más de lo que promete. Como dice San Pablo citando a Isaías: ‘Ni el ojo vio ni el oído oyó lo que Dios preparó para los que le aman’ (1Cor 2,9)”11. Y también dice Santo Tomás: “El administrador del rey no puede dar algo sino según los méritos del obrero; pero el rey sí puede dar sin méritos. Igualmente, Dios, que es Señor de todos, puede dar sin méritos, como dice el Sal 113,11: ‘Todo lo que quiere lo hace’. Y San Pablo: ‘¿Quién puede resistir a su voluntad?’ (Rm 9,19). Aquí es importante notar que en aquello que se da por misericordia es imposible que haya acepción de personas, porque de aquellas cosas que me pertenecen legítimamente yo puedo dar lo que quiero y cómo quiero sin que haya acepción de personas”12.
Esto se aplica a todos los obreros que vienen de la hora tercia en adelante, pero se realiza de una manera más patente aún con los obreros de la hora undécima, es decir, los que empezaron a trabajar a las cinco de la tarde.
Los de la primera hora quieren recibir el denario a causa de su anterioridad en el tiempo (propter temporis antiquitatem), que es una forma de título apoyado en la carne, en la sangre o en la voluntad de hombre (cf. Jn 1,13). Lo que en la parábola es una diferencia de tiempo (seis, nueve, doce, tres de la tarde, cinco de la tarde), en la enseñanza de la parábola es una diferencia entitativa, es decir, lo que en los hombres es nobleza, riqueza, virtud, responsabilidad, capacidad de trabajo, erudición o cualquier otro tipo de título humano.
Y esto los lleva a caer en el pecado de envidia y la consiguiente murmuración, como dice San Juan Crisóstomo13. Y el título ex carnis originem que esgrimen es el de haber trabajado duramente durante todo el día y haber soportado el calor agobiante: “Hemos soportado el peso del trabajo y el calor durante toda la jornada” (Mt 20,12). Éste es el privilegio que blanden como un título que les da derecho a los dones de Dios: sus fuerzas humanas, su capacidad de trabajo, sus estudios llevados con esfuerzo, etc. Son todos títulos humanos. Son todas cosas que proceden ex carnis.
Lamentablemente, la Iglesia está llena de estos señores que, sin alejarse de la Iglesia ni perder la gracia santificante, le quieren corregir la plana a Jesucristo. Son ellos los que quieren decidir a quién y cómo va a bendecir Dios. De esta raza eran aquellos hombres del evangelio que rechazaban a Cristo porque provenía de Galilea. Cuando Nicodemo les dice que la Ley de Moisés manda escuchar al acusado antes de condenarlo, ellos responden: “¿También tú eres de Galilea? Indaga y verás que de Galilea no sale ningún profeta” (Jn 7,52).
Pero el Señor no renuncia a sus derechos de Señor. Con mucha caridad pero también con mucha firmeza le dice a uno que los representa a todos: “Yo soy el Señor y soy libre, independiente y autónomo. Vos no me vas condicionar con tus pensamientos humanos. Y mucho menos me vas a condicionar con tu envidia por los dones que yo derramo sobre aquellos que vos considerás indignos. Toma lo tuyo y vete”.
Ese ‘vete’ (en griego, hýpage) no implica ninguna excomunión ni castigo particular. Dice Santo Tomás: “Algunos explican este trozo de la siguiente manera: ‘Toma lo tuyo’, es decir, la condenación eterna por murmurar, y ‘vete’ al fuego eterno. Pero esto no puede ser, porque el evangelio dice que cada uno recibió un denario”14. Simplemente quiere decir: ‘Goza del Reino y de mis dones en la medida en que eres capaz. Pero te advierto que no has comprendido profundamente la naturaleza del Reino y mucho menos la naturaleza de Dios’.
Se trata de una enfermedad espiritual, de una ‘miopía espiritual’, porque no ven más allá de sus narices. Se trata también de una ‘bizquera o estrabismo espiritual’, porque tienen los dos ojos enfocados hacia ellos mismos. Además, es una bizquera porque los ojos se les extravían apuntando a direcciones distintas cuando ven grandes dones en hombres que ellos consideran indignos. Y por eso esa enfermedad se llama ‘envidia’ que significa ‘el acto de mirar con malos ojos’. La palabra ‘envidia’ viene del verbo latino in-videre, que significa ‘ver con malos ojos’ o ‘aojar’15. Esto responde exactamente a la frase que Jesús le dice en su original griego: “Tu ojo es malo” (ho ophthalmós sou ponerós estin; Mt 20,15). Algunas biblias traducen directamente: “¿O te da envidia?”.
3. Todo es gracia… pero hay que laburar
Tanto la iniciativa del llamado para pertenecer al Reino (la contratación a trabajar) como la pertenencia definitiva al Reino (el denario) dependen absolutamente de Dios. Nadie puede esgrimir ningún título personal para exigir el ser llamado a participar del Reino o el permanecer definitivamente en él.
Sin embargo, una vez contratado, la obligación es de trabajar intensamente. Tocamos aquí uno de los problemas más bravos de la teología: la relación entre naturaleza y gracia, la relación entre la gratuidad de la gracia y la colaboración del hombre para que la gracia dé frutos. Sin embargo, hay un axioma que resuelve en breves y exactas palabras este problema teológico: “Obrar y trabajar como si todo dependiera de mí, sabiendo que todo depende de Dios”.
Por eso, esta parábola también se puede resumir así: gratuidad en el llamado inicial, gratuidad en el premio final, pero trabajo en el período intermedio.
La primera consecuencia de saber que tanto el llamado como el premio son absolutamente obra de la generosidad y misericordia de Dios es que todo debe referirse a Dios. Por eso dice Santo Tomás: “El hecho de ser un buen asalariado implica necesariamente que se trabaje para el provecho de su Señor. De manera que, si trabajamos en la viña de la Iglesia, todo debemos referirlo a Dios, como dice San Pablo: ‘Haced todo para gloria del Señor’ (1Cor 10,31)”16.
La segunda consecuencia es que, desde el momento en que somos llamados, debemos trabajar intensamente. Dice Santo Tomás: “¿Para qué son contratados? (…) Se requiere que todo el día sea ocupado en trabajar. En efecto, es necesario que el que cultiva la viña del Señor gaste poco tiempo en sus propias cosas, pero que gaste todo el tiempo en el servicio de Dios, como dice San Pablo: ‘Manteneos super-abundando siempre en la obra del Señor’ (1Cor 15,58). Además, será vergonzoso comparecer delante del Señor sin haber hecho el bien; así también ahora no debe aparecer el obrero delante del Señor sino con obras buenas, como dice el libro del Éxodo: ‘Nadie se presentará a mí con las manos vacías’ (Éx 34,20)”17.
4. Una sorpresa
En medio del Comentario de Santo Tomás a este pasaje de San Mateo, de golpe, se abre un relámpago que nos revela una realidad que hasta ahora había permanecido en las sombras. Es como un relámpago porque es breve e ilumina mucho. Ese relámpago son las siguientes palabras: “Similiter praelati sunt operarii”, es decir, “De la misma manera, los operarios son los prelados”18. Sólo cuatro palabras que nos abren a una realidad nueva. Por ‘prelados’ Santo Tomás entiende a todos aquellos constituidos en autoridad dentro de la Iglesia, es decir, obispos, sacerdotes y diáconos. Por lo tanto, esta parábola puede aplicarse de una manera particular y específica a la vocación sacerdotal.
Esta intuición de Santo Tomás tiene un sustento real en el mismo texto del evangelio. En efecto, tal como lo trae el Leccionario, la parábola de hoy está encerrada entre dos frases gemelas: “Los últimos serán los primeros, y los primeros serán los últimos”. Esta frase debe considerarse como la clave de interpretación de la parábola. El sentido es: “Los que son últimos a los ojos de los hombres (ex carnis) serán los primeros ante Dios (ek Pneúmatos Hagíou), y los primeros a los ojos de los hombres serán los últimos para Dios”.
Ahora bien, esta frase, en el versículo de Mt 19,30 está enlazada con lo anterior, pues dice textualmente: “Pero muchos primeros serán últimos y muchos últimos serán primeros”. Y lo anterior es la historia del joven rico que es llamado al sacerdocio y no acepta la invitación de Jesucristo por su apego a las riquezas (Mt 19,16-22). Con este motivo viene una reflexión sobre el peligro de las riquezas (Mt 19,23-29). Entonces, viene la frase recién mencionada de Mt 19,30.
Y la narración de la parábola se enlaza con el tema del joven rico y el peligro de las riquezas porque comienza diciendo: “En efecto (en griego, gar), el Reino de los Cielos es semejante a…” (Mt 20,1).
Por lo tanto, podemos decir, siguiendo a Santo Tomás y asentándonos en el texto mismo del Evangelio, que la parábola de hoy tiene una especial aplicación a la vocación al sacerdocio19.
Aplicada a la vocación al sacerdocio esta parábola quiere decir: Dios llama a quien quiere y le da la perseverancia a quien quiere20. Ahora bien, una vez que alguien ha sido llamado debe trabajar mucho.
Desde este punto de vista, en esta parábola se enfrentan dos modos de ver el sacerdocio y la vocación al sacerdocio. Por un lado, la visión meramente humana21. Los trabajadores de la primera hora se quejan al patrón y le dicen: “Dios debería llamar al sacerdocio a los que somos nacidos en buenas familias, que llevamos una vida decorosa, que tenemos medios para sustentarnos, que somos trabajadores desde nuestra adolescencia, que tenemos muchas virtudes porque las hemos aprendido desde chicos en nuestras familias, que somos prolijos, que somos responsables, etc.” Ellos hacen sustentar el llamado de Dios en el origen ex carnis.
Por el otro la visión de Cristo, la visión propia de la ciencia de la cruz: Dios llama a quién quiere. Dios es trascendente. Sus pensamientos están lejos de los nuestros como el oriente del ocaso, como la tierra del cielo. Llama a personas de buenas familias, con medios para sustentarse, con virtudes que traen ya de la familia. Pero también llama a publicanos y pecadores y prostitutas, que son los últimos. Los que van en la última hora son los últimos de la sociedad, los que han andado vagando durante el día, pero ahora quieren trabajar. Y Dios los llama y ellos aceptan con gusto. Y los primeros se escandalizan del paterfamilae porque les ha dado en la Iglesia el mismo derecho que a ellos. Porque no conocen al Hombre-Dios, al paterfamiliae. Ya lo dijo Jesús de los fariseos: “Ustedes no conocen al que me envió” (Jn 7,29). Y llamó a Leví Publicano y a María Magdalena Prostituta.
La visión miope y estrábica de los obreros de la última hora respecto a la llamada de Dios al sacerdocio muchas veces se cuela dentro de la Iglesia y, en algunos casos, se convierte en la visión dominante al momento de discernir una vocación. Al no tener la sabiduría suficiente (la sabiduría como don del Espíritu Santo) para discernir si una vocación viene de Dios o no, apelan de una manera desconsiderada e imprudente a medios meramente humanos para discernir una posible vocación. Y de este modo se cae en un abuso de los métodos sicológicos.
Sin duda que el candidato a las órdenes sagradas debe tener la idoneidad suficiente, tanto física como espiritual y moral. Se le debe exigir que sea un verdadero ser humano de sexo masculino bien marcado, con una psicología normal. Pero “los formadores deben ponderar adecuadamente y con mucha prudencia la historia del candidato. Sin embargo, por sí sola, dicha historia no puede constituir el criterio decisivo, es decir, no es suficiente para juzgar la admisión o la expulsión de la formación”22.
“En cuanto fruto de un don particular de Dios, la vocación al sacerdocio y su discernimiento escapan a la estricta competencia de la psicología. Sin embargo, para una valoración más segura de la situación psíquica del candidato, de sus aptitudes humanas para responder a la llamada divina, y para una ulterior ayuda en su crecimiento humano, en algunos casos puede ser útil el recurso al psicólogo”23. “En algunos casos”, pero no de modo sistemático.
Son igualmente miopes y estrábicos aquellos que dan una importancia desmesurada a la formación humana dentro de la formación sacerdotal. Tenemos así sacerdotes impecablemente vestidos y con los zapatos lustrados pero que no han captado que la vida sacerdotal es una entrega permanente para ser comidos por los demás. La Iglesia Católica debe formar pastores como el Cura Brochero que, como quiere el Papa Francisco, tenía ‘olor a oveja’ de tanto andar entre las ovejas. Es preferible que nuestros curas y seminaristas anden un poco zaparrastrosos pero que tengan el sentido de lo sagrado, sentido sobrenatural y fe recta. Lo primero es primero, lo segundo es segundo24.
Conclusión
“Los judíos piden milagros, los griegos buscan sabiduría; nosotros predicamos a Cristo y Cristo crucificado, escándalo para los judíos y necedad para los griegos (…). Porque la necedad divina es más sabia que la sabiduría de los hombres, y la debilidad divina, más fuerte que la fuerza de los hombres. ¡Mirad, hermanos, quiénes habéis sido llamados! No hay muchos sabios según la carne ni muchos poderosos ni muchos de la nobleza. Ha escogido Dios más bien lo necio del mundo para confundir a los sabios. Y ha escogido Dios lo débil del mundo, para confundir lo fuerte. Lo plebeyo y despreciable del mundo ha escogido Dios; lo que no es, para reducir a la nada lo que es. Para que ningún mortal se gloríe en la presencia de Dios” (1Cor 1,22-23.25-29).
1 Castellani, L., Domingueras prédicas, Ediciones Jauja, Mendoza, 1997, p. 51.
2 Juan xxii, Alocución en el Consistorio, 14 de julio de 1323.
3 El Comentario a San Mateo de Santo Tomás de Aquino no está traducido al castellano.
4 Sancti Tomae de Aquino, Super Evangelium S. Matthaei lectura, caput 20, lectio 1; traducción nuestra.
5 Gen. (De la raíz del lat. genus). m. Biol. Secuencia de ADN que constituye la unidad funcional para la transmisión de los caracteres hereditarios (DRAE)
6 Cf. Fontoynont, V., Vocabulario Griego, Ediciones Sal Terrae, Santander, 1966, p. 43.
7 Otro texto que expresa la misma realidad y la completa es Jn 3,6: “Lo nacido (verbo gennáo) de la carne (ek tês sarkòs), carne es; pero lo nacido (verbo gennáo) del Espíritu (ek toû Pneûmatos), espíritu es”. Digo que la completa porque expresa también la realidad de nuestra parábola desde el punto de vista positivo: el único título de nobleza para ser hijos de Dios y pertenecer al Reino es proceder del Espíritu.
Hay que tener en cuenta que aquí, en nuestra parábola, no se habla de carne en el sentido de sensualidad o lujuria o falta de castidad. Se habla de carne en el sentido de ‘voluntad humana’, como se usa en Jn 1,13 y 3,6. Otros textos del NT donde se usa el término carne en este sentido son: Rm 8,1-9; Ef 2,3; 1Jn 2,16. En este mismo sentido la usa Jesucristo cuando le dice a Pedro que ‘ni la carne ni la sangre’ le revelaron que Él era el Mesías y el Hijo de Dios, sino que el que se lo reveló fue el Padre de los Cielos (cf. Mt 16,17).
8 “In servitio Dei”, dice Santo Tomás dos veces en la explicación de esta parábola (Sancti Tomae de Aquino, Ibidem).
9 “Se dice que son contratados porque deben trabajar por el mérito, al modo de los asalariados” (Sancti Tomae de Aquino, Ibidem; traducción nuestra).
10 Descalzo, M., Cartas a Dios, Grupo Hoguera de Jóvenes, 2011.
11 Sancti Tomae de Aquino, Ibidem; traducción nuestra.
12 Sancti Tomae de Aquino, Ibidem; traducción nuestra.
13 Cf. San Juan Crisóstomo, Homilías sobre el Evangelio de San Mateo, Homilía 64,3-4, BAC, Madrid, 1956, Tomo II, p. 323 – 328). El hecho de que haya envidia y murmuración es una prueba de que el denario no significa solamente la vida eterna, porque en la vida eterna no hay murmuración, como bien hace notar Santo Tomás. Significa la vida eterna, pero no sólo la vida eterna, sino todos los bienes, naturales y sobrenaturales, recibidos de Dios, especialmente el llamado a participar de la Iglesia (el Reino), el llamado a trabajar en ella y el premio recibido por eso (permanecer eternamente en el Reino = el cielo). Todo de una manera absolutamente gratuita.
14 Sancti Tomae de Aquino, Ibidem; traducción nuestra.
15 Cf. Diccionario Vox, voz invideo.
16 Sancti Tomae de Aquino, Ibidem; traducción nuestra.
17 Sancti Tomae de Aquino, Ibidem; traducción nuestra.
18 Sancti Tomae de Aquino, Ibidem; traducción nuestra.
19 Hay otros nexos textuales que enlazan nuestra parábola con el acontecimiento del joven rico, pero que no es posible desarrollarlos en el contexto de esta homilía. Uno de ellos es una frase que falta en algunos manuscritos, pero que, en sí misma, es una confirmación más de que Cristo piensa en los llamados al sacerdocio cuando dice esta parábola. Esa frase es: “En efecto, muchos son los llamados y pocos los escogidos” (Mt 20,16).
20 Por eso el sacerdote, después de haber consagrado el Cuerpo y la Sangre de Cristo en la Santa Misa dice: “Te damos gracias, Señor, porque nos haces dignos de servirte en tu presencia” (Plegaria Eucarística II).
21 No nos olvidemos que lo meramente humano termina siendo, necesariamente, diabólico. Así lo dice el Apóstol Santiago: “Tal sabiduría no desciende de lo alto, sino que es terrena, natural, demoníaca” (Sant 3,15).
22 Congregación para la Educación Católica, Orientaciones para el uso de las competencias de la Psicología en la admisión y en la formación de los candidatos al sacerdocio, Roma, 29 de junio de 2008, nº 4.
23 Congregación para la Educación Católica, Idem, nº 5.
24 Santo Tomás no sólo nos regala esa frase en la que aplica la parábola a las vocaciones a la vida consagrada sino que también hace algunas aplicaciones particulares. Una de ellas es que hace notar que Dios puede llamar al sacerdocio incluso en la infancia: “La infancia es como una hierba que ya verdea. Por eso algunos son llamados desde la infancia, como fueron llamados desde la infancia Jeremías, Daniel y Juan Bautista” (Sancti Tomae de Aquino, Ibidem; traducción nuestra). Hay algunos que opinan que los Seminarios Menores ya pasaron de moda. Los que dicen estos son los que le quieren poner cortapisas al Espíritu Santo, indicándole cuándo tiene que llamar. San Juan Pablo II habla que Dios puede llamar al sacerdocio incluso en la preadolescencia, y habla también de la necesidad y valor de los Seminarios Menores (Cf. San Juan Pablo II, Exhortación Apostólica post-sinodal Pastores dabo vobis, sobre la formación de los sacerdotes en la situación actual, Roma, 1992, nº 63).