San Juan Crisóstomo
Parábola de los dos hijos
Nuevamente les arguye el Señor por medio de parábolas, para darles a entender, por un lado, la ingratitud de ellos y por otro, la docilidad de aquellos mismos que tan absolutamente condenaban. Porque estos dos hijos ponen bien de manifiesto lo que sucedió con los judíos y con los gentiles. Porque fue así que los gentiles, que no habían prometido obedecer y no habían oído jamás la ley, en sus obras mostraron su obediencia; y los judíos, que habían dicho: Todo cuanto dijere el Señor lo haremos y obedeceremos, en sus obras le desobedecieron. Justamente porque no pensaran que la ley había de servirles para algo, Él les hace ver que ella había de ser motivo de mayor condenación. Que es lo mismo que Pablo afirma cuando dice: No los que oyen la ley son justos delante de Dios, sino los que cumplen la ley serán justificados. Y notemos que, para que sean ellos mismos quienes se condenen, les obliga el Señor a responder a su pregunta, que era como pronunciar su propia sentencia. Lo mismo hace luego en la parábola siguiente de la viña.
Publicanos y rameras van delante
Para conseguirlo, pone la culpa en otra persona. Como directamente no lo hubieran querido confesar, los va llevando a donde quiere por medio de la parábola. Mas ya que ellos mismos sin entender lo que decían, pronuncian su sentencia, el Señor pasa a revelarles lo que estaba como en la penumbra y les dice: Los publicanos y las rameras se adelantan a vosotros camino del reino de los cielos. Porque vino Juan a vosotros en camino de justicia, y no le creísteis, pero los publicanos y las rameras le creyeron. Y vosotros, a pesar de verlos, no os arrepentisteis luego para creer en él. Si les hubiera, sin más, dicho: 'Las rameras se os adelantarán', su palabra hubiera parecido dura; ahora, en cambio, cuando han sido ellos mismos los que han dado su sentencia, aquella dureza desaparece. De ahí que añade también la causa. -¿Y qué causa era ésa?-Vino Juan-dice-a vosotros, y no a ellos. Más aún: Vino en camino de justicia. Porque no vais a acusar a Juan de haber sido un hombre negligente e inútil. No, su vida fue irreprochable, y su celo extraordinario; y, sin embargo, no le prestasteis atención. Y, junto con ésta, otra culpa: que los publicanos se la prestaron. Y otra más todavía: que ni aun después de ellos creísteis vosotros. Porque su deber era haber creído antes; mas el no haber creído ni aun después, es pecado que no tiene ya perdón posible. Grande alabanza de los publicanos y mayor condenación de fariseos: 'A vosotros vino y no le atendisteis; a los publicanos no vino y lo recibieron. Y ni aun a éstos queréis por maestros. Mirad por cuántos modos alaba a los unos y condena a los otros: 'A vosotros vino, no a ellos. Vosotros no creísteis, y esto no les escandalizó a ellos. Ellos creyeron, y esto no os aprovechó a vosotros. Por lo demás, decir: Os preceden, no quiere decir que ellos sigan, sino que, si quieren, tienen esperanza de seguirlos. Nada, en efecto, como la emulación despierta a la gente grosera. De ahí que el Señor repita a cada paso: Los últimos serán los primeros, y los primeros los últimos. Y por eso, para excitar su emulación, les pone delante a publicanos y rameras. En realidad, éstos son los dos extremos del pecado; los dos engendrados de un mal amor: la concupiscencia de la carne y la codicia de la riqueza. Pero con ello les prueba también que creer a Juan es, sobre todo, obedecer a la ley de Dios. El que las rameras, pues, entraran en el reino de los cielos no fue obra de sola gracia, sino también de justicia. Porque no entraron siguiendo en su mala vida, sino obedientes y creyentes, purificadas y transformadas. Ya veis, pues, cómo con la parábola y luego con el ejemplo de las rameras quitó dureza, a par que añadió viveza a su palabra. Porque no les dijo a bocajarro: '¿Por qué no creísteis a Juan Bautista?' Su procedimiento es más enérgico. Primero les pone el ejemplo de las rameras y luego añade lo de la fe, convenciéndolos por la evidencia misma de los hechos de lo imperdonable de su conducta y haciéndoles ver de paso cómo todo o hacían por temor a los hombres y por vanagloria. Porque si no confesaban a Cristo, era por temor de ser excomulgados de la sinagoga; y si de Juan no se atrevían a hablar mal, no era por respeto a su santidad, sino por temor al pueblo.
De todo lo cual los arguyó con lo dicho, y todavía les asestó más duro golpe diciendo: Y vosotros, a pesar de saberlo, no os arrepentisteis después para creer en él. Malo es ya no decidirse por el bien desde el principio, pero mucho peor no cambiar tampoco después. Esto es lo que señaladamente hace perversos a muchos y esto es lo que veo pasarles ahora a algunos por su extremo endurecimiento.
Exhortación a la confianza: una conversión notable
Pero que nadie sea de ésos. Aun cuando hubiereis caído en lo más hondo de la maldad, nadie desespere de poderse convertir y mejorar. ¿No habéis oído la historia de la célebre pecadora pública, que dejó primero atrás a todos en disolución y a todos también oscureció luego por su piedad? No me refiero a la pecadora de que nos habla el Evangelio, sino a la de nuestros mismos días, procedente de una de las más corrompidas ciudades de Fenicia. El caso es que esta mala mujer se hallaba entre nosotros; era la primera actriz del teatro, su nombre corría de boca en boca por todas partes, no sólo en nuestra ciudad, sino también en la Cilicia y Capadocia. ¡Cuántas fortunas hizo dilapidar, a cuántos huérfanos quitó la vida! Muchos la acusaban hasta de magia, de modo que tendía sus redes no sólo con la belleza de su cuerpo, sino también con sus maleficios.
Entre sus redes llegó a prender esta mala mujer no menos que al hermano de la emperatriz. Tal era la tiranía de su belleza. Mas de pronto, no se sabe cómo, o, mejor dicho, yo lo sé perfectamente; con decidida voluntad, por su cambio de vida y por la gracia de Dios, que a sí se atrajera, despreció cuanto antes había amado, tiró por tierra todos los embustes del diablo y emprendió su carrera hacia el cielo. Realmente, nadie le había ganado en torpeza cuando actuaba en el teatro; y, sin embargo, a muchas sobrepujó, luego por su castidad más rigurosa, vestida de saco, y sin dejar ya en toda su vida este atuendo. Se acudió por causa de ella al prefecto de la ciudad, fueron soldados bien armados, y no fueron capaces de hacerla volver a la escena ni sacarla de entre las vírgenes que la habían recogido.
Ella se hizo merecedora de los misterios inefables, mostró un fervor digno de la gracia que se le había concedido y así terminó su vida, después de haber lavado por la gracia todos sus pecados y haber practicado después del bautismo la más alta filosofía. Porque, después de encerrarse a sí misma y viviendo todo el resto de su vida como en una cárcel, no consintió ni la más leve mirada a sus antiguos amantes que a ello venían. Así se cumplió aquí que los últimos serán los primeros, y los primeros los últimos. Tan necesaria nos es en todo momento un alma inflamada de fervor, y nada hay entonces que nos impida llegar a ser grandes y admirables.
El que está en pie puede caer, y el que ha caído, levantarse
Nadie, por ende, de los que se hallan en pecado, desespere; nadie tampoco, de los que practican la virtud, se adormezca ni se fíe de su virtud, pues muchas veces le pasará delante una ramera. Ni tampoco el pecador desespere, pues muy posible es que también él pase delante a los primeros. Escuchad lo que dice Dios a Jerusalén: Díjele después de cometer todas estas impurezas: Conviértete, y no se convirtió. Lo que quiere decir que, por lo menos cuando nos volvemos al ardiente amor de Dios, Dios no nos echa ya en cara lo pasado. No es Dios como los hombres. Dios, si nos arrepentimos, no nos reprocha lo pasado ni nos dice: ¿Cómo te descuidaste durante tanto tiempo? Si nos volvemos a Él, nos ama. Lo que cumple es que nos volvamos debidamente. Unámonos, pues, con Él ardientemente, clavemos nuestros corazones con su temor. Conversiones así no sólo se han dado en el Antiguo, sino también en el Nuevo Testamento. ¿Quién fue peor que Manasés? Y, sin embargo, pudo hacerse a Dios propicio. ¿Quién más afortunado que Salomón? Y, sin embargo, por haberse adormecido, cayó.
Mas aún, en una sola persona os puedo hacer ver lo uno y lo otro: en el padre mismo de Salomón, Porque David fue en ocasiones bueno y en ocasiones malo.
¿Quién más feliz que Judas? Y, sin embargo, vino a parar en traidor, ¿Quién más miserable que Pablo? Y, sin embargo, se convirtió en apóstol. ¿Quién peor que Mateo? Y vino a ser evangelista. ¿Quién más envidiable que Simón? Y también éste vino a ser el más miserable de todos. ¡Cuántas otras transformaciones semejantes no cabe citar, ora de antiguo sucedidas, ya de las que aun ahora suceden diariamente! De ahí que os repito: ni el que está en el teatro desconfíe ni el que está en la iglesia tenga temeraria confianza. A éste se le dice: El que crea estar en pie, tema no caiga; y a aquél: ¿El que cae, no se levanta? Y: Enderezad las manos flojas y las rodillas desatadas. Nuevamente a los unos les dice: Vigilad. Y a los otros: Levántate tú que duermes y resucita de entre los muertos. Los unos han de vigilar por guardar lo que tienen; los otros esforzarse por ser lo que no son. Aquellos han de guardar la salud; éstos, librarse de su enfermedad.
Porque están ciertamente muy enfermos; y sin embargo, muchos enfermos se curan, y muchos sanos, si son negligentes, enferman. A los unos se les dice: Mira que ya estás curado.no peques más, no sea te suceda algo peor. Y a los otros: ¿Quieres curarte? Pues toma tu camastro y echa a andar y vete a tu casa.
Porque terrible, terrible parálisis es el pecado, o, por mejor decir, no sólo parálisis, sino algo más grave. Porque el pecador no sólo es impotente para el bien, sino muy activo para el mal. Y, sin embargo, aun cuando tal sea tu situación, con un poco que quieras levantarte, todos tus males pueden desaparecer. Aun cuando lleves treinta y ocho años enfermo, con un poco de empeño que pongas en curarte, nadie te lo podrá impedir. También ahora se presenta delante de ti Cristo y te dice: Toma tu camilla. Basta que quieras: levántate. No desesperes. No tienes hombre, pero tienes a Dios. No tienes quien te arroje en la piscina, pero tienes quien hará que no tengas necesidad alguna de piscina. No tienes quien te meta en ella, pero tienes quien te manda que tomes tu camilla y camines. Aquí no cabe decir: Mientras yo bajo, otro se me adelanta. Porque, si tú quieres bajar, nadie hay que te lo estorbe. Es ésta una gracia que no se gasta ni consume, una fuente que mana perennemente y de su plenitud nos curamos todos en el cuerpo y en el alma. Acerquémonos pues, también ahora.
Rahab, mala mujer era, y se salvó. El ladrón, asesino sería, y se convirtió en ciudadano del paraíso. Judas que estuvo con el Maestro, se hizo traidor; y el ladrón, estando en la cruz, se hizo discípulo. Tales son las sorpresas de Dios. De este modo fueron los Magos gloriosos; así el publicano se convirtió en evangelista; así el blasfemo en apóstol.
El trabajo es breve; el premio, eterno
Mira estos ejemplos y no desesperes jamás. Anímate más bien y levántate a ti mismo. Basta sólo con que entres por el camino que allí lleva y adelantarás rápidamente. No te cierres las puertas, no obstruyas la entrada. Breve es el tiempo presente, escaso el trabajo. Mas aun cuando fuera mucho, ni aun así habría que desalentarse. Porque, aun cuando no tuvieres este trabajo, el más bello trabajo que existe, de la penitencia y la virtud, en el mundo, irremediablemente, tendrás de otro modo trabajos también y fatigas. Si, pues, en uno y otro caso hay trabajo, ¿por qué no escoger el que lleva aparejado tan gran fruto y recompensa? Y, a decir verdad, tampoco es igual uno y otro trabajo. Porque, en los negocios terrenos, los peligros son continuos, los daños se suceden unos a otros, la esperanza es incierta, la servidumbre mucha, y el gasto de dinero, de cuerpo y de alma, constante. Y luego, el fruto y recompensa está siempre muy por bajo de la esperanza, si es que llegan; pues no siempre dan fruto tantas fatigas en las cosas de la vida. Mas aun cuando los negocios no fracasen, sino que den mucho fruto, ése permanece poco tiempo. Allá cuando viejo, cuando tu capacidad de gozar será poco menos que nula, te rendirá provecho tu trabajo. Y es de advertir que el trabajo lo pones en todo el vigor de tu cuerpo; el fruto, en cambio, y el goce te llega cuando tu cuerpo está ya viejo y agotado, cuando el tiempo ha marchitado tu sensibilidad y, aun cuando no la hubiere marchitado, la perspectiva de la muerte no te ha de dejar gozar. No así en la virtud. El trabajo es en el tiempo de la corrupción y en el cuerpo mortal; la corona, empero, en cuerpo inmortal y exento de vejez y que no ha de tener fin. El trabajo es lo primero y breve; la recompensa, posterior y sin término, a fin de que puedas ya descansar tranquilamente, sin perspectiva de molestia alguna. Porque allí no hay que temer ya cambio ni decadencia, como aquí.
¿Qué bienes, pues, son éstos, que no son ni seguros, que son breves y de barro, que antes de aparecer desaparecen, y que se ganan a costa de tantas fatigas? ¿Y qué bienes hay semejantes a aquéllos, que no se cambian, que no envejecen, que no nos producen fatiga alguna, y que en el momento mismo de los combates te traen la corona? Porque el que desprecia las riquezas, aquí mismo recibe ya su recompensa, libre que se ve de preocupaciones de envidias, de denuncias, de insidias y de malquerencia. El que vive casta y moderadamente, aun antes de salir de este mundo, es también coronado y vive entre delicias, libre igualmente que está de toda indecencia, ridiculez, peligros, acusaciones y de tantos otros inconvenientes. Y, por modo semejante, todas las otras virtudes nos dan ya desde aquí su recompensa.
Exhortación final: huyamos del mal, sigamos la virtud
A fin, pues de alcanzar los bienes presentes y venideros, huyamos la maldad y abracémonos con la virtud. Porque de este modo no sólo viviremos felices en este mundo, sino que alcanzaremos los bienes eternos, que os deseo a todos por la gracia y misericordia de nuestro Señor Jesucristo, a quien sea gloria y poder por los siglos de los siglos. Amén.
San Juan Crisóstomo, Homilía 67 Obras, BAC (Madrid 1956) 376-385