P. José A. Marcone, I.V.E.
P. José A. Marcone, IVE
La parábola de los viñadores homicidas
(Mt 21,33-46)
Introducción
La parábola que hemos escuchado hoy fue dicha por Jesús ya dentro de la Semana Santa. San Mateo la ubica el día lunes santo. El punto de partida de esta parábola está en la pregunta de los fariseos a Jesús: “¿Con qué autoridad has arrojado a los mercaderes del Templo? ¿Quién te ha dado esa autoridad?” (Mt 21,23). A dicha pregunta Jesús responde con la parábola de los dos hijos, que hemos leído el domingo pasado. En ella se insistía en la incredulidad del pueblo judío en general y de los fariseos en particular, que no creyeron en Jesucristo, en cuanto Dios hecho hombre y Mesías. En esa parábola se hablaba de dos clases de personas dentro del pueblo judío: los que habían creído en Jesús a pesar de ser muy pecadores (publicanos y prostitutas) y los que no habían creído en Jesús a pesar de decir de sí mismos que eran justos (fariseos). La persona de Jesús es signo de contradicción. La fe en el misterio de Cristo es la espada que divide a los distintos tipos de personas.
Pero con la parábola de hoy Jesús muestra todas las consecuencias que traerá el rechazo de su persona por parte del pueblo judío y, especialmente, de sus autoridades. Como bien dice Trilling, esta parábola es diáfana1 y su interpretación es clara. El rechazo de la persona de Cristo trae, fundamentalmente, dos consecuencias. Primero, la abolición completa de la religión del AT, significada tres días después, el viernes santo, con el rasgarse del velo del Templo (Mt 27,51), y 35 años después con la destrucción efectiva del Templo en el año 70. Segundo, el nacimiento de un culto nuevo, “en Espíritu y en verdad” (Jn 4,23), que tendrá como lugar de culto el Nuevo Templo, es decir, el Verbo Encarnado, en quien habita la plenitud de la divinidad (Col 2,9). El hecho de que el Nuevo Templo sea el Verbo Encarnado abre la posibilidad de la adoración a Dios a toda la humanidad. Ya no será privilegio de un solo pueblo, el judío.
1. Sentido fundamental de la parábola
El que planta la viña no es un simple patrón. Es, en griego, un oikodespótes, es decir ‘un dueño de casa’ (oikos en griego es ‘casa’). La Vulgata traduce por paterfamilias. Sin duda, es Dios, no sólo en cuanto Omnipotente sino también en cuanto Padre.
La viña es el pueblo de Israel que recibió la verdadera revelación hecha a Abraham y puesta por escrito por Moisés. La cerca, el lagar y la torre son todos los elementos necesarios para que la viña cumpla con su fin de dar frutos. Para Santo Tomás cada uno de ellos tiene un significado: la cerca es la Sagrada Escritura, el lagar es el altar de los holocaustos y la torre es el Templo2.
Los agricultores arrendatarios son en la parábola de Cristo las autoridades del pueblo judío que, en el momento en que Jesús habla, están representados por los miembros del Sanedrín (los ancianos y los sumos sacerdotes), los fariseos y los escribas.
Lo más importante de todo: ¿qué significa el fruto que Dios esperaba de esa viña? En la parábola del profeta Isaías que hemos leído en la primera lectura el fruto es la adoración al verdadero Dios y las obras de justicia. Por el contrario, los frutos agraces son la adoración a los ídolos y las obras de iniquidad del pueblo.
En la parábola de Cristo el fruto es la aceptación de la persona de Cristo, lo cual implica la fe en Él, en cuanto Dios hecho hombre y Mesías enviado por Dios.
Los siervos enviados a recibir el fruto son los profetas. Estos, desde Abraham en adelante, creyeron en Cristo y lucharon para que la fe del pueblo de Israel se encaminara a la aceptación de Cristo. Dice Jesús respecto a Abraham: “Vuestro padre Abrahán se alegró deseando ver mi día: lo vio y se alegró” (Jn 8,56). Y de Moisés dice: “Porque, si creyerais a Moisés, me creeríais a mí, porque él escribió de mí” (Jn 5,46). Y a Isaías, por ejemplo, se lo llama ‘el quinto evangelista’ porque describió la pasión de Cristo como si la estuviera viendo (Is 53). Y Daniel, de quien Jesús toma su nombre preferido de ‘Hijo del hombre’, describió al Mesías con rasgos divinos (cf. Dan 7,13-14). Y así, cada uno de los profetas creyó en Cristo y trató de que la viña diera esos mismos frutos de fe en Cristo.
Pero no lo consiguieron. Aún más, por dar testimonio de Cristo fueron perseguidos a muerte por las autoridades judías. A Daniel lo arrojaron al foso de los leones (Dan 6,12ss). Según una tradición judía, Isaías fue martirizado bajo el rey Manasés; y esa tradición era aceptada en el tiempo de Cristo. A Miqueas lo golpearon por decir la verdad (1Re 22,24). En fin, el mismo Jesucristo lo dice: “¡Ay de vosotros, maestros de la ley y fariseos hipócritas!, que edificáis sepulcros a los profetas, adornáis las tumbas de los justos y decís: Si hubiéramos vivido en tiempo de nuestros padres, no habríamos participado con ellos en la sangre de los profetas. Así testificáis contra vosotros mismos, que sois hijos de los que mataron a los profetas. Colmad, pues, la medida de vuestros padres” (Mt 23,29-32).
La misma invectiva que Jesús arroja a los fariseos en Mateo capítulo 23, se halla en Lucas, pero con una redacción que aporta muchas variantes importantes y algunas novedades: “¡Ay de vosotros, que construís los sepulcros de los profetas, y fueron vuestros padres quienes los asesinaron! Así manifestáis que estáis de acuerdo con lo que hicieron vuestros padres, pues ellos los mataron y vosotros construís los sepulcros. Por eso dijo también la sabiduría de Dios: Les enviaré profetas y apóstoles; a unos los matarán y a otros los perseguirán. Pero Dios pedirá cuentas a esta generación de la sangre de todos los profetas asesinados desde la creación del mundo, desde la sangre de Abel hasta la sangre de Zacarías, asesinado entre el altar y el santuario. Sí, yo os digo que Dios pedirá cuentas a esta generación” (Lc 11,47-51).
Es tan diáfana la parábola que los fariseos reconocen inmediatamente que está hablando de ellos. Y como para ponerle su propio sello y confirmar que ellos son de la misma raza de aquellos que mataron a los profetas, quieren matar a Cristo en ese mismo momento. Pero no lo hacen por temor al pueblo que lo tenía por profeta (cf. Mt 21,45-46).
El P. Castellani dice refiriéndose a la expulsión de los mercaderes del templo y a la controversia que sigue, de la cual nuestra parábola forma parte: “Toda estas perícopas están ahiladas por una clara lógica interna: Cristo terminaba su misión con una decisión terminante y una energía rayana en la violencia; del otro lado ya no hay más preocupación que la del modo de darle muerte”3.
El rechazo de Cristo es total, hasta el punto de matarlo. Por eso el Reino será entregado a aquellos ‘que hagan frutos’ (en griego, poioûnti toùs karpoùs), es decir, que crean en que Cristo es verdadero Dios y verdadero hombre, que acepten la revelación completa que Él trae y que acepten también la salvación ofrecida por Él. No importa ya si pertenecen al pueblo judío o no; lo único importante es que ‘hagan frutos’.
2. La alegoría final
Jesucristo cierra la parábola citando el Sal 118,22-23, según la Biblia de los LXX: “La piedra que rechazaron los constructores, / se ha convertido en cabeza de ángulo. / Esto ha sido hecho por el Señor / y es admirable a nuestros ojos” (Mt 21,42). El Salmo 118 es mesiánico (y los fariseos lo sabían) y se refiere a la resurrección del Mesías. En efecto, el Salmo narra la situación del Mesías perseguido y acosado por sus enemigos. Pero Dios actúa y no permite que caiga en las sombras de la muerte. Y por eso, en los versículos 17-18, dice: “No, no he de morir, viviré, y contaré las obras de Yahveh; / me castigó, me castigó el Señor, pero no me entregó a la muerte”.
Por lo tanto, la piedra de descarte que se ha convertido en piedra angular es el Mesías que no queda atrapado en la muerte. San Pedro, en el libro de los Hechos de los Apóstoles, aplica este Salmo explícitamente a la resurrección de Cristo. Después de curar al tullido de nacimiento, Pedro les explica a los judíos en Nombre de quién se ha hecho este milagro: “Sabed todos vosotros y todo el pueblo de Israel que ha sido por el nombre de Jesucristo, el Nazareno, a quien vosotros crucificasteis y a quien Dios resucitó de entre los muertos; por su nombre y no por ningún otro se presenta éste aquí sano delante de vosotros. Él es la piedra que vosotros, los constructores, habéis despreciado y que se ha convertido en piedra angular” (Hech 4,10-11).
Es una lástima que el Leccionario en uso en Argentina no traiga el versículo de Mt 21,44, que está en los dos manuscritos más importantes: el Sinaiticus (letra alef) y el Vaticanus (B). Sólo en un manuscrito medianamente importante no está, en el Cantabrigiensis (D), y en algunos manuscritos secundarios. La Vulgata lo trae y la mayoría de las biblias modernas también: Martín Nieto, Nacar-Colunga, Torres Amat, Editorial de la Universidad de Navarra (EUNSA), Biblia de las Américas, etc. La Biblia de Jerusalén no lo trae. Tampoco lo trae la Biblia del Pueblo de Dios, traducción de los argentinos Levoratti y Trusso, y en base a la cual se ha hecho el actual Leccionario en uso en Argentina. Aunque en la primera edición de esta traducción sí aparecía dicho versículo, aunque entre corchetes.
El versículo de Mt 21,44 es el siguiente: “Quien caiga sobre esta piedra se destrozará, y al que le caiga encima será pulverizado”. Esta frase sí figura en la conclusión de la misma parábola en San Lucas (Lc 20,18). Esta frase es terrible y expresa, en su sentido global, las consecuencias tremendas que se siguen del rechazo de Cristo: la propia destrucción de una manera absoluta y duradera. No puede haber una imagen más terrible que la que Cristo presenta aquí. Lo primero (golpearse contra la piedra y despedazarse) hace acordar a lo que le pasó a Judas por, precisamente, rechazar a Cristo: “Era preciso que se cumpliera la Escritura (…) acerca de Judas, que fue guía de los que prendieron a Jesús (…). Adquirió un campo con el precio de su pecado, cayó de cabeza, reventó por la mitad y se desparramaron todas sus entrañas” (Hech 1,16.18). Lo segundo (ser pulverizado por la piedra que cae encima), también es muy gráfica y expresa la destrucción total. Santo Tomás compara esta acción con lo que hace una piedra enorme cayendo sobre una vasija de arcilla4. Y esa piedra, recordémoslo, es Cristo. Pierde aquí todo fundamento cualquier interpretación sensiblera acerca de lo que Cristo dice de sí mismo y lo que Cristo es en sí mismo.
La primera imagen (golpearse contra la piedra y despedazarse) hace mención a lo que la Escritura llama varias veces ‘la piedra de tropiezo’, que es sinónimo de ‘piedra de escándalo’. Es la piedra que sirve de trampa y hace caer moralmente, provoca una caída moral. Cristo se convierte en piedra de tropiezo y escándalo para aquellos que no quieren aceptar que Dios se haya vaciado de sí mismo (verbo griego kenóo, Filp 2,7) y haya tomado una naturaleza igual a la nuestra, abajándose y anonadándose, tomando la forma de siervo y obedeciendo hasta la muerte y muerte de cruz (Filp 2,7-8). Por eso dice San Pedro: “Jesucristo es para los incrédulos la piedra que rechazaron los constructores (…), y piedra de tropiezo y roca de escándalo. Ellos tropiezan, porque no obedecen a la Palabra: para esto habían sido destinados” (1Pe 2,7-8)5.
La segunda imagen (ser pulverizado por la piedra que cae encima) es más definitiva que la primera. Esa es la razón por la cual Jesús usa las dos imágenes para aplicársela a sí mismo. Cuando dice que Él será como una piedra que cae encima y pulveriza se refiere a que la perdición de aquel que lo ha rechazado es definitiva6.
Y no olvidemos que Jesús está hablando de aquella piedra que ahora ha sido constituida cabeza de ángulo, es decir, habla de sí mismo en cuanto resucitado. La piedra que es causa de destrucción para el que lo rechaza es Jesucristo resucitado. Esto significa que esta cualidad de la piedra no se aplica solamente a los fariseos presentes aquel lunes santo en Jerusalén, sino que se aplica a todos los hombres de todos los tiempos.
Así como gráfica es la imagen que usa Jesús, gráfico es también lo acontecido históricamente a Jerusalén y a su Templo en el año 70 por obra del general romano Tito. Sobre el lugar donde antes se alzaba Jerusalén fue pasado el arado y del Templo no quedó piedra sobre piedra. Basta leer el Libro VII de “Las guerras judías”, de Flavio Josefo, para darse una idea hasta qué punto es tremenda la piedra angular cuando es rechazada por los hombres. En efecto, dice Flavio Josefo: “El general Tito mandó que acabasen de destruir toda la ciudad y todo el templo también, dejando solamente aquellas torres que eran más altas que las otras (…). Esto lo hizo para que (…) se mostrase a los hombres venideros qué clase de ciudad, cuán fortificada y abastecida, era la que habían conquistado y ocupado los romanos. Derribaron todo el otro cerco de la ciudad, y de tal manera la allanaron toda, que cuantos a ella se llegasen apenas creerían haber sido habitada en algún tiempo”7.
De verdad que sobre la ciudad de Jerusalén y su Templo cayó la piedra angular que es Cristo y los pulverizó.
Conclusión
Para aquellos que rechazan a Cristo la piedra angular se convierte en piedra de tropiezo y piedra que hace trizas. Sin embargo, para aquel que lo acepta plenamente, Cristo cumple a la perfección su función de piedra angular: “Acercaos a Él, piedra viva, rechazada por los hombres, pero escogida y apreciada por Dios; disponeos como piedras vivientes, a ser edificados en casa espiritual y sacerdocio santo, para ofrecer víctimas espirituales agradables a Dios por mediación de Jesucristo; pues dice la Escritura: Yo pongo en Sion una piedra angular, escogida, preciosa; el que crea en ella no será defraudado. Para vosotros, los creyentes, es piedra de gran valor” (1Pe 2,4-7).
1 Cf. Trilling, W., El Evangelio según San Mateo, en El Nuevo Testamento y su mensaje, Herder, Barcelona, 1969.
2 Cf. Sancti Tomae de Aquino, Super Evangelium S. Matthaei lectura, caput 21, lectio 2.
3 Castellani, L., El Evangelio de Jesucristo, Ediciones Dictio, Buenos Aires, 1977, p. 288.
4 Cf. Sancti Tomae de Aquino, Ibidem.
5 Ya en el AT Yahveh se presentaba, para los incrédulos, como piedra de tropiezo y piedra de escándalo: “Sólo al Señor todopoderoso tened por santo; temedle a él, sólo ante él temblad. Él será una piedra de tropiezo, una roca que puede hacer caer para las dos casas de Israel; un lazo y una trampa para los habitantes de Jerusalén. Muchos tropezarán en ella, caerán, se harán pedazos, serán prendidos en la trampa y apresados” (Is 8,13-15).
6 Respecto a esto dice San Jerónimo: “El que es pecador y sin embargo cree en Él, cae en verdad sobre esta piedra y se quebranta, pero no se destroza por completo, sino que se le espera por medio de la paciencia para obtener su salvación. Y cuando cae sobre alguno (esto es quien de corazón ha negado a Jesucristo), lo quebrantará de tal modo que no quedará de él una sola teja en que pueda beber un poco de agua” (San Jerónimo, en SAnto Tomás de Aquino, Catena Aurea).
7 Flavio Josefo, Las guerras judías, Libro VII, cap. 18.