San Alberto Hurtado
El obstáculo mayor del optimismo
1. El obstáculo mayor del optimismo es el sentimiento de inferioridad
El psicólogo vienés Alfredo Adler ha tratado de echar por tierra la teoría de Sigmund Freud sobre la causa de la neurosis. Según Freud, las neurosis arrancan de la represión de una tendencia de orden sexual, en los primeros años de la vida, que, sepultada en el inconsciente, perturba nuestra conducta. El remedio consistirá, mediante un psicoanálisis, en sacar a la conciencia ese elemento perturbador del inconsciente. Alfred Adler, en cambio, encamina sus explicaciones desde un punto de vista totalmente diferente: él parte de la tendencia que tiene toda persona de ser estimada, apreciada, del hambre de consideración... y cuando este sentimiento es atropellado, la tristeza interior provoca un verdadero conflicto que se traduce en el complejo de inferioridad (sentimiento de menor valía, compensado con revanchas en las líneas en que uno se siente fuerte).
Este complejo de apocamiento –llamémoslo así– es uno de los mayores obstáculos al optimismo. ¿Yo, para qué valgo? ¿Qué sentido tiene mi vida? Soy incapaz de todo... y por eso nadie me cotiza; no se me considera...
Y de aquí, un cruzarse de brazos. Al pretender empujarlo a que llene su vida de amor, a que haga algo útil por los demás... se ve lleno de desaliento. “Lo mismo da que haga, o que no haga. ¿De qué sirve mi modesto trabajo? ¿Qué va a pesar mi abstención?... Si yo no me sacrifico nada cambia... No hago falta a nadie. ¿Un voto más o menos?”... ¡Cuántos apóstoles se frustran... cuántas energías se pierden! ¡Cuántas almas se amargan!.
2. Cómo vencer el pesimismo
¿Y esta dificultad es verdadera? Sí... ¡¡y no!! Yo solo, ¿qué valgo? Bien poca cosa... Mis poderes de acción son tan limitados; mi prudencia tan incierta; mi valor tan débil... mi carácter tan vacilante... ¡¡Pero hay una manera en que puedo valer y mucho!! Tomado por las manos de Dios. Veamos la prueba.
Jesús predicaba... Lo seguía una inmensa muchedumbre. En una ocasión eran 5.000 hombres, sin contar las mujeres y los niños... Tres días iban tras Él: su hambre debía ser devoradora. Parecida a la que tiene el mundo moderno.
¿Comida para esa gente? Jesús quiere probar la fe de sus discípulos. ¿Qué haremos para darles de comer?... 200 denarios, el sueldo de un año de un obrero, no sería suficiente para darles un bocado... Pero, ¿para qué pensarlo siquiera?, ¡en el desierto! ¡Diles que se vayan!, dice el pesimista Felipe. ¡Que se vayan! ¡Que se las arreglen como puedan! No le veía otra solución... Lo mismo que el pesimista-naturalista. ¡La tremenda desproporción! ¡Tanto que hacer! ¡Tan difícil la tarea... y el instrumento tan débil!
Felizmente, había allí un optimista-sobrenatural. Este era un chiquillo: tendría sus 10 años. Su alma abierta y límpida había comprendido lo que Jesús era... y quería hacer... ¡hacer algo!
La tradición le ha dado un nombre. Se llamaba Ignacio, Ignacio el que después fue obispo de Antioquía y mártir de Cristo. El que escribió después páginas tan bellas como ésta; antes de ser arrojado a las fieras y para que los cristianos no se lo impidieran: Leer.
Pues bien, Ignacio se presenta atrevidamente a Jesús y, lleno de confianza, le ofrece lo que tiene: ¿Qué era eso? Cinco panes y dos peces... ¡qué panes! De cebada, duros como tejas... dos peces de agua dulce, blanduchos... quizás medio descompuestos, después de tres días de ajetreo en medio de aquella gente que se apretuja... ¡Qué poca cosa... qué ruin! ¿Qué valía aquello? Bien lo comprendió Felipe el pesimista: ¿qué es esto para tanta gente? La tremenda desproporción. ¡El eterno problema!
Pero el chiquitín optimista persiste feliz con su oblación... Hay 20.000 personas hambrientas. Allí está él con su canasta. Lo mira de hito en hito, su nariz respingada, sus ojazos abiertos, su pecho al aire, sus patitas descalzas, pero su alma entera y confiada... Él piensa que es tan sencillo y tan natural dar al Señor lo que uno tiene... Que si cada uno hiciera lo mismo, no habría problemas. Lo que tiene, lo da. Es poco, es pobre. ¡¡No tiene más!! Tomad Señor y recibid. El valor de la oblación ante los ojos de Dios no se mide por la riqueza del don, sino del amor. Tomad Señor estos frutos de mi huerto, están estropeados por las heladas, ¡¡pero no tengo más!!
¿Desprecia el Señor esa oblación? No. La recibe, la carga de su bendición... y con esos cinco panes y dos peces alimenta a toda esa inmensa muchedumbre, y todavía doce canastas de sobras: cabezas y espinas, ¡que hasta eso lo considera Cristo!
¡Ah, si yo comprendiera! Si me resolviera a dar a Cristo mi pobre don, pequeño, insignificante, mi alma mezquina, ¡si la pusiera al servicio de Cristo! Mis pobres centavos: como la Sinforosa; como la sirvienta belga: 5.000 francos para que un sacerdote negro suba al altar [a ofrecer la] Misa por mis padres. Cuando años después va un Padre como visitante al Congo, y oye que todo está bien... Es que aquí hay un ladrillo cargado de bendiciones. Cuando recibo para el Hogar de Cristo esas limosnas: “Es todo lo que tengo: mi anillo de compromiso; esta alhaja, no tengo más”... Yo estoy seguro que esas obras han de prosperar.
Y si mi problema es problema de alma: mi ruindad, mi pequeñez, recuerde lo que Cristo ha hecho con sus almas, las que consienten en entregársele: Camilo Lellis, el juego; Mateo Talbot, el trago; Eva Lavalière, la vanidad; María Magdalena, una mujer pública... Jóvenes que no eran nada... y después son tanto, ¡porque Cristo los ha tomado en su mano bendita!
Se quejaba uno: ¡Soy tan poca cosa, tan burro! Lo felicito; si Dios, por la mano de David, con una quijada de burro mató a tantos filisteos, ¿qué hará cuando tenga un burro entero?. Ruines pecadores fueron convertidos en alimento de millones de seres que han comido y seguirán alimentándose de ellos.
Yo puedo cambiar la faz de la tierra. No lo sabré, los peces tampoco lo supieron... y en esos momentos de desaliento piense en lo que puede el hombre tomado por Dios.
¿Soy pequeño como gota de agua? Piérdame en el cáliz... deme y seré transubstanciado. Una gota de agua entre tantos problemas... Seré mucho si consiento en perderme en Cristo, ¡¡en abandonarme en Él!!, en ser Él. “Vivo yo; ya no yo; vive en mí Cristo” (cf. Gal 2,20).
¡Ser Cristo! He aquí todo mi problema. La razón de ser de la creación. Todo el mundo ha sido creado para la gloria del Hijo de Dios, y yo me uno al Hijo de Dios por mi bautismo, que me hace a mí también Hijo de Dios, y me vinculo más y más íntimamente cada vez que comulgo. Por la Eucaristía puedo yo decir con toda verdad: ¡Cristo vive en mí, yo en Él! No ser sino uno. Toda la razón de ser de mi vida, todo el sentido de mi existencia, lo descubro y lo recuerdo cada vez que asisto a la Santa Misa, cada vez que comulgo.
3. Cómo recordar nuestro valor
La Santa Misa es por esto el sacramento del optimismo. Efectivamente, hay en la institución de la Sagrada Eucaristía, cuatro palabras, por demás decidoras, que resumen toda la teología de la Eucaristía, que es también la teología del optimismo. En la última noche que el Señor pasó con sus discípulos, como los hubiese amado, quiso amarlos hasta el fin (cf. Jn 13,1); se sentó a la mesa, en sus santas y venerables manos tomó el pan, lo bendijo, lo partió, y lo dio.
Lo tomó. En la noche de la institución, sobre la mesa del convite, había una canasta de pan... con multitud de panes, tan pobres como los del pequeño Ignacio, y Cristo tomó uno, el que quiso... no por mérito suyo, sino por su inmensa dignación... De entre los 2.000.000.000 de hombres me escogió a mí, me llamó a mí, a ser su hijo, me invita a hacer algo, algo grande. ¿Lo podré?
Lo bendijo. Lo cargó con su bendición y lo transubstanció. Sobre el altar, un copón de hostias: harina y agua... arrugadas, amarillas, hilachentas... Cargadas de la bendición de Cristo. Al asistir cada día al Ofertorio, veré al sacerdote que ofrece algo tan pobre. ¿No tiene vergüenza? Pero en la consagración, ¡esa pobreza, se transforma en divinidad!
Lo partió. Y ese pan preparado, lo rompe... Vea romper esa hostia... Los sacrificios... no para destruir, sino para dar. El grano de trigo... si no muere (cf. Jn 12,24).
Lo dio. El fin de mi vida: darme. Darme entero a los demás, con optimismo, porque cargado de la bendición divina. Si yo pudiera asistir cada día a Misa, comulgar cada día... ¡Cuánto sentido de optimismo tendría mi vida!
Y luego durante el día, orar... Orar sabiendo que Él vive en mí. Que no [somos] dos sino uno. [Es una enseñanza] de fe: la habitación de Dios en el alma. ¡Nosotros! No yo solo. Él en mí. ¿Valgo algo? ¡Ya lo creo! ¡A Ti solo me he entregado!
(San Alberto Hurtado, La búsqueda de Dios, Ediciones Universidad Católica de Chile, Santiago, 2005, p. 88-92)
San Alberto Hurtado
Los talentos como manifestación de la propia vocación
¿Cómo conocer cuál es en concreto mi mejor camino?
La respuesta a veces se ofrece con luz meridiana, como se ofreció a Pablo en el camino a Damasco, a Mateo y a todos los Apóstoles que tuvieron la suerte de oír la inconfundible voz del Maestro que les señalaba claramente cuál era su voluntad. Así también en forma inconfundible algunas almas ven con claridad meridiana su ruta en la vida, como el camino querido por Dios. Ni la sombra de un titubeo: saben lo que el Señor quiere de ellos y marchan tras esa voluntad. Podríamos decir que se trata de "vocaciones impuestas por Dios", no en el sentido que el hombre no sea libre de rechazarlas, sino en el sentido que el Señor no lanza sólo una invitación, sino un llamamiento categórico.
Otras veces la voluntad divina se manifiesta por el análisis de las aptitudes de que Dios ha dotado al joven en vías de elegir. Mi Padre Dios, ¿para qué me ha dotado? ¿Qué armas me ha entregado? Es indiscutible que si tengo dificultades serias para los estudios abstractos, poseo un buen indicio de que Dios no me quiere en la Universidad; si carezco en absoluto de facilidad matemática, no deberé soñar en ser ingeniero; si no tengo gusto artístico, no deberé pensar más en la Arquitectura, ni un cojo en ser esquiador, o un sordo músico. Mis aptitudes, por tanto, que me han sido dadas por Dios limitan enormemente el campo de mis posibilidades, excluyen determinadas carreras y modos de vida e incluso me muestran con frecuencia mi camino en forma positiva. Porque si del análisis de mis cualidades descubro una capacidad extraordinaria en determinado sentido, puedo discernir en esa facilidad una voluntad divina de que cultive el don que me ha sido dado y marche por el camino más propicio para eso. Y eso es claro: si el gobierno me entrega un acorazado no será para que pretenda navegar por el río Mapocho, o si me ofrece una ametralladora no será para que vaya a matar zorzales.
Cuando Dios da a un joven aptitud y habilidad para cosas excelsas, es indudable que lo llama a algo grande, como cuando su capacidad, su horizonte es estrecho, indiscutiblemente no debe pretender lanzarse a trabajos que superen su dotes personales.
Reflexionen seriamente aquellos jóvenes que con toda humildad, pero con toda verdad descubren en sí huellas más profundas del paso de Dios por sus vidas: sus grandes aptitudes, su sentido social, su espíritu apostólico, su capacidad de arrastre y de organización, su facilidad para la propaganda oral y escrita, su don de simpatía, su espíritu de recogimiento, su especial facilidad para orar y sumergirse en lo divino... son dones de Dios, que no les han sido dados para que se recreen vanidosamente en ellos, ni para captar aplausos, ni como medios de surgir orgullosamente, sino como poderosas herramientas de acción, dadas en beneficio de la comunidad, que en cristiano se llama Cuerpo Místico de Cristo.
Esas cualidades quien las ha recibido tiene obligación de usarlas en el sentido que Jesús nos propone en la parábola de los talentos. El que recibió dotación como diez, tiene que pensar que ha de tomar un camino que responda a esa perfección como diez, que ha recibido para poder rendir otros diez; el que ha recibido cinco, debe aceptar un sitio en la vida que le permita rendir como cinco, el que dos, como dos. El que recibió capacidad como uno y cobardemente escogió en la vida un sitio en que ese uno no podía rendir otro uno, oyó de labios de Cristo esta terrible sentencia de condenación por no haber hecho fructificar las gracias recibidas.
¡Cuántos por desgracia son los jóvenes que han recibido como diez y obran egoístamente como el que recibió uno y enterró su talento! Esos son los que pecan contra la luz y contra la caridad, el supremo mandamiento del cristiano que nos obliga a poner al servicio de nuestros prójimos todo lo que Dios nos ha dado para ellos.
Esta consideración golpea fuertemente a quienes tratan con jóvenes. Vemos con frecuencia a muchachos dotados maravillosamente, que por culpa propia de sus padres renuncian a explotar estas cualidades y se embarcan en empresas minúsculas en su sentido divino y aun humano. Sus trabajos no tienen otra perspectiva que la de ofrecerles dinero, mucho dinero, que después les traerá confort y les permitirá arrellanarse cómodamente en la vida. ¡Egoístas, duros de corazón! Entierran sus aspiraciones en una cartera repleta de billetes... Pasó su vida. ¿Qué hicieron esos jóvenes de quienes había derecho a esperar tanto? Consumieron inútilmente sus vidas. En la horrenda crisis moral actual entristece y subleva este sentido egoísta, esta huida de la lucha que amenaza sobre todos a quienes por haber recibido más abundancia de medios ignoran lo que es el dolor. Los que lo han recibido todo hecho desconocen totalmente las alegrías profundas del renunciamiento y del sacrificio.
Una inyección de idealismo y de valores desinteresados, de altruismo y de amor humano y sobrenatural es una de las más urgentes necesidades de la juventud de nuestra época, para que pueda encontrar su camino en la vida.
¿A qué te inclinas?
Puede servirte para conocer tu carrera el estudio de tus inclinaciones superiores cuando éstas son profundas y constantes.
La inclinación a algo hace más fácil su realización, y puede con frecuencia considerarse como una señal de llamamiento divino: "Con gran reverencia nos gobiernas, oh Señor", dice el Profeta, experto en el conocimiento de los caminos del Altísimo.
No toda inclinación, sin embargo, es señal de una vocación, pues hay en el hombre tendencias muy diferentes: inclinaciones al bien e inclinaciones al mal; fuerzas que nos invitan a la perfección y otras que nos empujan al egoísmo, a la pereza y aun al vicio. ¿Cómo podrían estas inclinaciones significarnos la voluntad divina? Por tanto, sólo aquellas inclinaciones superiores que encauzan nuestras mejores cualidades son las que pueden ayudarnos a conocer nuestra carrera.
Estas inclinaciones, para ser tomadas en serio, han de ser también constantes, permanentes, no caprichos pasajeros, ni sentimentalismos momentáneos.
Una inclinación, para ser constante, ha de estar basada en la íntima convicción del individuo. Hay inclinaciones totalmente desarraigadas de convicciones; inclinaciones que se tienen únicamente "porque sí", "porque me gusta", "porque tengo gana", porque aquello es tan novedoso, tan atrayente, tan interesante... Estas convicciones no pueden durar, como no puede durar ninguna inclinación puramente sentimental, sin arraigo en la inteligencia. Los sentimientos son más volubles que el tiempo que tan pronto está lluvioso como ardiente; ya tenemos un día encapotado, o un hermoso azul primaveral. Por tanto, las inclinaciones que nos pueden servir de guía han de tener profundo arraigo intelectual, han de estar siempre controladas por la razón iluminada por la fe.
Una auténtica inclinación admite todavía una gran variedad de matices en lo que a su aspecto intelectual y emotivo se refiere. Inclinaciones hay en que el sentimiento parece estar totalmente ausente, y predomina la visión serena de la inteligencia de un bien determinado. Otras hay en cambio que inclinan y arrastran al ser entero: a la inteligencia, a la voluntad y a la sensibilidad, que en algunos casos llega a transformarse en verdadera pasión. Si esto último existe hacia un camino bueno, ¡tanto mejor! Más natural y más fácil nos será descubrir y seguir nuestra ruta en la vida. Pero no es raro que el hombre tienda en algunos casos hacia una manera de vivir, únicamente con sus potencias superiores, mientras repugnan positivamente sus apetitos inferiores. En estos casos, ¿tendrán aún algún valor nuestras inclinaciones para descubrir nuestra carrera? Sí; ciertamente.
Fácilmente es de comprender que tales repugnancias no nacen de la ausencia de una verdadera tendencia de la parte superior, sino de las dificultades que ofrece la sensibilidad que presiente lo que tendrá que sufrir.
Una vocación a la vida religiosa, al sacerdocio, a las misiones, al servicio social, al ejército, a aceptar un puesto oscuro y sacrificado es normal que despierte hondas resistencias de nuestros apetitos inferiores. Más aún, si no se despiertan en algún momento estas resistencias, es muy de temer que el joven en cuestión no haya meditado seriamente el paso que va a dar. ¿Cómo no temblar ante el renunciamiento de tantos bienes incompatibles con la carrera que se va a seguir, ante la incertidumbre de su perseverancia en ella, ante la debilidad de sus fuerzas y la grandeza de la obra que piensa acometer? La inteligencia y la voluntad apoyándose en la fe, terminan por sobreponerse, pero no logran ahogar las voces inferiores de nuestro ser.
(San Alberto Hurtado, Elección de carrera, 1943)