San Alberto Hurtado
Reino de Cristo
Vamos a hacer una meditación trascendental para los Ejercicios y para toda nuestra vida. Es una especie de Principio y Fundamento para todo lo que hayamos de hacer por Cristo. Es una invitación a la conquista de la santidad, no de la santidad en abstracto, sino de mi santidad, bien en concreto, en el estado actual de naturaleza redimida.
Composición de lugar. Ver a Jesús recorriendo los campos, llamando a las puertas de las casas, invitando a Mateo, a los pescadores, a Zaqueo... seguido por sus Apóstoles y predicando la Buena Nueva. Petición: no ser sordo a su divino llamamiento, sino presto y diligente para cumplirlo (cf. EE 91).
(…)
Si viniera un Rey elegido de la mano de Dios –dice San Ignacio- ¿qué harían los buenos y valientes, sino seguirlo en su empresa de conquista? (cf. EE 94).
Reyes menores han venido y los han seguido. El alma humana ha sido creada a imagen y semejanza de Dios: ama como Dios lo bello, lo bueno, lo grande, lo noble. El problema está en dárselo a conocer. Si lo conoce, marchará.
Y estamos en este momento de los Ejercicios. Lo que sigue sólo se dirige a los hombres de corazón grande, a los magnánimos, a los que son capaces de entusiasmarse por un ideal que va más allá de lo estrictamente obligatorio, a los chiflados por Cristo… Los que no lo estén, o no tengan siquiera el ideal de estarlo, mejor es que se bajen del buque, porque no van a ser sino un peso muerto; lo que se va a decir no tendrá sentido para ellos… Harán más mal que bien, desalentando a los valientes con sus miedos y temores estériles. Los que tengan mucho subiecto, los que mucho se querrán señalar y afectar en el servicio de su Señor, que digan: ¡Presente! (cf. EE 97).
III. El Jefe
En estos momentos se me presenta Cristo; viene de camino, como de esos cuadros de la casa de Ejercicios… Tiene 30 años. Alto, fuerte, mirada penetrante, lleno de paz, serenidad y fortaleza; camina con paso firme y decidido… me mira, me invita…
¿Quién es Él? El Dios eterno que existe desde antes que el mundo fuera; antes que la tierra fuera una nebulosa, Él era; Es “El que es” (cf. Ex 3,14).
El Dios fuerte… por Él ha sido hecho cuanto ha sido hecho (cf. Jn 1,3); las montañas Él las elevó; los abismos Él los hundió… las estrellas lejanas Él las ha hecho girar y las mantiene…
El Dios santo… En Él no hay mancha alguna. Todo lo que es belleza física o moral arranca de Él, es un reflejo tenue de la belleza que es Él: Él es la belleza, como es Él la santidad…
El Dios amor. Los hornos son fríos frente al ardor de su amor. Es tal el amor que tiene a su Padre, que ese amor es una persona subsistente, el Espíritu Santo, Amor eterno e increado. ¿Qué amores humanos pueden compararse al de Él?... Si está en la tierra es por amor: “Tanto amó Dios al mundo, que nos dio a su Hijo unigénito” (Jn 3,16).
Las cualidades humanas de este Jefe, ya que es realmente un hombre, ¿cómo serán?, ¿cómo podrán ser? Su inteligencia, penetrante, descubre todo lo oculto; rasga los velos de los corazones de los hombres, como del porvenir de los pueblos, y del mundo mismo. Todo le está presente: pasado, presente y porvenir… Jamás un pensamiento es demasiado elevado para Él, que vive en esa elevación sobrehumana. ¿Qué acontecimiento ocurre que Él no lo haya previsto?... La humanidad evoluciona, evoluciona… condiciones nuevas de vida que nos desequilibran, y parece que el mundo va a perecer ¿queremos una solución? Vamos al Evangelio, a las palabras de Jesús y allí está todo previsto…
¿Su corazón? Ama a Dios su Padre en el Espíritu Santo con un amparo substancial y ama a los niños pobres y desharrapados, ama a los leprosos, ama a los ciegos y a los paralíticos, y a Pedro, a Judas, a la Magdalena, a Zaqueo… ¿A quién no ama? ¡¡A mí!! Me ama… Me ama: ¡¡En esta fe y en esta confianza quiero vivir y quiero morir!! Ama hasta a los pajarillos, a los lirios, a los habitantes que debe haber quizás en otro mundos… pues este mundo es incapaz de contener su infinito amor… ¡Qué distinto del mío! Una gotita pequeñita y breve, que economizo para no agotar…
¿Su vida? Nació hace 30 años en una cruda noche de invierno… no en una casa, sino en un establo; tuvo que huir a Egipto, porque ya el odio se cernió sobre Él desde que nació. Proletario, obrero de carpintería, se ha ganado el pan con el sudor de su frente; sostén de su Madre. Bondadoso, solícito, pero lleno de reservas, de pudor, de fuerza contenida. Vive entre los hombres como uno de ellos, trabaja, duerme, se fatiga… Desde que abandonó su casa, no tiene ni siquiera una choza, vive en el monte; descansa su cabeza contra el tronco de un árbol, o bien pasa la noche en oración, o se hospeda donde encuentra un amigo bondadoso que le ofrece techo (cf. Mt 8,20).
¿Amigos? Sí los tiene… Son muy inferiores a Él, aun para los que saben su origen divino… Son pobres y rudos pescadores, algunos publicanos arrepentidos… pero Él los llama: ¡amigos! Y los quiere, los cuida, los defiende contra todos los que pretendan atacarlos. Comprende sus pequeñeces, se hace cargo de sus debilidades, pero siempre se esfuerza por levantarlos a una visión más divina de la vida.
Avanza, avanza… se acerca a mí, me mira. Ha llegado el momento decisivo de mi vida. Jesús quiere hablarme… tiene una palabra que decirme: lo presiento. ¡Oh momento! Si no la oigo, pasará… irá a otros pueblos, a otros hombres, a decir su mensaje. ¿Volverá? ¿Cuándo? Pero, ¿qué? ¡Es posible que dude yo en escucharlo! No, ¡me dirigiré hacia Él rogándole una palabra!
Jesús viene a mí… Jesús quiere hablarme. Caiga yo de rodillas. Señor, ¿que quieres que haga? Sí, Señor, habla que tu siervo escucha. ¿Qué quieres, Señor, de mí? ¡Tú de mí! Las dos voluntades se unen: la divina y la humana. La primera palabra y la última pertenecen a Dios… Todo se hace con su ayuda y cuando le place; pero la voluntad humana solicitada por Dios, tiene una palabra decisiva que decir… En efecto, salvo casos rarísimos, y sea cual sea la parte de atractivo, de llamamiento, de inspiración divina, Dios se digna pedir a su futuro apóstol su consentimiento libre, como lo pidió a su futura Madre, por medio del Arcángel Gabriel (cf. Lc 1,28-38). Es un gran honor para nuestra naturaleza. Porque depende de nosotros darle a Dios nuestro Señor lo que Él quiere pedirnos. Un “Sí”; un “hágase”, un “he aquí la Esclava del Señor” (cf. Lc 1,38), palabras a las cuales todo está ligado… Mi responsabilidad… mi grandeza… mi poder. ¡¡¡Mi sí o mi no!!!
IV. La invitación
Mi voluntad es conquistar todo el mundo y todos los enemigos y así entrar en la gloria de mi Padre; por tanto quien quiera venir conmigo ha de trabajar conmigo, para que siguiéndome en la pena me siga también en la gloria (cf. EE 93).
¿Tengo un alma entera? ¿Quiero una causa grande? ¿Me entusiasma la milicia, el apostolado, una causa desinteresada? Aquí la tengo: Conquistar todo el mundo, y todos los enemigos, y así entrar en la gloria de mi Padre…
Si hay algo desinteresado es esto. El mundo entero que perece, que agoniza asfixiado por ideas malsanas, ha de ser salvado… No se trata de una mina con explosión de grisú… se trata del mundo entero que agoniza y muere por falta de la verdad y de la vida. Más necesario que los generales, que los profesionales, que los artistas, son los apóstoles: ésos se necesitan ad meliunesse; éstos, ad simpliciteresse. ¡Salvar al mundo! Piénselo bien, el mundo que agoniza por el marxismo, el racismo, el individualismo, el epicureísmo… disfraces todos del egoísmo que tiende al yo con olvido de Dios… pero perece aquí y va a perecer después eternamente si no se remedia a su suerte. Y hay un médico que puede sanarlo: es Jesús. Hay una doctrina que puede devolverle la verdad: es el Evangelio. Hay una vida que puede fortalecerlo: es la de Jesús… Allí está la Fuente de aguas vivas, que brota hasta la vida eterna (cf. Jn 7,37-38). ¡Venid a beber!
Pero este trabajo quiere hacerlo no solo, sino con apóstoles que vayan con Él. Él va a mostrarnos en cortos tres años el modelo de su acción; nos va a dejar una lección vivida, de cómo vive y muere un apóstol; pero luego quiere en vez de sus pies mortales, usar los míos; en vez de su voz, usar la mía; va a perdonar a los pecadores, pero usando mis labios y mis manos… y si se los rehúso esa obra no se hará.
Y así entrar en la gloria. Entrada segura, cierta, infalible… Un breve pelear; un eterno triunfar. Él, yo, los que haya conquistado para Él. Decíamos que hay idealismo en el mundo moderno, sólo que falta mostrarle una causa digna en que pueda colocar su idealismo. ¿Habrá alguna causa más grande para dar la vida y la muerte que ésta: Conquistar todo el mundo para Cristo, y con Él y con ellos entrar en la gloria?
¿Conquistaremos en realidad todo el mundo? Trabajaremos por hacerlo; colocaremos nuestra vida en esa obra… según los planes de Dios, y la respuesta libre de cada alma, que pueda dar un sí o un no a la invitación divina. Y el resultado será muy superior a lo que merecen nuestras fuerzas. No sé lo que lograremos ver, pero lo que se obtendrá será muy por encima de todo lo que pudiéramos ver y soñar… No olvidemos que un alma, una sola, vale más que todo el mundo material. Por un alma bajó Cristo del cielo; por todos los mundos materiales, Jesús no ha derramado una gota de sangre.
Por tanto, quien quisiere venir conmigo… Ir con Cristo. Ya ha dicho su mensaje. Somos varios… somos ciento… Lo ha dicho con calma y con paz, y ahora, para dirigirlo ha tomado mis labios, mira por mis ojos, ora por mi alma. Lo ha dicho, y nos mira con una mirada, como esa mirada que tantas veces deslumbró a los apóstoles, y espera mi respuesta. ¿Quieres venir conmigo? Con Él. Con Cristo. ¿Podrá existir mejor guía, mejor jefe, mejor amigo?
Pero ¡no te engañes! Si vienes conmigo has de trabajar conmigo, sacrificarte, renunciar a gustos y pasatiempos… lo superfluo de una vida social, de lecturas inútiles y frívolas, has de formarte, estudiar aunque esto sea penoso; has de orar aunque estés seco y desolado; has de ir al pobre, al mendigo, al niño, aunque sean rudos y torpes; has de ir a los ricos, aunque te rechacen y murmuren de ti; has de pedir dinero, colaboración, sacrificios, la vida misma de todos ellos.
Para que siguiéndome en la pena, ya lo sabes: El que quiere venir en pos de mí, niéguese a sí mismo, tome su cruz y sígame… El grano de trigo, si no muere se queda solo; si a mí me han perseguido, también os perseguirán a vosotros, si a mí me han llamado Beelzebul ¿cómo os llamarán a vosotros? (cf. Mt 16,24; Jn 12,24; Mt 10,25). No haya ilusiones, en mi seguimiento hay penas… Soy Rey, pero reinaré desde la cruz, “cuando fuere exaltado de la tierra, todo lo atraeré a mí” (Jn 12,32). Muchos se desalientan de seguirme porque buscan un reino material, consuelos, triunfos, deleites, al menos espirituales… pero yo te lo digo: tendrás la paz del alma, pero has de estar dispuesto a vivir mi vida y morir mi muerte, la mía de Jesús, Salvador.
Me sigas en la gloria. El triunfo, sí ciertamente vendrá, y pronto; el triunfo eterno, ante el cual todos los dolores y sufrimientos padecidos aquí abajo serán como sombra… ¿Qué son cincuenta años ante la eternidad? Pero esos años de dolores los quiero en unión de los míos como un precio de rescate; a pesar de todo mi amor, no quiero ahorrarte a ti, ni a ninguno de los míos, esta configuración por un breve momento al dolor, para configurarlos por una eternidad a mi resurrección. Pero no hay comparación en todos los dolores que puedan tolerarse aquí abajo al peso eterno de la gloria. “¡No temas! ¡Yo he vencido al mundo!” (Jn 16,33).
V. La respuesta
Muchos somos los que hemos escuchado el llamamiento de Cristo… Los que se sentían cobardes, ya que quedaron fuera: desembarcaron antes de esta meditación… Pero quizás algunos han escuchado el sermón de Cristo atraídos por la belleza de su persona, la armonía del cristianismo, la estética de la doctrina, la salvación que esperan de Jesús… pero no creían que iba a dirigirles a ellos un llamamiento personal, a pedirles un sacrificio, y como el Joven Rico (Mt 19,22), al oír el sacrificio bajan la cabeza, dan media vuelta, y prefieren sumirse en la vulgaridad burguesa de su ideal terreno antes que emprender la empresa salvadora con Jesús. San Ignacio los llama a estos: los que no tienen sentido ni razón. Porque, ¿qué sentido y razón puede tener el que, comprendiendo quién es Cristo, quién es Él, el fin de su vida, la grandeza del ideal, por temor al sacrificio propuesto por un Dios que promete el triunfo, dé vuelta las espaldas y acepte mejor los bienes que no son bienes?
La segunda categoría de hombres han escuchado y con gran entereza han respondido a Cristo “ofreciendo todas sus personas al trabajo…” (EE 97). En verdad es justo y necesario, nuestro deber y salvación… Sí, ¡qué puede haber de más digno, justo, saludable y equitativo que aceptar tan hermoso y noble plan.
Ofrecen sus personas: “Todo su querer y libertad para que su divina Majestad, así de su persona como de cuanto tiene, se sirva, conforme a su santísima voluntad” (EE 5). Aceptan la invitación a la santidad, porque a esto se reduce en primer término el llamamiento de Cristo: para la conquista de las almas hay que ser otro Cristo, Cristo divinizado por la gracia santificante, Cristo obrando, como Jesús, en pobreza, humillación y dolor, que son las características más claras de la vida del Maestro. Aceptar este ideal es dejar toda ilusión de una vida entregada a la sensualidad y al amor propio, carnal y mundano, y aun al amor espiritual que consista en regalos y consuelos.
A este ideal ofrecemos, no un acto aislado, no una hora al día, o treinta horas a la semana, sino que nos ofrecemos, la persona entera como quien toma estado, pasamos a ser enteros, totalmente de Cristo y para Cristo, como los apóstoles que, dejadas todas las cosas, seguían a Jesús donde quiera que iba. Conviene que el alma que hace esta donación general de sí misma se dé cuenta que se entrega entera y que es recibida por Cristo en el número de sus discípulos y de sus amigos más queridos.
Pero hay una tercera categoría de hombres. “Los que más se querrán afectar y señalar en todo servicio de su Rey eternal y Señor universal, no solamente ofrecerán sus personas al trabajo sino que aún haciendo contra su propia sensualidad y contra su amor carnal y mundano harán oblaciones de mayor estima y momento…” (EE 97).
¿Quiénes son éstos? Como los segundos, ofrecen todas sus personas al trabajo, pero además quieren afectarse, animarse, decidirse a ser de los más leales, de los más fieles, de la avanzada del ejército de Cristo su Rey. Esta voluntad es hija de aquel enamoramiento de Cristo clavado en cruz y muerto por mis pecados, que me hacia clamar repetidas veces: ¿Qué puedo hacer por Cristo? (cf. EE 53, cf. 197).
Su respuesta es la de San Pablo: “Los que son de Cristo han crucificado su carne con sus vicios y concupiscencias” (Gál 5,24). Para más imitar a Jesús se ofrecen para imitarlo en toda injuria, todo vituperio, toda pobreza, así actual como espiritual. La historia de los Ejercicios está llena de estas oblaciones. San Ignacio anotaba cuánto de más difícil encontraba en la vida de los santos para realizarlo.
VI. Coloquio y ofrenda al Rey
El ofrecimiento toma la forma de oración, de concepto lleno, de expresión simple pero ardiente. Me coloco delante de la infinita bondad del Señor Eterno de todas las cosas, delante de la Virgen Santísima y de todos los Santos y Santas de la Corte del cielo. Palabras conscientes: quiero, deseo, elijo, es mi determinación deliberada: las mismas palabras del ofrecimiento del Servicio de Cristo Rey.
Me ofrezco no a actos particulares, sino “a una vida o estado” de imitación de Jesucristo en las virtudes más sólidas y perfectas, primeramente en pobreza actual y espiritual, y luego en la humillación de injurias y vituperios; y en el dolor… siempre condicionado todo al querer y voluntad divinas.
Esta imitación es más dulce y más fuerte que el simple esfuerzo contra mí mismo, porque nace de un amor sobrenatural a mi Redentor, a quien me siento ligado con los vínculos más fuertes que puede experimentar mi alma. Ahora veo claro, Señor, los principales objetos de mis afectos desordenados: el honor, la riqueza, la comodidad… Veo claro el camino de mi santidad: Seguir a Jesucristo, trabajar y luchar con Él y por Él. Veo claro que la respuesta a esta pregunta, que tantas veces me he hecho en Ejercicios: ¿qué puedo hacer por Cristo?, no es otra que ofrecer toda mi persona al trabajo y luchar contra mi sensualidad y contra mi amor carnal y mundano, llevado del amor a Cristo y del deseo de imitarlo (cf. EE 97).
Veo claro que mi proposición el día del Principio y Fundamento: Solamente queriendo y eligiendo lo que más… se convierte en ser de los que más quieran afectarse en todo servicio de mi Rey Eterno y Señor universal… Señor y Padre ¡que sea así! ¡Que viva y muera en esta fe, y en este amor!
Padre nuestro.
Coloquio del Padre Longhaye:
“Eterno Señor de todas las cosas, que tenéis sobre mí todos los derechos, yo hago mi oblación, mejor dicho, la vuelvo a hacer y la renuevo, decidido a cumplirla con vuestro favor y ayuda; y la hago delante de vuestra infinita bondad, recordando y confesando que si me pedís que luche y trabaje y que sufra, es más para utilidad mía que para vuestro interés; es por pura bondad vuestra y sincero amor que me tenéis… y al hacer [la oblación] protesto que lo hago no por entusiasmo pasajero del corazón, sino porque yo quiero y deseo, y es mi determinación deliberada, aunque mi sensibilidad airada se revele de imitaros dondequiera que vayáis, sin poner de mi parte cortapisa ni condiciones. Y pues os veo sufriendo desnudez y pobreza, dolores y oprobios, con ellos me abrazaré para unirme a Vos, y mi anhelo será imitaros en pasar toda injuria y todo vituperio y toda pobreza. Y no os pido imitaros únicamente llevando con paciencia a vuestro ejemplo las privaciones, sufrimientos y humillaciones que pudieran sobrevenirme, pues que esto sería prudencia razonable y no ofrecimiento generoso, sino que os suplico que me la enviéis y os pido formal y positivamente una parte, mi parte, de vuestro cáliz. Y os lo pido no para un porvenir lejano y vago, para circunstancias excepcionales e imaginarias, sino para hoy, para mañana, para todos los días de mi vida real y normal. Os suplico no me queráis elegir y recibir en estado de pobreza, pues ya tuvisteis la bondad de hacerlo, sino que me queráis hacer sentir, aún a mi pesar, algunos efectos de esta pobreza que por voto os tengo ofrecida. Anhelo encontrar, como Vos, en mi camino injurias (con tal que las pueda pasar sin pecado de nadie), desprecios, críticas y todo vituperio. Sí, Jesús mío, que mis superiores me avisen y reprendan; que mis hermanos me critiquen, siempre que sea con caridad y sin falta de ellos; que la opinión me discuta y me censure, sea en la Compañía, sea fuera. Aún cuando de ello no tuviera necesidad para bien de mi alma, yo lo deseo, oh Rey mío; lo deseo y lo pido para parecerme a Vos y estar con Vos. Y cuando todo esto venga, si mi naturaleza se subleva, yo lo desmiento y condeno desde ahora, y en tal caso recordadme, Jesús mío, que yo mismo os lo pedí y supliqué. Y si alguna vez se me ocurre pensar que se me trata peor que a otros y menos bien de lo que mis méritos piden, recordadme, oh buen Jesús, cómo se os trata a Vos; y otorgadme que jamás quiera parecerme a otro que a Vos. Amén. Amén. Amén”.
(San Alberto Hurtado, Un disparo a la eternidad, Ediciones Universidad Católica de Chile, Santiago de Chile, 2004, p. 221 – 233)