Directorio de Espiritualidad del IVE
Artículo 3: Preexistencia del Verbo
1. Persona eterna. La persona del Verbo existe desde toda la eternidad: al principio era el Verbo...y El estaba al principio junto a Dios (Jn 1,1-2). Al confesar la existencia del Verbo como anterior a la Santísima Virgen y anterior a la creación del mundo, queremos basar nuestra espiritualidad en el absoluto de Dios ante quien todo es como nada. Siempre debe ser capital para nosotros la exhortación de San Cipriano de “no anteponer nada a Cristo”, convencidos de que “Dios ama a Cristo más que a todo” y la convicción de Santa Teresa: “Sólo Dios basta”. Queremos en todo y por todo dar primacía a lo espiritual y entregarnos en santo abandono a la voluntad de beneplácito de Dios, ya que, como respuesta a la revelación de Dios “el hombre debe abandonarse enteramente en Dios”.
2. Persona distinta. Y el Verbo estaba junto a Dios (Jn 1,1). El Verbo es la “Palabra que procedió del silencio”. La distinción personal del Verbo con el Padre y el Espíritu Santo nos impele a que toda nuestra vida lleve la impronta trinitaria, que es el máximo misterio de Dios, es plenitud del hombre y es “la sustancia del Nuevo Testamento”, en la que los hombres por medio del Hijo hecho carne tienen acceso en el Espíritu Santo al Padre y se hacen partícipes de la naturaleza divina (2 Pe 1,4). Debe ser un timbre de honor el confesar “la distinción de las personas, la unidad de su naturaleza y la igualdad en la majestad”.
3. Persona divina. Y el Verbo era Dios (Jn 1,1). Reconocemos en El la plenitud de la divinidad y todos los atributos del ser y del obrar divinos y que todas las cosas fueron hechas por El y sin El no se hizo nada de cuanto ha sido hecho (Jn 1,3). De manera particular, queremos vernos en El a nosotros mismos y a todo hombre, y vernos creados “a imagen y semejanza de Dios”, y además, “por Él y ante Él comprender que el hombre es único e irrepetible; alguien eternamente ideado y eternamente elegido; alguien llamado y denominado por su propio nombre”.
CAPÍTULO 2: EL MISTERIO DEL VERBO ENCARNADO
Artículo 1: Su primera Venida
Y el Verbo se hizo carne (Jn 1,14). La obra de la Encarnación es común a las tres divinas personas, pero se atribuye al Espíritu Santo porque: a) Tiene por causa el máximo amor de Dios: de tal modo amó Dios al mundo que le dio a su Unigénito Hijo (Jn 3,16). b) La naturaleza humana no fue asumida por mérito propio, sino por la sola gracia, la cual se atribuye al Espíritu Santo: Hay diversidad de gracias, pero el Espíritu Santo es el mismo (1 Cor 12,4). c) Por razón de que Jesucristo es el solo Santo e Hijo de Dios: lo que nacerá de ti será Santo, será llamado Hijo de Dios (Lc 1,35); y por razón de que en Él somos hechos hijos de Dios: porque sois hijos envió Dios al Espíritu de su Hijo a nuestros corazones que grita: '¡Abba! ¡Padre!' (Gal 4,6) y somos santificados ya que es el Espíritu de santificación (Rom 1,4).
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a. La divinidad de Jesús
Desde siempre ha sido central en la fe católica la confesión de San Pedro: Tú eres el Mesías, el Hijo de Dios vivo (Mt 16,16), y tiene que ser central en nuestra espiritualidad. “Sólo hemos sido salvados, si Jesucristo comparte en su persona la plena vida divina” enseñó el actual sucesor de Pedro y, en otra oportunidad, dijo que al confesar que Jesús es el Señor (Rom 10,9) “rompemos con todo lo demás que pretenda erigirse en absoluto, y destruimos los ídolos del dinero, del poder, del sexo, los que esconden en las ideologías, 'religiones laicas' con ambición totalitaria”.
Él es el “Camino” para ir al Padre y nadie va al Padre sino por Él. Tiene el único nombre por el cual podemos ser salvos (Act 4,12). Es el que hace que la Iglesia sea un “sacramento, o sea signo e instrumento de la unión íntima con Dios y de la unidad de todo el género humano”. Es el que sostiene todos los dogmas de la Iglesia, ya que es “la verdad que incluye todas las demás”. Es el que nos muestra la primacía y el peso de la eternidad sobre toda realidad temporal.
El confesar la divinidad de Jesucristo debe movernos, además, a la práctica de las virtudes de la trascendencia: fe, esperanza y caridad, y, de éstas, a la urgencia de la oración y contemplación incesantes, y a la conciencia de la necesidad de las purificaciones activas y pasivas del sentido y del espíritu.
Contemplando que el Verbo Encarnado es “Dios de Dios, Luz de Luz, Dios verdadero de Dios verdadero, engendrado, no hecho, consustancial con el Padre”, queremos dejar de lado toda postura de puro humanismo (humanismo sin trascendencia) que termina aniquilando al hombre y todo falso kenotismo (anonadamiento) que con excusa de ir a lo inferior se vacía de lo superior, por ejemplo, por “estar en el mundo” se allanan al espíritu del mundo vaciándose y se olvidan que los cristianos están en el mundo, pero no son del mundo (Jn 17,16). Porque “Si Dios faltara completamente al hombre, el hombre dejaría de existir. La gloria de Dios es que el hombre viva, pero la verdad del hombre es ver a Dios”.
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b. La humanidad de Jesús
Del mismo hecho de hacerse hombre sin dejar de ser Dios, debemos aprender a estar en el mundo, “sin ser del mundo”. Debemos ir al mundo para convertirlo y no mimetizarnos en él. Debemos ir a la cultura y a las culturas del hombre no para convertirnos en ellas, sino para sanarlas y elevarlas con la fuerza del Evangelio, haciendo, análogamente, lo que hizo Cristo: “Suprimió lo diabólico, asumió lo humano y le comunicó lo divino”.
Al igual que Cristo que se hizo semejante a nosotros en todo excepto en el pecado (Heb 4,15), son inasumibles el pecado, el error, y todos sus derivados. Antes de bautizar hay que exorcizar; sin conversión es imposible la reconciliación; sin renunciar al mal no existe redención. No puede haber unidad a costa de la verdad. No hay santidad sin limpieza de alma: “santidad, limpieza quiere decir”.
Sólo puede asumirse lo que tiene dignidad o necesidad. No puede asumirse ni lo inhumano, ni lo antihumano, ni lo infrahumano. Son inasumibles lo irracional, lo absurdo y todos sus derivados.
Pero, nada de lo auténticamente humano debe ser rechazado, ya que Cristo asumió una naturaleza humana íntegra. Debemos asumir todo lo humano ya que “lo que no fue tomado tampoco fue redimido”, y lo humano que no es asumido “se constituye en un ídolo nuevo con malicia vieja”.
Y ese asumir lo humano no debe ser sólo aparente, sino real. Esa asunción sólo es real cuando de verdad transforma lo humano en Cristo, elevándolo, dignificándolo, perfeccionándolo. Lo que se deja sólo al nivel humano, sólo aparentemente se lo ha asumido.
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c. La unión de ambas naturalezas
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El Verbo en la Encarnación unge con unción santísima todas y cada una de las células del cuerpo de Jesús, y el alma entera en su esencia y en sus facultades. No hay nada en Cristo que no sea tres veces santo, y por tanto, infinitamente adorable. Todo en El es transparencia, autenticidad, sinceridad, coherencia, verdad: Yo soy... la Verdad (Jn 14,6). Es el Amén (Apoc 3,14). Cuantas promesas hay en Dios son en Él Sí; y por Él decimos Amén, para gloria de Dios (2 Cor 1,20), en Él habita la plenitud de la divinidad corporalmente (Col 2,9). En El no hay nada vacío, hueco, o no asumido hipostáticamente. No hay nada de barniz o cáscara. Nada de simulado o camuflado. Nada de mentira, falsedad, inseguridad, velación o hipocresía. Es Uno Solo -el Verbo- en dos naturalezas distintas, ambas perfectas, íntegras e hipostáticamente unidas.
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Las dos naturalezas, íntegras y perfectas, del Verbo Encarnado nos recuerdan la doble realidad, sobrenatural y natural, de lo creado, y por tanto, la real distinción entre gracia y naturaleza, fe y razón, Iglesia y mundo, que no deben confundirse, ni cambiarse, ni mezclarse, ni absorberse, ni subsumirse. No hay que mezclar lo humano con lo divino, que es un género de mezcla del cual no se ha de vestir ningún cristiano entendimiento. Nos mueven a la práctica de las virtudes aparentemente opuestas respetando sus esencias y evitando todo falso monismo gnóstico, por ejemplo, justicia y amor, firmeza y dulzura, fortaleza y mansedumbre, santa ira y paciencia, pureza y gran afecto, magnanimidad y humildad, prudencia y coraje, alegría y penitencia, etc. La elevada santidad es la unión eminente de todas las virtudes, aun las más diversas.
Ambas naturalezas, conservando sus propiedades, se unen sustancialmente en la persona del Verbo, por tanto, no hay lugar para falsos dualismos ni destructoras dialécticas que buscan dividir, separar, y oponer la gracia de la naturaleza, la fe de la razón, la Iglesia del mundo, realidades que no deben oponerse destructivamente, sino unirse ordenadamente. Nos mueven a no dialectizar ni nuestra vida espiritual ni la vida pastoral, no enfatizando algún elemento en contra de otro. Evitando toda dualidad, impregnando toda la vida con la Verdad, siendo “amén” del “Amén”.
Hay que tener también cuidado de no caer nunca en visiones maniqueas de la realidad, ni en reduccionismos jansenistas, evitando que la legítima y justa autonomía de lo temporal y de lo espiritual degenere en independencia de Dios: “La criatura sin el Creador desaparece”. El ateísmo es “el fenómeno más grave de nuestro tiempo”.
Ciertamente que es Dios quien asume una naturaleza humana y no al revés. Y así debe ser en toda nuestra vida en que debemos dar siempre la primacía a Dios sobre el mundo, a la gracia sobre la naturaleza, a la fe sobre la razón: “en la prioridad de la ética sobre la técnica, en el primado de la persona sobre las cosas, en la superioridad del espíritu sobre la materia”. Así como en Cristo se da un orden entre sus dos naturalezas, así en toda la realidad debe darse una subordinación jerárquica entre los órdenes sobrenatural y natural. El es el que nos da la ley que rige las vinculaciones de ambos órdenes. Es Dios el que sana y eleva al hombre, no al revés; es la fe la que purifica y perfecciona a la razón, no al revés; es la Iglesia la que cura y salva al mundo y no al revés. La inversión de valores que afecta a la cultura moderna es otro de los problemas de nuestro tiempo. Hay que darle más importancia a lo que la tiene y hay que buscar primero lo que primeramente cuenta: Buscad primero el Reino y su justicia y todo lo demás se os dará por añadidura (Mt 6,33).
(Instituto del Verbo Encarnado, Directorio de Espiritualidad, nº 8-11.20-23.46-50.55.61-64)