P. Alfredo Saenz, S.J.
P. Alfredo Sáenz, S. J.
LA TEMPESTAD CALMADA
1. LA TEMPESTAD Y LOS APOSTOLES
Fue el Señor mismo quien impulsó a sus discípulos a subir a la barca: "Crucemos —les dijo-- a la otra orilla" .El, como Dios que era, bien que sabía lo que les esperaba, ya que nada acontece sin el permiso del Señor. Y sin embargo, los exhortó a caminar hacia la prueba. ¿Cuál será la razón por la cual Jesús obró de esta forma? Quizás para que esos discípulos, amados con predilección y especialmente llamados al apostolado, no se ensoberbecieran por tal distinción sino que, aprendiendo a ser humildes en la dificultad, se preparasen mejor para la prueba futura, la más terrible de todas, que sería para ellos el escándalo de la Pasión de Cristo, verdadera tempestad en sus corazones vacilantes que contemplarían cómo su Señor moría en una cruz del mismo modo que un malhechor cualquiera.
Trastabillando en la barca sacudida por las olas mientras Jesús dormía, y comprobando luego el poder absoluto del Señor que súbitamente hizo cesar la tempestad, los apóstoles aprenderían por los ojos que Jesús era verdadero hombre y verdadero Dios. Dormía primero sobre el cabezal de la popa, mostrando así que era hombre como nosotros, sujeto a las necesidades de todos los mortales. Calmó luego el mar bravío, en lo cual se manifestaba como Dios, a quien el viento y el oleaje obedecían. Su acción prodigiosa, al tiempo que nos lo muestra como el Señor de los elementos, nos trae a la memoria la creación original, a que alude la primera lectura de hoy, donde se destaca el poder soberano de Dios sobre el mar impetuoso a cuyas olas arrogantes impuso límites, de ese mismo Dios que un día encresparía las tranquilas aguas del Mar Rojo para anegar en ellas al perseguidor egipcio.
Obrando así, el Señor fortalecía la fe de sus discípulos, fe todavía incipiente, pero que empezaba a aprender que Jesús era el Señor de la historia y de los elementos de este mundo.
2. LA IGLESIA EN TEMPESTAD
El episodio evangélico que nos ocupa encuentra también aplicación en la vida de la Iglesia. Sabemos que la Iglesia ha sido comparada con una barca que a lo largo de los siglos atraviesa el mar de este mundo, con la proa puesta en dirección al puerto, que es la eternidad. El Señor, como antaño a los discípulos, ordenó a todos los hombres que entrasen en ella, si querían salvarse de las olas procelosas.
Y así la Iglesia ha navegado durante los veinte siglos de su historia, y seguirá navegando hasta el fin del mundo, hasta la vuelta del Señor. A veces con períodos de bonanza. Otras veces en medio de tempestades. Hoy vivimos momentos de borrasca. En cierta ocasión, Pablo VI dijo a un grupo de peregrinos: "Vosotros sois como navegantes en medio de un mar de tempestad. Y he aquí que un fenómeno extraño se produce en nosotros: mientras que Nos pensamos en confirmaros, el sentimiento del peligro que vosotros corréis nos alcanza a nosotros mismos". En repetidas ocasiones, tanto ese Papa como el actual, han aludido a la profunda crisis que sacude hoy a la Iglesia.
Sin duda que en estos últimos tiempos la Iglesia ha conocido algunos cambios saludables, que han sido o al menos pueden ser causa de una auténtica renovación espiritual. Pero sería pretender tapar el cielo con un harnero ignorar la existencia de una aguda crisis en el cuerpo de la Iglesia: disminución de las vocaciones, decadencia del espíritu apostólico y misionero, pérdida de la fe en muchos corazones, negación práctica del magisterio de la Iglesia. Un importante teólogo contemporáneo, el cardenal de Lubac, afirmaba que en muy raras ocasiones de su historia la Iglesia se ha visto tan sacudida como ahora. Con excepción de la gran crisis arriana de los primeros siglos, por lo general las otras crisis eran sólo regionales y no afectaban, como la presente, a la totalidad de la Iglesia. "Está bien claro que la Iglesia se enfrenta con una grave crisis, escribe. Se está tratando ahora de establecer una Iglesia distinta de la de Jesucristo: una sociedad antropocéntrica amenazada por la apostasía inmanente, un dejarse arrastrar por un movimiento de abdicación general bajo pretexto de renovación, ecumenismo o adaptación".
Todos nosotros sentimos, con mayor o menor intensidad, el vaivén de esta tormenta. Sin embargo, hoy como ayer, debemos tener confianza en el Señor, que aparentemente duerme. No debemos perder la esperanza. Decimos "esperanza", no necesariamente "optimismo", que son dos cosas diferentes. Cuando se habla de esperanza se alude a la Providencia de Dios, a la intervención divina capaz de romper el mecanismo de las causas segundas. La esperanza no excluye que detectemos los peligros, los peligros verdaderos del momento presente, así como que preveamos las amenazas del futuro; lejos de ello, presupone que captamos la realidad tal cual es. Pero a la vez implica una fe inquebrantable en la victoria final de Cristo, con la feliz convicción de que al hombre que busca a Dios, nada ni nadie podrá separarlo de su amor. Por eso el que tiene esperanza no es ni pesimista ni optimista. Es el único realista verdadero. Sabe muy bien que Cristo está por encima del mundo. Y que, a su hora, se despertará de su desconcertante sueño, y con un gesto imperioso calmará la desatada tempestad.
3. NUESTRA ALMA EN TEMPESTAD
Finalmente podemos aplicar este episodio de la vida de Cris-to a nuestra propia vida espiritual. Al fin y al cabo, nuestra alma es una microiglesia, una pequeña iglesia, con sus períodos de calma y sus momentos de tormenta. Eso que dice San Pablo en la segunda lectura de hoy: "El que vive en Cristo es una nueva criatura: lo antiguo ha desaparecido, un ser nuevo se ha hecho presente", implica un permanente desmoronamiento del hombre viejo y una perenne resurrección a la vida en Cristo. Y ello no se hace sin cimbronazos, en tranquila bonanza. Más aún, como decíamos en otra ocasión, Cristo permite que sus predilectos sufran este tipo de pruebas, como antaño permitió que las soportaran sus discípulos más cercanos. En ocasiones podemos tener la impresión de que Jesús se ha olvidado de nosotros. De que nos abandona mientras remamos en medio de olas impresionantes. De que nos deja en la pura fe, sin consuelo alguno sensible. ¡Cuántas veces nos sentimos cansados, salpicados por las gotas de nuestra angustia, agotados, deshechos, como los apóstoles vacilantes en su barca! Y Jesús durmiendo...
Cada uno de ustedes sabe de sus luchas íntimas, con frecuencia más dolorosas que las que provienen del exterior. Pero nunca olvidemos que Cristo está siempre junto a nosotros. Que nos comprende mejor que lo que podrían hacerlo nuestros allegados más queridos. Aunque duerma. Aunque nos parezca insensible. Cada golpe de remo que damos en medio del huracán quedará inscrito en el Libro de la Vida. Cristo reprochó a los, apóstoles su poca fe porque no creían que mientras dormía era capaz de salvarlos.
Podríamos decir que nuestra vida se desarrolla entre el temor y la esperanza; temor, porque no pocas veces advertimos que las olas se elevan hasta entrar en la barca de nuestra alma, amenazando hundirla; esperanza, porque sabemos por la fe que no estamos solos, y que el Señor es el primer interesado en que no sucumbamos. El se reserva darnos el gozo de su presencia, quizás cuando nuestro desaliento se haga extenuante. Un día se nos mostrará cara a cara, al término de nuestra vida mortal. Nos verá a lo mejor sudorosos, salpicados de barro, pero esto le agradará sobremanera, como después de una batalla a un general le satisface más ver a sus soldados de fajina y un poco maltrechos que en impecable uniforme de gala.
Pronto nos vamos a acercar a recibir el Cuerpo de Jesús. A lo mejor nuestra alma se encuentra en un momento de tempestad interior. ¿Qué mejor que la presencia del Señor para calmarla? Pidámosle que nos confirme en la fidelidad, de modo que sepamos permanecer inclaudicables en su servicio, aunque lo sintamos ausente, o le veamos silencioso y dormido. El siempre está con nosotros. Como lo estará realmente dentro de pocos momentos por la Sagrada Eucaristía.
(SAENZ, A., Palabra y Vida, Ciclo B, Ediciones Gladius, Buenos Aires, 1993, p. 187-192)