P. Alfonso Torres, S. J.
P. Alfonso Torres, S. J.
Curación de la hemorroísa
[…] los evangelistas nos descubren algo que esa mujer llevaba en su corazón quizá hacía mucho tiempo. Porque la manera de hablar que tienen los evangelistas no es para interpretar la situación de ánimo de aquella mujer, como si esta situación se hubiera formado en el momento en que Jesús desembarcó en la orilla occidental del lago, sino más bien es para sospechar o para creer que desde hacía algún tiempo venía removiendo el corazón de la pobre hemorroísa el sentimiento, que por fin manifestó y llevó a la práctica en la ocasión presente. Había oído hablar de Jesús, pero de seguro, había llegado a su noticia la fama de l múltiples milagros que Él había realizado en toda Palestina, pero más en particular en la ciudad predilecta de Cafarnaúm, que Él había escogido como su propia ciudad, como el centro de todas sus actividades apostólicas. Al oír hablar de aquellos milagros pensó en su enfermedad y nació en su corazón la confianza de que Jesús podía curarla. Pero esa confianza fue envuelta con una profundísima humildad; las humillaciones que había debido sufrir en los doce años que llevaba enferma habían producido un buen efecto; no era de esas almas a quienes la humillación exaspera, a quienes la humillación hace amargas y rebeldes; no era de esas almas que reciben la humillación como un veneno; sino de esas almas a quienes la humillación les da ocasión de conseguir la santa virtud de la humildad, de aquellas almas a quienes la humillación obliga a levantar los ojos al cielo y a fiarlo todo en Dios, de aquellas almas que reciben la humillación como una misericordia del Señor; y, en efecto, las humillaciones que había sufrido la hicieron humilde, y esa humildad nos la manifiestan los evangelistas de muchas maneras. Primero en el deseo de acercarse a Jesús ocultamente, sin que lo advirtieran las gentes que la rodean, sin que lo conozcan los que andan oprimiendo a Jesús. Segundo, en acercarse a Jesús sin que Él la viera; parece como que el pensamiento de presentarse francamente a Jesús la abatía demasiado; se consideraba demasiado humilde para un atrevimiento semejante. Tercero, en vez de suplicar al Señor, como acababa de suplicar Jairo por su hija, ella no piensa más que en tocar las vestiduras de Jesús secretamente, y ni siquiera tocar sus vestiduras de una manera franca y audaz, sino tocar lo que se llama las fimbrias de las vestiduras en el lenguaje hebreo, o sea, aquellos codones que colocaban en los cuatro ángulos del manto con que se cubrían, según la Ley de Dios, y que servían para recordar esa Ley; es decir, lo último, el extremo de sus vestiduras, como quien quiere tocar a Jesús, pero lejos, porque le aterra el pensamiento de acercarse demasiado a Él.
Todo esto que hay en la narración evangélica descubre un ánimo humilde; alma que se esconde, alma que teme llegar a Jesús; y no es que tema llegar a Jesús por no se fíe de su misericordia, son que teme llegar a Jesús aun fiando mucho en su misericordia; alma que no se atreve más que a tocar las fimbrias de las vestiduras de Jesús, ésta es un alma humilde. De modo que a esa mujer las humillaciones le habían dado el rico tesoro de la humildad. Con esa humildad en el alma no es extraño que aquella mujer confiara mucho, porque no hay nadie que tenga una fe viva y que sienta y que sienta los efectos de esa fe viva, en particular la confianza y la seguridad de que nunca le va a faltar la misericordia del Señor, como el alma humilde; y no es extraño, repito, que en aquella alma naciera una confianza sin límites y que ella llegara a tener la seguridad, la fe vivísima, la esperanza cierta de que lograba acercarse a Jesús y tocar las fimbrias de su vestidura, ella se vería sana de aquella molestia, de aquella larga y humillante enfermedad.
Y como lo sintió en su corazón, así lo puso por obra. Se entró por aquella muchedumbre que rodeaba al Señor – en ese momento de entusiasmo no debieron advertir que la mujer tendía a acercarse lo más posible a Jesús-, y cuando estaba cerca de Él, detrás de Él, tendió su mano y tocó temblorosa – después nos dicen los evangelistas que temía y temblaba cuando Jesús comenzó a buscarla entre la muchedumbre-, tocó la fimbrias del manto de Jesús, o sea aquellos largos cordones que llevaban los judíos en los ángulos del manto con que se cubrían; y en el momento de tocar las fimbrias de la vestidura de Jesús, dice el evangelista que sintió ella en sí misma que estaba curada.
Se habla aquí de una sensación. Notad bien que no es un conocimiento simplemente espiritual; es algo que ella observó en sí misma, algo que los evangelistas no definen, algo que quizá ella misma no hubiera podido definir; pero algo que en la seguridad de que en aquel momento había sido definitivamente curada.
No nos detengamos a pensar en la alegría que debió inundar aquel corazón. Doce años de padecer, doce años de verse humillada, y ahora, en un instante, cuando ella es pobre, cuando es desvalida, cuando carece de los medios humanos, cuando ha sido impotente la ciencia de los hombres para curarla, en un momento, se ve curada por la misericordia del Señor. No nos detengamos a pensar cómo crecería la fe de aquel corazón, porque estas gracias exteriores del Señor, como sabemos, siempre van acompañadas de gracias interiores. Así como el Señor cuando curaba a los ciegos, a los ciegos de los ojos del cuerpo, al propio tiempo les curaba la ceguera espiritual, así cuando daba la salud del cuerpo en cualquier enfermedad, hacía que el alma recobrase también su salud espiritual. A esto aluden mil veces los evangelistas cuando nos hablan de los milagros de Jesucristo. Pensad cómo renacería la fe, mejor dicho – porque la fe ya vivía en aquella alma -, cómo se avivaría más la fe, como crecería su confianza, y sobre todo, cómo en aquel momento se encendería su amor a Jesucristo.
Hubiera querido, sin duda, aquella mujer desaparecer súbitamente de entre la muchedumbre, que ya la estorbaba, porque todo el mundo exterior no significaba nada para un alma que siente dentro de sí la misericordia de Jesús; hubiera querido ella guardar el tesoro de su alegría, el tesoro de su fe, el tesoro de su confianza, el tesoro de su gratitud, el tesoro de su amor en el secreto de su corazón. Y mientras ella iba a guardar en el secreto ese tesoro, es Jesús quien se vuelve y la obliga a contar delante de todos las misericordias divinas. Veamos cómo hizo esto.
Comenzó con una pregunta extraña. Volviéndose a los suyos, que sin duda tenía más cerca, les preguntó: ¿Quién me ha tocado? Maravíllanse ellos de que Jesús hiciera una pregunta semejante; aquella gran muchedumbre le estaba oprimiendo, y cuando la muchedumbre le oprimía, ¿qué sentido podía tener esa pregunta: ¿quién me ha tocado? Insistió el Señor: Alguien me ha tocado, porque yo he sentido que ha salido virtud de Mí.
[…] No dice Jesús que de Él salido una virtud material, como si sencillamente se tratara de algo que se escapase de su propio cuerpo para curar a la enferma. En esa frase quiere dar a entender el Señor eso que todos nosotros sabemos, o por su misericordia, o porque no los ha revelado nuestras fe. Jesús es el poder de Dios, Jesús es la virtud de Dios; es poder y esa virtud e Dios, que tenemos en Cristo, están como represados por nuestra indignidad. El amor hace que de ese poder se difundan innumerables beneficios, y si no se difunden es porque no disponemos bien nuestro corazón para recibirlos.
Difundirse el poder Dios no es perder Jesús algo de ese poder que en sí tiene; es sencillamente mostrar ese poder en los efectos exteriores, hacer que ese poder realice maravillas en las almas, dejar que ese poder se expansione en las criaturas. Y esto es lo que había acontecido allí. El poder de Cristo, que por su amor desea ejercitarse en bien de los hombres, se había ejercitado en ese bien en aquel momento, y Él, gozoso de los efectos de su poder, dice que ha sentido como que ese poder represado en su corazón ha salido fuera y acaba de realizar un prodigio.
Nadie responde a esas palabras. Jesús comienza a mirar en torno suyo, y la pobre mujer que acaba de ser curada, espantada de seguir guardando el secreto, temblorosa, como tiemblan siempre las almas humildes cuando ha sido objeto de una misericordia del Señor, se presentó claramente ante Él y sin rebozo contó todo lo que había acontecido: la enfermedad, los años que había durado esa enfermedad, el designio que había formado de tocar las fimbrias de la vestidura de Jesús, cómo en efecto había logrado llegar hasta Él y había tocado esas vestiduras, y cómo por fin había sido sanada.
Cuando ella humildemente glorificaba a Dios contando la misericordia recibida, Jesús se complacía en su humildad, en la gratitud y en su amor; y mirando con una de aquellas miradas amorosísimas que Él dirigía a las almas, le dijo; Vete en paz, la llamó con la palabra tiernísima de hija, y por último le aseguró que estaba definitivamente curada.
La palabra de Cristo no podía ser en esa ocasión palabra de reproche; la palabra de Cristo no podía ser en esa ocasión palabra áspera; la palabra de Cristo tenía que ser palabra amorosa. Porque si hay algo que obligue a Jesús a manifestar toda su ternura y a derrochar las delicadezas de su amor, es la humildad de corazón y según aquella doctrina hermosísima de sus autores espirituales y que tan graciosamente expone Santa Teresa, de que la humildad rinde el corazón de Jesús. Cuando Él ve humildad en las almas, Él no sabe ser áspero, Él no sabe apartarse de esas almas, Él queda como rendido y como cautivo en nuestro propio corazón. El lazo que cautiva a Jesús es el santo lazo de la humildad; y en esta ocasión la humildad le hizo prorrumpir en palabras tiernísimas, en palabras delicadas, en palabras amorosas, en palabras amorosas, en palabras que eran efusión de la caridad que Él llevaba en su corazón divino.
[…] El secreto de esta narración es todo el secreto de nuestra vida espiritual y es todo el anhelo de esa vida.
¡Tocar a Jesús! ¡Quien supiera tocarle así, de suerte que saliera la virtud que nos sanara y que Él tuviera que exclamar: Muchos son los que me están oprimiendo, los que hay en torno mío, peor hay una alma que ha sabido tocarme de una manera especial y yo no he sentido que, al tocarme esa alma, ha salido de mí virtud especial también para ella! ¡Quién pudiera oír esas palabras de Jesús! ¡Ah! Mucho habría que decir sobre la manera de tocar a Jesús. Se toca a Jesús con una confianza segura en su misericordia y en su amor, se toca a Jesús cuando se ponen los medios para llegar a Él de una manera eficaz, atropellando todos los obstáculos que quieran impedirnos el acercamiento a Jesús. Pero sobre todo se toca a Jesús cuando se a Él con un corazón sumiso a la voluntad divina, completamente entregada en las manos del Señor, sin que salga de nuestros labios una palabra de murmuración o de queja, ni siquiera un lamento; humilde para con los hombres, cuando en vez de anteponernos a nuestros hermanos, nos consideramos como el último de todos. Un corazón humilde para con los hombres, y para con Dios, ése es el corazón que sabe tocar a Jesús. Porque apenas ese corazón se acerca a nuestro Divino Redentor, sale virtud del Corazón de Cristo, que sana ese corazón, que le da nueva vida, que le enriquece con misericordia infinita y que le asegura que no solamente va a estar sano en los cuatro días que dura esta vida terrena, sino que va a gozar de la salud eterna en el cielo.
¡Ah! ¡Tocar a Jesús así! Aprender a tocar a Jesús es aprender a santificarse. Pero eso no se aprende hasta que lo enseña el Maestro divino; ésa es la ciencia que sólo Él comunica a las almas; ese saber tocar a Jesús es un don que Él da, porque nosotros no acertaríamos nunca con esa senda de la fe, de la confianza, de la gratitud, del amor y de la humildad, si Él no sembrase la semilla de todas esas virtudes en nuestro corazón.
Pidámosle en el fondo del alma que nos enseñe a tocar así la fimbria de su vestidura, para que, mientras nosotros aprendamos a tocar esa fimbria, Él tienda su mano para beneficiarnos, para asegurarnos, para señalarnos, para darnos la vida de santidad en este mundo y después la vida de gloria en el cielo.
(Alfonso Torres, SJ. Lecciones Sacras XXIV, BAC, Madrid, 1977, 777-789)