R. Schnackenburg
Incredulidad y repudio de Jesús en su patria
(Mc.6,1-6)
El repudio incrédulo de Jesús en su patria de Nazaret está en contraste con los relatos precedentes, expuestos con la finalidad de suscitar la fe. La mujer sencilla del pueblo había creído y Jairo, el jefe de la sinagoga, había acudido a él lleno de confianza. Es precisamente en su patria donde Jesús choca con una incredulidad crasa. Históricamente no hay por qué dudar de ello -acerca de los «hermanos» de Jesús, cf. Jua_7:3 ss-; aunque el evangelista persigue además un interés teológico. El ministerio de Jesús no resulta evidente para sus contemporáneos, el misterio de su persona se les esconde más de una vez bajo sus grandes milagros. Muchos no salen de su asombro (cf. 5,20), y en la resurrección de la hija de Jairo la multitud se burla incluso de Jesús. La paradoja de la incredulidad no hace más que destacar con mayor relieve entre las gentes de Nazaret; son el caso típico de quienes «ven, pero no perciben; oyen, pero no entienden» (4,12). Se trata de la misma experiencia y enseñanza que expresa el cuarto evangelista al final del ministerio público de Jesús: «A pesar de haber realizado Jesús tantas señales en presencia de ellos, no creían en él» (Jua_12:37). Descubrimos aquí la otra línea que perseguía el evangelista mediante esta sección: el hecho de la incredulidad y su carácter incomprensible. Parece que Jesús se presenta ahora por vez primera en la sinagoga de su patria como maestro. La exposición rebosa ingenuidad y vida. Jesús, como ocurre en Luc_4:16-21 aunque todavía de un modo más gráfico e impresionante, hace uso del derecho que asiste a todos los israelitas adultos de hacer la lectura bíblica y su exposición. Pero sus paisanos están asombrados de que tenga la capacidad de hablar tan bien y de interpretar la Escritura. Nada se dice aquí de la «autoridad» de Jesús (Luc_1:22), ni escuchamos nada acerca de su pretensión de que «hoy» se cumplan los vaticinios proféticos (Luc_4:21). Nada de ello le interesa aquí al narrador; le basta con que exista un asombro incrédulo. Se habla ciertamente de los prodigios realizados en otros lugares, pero a Jesús se le niega la fe. Los habitantes de Nazaret conocen a Jesús como «el carpintero» o -según otra lectura- «el hijo del carpintero». Jesús ha ayudado a su padre en el trabajo y con él ha aprendido el oficio manual. También se le conoce como «hijo de María» y «hermano» de otros hombres que forman su familia. También sus «hermanas» habitan allí, como miembros más o menos lejanos del clan afincado en Nazaret. Por ello la gente no puede entender que Jesús tenga algo especial y se escandaliza en él. Es la palabra típica para indicar el tropiezo en la fe, y que también ha entrado en el lenguaje comunitario (Luc_4:17). Para cuantos lo leen, el episodio constituye una severa señal de advertencia: quienes piensan conocer a Jesús, no le comprenden y se alejan de el. Hay muchos tropezones y caídas en el terreno de la fe. Hasta los discípulos más allegados a Jesús han tomado escándalo de él en una hora oscura: cuando Jesús se dejó conducir sin resistencia alguna por sus enemigos (Luc_14:27-29). A sus paisanos incrédulos les lanza Jesús una palabra, que tal vez fuese proverbial entre ellos: «A un profeta sólo lo desprecian en su tierra.» La expresión nos la ha transmitido también Juan (Luc_4:44) en otro contexto, indicando siempre una experiencia amarga. Los enviados de Dios es precisamente en su patria donde encuentran la oposición y el repudio. Así. Jeremías no puede por menos de quejarse de que sus conciudadanos alimenten contra él intenciones malvadas y hasta atenten contra su vida (Jer_11:18-23). No otra es la suerte que espera al último enviado de Dios, que está por encima de todos los profetas. En la actitud de los nazarenos se anuncia ya a los lectores cristianos el misterio de la pasión de Jesús; pero en el destino de su Señor reconocen también su propio destino. Jesús se ha apartado de sus parientes y se ha creado una nueva «familia» (cf. 3,35) y también sus discípulos lo han abandonado todo por causa del Evangelio (10,30). Los discípulos de Cristo tienen que comprender que habrá discordias en las familias por causa de la fe (cf. 13,12). A la sentencia del profeta que originariamente sólo es despreciado en su propia «tierra», ha añadido expresamente el evangelista «entre sus parientes y en su casa». Con frecuencia Dios no ahorra esa amargura a los que llama. La consecuencia de la incredulidad es que Jesús no puede realizar en Nazaret ningún gran milagro, sino que cura simplemente a algunos enfermos imponiéndoles las manos. ¿Por qué no «pudo» Jesús actuar allí con plenos poderes? Nada se dice al respecto, aunque tampoco aparece por ninguna parte la salida apologética de que Jesús no pudo obrar porque no quiso. Según el pensamiento bíblico es Dios quien otorga el poder de hacer milagros. Habría, pues, que concluir que es el mismo Dios quien ha señalado el objetivo y los límites al poder milagroso de Jesús. Jesús no debe llevar a cabo ningún portento allí donde los hombres se le cierran con una incredulidad obstinada. Todo su ministerio está subordinado a la historia de la salvación, al mandato del Padre. Las palabras de Jesús en el Evangelio de Juan suenan como un comentario: «De verdad os aseguro: nada puede hacer el Hijo por sí mismo, como no lo vea hacer al Padre» (5,19). Los milagros ostentosos, que los incrédulos requerían de él, los ha rechazado siempre. La generación perversa que reclama un signo del cielo le hace suspirar (8,11s). Esto es también una enseñanza saludable para la fe que no debe impetrar ningún signo evidente ni pruebas definitivas. Jesús «quedó extrañado de aquella incredulidad». Con esta frase se cierra el relato haciendo que el lector siga meditando sobre el enigma de la incredulidad.
(SCHNACKENBURG, R., El Evangelio según San Marcos, en El Nuevo Testamento y su Mensaje, Editorial Herder)
José María Solé – Roma, C.F.M.
Sobre la Primera Lectura (Ez. 2, 2-5:)
Ezequiel nos cuenta la vocación y misión que ha recibido de Yahvé:
- La Teofanía o aparición de la Gloria de Dios le ha hecho caer en tierra (Ez. 1,29). Una voz del cielo le ordena ponerse en pie: 'Mantente en pie' (2, 1). Esta actitud ante Dios significa: a) La disponibilidad del Profeta. Es la actitud de quien está presto para cumplir su misión. b) El vigor y eficiencia que Dios le da al elegirle por su Profeta y mensajero. c) La transformación que obra en él la Palabra de Dios; en el c. 37 vemos cómo al entrar el Espíritu de Dios en aquellos huesos áridos resucitan y se ponen en pie. Ezequiel al soplo del Espíritu de Dios será un nuevo hombre.
- La misión que Dios confía a Ezequiel es difícil. Es enviado a un pueblo rebelde, de frente dura y de corazón empedernido. Siempre los Profetas de Dios topan con la incomprensión, el desdén y la persecución.
- La razón de ser del Profeta y el secreto de su fuerza está en que es un enviado de Dios y se llega a los hombres con su mensaje de Dios: 'A ellos te envío para decirles: Así habla el Señor Yahvé' (4). 'Pues viviente es la Palabra de Dios, y eficiente, y más tajante que una espada de dos filos y que penetra hasta los linderos del alma y del espíritu (Heb 4, 12). Tomemos ejemplo de los Profetas quienes hemos recibido la misión y el carisma de anunciar la Palabra de Dios: 'Investidos de este misterio, con el que nos favoreció la bondad del Señor, no desmayamos. Antes bien, desechamos los artificios ruines y no procedemos astutamente ni falsearnos la Palabra de Dios, sino que manifestamos la verdad' (2 Cor. 4, 1-2).
Sobre la Segunda Lectura(2 Cor.12, 7-10)
En la elección y vocación de Pablo, el Apóstol de Cristo por antonomasia, encontramos lecciones muy interesantes para cuantos van a recibir el carisma de la vocación apostólica:
- Esta vocación no es un mérito, es una gracia; no es de propia elección, sino por elección divina. San Pablo nos dice acerca de su vocación: Cuando le plugo a Aquel que me segregó del seno materno y me llamó por su gracia, revelarme su propio Hijo para que yo evangelizara a los gentiles' (Gal. 1,16). El Apóstol de Dios lo es por gracia de Dios. El sello de esta vocación le marca desde el seno materno, bien que, como en el caso de Pablo, no sea conocido hasta muy tarde.
- Nunca le faltan al auténtico Apóstol las persecuciones y la dolorosa crucifixión. San Pablo nos habla de 'una espina hincada en su carne', de un emisario de Satanás. En la vida de Pablo esta 'espina' eran los 'judaizantes' o 'falsos hermanos', que le molestaban y atormentaban del modo más cruel. Es aleccionadora la respuesta que recibe al pedir a Dios que le libre de aquella dolorosa situación: 'Te basta mi gracia, pues el poder de ella se manifiesta en tus flaquezas' (9). Con el dolor y las persecuciones el Apóstol se mantiene humilde y aviva su conciencia de que no por su actuación, sino por la gracia de Dios, vence al mundo, al demonio y al pecado.
- Con esta certeza el Apóstol no desmaya ante ningún obstáculo. Es que no se apoya en sí mismo, sino en Dios Omnipotente. Pablo dice, hablando del carisma del apostolado: 'Llevamos este tesoro en. vasos de arcilla a fin de que reconozcamos que este sobreeminente poder nos viene de Dios, no de nosotros' (2 Cor. 4, 7). En vasos de arcilla pone Dios sus ricos tesoros, para humildad nuestra y gloria suya. Son oportunas consignas para cuantos tienen la vocación del apostolado estas de Pablo: 'Todo lo puedo en Aquel que me conforta'. (Flp. 4, 13). 'Me glorío en mis flaquezas. Pues cuanto me siento endeble entonces soy fuerte. Porque cuando soy débil entonces se apodera de mí la fuerza de Cristo' (2 Cor. 12, 9.10). Por esto, hijos de Dios y heraldos de la luz pedimos: 'Concédenos, Señor, que nunca nos envuelvan tinieblas de error, sino que anegados en esplendores de verdad la irradiemos siempre'. (Colecta).
Sobre el Evangelio (Mc. 6, 1-6)
Cristo, el Enviado del Padre, no es recibido por todos. Concretamente en Nazaret, donde ha pasado los años de la vida oculta y donde tiene muchos parientes, es rechazado:
- Recibir a Jesús es verlo con los ojos de la fe como Enviado del Padre, como Mesías y como Hijo de Dios. El Hijo de Dios para ser nuestro Maestro y nuestro Salvador se ha humillado y nivelado haciéndose en todo igual a nosotros. Los de Nazaret, que han conocido más de cerca este estado de humillación de Jesús, se cierran del todo a su mensaje y se niegan a reconocerle como Mesías. Jesús tiene que decirles: 'Donde más despreciado es un Enviado de Dios. es en su patria y entre sus parientes y familiares'. (5).
- La fe verdadera reconoce en Jesús su humildad y su divinidad, su humillación y su grandeza. Es verdadero hombre y verdadero Hijo de Dios. A través de su humanidad, que vemos, llegamos por la fe a su divinidad, que no vemos. Las debilidades de su humanidad, cual la asumió por amor a nosotros, no deben escandalizarnos o hacer titubear nuestra fe, sino que deben acrecer nuestro amor.
- Referente al v. 3, del que tanto han abusado algunos herejes y hoy sobre todo abusan los Testigos de Jehová, baste decir: 'Hermanos de Jesús' no significa hijos de María, sino parientes próximos, como por ejemplo primos, que en hebreo y arameo se llamaban también 'hermanos' (Gén. 13, 8;14, 16 , 29, 15; Lv. 10, 4; 1 Cor. 22, 22; Mt. 27, 56; Mc.15 ,40).
(SOLÉ ROMA, J. M., Ministros de la Palabra. Ciclo B, Herder, Barcelona, 1979)