P. José A. Marcone, I.V.E.
La alianza matrimonial en el designio divino
Introducción
Es notable el papel central que Dios ha dado al matrimonio en su plan de salvación. Podemos decir que toda la Sagrada Escritura, fuente de la verdad revelada, está como encerrada, incluida en la realidad del matrimonio. Efectivamente, la Sagrada Escritura se abre, en la primera página del Génesis (1,26-27), con la creación del hombre y la mujer llamados después a ser ‘una sola carne’; y se cierra con la visión de las ‘bodas del Cordero’ en el Apocalipsis (19,7.9), las bodas que toda la Iglesia celebrará con Cristo: “Alegrémonos y regocijémonos y démosle gloria, porque han llegado las bodas del Cordero, y su Esposa se ha engalanado” (19,7).
Aún más, la realidad del matrimonio y su ‘misterio’ atraviesa de un extremo a otro la Sagrada Escritura. A pesar del desorden y la enemistad que el pecado introduce entre el varón y la mujer unidos en matrimonio, el AT presenta el amor conyugal exclusivo y fiel como imagen de la Alianza de Dios con Israel (cf Os.1-3; Is.54.62; Jr.2-3; 31; Ez.16,62;23). Por eso en el libro del profeta Oseas los actos de idolatría del pueblo de Israel son comparados con la infidelidad matrimonial (Os.2,4ss). Y el Cantar de los Cantares expresa el punto culminante de la unión del alma con Dios usando la simbología del amor conyugal más fiel, más tierno y más fuerte, amor “fuerte como la muerte” que “las aguas torrenciales no pueden ahogar” (Ct 8,6-7).
Todo esto irá preparando la restauración y renovación que Cristo hará del matrimonio herido por el pecado. Él lo elevará a la categoría de algo sagrado, algo santo y no sólo santo, sino también santificante, que produce la gracia, que hace sagrados a los hombres, es decir, lo eleva a la categoría de sacramento. Por eso en el NT el matrimonio entre el varón y la mujer pasará a significar esa unión intimísima que se realizará entre el alma santificada por el Bautismo y Cristo. Son las ‘bodas del Cordero’ con su Esposa la Iglesia, de las que habla el Apocalipsis. Esta analogía entre el matrimonio cristiano y la unión de Cristo con su Iglesia está desarrollada en el cap. 5 de la Carta de San Pablo a los Efesios. En esta analogía se manifiesta la grandeza del matrimonio: “Cristo amó a la Iglesia y se entregó a sí mismo por ella, para santificarla, purificándola mediante el baño del agua, en virtud de la palabra, y presentársela resplandeciente a sí mismo; sin que tenga mancha ni arruga ni cosa parecida, sino que sea santa e inmaculada” (Ef.5,25-27). Y por eso San Pablo terminará diciendo: “Gran sacramento es éste” (Ef.5,32).
- Fundamento bíblico del matrimonio y la familia
Desde el inicio de la creación se deja ver la grandeza con la que Dios ha dotado al matrimonio entre el varón y la mujer. Esto se nota en el modo en que Dios crea al ser humano. Si miramos cómo Dios crea todas las cosas nos daremos cuenta que al crear al resto de los seres (cosmos, plantas, animales) Dios dice: “¡Hágase!” “¡Fiat!”. “Hágase la luz...”, “Hágase el cielo...”, “Háganse las estrellas...” (1,3.6.14). Pero cuando va a crear al hombre usa una fórmula muy distinta; dice así: “Hagamos al hombre a nuestra imagen y semejanza”. Llama la atención ese “hagamos” en plural; y “a nuestra (otra vez plural) imagen y semejanza”. ¿Qué significa este “hagamos”? En primer lugar, ese “hagamos” es ya una cierta revelación de que Dios no es un Dios solitario, sino que siendo un único Dios, es también una comunidad de personas: el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo. Pero además, dice Juan Pablo II, “antes de crear al hombre parece como si el Creador entrara dentro de sí mismo para buscar el modelo y la inspiración en el misterio de su Ser”.
¿Y cual es el ‘misterio’ del Ser de Dios, cuál es la realidad de su Ser? Nos responde San Juan en su primera carta: “Dios es Amor” (4,8.16). En la relación de las tres personas de Dios todo se explica por el amor: el Padre engendra al Hijo por Amor; el Padre y el Hijo se aman de tal manera, que engendran una tercera persona, que es el Espíritu Santo, que es la ‘persona-Amor’. Por lo tanto lo que indica la expresión “imagen y semejanza de Dios” es que el hombre fue creado por amor y para el amor. La vocación primigenia y más profunda del ser humano es ser ‘para el amor’.
El texto bíblico insiste mucho sobre la imagen y semejanza divina que con que Dios creó al hombre y hace notar que dentro de esa imagen y semejanza divina entra el hecho de que sean de sexos diferenciados, varón y mujer: “Y creó Dios al hombre a imagen suya; a imagen de Dios lo creó; lo creó varón y mujer”.
Por lo tanto el hecho de ser varón y mujer expresa el amor de Dios, el amor que es Dios, expresa a Dios-Amor. Aquí se expresa la primera realidad del matrimonio: se trata de comunión de personas, un varón y una mujer, llamados a amarse y entregarse mutuamente a semejanza de cómo se aman y se entregan entre sí las personas divinas dentro de la Trinidad.
Pero inmediatamente Dios les dice: “Sed fecundos y multiplicaos; llenad la tierra y sometedla” (1,28). La comunión se convierte en comunidad. Si Dios hizo el matrimonio para que sea una profunda comunión de amor entre un varón y una mujer, esa comunión no estaba pensada por Dios para que se cerrara en sí misma, sino para que se abriera a la creación de una comunidad, que a su vez engendrara nuevas comuniones. Esa comunidad que nace de la comunión del matrimonio es la familia, formada por los padres y los hijos: “Creó Dios al hombre a imagen suya, lo creó varón y mujer; multiplicaos”. “La ‘comunión’ de los cónyuges da origen a la ‘comunidad’ familiar”. Y da origen a nuevas comuniones porque genera las comuniones entre la madre y el hijo, el hijo y el padre, el hermano con el otro hermano.
Esta unión indisoluble del varón y la mujer quedan confirmadas por Dios cuando dice el capítulo 2 del Génesis: “Dejará el hombre a su padre y a su madre y se unirá a su mujer, y se harán una sola carne” (2,24) ). “En el evangelio, Cristo, polemizando con los fariseos, cita esas mismas palabras y añade: «De manera que ya no son dos, sino una sola carne. Pues bien, lo que Dios unió no lo separe el hombre» (Mt.19,6). Él revela de nuevo el contenido normativo de una realidad que existe desde «el principio» (Mt.19,8) y que conserva siempre en sí misma dicho contenido. Si el Maestro lo confirma «ahora», en el umbral de la nueva alianza, lo hace para que sea claro e inequívoco el carácter indisoluble del matrimonio, como fundamento del bien común de la familia.”
De este pequeño análisis de lo que la Palabra de Dios nos dice acerca del matrimonio y la familia se deduce claramente que estas realidades, el matrimonio y la familia, han sido fundadas por el Creador y Él las ha provisto de leyes propias, que no dependen del arbitrio humano. Dios mismo es el autor del matrimonio y la familia. A pesar de las variaciones que la institución del matrimonio pudo haber sufrido en culturas o tiempos diferentes, queda claro que no es una institución puramente humana. Y a pesar de las diversidades que puedan encontrarse en los diferentes lugares, culturas o épocas, el matrimonio y la familia tienen rasgos comunes y permanentes que han sido dados por Dios y que no cambian, aunque cambien los lugares, las culturas y las épocas. Y como colofón de la gran dignidad que Dios dio al matrimonio al crear al varón y a la mujer, lo elevó a una dignidad todavía mayor, a la categoría de sacramento, es decir, algo que es sagrado, santo y que santifica a los que se unen ‘en el Señor’, como dice San Pablo.
- Definición de matrimonio
¿Cuáles son concretamente estas leyes inalterables con las que Dios ha dotado al matrimonio, que es el fundamento de la familia? ¿Cómo podemos definir al matrimonio católico tal como lo creó Dios y lo restauró Jesucristo? De las palabras del Génesis completadas por las palabras de Jesucristo en el NT comprendemos perfectamente cuál es la naturaleza o esencia del matrimonio y cuál es su finalidad. Podemos definirlo así: “es la sociedad formada por el mutuo consentimiento ante Dios, de uno con una para siempre, con la finalidad de procrearse, de tener hijos”.
La esencia o naturaleza del matrimonio es que sea “uno con una, para siempre, ante Dios”.
¿Porqué la primera ley es que es uno con una, y no uno con uno o una con una? Porque ‘los hizo varón y mujer’.
¿Porqué para siempre? Porque cuando Jesús dice que ‘no separe el hombre lo que Dios ha unido’ se está refiriendo al orden de la creación, es decir, anterior incluso al orden del matrimonio como sacramento. Esto lo reafirma San Pablo: “En cuanto a los casados, les ordeno, no yo sino el Señor: que la mujer no se separe del marido, mas en el caso de separarse, que no vuelva a casarse, o que se reconcilie con su marido, y que el marido no despida a su mujer” (1Cor.7,10-11).
¿Porqué ante Dios? Porque es Dios el que debe unir al matrimonio y San Pablo dice que deben casarse ‘en el Señor’ (1Cor.7,39). Jesucristo lo elevó a sacramento para los que están bautizados. Y Jesucristo es Dios y es el Sumo Legislador.
El fin primario del matrimonio es la procreación, tener hijos.
¿Porqué el fin primario es tener hijos, procrearse? Porque es la orden primera y principal que les da Dios cuando los hace varón y mujer: “Sed fecundos y multiplicaos y henchid la tierra”.
Ciertamente que este ‘tener hijos’, esta procreación está íntimamente ligada a la unión de amor entre el varón y la mujer unidos en matrimonio. Y por eso el fin secundario y subordinado del matrimonio es el aumento del amor entre los esposos, la ayuda mutua y la sedación de la concupiscencia.
- Errores respecto a la esencia del matrimonio
Si el matrimonio es uno con una para siempre ante Dios, podemos verificar seis desviaciones:
- uno con muchas: poligamia
- muchos con una: poliandria y prostitución
- uno con uno o una con una: homosexualidad
- muchos con muchas: matrimonio grupal
- uno con una por un tiempo: matrimonio a prueba
- uno con una ante sí: convivencia o concubinato
Hacemos mención sólo de alguna de ellas.
Uno con uno o una con una: homosexualidad
Una de las formas de subversión del contrato matrimonial es la que intentan realizar uno con uno o una con una, como es el caso de las prácticas homosexuales que "claman al cielo" (cf. Gen. 18, 20-21: “El clamor de Sodoma y Gomorra es grande; y su pecado gravísimo”, v.20).
La doctrina revelada respecto a esto es clara: “¡No os engañéis! Ni los impuros, ni los idólatras, ni los adúlteros, ni los afeminados, ni los homosexuales (...) heredarán el Reino de los Cielos” (1Cor.6,9; también Rm.1,24-27). Y el libro del Levítico: “No te acostarás con varón, como con mujer: es abominación” (18,22) .
Y la Iglesia se hace eco. El Catecismo de la Iglesia Católica dice: “Es una depravación grave” (2357).
También: “Los actos de homosexualidad son intrínsecamente desordenados y no pueden recibir aprobación en ningún caso” (Congregación para la Doctrina de la Fe)
Debemos ser conscientes de que existe toda una campaña perfectamente orquestada en favor de la homosexualidad y promovida por el cine, libros pseudocientíficos y numerosas revistas.
Hay dos convenciones internacionales en las que participaron la totalidad de las naciones del mundo que tienen entre sus presupuestos la eliminación del concepto de sexo masculino o femenino (perspectiva de género) y por lo tanto la licitud de la homosexualidad, y la libertad de la mujer para decidir respecto a su cuerpo, entendiendo por cuerpo también al feto formado en ella.
Una es la Convención de Eliminación de Toda Forma de Discriminación de la Mujer (CEDAW, por sus iniciales en inglés), Protocolo, ONU, 2000), y otra es la Convención Interamericana para Erradicar la Violencia contra la Mujer -Belem do Pará (Brasil, OEA, 1994). Ambas tienen un comité de seguimiento para supervisar que los países que firmaron lleven a la práctica estos principios.
Uno con una, por un tiempo
Otra desviación es la de quienes pretenden que el matrimonio es de uno con una, pero por un tiempo, y no hasta que la muerte los separe. Defienden esta posición los divorcistas; los que piden "la prueba de amor"; los que hablan de "un tiempo de prueba", etc.
La Iglesia Católica se opuso, se opone y se opondrá siempre a tales prácticas. No nos olvidemos que no trepidó en perder Inglaterra, antes que conceder un solo divorcio que pedía nada menos que el rey Enrique VIII. Perdió un reino terrenal, pero se mantuvo firme en su fidelidad a Dios y en la defensa del orden natural, fundamento de la civilización cristiana.
Uno con una, ante sí
Es el concubinato o convivencia. Esto va contra la voluntad de Jesucristo que requiere que el consentimiento mutuo entre un varón y una mujer que se unen para siempre en matrimonio, sea dado ante Dios, es decir, ante el ministro de la Iglesia que está en nombre de Dios.
Aquellos que consideran que el matrimonio por la Iglesia es un trámite burócrático más y que lo que importa es el amor entre los esposos, están alterando la voluntad del mismo Jesucristo y se están privando de todas las gracias propias del sacramento del matrimonio y de todas las gracias que Dios envía a los que son fieles a su palabra.
Por otro lado viven en estado de pecado y no pueden acceder al sacramento de la comunión, e incluso no pueden recibir el sacramento de la confesión, no pueden confesarse.
Éste es también el caso de los que se han casado por la Iglesia, se han divorciado y se han vuelto a casar. Así lo dice claramente el Catecismo de la Iglesia Católica: “Si los divorciados se vuelven a casar civilmente, se ponen en una situación que contradice objetivamente a la ley de Dios. Por lo cual no pueden acceder a la comunión eucarística mientras persista esta situación, y por la misma razón no pueden ejercer ciertas responsabilidades eclesiales. La reconciliación mediante el sacramento de la penitencia no puede ser concedida más que aquellos que se arrepientan de haber violado el signo de la Alianza y de la fidelidad a Cristo y que se comprometan a vivir en total continencia.”
- Errores respecto a los fines del matrimonio
Como dijimos, los fines esenciales y complementarios del matrimonio son:
- la procreación y educación de los hijos
- la manifestación del amor mutuo.
Que ambos sean esenciales, no quiere decir que no deba darse una subordinación entre ellos, ya que una sola cosa es imposible que tenga varios fines últimos. El fin esencial primario es la procreación y educación de la prole, y los fines esenciales secundarios “son la ayuda mutua, el fomento del amor recíproco y la sedación de la concupiscencia” (Pio XI, Casti Connubi).”
Pío XII enseña con claridad que los fines secundarios “...aún siendo intentados por la naturaleza, no se hallan al mismo nivel que el primario, y menos aún le son superiores; antes bien, le están esencialmente subordinados”.
Al alterar y subvertir de este modo los fines del matrimonio -haciendo del segundo primero y viceversa-, en la institución familiar se produce un descalabro simplemente catastrófico.
4.a Cuando se niega el fin primario de la procreación
Si el fin primario es el amor (y éste reducido a pura sensibilidad), no se ve cómo no se ha de cohonestar, por ejemplo:
- el adulterio, siempre que un hombre sea infiel a su propia esposa por amor a otra;
- el concubinato, siempre que sea por amor;
- las relaciones prematrimoniales, siempre que sean por amor, como con descaro y sin vergüenza se afirma hoy en tantos medios de comunicación.
Si el fin primario es el amor, pierde el matrimonio aquello que lo constituye y distingue singularmente de todo otro tipo de sociedad. Si el fin primario es el amor, ¿en qué se diferencia el matrimonio de la simple sociedad amical, o de las sociedades filantrópicas?
Pero las consecuencias más nefastas de poner el fin secundario por sobre el fin primario las pagan...los hijos, los hijos que no van a nacer. Porque si el fin primario es el amor ¿por qué no “lavarse las manos” cuándo se trata de algo tan engorroso como es engendrar, dar a luz y educar un hijo?
Por eso las consecuencias más nefastas y los pecados más graves en nombre del amor son el recurso al aborto y la utilización de métodos anticonceptivos antinaturales.
Al primero la Iglesia lo llama “crimen abominable”.
Y los segundos distorsionan totalmente el plan de Dios sobre el matrimonio y, muchas veces, producen la muerte de seres humanos vivos, como en el caso de aquellos métodos que matan al óvulo femenino ya fecundado o impiden que se implante en el útero. Es el caso de todos los dispositivos intrauterinos, la píldora del día después, y otros parecidos.
El aborto es uno de los signos de los tiempos más negativos y un pecado que clama al cielo.
Dice la M. Teresa de Calcuta: “A menudo he afirmado, y estoy segura de ello, que el mayor destructor de la paz en el mundo de hoy es el aborto. Si una madre puede matar a su propio hijo, ¿qué podrá impedirnos a ti y a mí matarnos recíprocamente? (...) Me aterra el pensamiento de todos los que matan su propia conciencia, para poder cometer el aborto.”
Hay un gran complot mundial para imponer el aborto en los países que todavía no tienen aprobado el aborto.
4.b Cuando se deja de lado el significado unitivo del matrimonio
“Curiosamente la misma mentalidad que pide sexo sin hijos es la que ha terminado pidiendo hijos sin sexo. En nuestro tiempo han aumentado de modo alarmante las parejas que no pueden tener hijos de modo natural. Son estériles. En muchos casos la esterilidad se debe al uso y abuso de los anticonceptivos, espirales y abortos; otros han recurrido a la esterilización voluntaria sin preveer que algún día se arrepentirían de su esterilidad. Muchos otros, en cambio, sufren su esterilidad sin ninguna culpa moral, a causa de problemas físicos, hereditarios o debido a accidentes fortuitos, etc.
“Está bien tratar de corregir los defectos de la naturaleza y ayudar a los esposos que quieren tener hijos. Pero sólo es moralmente lícito el ‘ayudar’ a la naturaleza, mientras que es inmoral el ‘suplantar’ lo que sólo los esposos deben hacer. ¿Qué decir concretamente de las distintas intervenciones que se dan hoy en día dentro de un matrimonio estéril? Tres son las principales acciones: fecundación ‘in vitro’, ‘inseminación artificial estrictamente dicha’ e ‘inseminación artificial impropiamente dicha’”.
Conclusión
Concluimos con un texto del Card. Castrillón Hoyos: “Digamos que el frente de lucha de la Iglesia en defensa del amor humano es muy variado, alrededor de una decena, como los cuernos de la Bestia del Apocalipsis, y se articula así:
“La anticoncepción es hacer el ‘amor’ sin hacer un hijo;
“la fecundación en probeta y la clonación es hacer un hijo sin hacer el amor;
“el aborto es deshacer al hijo;
“la eutanasia es deshacerse de los padres;
“la pornografía es deshacer el amor;
“la homosexualidad (y análogamente la transexualidad y el travestismo) es, en nombre del “‘amor’, no querer tener hijos de su carne y de su sangre (sino, en algunos casos, adoptar a otros “para ayuda en la vejez);
“el divorcio es deshacer definitivamente el amor y, muchas veces, no amar a los hijos” (Card. Castrillón Hoyos)