P. Alfonso Torres, S.J.
P. Alfonso Torres, S. J.
El escándalo
El capítulo 9 del evangelio de San Marcos, desde el versículo 42 hasta el final, dice de este modo que vais a oír:
Quienquiera que escandalizare a uno de estos pequeñuelos que creen en mí, mejor fuera que le pusieran al cuello una rueda de tahona y le arrojasen al mar.
Y si te escandalizare tu mano, córtatela; bien te está entrar en la vida manco, antes que, teniendo las dos manos, ir a la «gehenna», al fuego inextinguible.
Donde el gusano de ellos no fallece y el fuego no se apaga.
Y si tu pie te escandalizare, córtatelo; bien te está entrar en la vida cojo, antes que, teniendo los dos pies, ser lanzado en la «gehenna», al fuego inextinguible.
Donde el gusano de ellos no fallece y el fuego no se apaga.
Y si tu ojo te escandalizare, sácatelo; bien te está entrar en el reino de Dios con un ojo solo, antes que, teniendo dos ojos, ser lanzado en la «gehenna» del fuego. Donde el gusano de ellos no fallece y el fuego no se apaga.
Porque cada cual con fuego será salado, y toda víctima con sal será salada. Buena cosa es la sal; mas, si la sal se hiciere desalada, ¿con qué la sazonaréis? Tened en vosotros mismos sal y tened paz entre vosotros.
Hay en estos versículos que acabamos de leer algunas ideas muy claras que casi no necesitan comentario alguno, y después de esas ideas muy claras hay una frase, casi la última de los mismos versículos, que quizá es la más difícil y la más oscura que podamos encontrar en el evangelio de San Marcos; es aquella frase en que dice el Señor que cada uno será salado con fuego y que toda víctima ha de ser salada con fuego. Vamos a comenzar nosotros la explicación de estos versículos por las palabras más claras, y reservaremos para el final, siguiendo el orden del mismo evangelista, esa otra frase más misteriosa y oscura.
En las palabras más claras que hemos leído, las cuales abarcan casi todos los versículos de San Marcos que han de ser materia de esta lección sacra, se habla de una misma materia, considerándola desde dos puntos de vista. Se habla siempre del escándalo, o sea, de las ocasiones de pecado en que tropiezan las almas. Al principio se habla del escándalo, pronunciando unas sentencias graves, gravísimas, contra los escandalosos, es decir, contra aquellos que escandalizan a otro; y después se habla del escándalo, refiriéndose a los que se ponen en ocasión de pecar o a los que no apartan de sí los tropiezos en los cuales peligra la salvación de su alma.
Al principio de estos versículos se habla del escándalo en el primer sentido, y se emplean unas palabras que mil veces habréis repetido vosotros mismos y mil veces las habréis oído explicar. Después de haber contestado el Señor a las preguntas que le dirigiera el apóstol San Juan, según explicamos en la última lección sacra, vuelve a reanudar el hilo de su discurso. Había comenzado a hablar de cómo hemos de imitar a los niños y hacernos semejantes a los niños si queremos entrar en el reino de los cielos. Nos había dicho que quien recibía a uno de estos pequeñuelos en su nombre, merecería entrar en el reino de los cielos; en el que recibiera así a un pequeñuelo, moraría el Señor. Y ahora, reanudando este discurso que había comenzado a propósito de las ambiciones escondidas en el corazón de los apóstoles, habla de los que escandalizan a los pequeñuelos, e indica los castigos que merecen semejantes escandalosos. Como antes había dicho el premio reservado a los que recibían a un pequeñuelo en su nombre, ahora dice el castigo reservado a los que escandalizan a esos mismos pequeñuelos. No queremos decir con esto que el Señor, cuando habla aquí de los que escandalizan, se refiere exclusivamente a los que escandalizan a los niños. Ya estas palabras: los pequeñuelos que creen en mí, admiten un doble significado, porque son, o los niños que deben ser recibidos en nombre de Jesucristo, o los que se han hecho semejantes a los niños por la santa sencillez y por la verdadera humildad, y, refiriéndose indudablemente a todos ellos, habla el Señor ahora del escándalo.
Emplea unas palabras severísimas, las cuales tienen todavía más fuerza que la que indican las palabras de la traducción castellana. En los tiempos del evangelio se podía hablar de piedras de molino, que todavía se usan en Palestina, que pueden mover las mujeres para moler el trigo necesario al pan que ellas han de preparar, y había otras piedras de molino más voluminosas, más pesadas, que se solían mover con el auxilio de alguna bestia de carga, particularmente de algún asno. El texto original del evangelio habla de estas últimas piedras de molino, o sea, de las piedras de molino más pesadas; y, refiriéndose a ellas, dice el Señor que más le valiera al escandaloso que le colgaran una de esas piedras de molino más pesadas al cuello y le arrojaran al mar. Es una manera de explicar la responsabilidad gravísima que contraen los que escandalizan a los pequeñuelos, entendiendo la palabra pequeñuelos en el sentido que antes hemos explicado nosotros.
Cierto que todo el que gravísimamente escandaliza, cierto que todo el que es voluntariamente ocasión de pecado para con el prójimo, merece esta misma sentencia del Señor, aunque también es verdad que con más razón merecen esta sentencia los que escandalizan a los niños, cuanto es mayor el peligro en que están los niños, cuanto es mayor la obligación que tenemos de ser como providencias visibles de los niños, cuanto es mayor la fragilidad de los niños para dejarse seducir. Cuanto es mayor la pureza de alma del niño, tanto es mayor la responsabilidad que contrae quien los escandaliza. Este es el sentido que tiene una sentencia grave, y así, sin más atenuantes, la propone el Señor.
Sería esta ocasión oportuna para recordar a todos esa gravísima obligación de no escandalizar a los pequeñuelos; sería ocasión oportuna para dirigirse especialmente a los padres de familia, a todos los encargados de la educación de los niños, y hacerles sentir esa misma obligación; sería ésta también ocasión de hablar a todos, como otras veces lo hemos hecho, acerca de ese pecado grave y tan universal que llamamos el pecado del escándalo. La materia sería abundantísima si nos propusiéramos más bien moralizar que explicar el evangelio; pero sin extendernos a semejantes consideraciones y sin amplificar tanto, yo no puedo pasar este versículo, el primero que hoy comentamos, sin hacer una brevísima consideración, y es ésta: en el corazón de Cristo se ve que el escándalo produce un dolor agudísimo; se ve por estas palabras del evangelio que el Señor se indigna, con indignación divina, contra los escandalosos; se ve, además, lo que ya hemos tenido ocasión de ver en otros pasajes del evangelio, y veremos todavía más adelante: con qué fuerza de palabras y de pensamiento, con qué energía divina, quiere el Señor aterrar a las almas escandalosas. Todo esto equivale a decir que en este versículo aparece en cuánto tenía Jesús en su corazón el pecado de escándalo, cómo ese pecado le llenaba de amargura, de indignación y de celo.
Este es el verdadero espíritu de Jesucristo, y sería bueno establecer una comparación entre el modo como mira el Señor y como estima el pecado de escándalo y ese otro modo como el mismo pecado de escándalo es mirado por los que decimos seguir a Jesucristo. La anchura de conciencia que hay en este punto, la sumisión completa a las leyes del mundo, aunque vayan contra las leyes del Evangelio; la condescendencia y los malos ejemplos con que se difunden los vicios aun entre los mismos que dicen servir a Dios, esa manera tan especial de ver según la cual parece que los escándalos no tienen importancia o son una de esas epidemias irremediables a las cuales hubiera que someterse tácitamente, sin que se vea en los cristianos ese espíritu de celo, ese espíritu de indignación, ese espíritu de amargura al ver cómo se marchitan, hasta por los mismos ejemplos de los que nos llamamos seguidores de Cristo, las flores de la inocencia en las almas, particularmente en las almas de los niños. Es materia esta de la cual no se puede hablar con frialdad. Cuando uno considera el terror que se apodera de las almas cuando se quiere llevar a los niños por camino de piedad, de espíritu de santificación, y, en cambio, cómo se fomenta todo lo que es espíritu de mundo, y la preocupación que se tiene por que ante el mundo los niños sean irreprochables, aunque para eso tengan que poner en peligro la inocencia de sus almas, no se puede menos de pensar que esos sentimientos son antitéticos a estos sentimientos del evangelio y a estos sentimientos del corazón de Jesús. Parece como si el mundo se hubiera vuelto ciego, como si la ley del Evangelio fuera una de tantas ficciones humanas que se pueden abandonar y olvidar, y como si no hubiera más código sino el que el mundo establece en esta materia de escándalos y de perjuicios de las almas. Este sencillo contraste y esta fácil consideración es el único comentario que por hoy queremos poner a las gravísimas palabras de Jesucristo pronunciadas contra aquellos que escandalizan a los pequeñuelos.
Parece que, en cuanto el Señor tocó esta materia del escándalo, ya no pudo dejarla de la mano. Tenía estas cosas tan en el corazón, que no pudo volver los ojos a otra materia distinta; de la abundancia de su corazón hablaron sus labios. Por eso, después de haber hablado de los que escandalizan, habló largamente de los que se ponen en peligro de ofender a Dios, o sea, de los que se exponen a sí mismos al escándalo.
[…]
Quiero notar una particularidad que semejantes palabras ofrecen aquí en el evangelio de San Marcos.
El Señor habla de las ocasiones de pecado, como ya sabéis, y dice que hemos de huir de las ocasiones de pecado, del peligro de manchar nuestra alma, a costa de todos los sacrificios que sea necesario. Para significar cuáles son esos sacrificios, se vale aquí el Señor de una triple enseñanza: aunque lo que nos escandalice fuera tan necesario como uno de nuestros ojos, deberíamos renunciarlo; aunque lo que nos escandalice fuera tan necesario como una de nuestras manos, deberíamos cortarlo y apartarlo; aunque lo que nos escandalice fuera tan necesario como uno de nuestros pies, deberíamos privarnos de él. Termina siempre estas consideraciones el Señor con la misma fórmula: Es mejor hacer esa renuncia y entrar así en la vida eterna, que conservar esas cosas, que son un peligro para el alma, y condenarse para siempre. Luego añade: Donde el gusano de ellos no fallece y el fuego de ellos no se extingue.
Es un modo de hablar que parece que queda como en los oídos, y, cuando uno quiere repetir lo que ha oído, no sabe repetirlo si no es con palabras semejantes. Parece que es una de aquellas cosas que el Señor cuidó con más particular esmero que se conservaran en el ánimo de sus oyentes, y en todas estas cosas encontramos siempre la misma gravísima verdad.
Antes de exponer al alma a un peligro de pecado, de perdición, hay que llegar a todos los sacrificios que sean necesarios, aunque esos sacrificios sean tan graves como perder uno de nuestros ojos, o perder una mano, o perder un pie; aunque sea perder algo que es nuestro, porque lo que va en estos peligros es la eterna salvación, y, en comparación de la eterna salvación, todas las otras cosas que el hombre puede buscar son despreciables o son secundarias.
Pasemos de largo esta materia, que ya otras veces hemos explicado, para llegar a la frase oscura del evangelio que tiene relación con todo esto que acabamos de decir. Pero no pasemos tan de prisa que al menos no dirijamos una mirada a nosotros mismos; una mirada para preguntarnos si esa generosidad tan evangélica, tan divina, tan inculcada por Jesucristo nuestro Señor, con la cual hemos de huir de todo lo que es escándalo, de todo lo que pone a nuestra alma en peligro, es la generosidad que se estila entre las personas buenas y que sirven a Dios. Si esta generosidad es conforme con el espíritu de tolerancia, de condescendencia, de cooperación a las cosas del mundo que tantas veces vemos en las almas; si con estas palabras de Jesucristo se pueden compaginar las excusas que damos para no apartarnos de aquello que sabemos que mata nuestro espíritu y daña nuestro corazón y nos arrastra al pecado; si, cuando hablamos de los sacrificios que sería preciso hacer para apartarse de esas cosas, los sacrificios son tan grandes como los que aquí exige Jesucristo; en una palabra, si esa divina energía tan propia de los hijos de Dios, de los que creen en el Evangelio, de los que dicen amar a Dios, es la energía que tenemos en el corazón, o, por el contrario, esa energía se ha quebrado muchas veces con pretextos de necesidad, con pretextos de sacrificios insoportables, con mil pretextos y mil falacias humanas, hasta el punto de que hemos rodado al abismo, y no una vez, sino muchas veces, haciéndonos la ilusión de que teníamos fuerza para afrontar los peligros que se nos ofrecía.
Relacionadas, como vais a ver pronto, con esta materia del escándalo, sobre la cual nuestro Señor insiste tantas veces en sus predicaciones, están las palabras oscuras del evangelio de San Marcos a que aludíamos hace un momento. Vamos a ver, en primer término, qué significan esas palabras, y luego veréis, sin grande esfuerzo, la relación que tienen con estas otras enseñanzas que ahora hemos recorrido como de paso.
Acerca de esas palabras del evangelio de San Marcos en las cuales se dice que cada uno ha de ser salado con fuego y que toda víctima ha de ser salada, hay un gran número de opiniones, nacidas todas ellas, según mi pobre entender, de que cada comentador ha puesto un énfasis especial en cada palabra de este testimonio. Si, cuando vamos a comentar una de estas frases oscuras del evangelio, tomamos como guía una palabra determinada de la misma frase, toda la frase se transfigura, toma un cierto matiz, porque todo se explica en relación con aquella palabra que nosotros habíamos tomado como clave. Los comentadores, al leer esta frase del evangelio, han sentido provocada su atención a una palabra especial; conforme a esa palabra han querido explicar un texto que es ambiguo, y así le han dado su propia significación y su propio matiz.
Entre todas esas explicaciones, la que parece más verosímil, la que parece encuadrar mejor en este evangelio, que, por otra parte, es una explicación llena de verdad, porque la doctrina que de ella surge es una doctrina clarísima y verdadera a todas luces, es la que os voy a proponer ahora. Tomemos como clave la palabra que parece más clara. Dice el Señor que toda víctima ha de ser salada. Es una palabra que repite casi literalmente otra frase que hay en el sagrado libro del Levítico (2,13). En los sacrificios antiguos había mandado el Señor que fueran saladas las víctimas que se ofrecían. La sal era un elemento indispensable en los sacrificios. Tal vez la significación de esta ceremonia o de esta ley consistía en que la sal era como una señal de paz y reconciliación. Aparecía con frecuencia en todos los pactos que se hacían. El pacto entre Dios y el pueblo judío se recordaba en los sacrificios, y por eso en todas las víctimas había que echar sal. Alude el Señor a estas palabras del Levítico: antes de ofrecer una víctima en el altar, antes de colocarla en el fuego del sacrificio para que la consumiera, esa víctima debía ser preparada con sal.
Esta frase es clarísima, y acerca de ella no puede haber ni discrepancia ni confusión. Tomemos como punto de partida una frase semejante, y, mediante ella, averigüemos lo que significan las otras palabras más oscuras que hay en el principio de este versículo: Cada uno debe ser salado con fuego. La palabra es oscurísima. Cuando dice el Señor cada uno, no sabemos con entera exactitud a quién se refiere, a qué grupo de personas se refiere, o si se refiere universalmente a todos los hombres. No sabemos qué es esta sal de que aquí habla el Señor, porque en realidad la palabra de Cristo que dice han de ser salados con fuego, parece confundir el fuego y la sal, como si el fuego hubiera de cumplir el oficio de la sal, preparando la víctima para el sacrificio.
Estas oscuridades son patentes. Creo, sin embargo, que, si antes de leer esa frase, ponemos una breve consideración relacionada con lo que acabamos de comentar acerca del escándalo y relacionada con otra frase que se refiere a los sacrificios de la antigua ley, pronto queda diáfano el pensamiento. En las palabras relativas al escándalo se habla de sacrificio, de renuncias que es preciso llevar a cabo para evitar el peligro del alma. Ya sabéis que las tribulaciones y los sacrificios se suelen a veces traducir con la palabra fuego: es el fuego de la tribulación el que nos purifica, es el fuego de la tribulación el que nos castiga, es el fuego de la tribulación el que nos enardece; frases como éstas las empleamos a cada paso, y podemos encontrar otras equivalentes en la Sagrada Escritura.
Para ser una víctima agradable a Dios, es decir, para ofrecer nosotros al Señor el sacrificio de nosotros mismos que le debemos, para servirle a Él, para serle agradable, para conquistar el cielo, necesitamos preparar nuestra alma, y una de las preparaciones de nuestra alma guarda una cierta analogía con aquella otra preparación que, mediante la sal, se hacía a las víctimas. Hemos de prepararnos de esta forma: derramando, por decirlo así, una especie de sal en nuestro corazón, y esa sal que prepara las víctimas haciendo agradable esa misma víctima a Dios nuestro Señor es el fuego de la tribulación. ¿Por qué? Porque el fuego de la tribulación nos va purificando, y mediante esas purificaciones podemos presentarnos al Señor como una víctima agradable. Mientras no nos toque ese fuego de la tribulación y del sacrificio, seremos como víctimas impuras; pero, en el momento en que nos pruebe ese fuego del sacrificio y de la tribulación, podemos llegar a ser víctimas puras y agradables a Dios nuestro Señor. Por eso, cada uno de nosotros debe ser preparado para ofrecerse a Dios con esa sal de la tribulación, y particularmente del sacrificio voluntario.
Habla el Señor de los sacrificios voluntarios a que tiene que someterse el que está en peligro de caer en pecado antes de cometer ese pecado, aunque sean sacrificios tan dolorosos como perder un pie, una mano o un ojo; y al hablar de estos sacrificios quiere hacérnoslos amables, diciendo que ésa es la preparación para inmolarnos al Señor y para ser víctimas agradables a su divina majestad.
Así se entiende una palabra que a primera vista parece tan oscura, y es una interpretación que cuadra tan bien aquí con el contexto del evangelio, que yo no puedo menos de elegirla y tomarla como la más verdadera. Mirad ahora cómo se desarrolla el pensamiento del Señor.
A propósito de los niños, habla de aquellos que escandalizan a los pequeñuelos. Con palabras gravísimas, a propósito de esos que escandalizan a los pequeñuelos, habla de los que se exponen a sí mismos al peligro del pecado, al escándalo, que es ése el verdadero peligro, el pecado del escándalo. Y a propósito de los sacrificios que es preciso realizar para huir de los escándalos, a veces sacrificios muy dolorosos, porque hay que apartar de nosotros mismos las cosas y personas que ama ardientemente nuestro corazón, nos dice que ésa es la preparación necesaria para el sacrificio que hemos de ofrecer a Dios nuestro Señor. Y luego, cuando ha desarrollado todas estas ideas, volviéndose a los apóstoles, a quienes estaba predicando, les añade: Buena es la; pero, si la sal perdiera su sabor, ¿con qué se le devolverá? Procurad vosotros conservar esta sal; que haya paz entre vosotros mismos.
Estas últimas palabras se refieren a la discusión que habían traído los discípulos sobre quién de ellos sería el mayor, y que era una ocasión de escándalo que mutuamente se daban y un mal ejemplo, como todo lo que va contra la unión y caridad que predica el Señor con sus palabras y sus ejemplos; y les dice que no quieran ser víctimas que no estén preparadas convenientemente con la sal que el Señor predica, porque ellos tienen la obligación no solamente de conservar esa sal, sino ser la sal del mundo, la sal de la tierra; ser la sal de los corazones y de las almas, lo cual equivale a decir que los que desean participar de esta compañía de Jesucristo, y en alguna manera de su apostolado, han de comenzar por prepararse a sí mismos con la sal de Cristo, que ciertamente es su sabiduría, que ciertamente es su caridad, que ciertamente es su doctrina, que ciertamente es su vida y son sus ejemplos; pero que es principalmente, en esta ocasión, la sal de la abnegación, de la renuncia, de los sacrificios voluntarios.
Es ésta una verdad tan grande, que, cuando el alma se aparta de esa sal, cuando no la quiere recibir, es un alma desagradable a Dios, porque no hay santidad que no esté apoyada en estas renuncias y en estos sacrificios voluntarios si ha de ser esa santidad verdadera. Y, además, es cierto que para trabajar por las almas, y darles a Dios, y darles el buen sabor del Evangelio y de Jesucristo, es preciso que uno lleve esta sal en su corazón. Que, como primera preparación para su apostolado, se abrace con las renuncias y con los sacrificios que Dios nuestro Señor le pida.
Gloria del evangelio es esta que, mediante el sacrificio, nos lleva a la purificación del corazón para que luego podamos comparecer ante nuestro Dios como víctimas inmaculadas. No renunciemos a esta gloria aunque haya momentos en que el sacrificio nos haga temer y desfallecer. Pidamos fuerzas a Jesucristo para que no temamos inmolarnos cuando Él quiera y para que, mediante esas inmolaciones, como víctimas puras, comparezcamos un día en su presencia, hasta que por último seamos recibidos por Él como Él recibe las víctimas agradables en el templo divino de los cielos.
(Alfonso Torres, SJ, Lecciones Sacras, Lección X, BAC, Madrid, 1968. pag. 575-584)