P. Alfonso Torres, S.J.
P. Alfonso Torres, S.J.
El anuncio de la pasión
Hay en los tres evangelistas sinópticos una breve narración que sigue inmediatamente al exordio que comentábamos en las últimas lecciones sacras. Aunque esa narración es tan breve, contiene graves y profundas verdades. Quisiera yo que ella nos bastara para la lección sacra de hoy. Aunque en sustancia los tres evangelistas narran lo mismo, cada uno de ellos añade ciertos pormenores propios.
Por esta causa y porque la narración es más breve, vamos a leer lo que nos dice cada uno de ellos. El evangelista San Mateo, en el capítulo 17 de su evangelio, versículos 22 y 23, dice de esta manera:
Y como ellos conversasen en la Galilea, díjoles Jesús: El Hijo del hombre ha de ser entregado en manos de los hombres. Y le han de quitar la vida y al tercer día resucitará. Y se contristaron en gran manera.
El evangelista San Marcos trae la misma narración de este modo:
Y habiendo salido de allí, iban caminando por la Galilea, y no querían que nadie se enterase. Porque enseñaba a sus discípulos, y les decía que el Hijo del hombre será entregado en manos de los hombres y le quitarán la vida, y, quitada que le fuera la vida, tres días después resucitará. Pero ellos no entendían lo dicho y temían preguntarle (9,30-32).
La misma narración en el sagrado evangelio de San Lucas, capítulo 9, versículos 44 y 45, dice de esta manera:
Dijo a sus discípulos: Poned vosotros en vuestros oídos estas palabras, porque el Hijo del hombre ha de ser entregado en manos de los hombres. Pero ellos no entendían este dicho y estaba para ellos cubierto de un velo, de modo que no percibiesen su sentido; y temían preguntarle sobre el dicho ese.
Vamos a reunir nosotros estas tres narraciones aprovechando todos los pormenores que nos han conservado los sagrados evangelistas. Para introducción de esta lección sacra vienen muy bien unas palabras que el apóstol San Pablo escribió en la primera epístola a los fieles de Corinto. Les decía de esta manera: La palabra de la cruz, para los que se pierden, es decir, para los que van camino de perdición, es necedad; mas para los que se salvan, o, lo que es igual, para los que van camino de salvarse, y añadía el Apóstol, esto es, para nosotros, es la virtud o el poder de Dios (1 Cor 1,18).
Están estas palabras de San Pablo entre aquellas doctrinas que él dio acerca de su predicación. Como el Apóstol se gloriara que Él no había querido enseñar otra cosa en Corinto, sino a Cristo, y éste crucificado, justificaba su propia predicación mostrando a los fieles la importancia que tenía la palabra de la cruz.
Al oírle a San Pablo la importancia de ese misterio dolorosísimo y terrible, comprendemos nosotros muy bien, primero, que Jesucristo nuestro Señor quisiera repetir tantas veces esta enseñanza y quisiera inculcarla con tanta insistencia; y segundo, que el misterio de la cruz deba ser tema predilecto de nuestras predicaciones, o sea, de las predicaciones de aquellos que tienen que anunciar el santo evangelio.
Vamos a ir comentando esas palabras tan graves, paso a paso, por el mismo orden con que las hemos encontrado en los evangelistas y enlazando los tres que nos las han conservado.
Apuntan dos evangelistas, San Mateo y San Marcos, que el Señor dijo estas palabras en la intimidad a sus propios apóstoles. Había salido de aquella pequeña población situada al pie del monte Tabor, donde, según una tradición antigua, había sanado al joven lunático. Comenzó a caminar por Galilea, pero ocultándose de los hombres. El Señor entonces era perseguido, como ya tuvimos ocasión de ver, y huía de aquellos a los cuales antes había buscado con tanta misericordia y con tanto amor.
En este viaje reservado, oculto, sin que podamos nosotros precisar ni el momento ni el lugar de este episodio que comentamos, dijo el Señor las sentencias gravísimas que hemos oído a sus propios discípulos. Es una de aquellas palabras que todavía no podía mostrar diáfanamente a las muchedumbres, porque no estaban éstas dispuestas a recibirlas; una de esas palabras que, como las pronunciadas en la noche de la cena en la intimidad, forman, por decirlo así, lo más delicado y lo más profundo de las predicaciones del Señor.
Antes de enseñar a sus apóstoles las verdades a que ahora aludimos, les llamó poderosamente la atención. Comenzó su propia frase con estas palabras: Poned estas cosas en vuestros oídos. Frases que el traductor latino del evangelio expresó con esta otra: Poned estas cosas en vuestro corazón, sin que sepamos nosotros si el traductor latino encontró en el original la frase que él ha puesto o si la confesión de San Pedro o a lo que debieron decir las muchedumbres cuando el Señor libró del demonio al joven lunático.
Aunque estas opiniones sean respetables, parece la más acertada al evangelio aquella otra según la cual el Señor se refiere a lo que va a decirles en seguida. Invita a sus discípulos en aquella intimidad a que presten la mayor atención a un anuncio, a una sentencia gravísima que Él les va a decir, o, si queréis mejor, que Él les va a repetir. Quería el Señor que aquellas almas percibieran toda la importancia de una enseñanza semejante y que guardaran las enseñanzas en el propio corazón como un gran tesoro.
En la intimidad, llamándoles poderosamente la atención, dice a los suyos que el Hijo del hombre va a ser entregado a los hombres. Va a ser llevado a la muerte, y, después de conducido a la muerte, al tercer día resucitará. No hace más que descubrir, de una manera llana, el misterio de la cruz y de la resurrección. Repite el Señor aquí lo mismo que había dicho a los suyos en otras varias ocasiones, y particularmente después de la confesión de San Pedro. Un anuncio semejante fue el que dio ocasión al santo apóstol para protestar, en cierto modo, de la palabra de Jesucristo; y esa protesta fue laque dio ocasión a una severa reprensión del divino Maestro.
Insiste el Señor en este anuncio por razones que a todos nosotros, que ya hemos recibido la santa fe, nos son fáciles de alcanzar. Se acercaba la hora de la pasión; había que disponer los ánimos para aquel instante a fin de que no flaquearan en la fe y, sobre todo, no faltaran en el amor. Con ese fin de disponer los ánimos, el Señor ahora, cuando se acerca la pasión, repite con más insistencia este anuncio. Además, llevaban aquellos hombres escuchando a Jesús, en público y en privado, más de dos años. Al cabo de ese tiempo debían de estar preparados para aprender esa lección tan difícil, y por eso comienza Jesús a enseñar. Todavía no la aprendieron, y llegará el momento de la crucifixión, y ellos se apartarán de este misterio; pero va el Señor echando una semilla que después, cuando el Espíritu Santo descienda sobre aquellos corazones, germinará y dará gloriosísimos frutos.
Esta es otra razón de anunciarles nuevamente el misterio de la cruz y el misterio de la resurrección. Lo anuncia el Señor con palabras terminantes. Habla de que Él será entregado en manos de los hombres, o lo que es igual, en manos de sus enemigos; y emplea una palabra vaga: será entregado, como para dejarnos a nosotros pensar que Jesús es entregado de muchas maneras. Porque le entrega a la muerte el Padre celestial para la salvación de los hombres; se entrega Él mismo por el amor que tiene a las almas; le entrega un discípulo infiel, traicionándole vilmente; le entregan los judíos, su pueblo escogido, por cuya salvación se afanaba Él principalmente en su predicación, y le entregará, últimamente, un representante de Roma cuando le ponga en manos de los verdugos para ser crucificado.
No huirá de las manos de sus enemigos. Allí pacientemente aceptará todo cuanto el Padre celestial quiera, y llegará hasta la muerte, hasta el supremo sacrificio de su vida, y ese supremo sacrificio, entre dolores y humillaciones profundísimas. Pero, cuando haya bajado a ese abismo de las humillaciones y del sacrificio, cuando haya expirado en la cruz, se habrá echado la semilla para la resurrección, y al tercer día, gloriosamente, abandonará el sepulcro y aparecerá refulgente a los ojos de los suyos.
Son palabras, recordadlas bien, porque nos van a servir luego, en que no cabe ni la menor tergiversación y en que no hay oscuridad. No anuncia el Señor su propia muerte y su propia resurrección valiéndose de un símbolo misterioso o de unas palabras figuradas. Anuncia el Señor su propia muerte y su propia resurrección con palabras las más propias y expresivas, como quien ya quiere acabar de descubrir aquellos misterios divinos, como quien quiere rasgar el velo de sombras que hay ante los ojos de los discípulos, como quien quiere que éstos entiendan cuál es la sabiduría de Dios, cuáles son los designios de la Providencia y cómo ha de terminar aquella obra que Él ha comenzado sembrando la verdad en los corazones de los judíos.
¿Qué aconteció ante este anuncio tan terminante de la muerte y de la resurrección?
Dicen dos evangelistas, San Marcos y San Lucas, que los discípulos no entendieron aquella palabra. Esta afirmación para nosotros es una afirmación oscura, y es oscura porque no entendemos cómo unas palabras tan terminantes pudieran ser desconocidas de los íntimos de Jesús y porque, además, el evangelista San Mateo nos dice que, de oír esas palabras, los apóstoles se entristecieron en gran manera. Si se entristecieron, habían entendido lo que semejantes palabras decían, habían entendido que se hablaba allí de misterios dolorosos de la muerte de su divino Maestro. ¿Cómo, pues, dicen dos evangelistas que los apóstoles no entendieron aquellas palabras?
Los comentadores del evangelio han dado a esta frase evangélica varias interpretaciones. Algunos dicen que entendieron parte de esas palabras, pero no las entendieron todas. Entendieron las palabras en que anunciaba su muerte, pero no entendieron las palabras en que anunciaba su resurrección.
Semejante comentario parece poco probable, porque con la misma claridad con que el Señor habló de su muerte, habló de su resurrección. ¿Cómo entendieron los apóstoles una de esas palabras y no entendieron la otra? Parece una de esas soluciones forzadas como para solventar de cualquier manera una dificultad cuyo nudo no se acaba de entender. Otros piensan que los apóstoles entendieron que el Señor les anunciaba su muerte y su resurrección, pero no entendieron ni los frutos de la muerte ni los frutos de la resurrección; con lo cual, aunque en algún modo entendían esas palabras lo suficientemente para entristecerse, en otro modo no las entendían, porque no profundizaban el misterio que en ellas estaba escondido. Algo más probable parece esta solución; pero como el evangelio no dice que no entendieron los frutos de la muerte ni entendieron los frutos de la resurrección, sino que dice simplemente no entendieron esas palabras, también parece la solución algo violenta.
Piensan algunos que, como los apóstoles estaban acostumbrados a oír a Jesucristo hablar en un lenguaje figurado, quisieron tomar estas palabras en ese mismo lenguaje figurado, y por eso se les hicieron oscuras, no las entendieron; pero es algo inverosímil que unas palabras tan determinadas y precisas pudieran parecer a los apóstoles como palabras llenas de figuras y de misterio, en este sentido que digo.
Parece la solución mejor la que expone uno de los comentadores más doctos del evangelio de San Lucas. Dice así: En toda Escritura hay algo que se llama la letra y hay algo que se llama el espíritu. Así lo hay también en esta palabra del Señor. La letra estaba al alcance de todos; los apóstoles la entendieron; por eso se contristaron; entendieron que se hablaba de morir, y ésta fue la causa de que les invadiera la tristeza. Pero el espíritu era más recóndito, y ese espíritu no lo alcanzaron los apóstoles. Cuando el Señor reprendió a San Pedro después de aquellas palabras suyas en que protestaba de la enseñanza de Cristo relativa a su pasión y a su muerte, apuntó esta idea: que había escuchado el anuncio, no con verdadero espíritu, como guiado por el espíritu del Señor, sino más bien dejándose llevar de la carne y de la sangre.
Aunque estas distinciones de letra y de espíritu para las almas muy carnales no parece que tengan una gran claridad, para vosotros, ciertamente, la tienen. Sabéis muy bien que las palabras de la Escritura siempre ofrecen ese doble aspecto y que se puede conocer perfectamente la letra de la Escritura sin profundizar en el espíritu de la misma, y, si esto acontece en cualquier página de la Biblia, mucho más en las palabras que comentamos, puesto que, si hay algún misterio hondo, difícil de alcanzar para nosotros, contrario a nuestra prudencia y a lo que llamamos nuestra sabiduría, es el misterio profundísimo de la cruz. Tan difícil es sondear este misterio, que aun aquellos que llevan tanto tiempo buscando el modo de servir a Dios, de entregarse a Dios, después de entender otras muchas verdades relativas a la vida espiritual, están completamente a oscuras en el santo misterio de la cruz. Y, aunque ellos no se atrevan a pronunciar con los labios esta sentencia: el misterio de la cruz es necedad, de tal suerte lo van dejando de lado en su vida, de tal suerte van interpretando las cruces que nuestro Señor les envía, que prácticamente van poniendo el mismo comentario que ponen los que están destinados a perecer a esa salvadora palabra de la cruz de Cristo.
Siendo esto así, se explica la frase del evangelio de este modo: los apóstoles entendieron que el Señor les hablaba de su propia muerte; pero no entendieron el espíritu de esas palabras, porque todavía estaban lejos de la sabiduría con que debe entenderse el misterio divino de la cruz. Los apóstoles no alcanzan esa sabiduría después de haber estado más de dos años escuchando al Señor, y de haber insistido varias veces en una doctrina semejante, y haberles dicho que para seguirle a Él no había más que un camino: el camino de negarse cada uno a sí mismo y de tomar su cruz sobre los hombros, y así ir pisando sobre las huellas del Redentor.
Así se explica que los apóstoles no entendieran aquellas palabras; por eso se entristecieron. Precisamente la armonía entre las dos cosas que parecen contrarias en el evangelio está ahí. Si ellos hubieran entendido que, al anunciarles el misterio de la cruz, les anunciaba el gran misterio de las misericordias divinas y del amor divino, que aquellas palabras significaban la suprema efusión de amor que había en el corazón de Jesucristo, es verdad que hubieran sentido alguna tristeza, pero esa tristeza hubiera sido el fundamento para la mayor de las consolaciones. Porque no hay consolación que pueda compararse con la consolación de sentirse amado de Cristo y de ver que las misericordias del Señor son para los hombres. ¿Hay algo que así pueda alegrar nuestro corazón como esta consideración de las misericordias divinas y del amor divino?
Este no entender, que es el propio de los apóstoles, nos alcanza a todos. ¡El misterio de la cruz! ¿Cuántas almas lo entienden? Sólo el soportar con relativa paciencia y mansedumbre, con la indispensable humildad, las cruces que el Señor nos envía, es para nosotros un enorme trabajo. ¿Qué será penetrar en este misterio de la cruz hasta descubrir ahí la sabiduría de Dios, la virtud y el poder de Dios que nos salva, la misericordia divina, el amor de Dios, de tal manera que el alma haga su nido en ese árbol santo de la cruz? Pocas almas acaban por sondear ese misterio profundísimo, que es el misterio corona de la vida de Jesucristo y de la obra de nuestra redención.
Los apóstoles, además, estaban ciegos y no entendían, y dice el sagrado evangelio que esta palabra estaba para ellos como cubierta por un velo. Dios nuestro Señor les predicaba esa palabra. Todavía no llegaba a iluminarles el corazón, como lo iluminó el día de Pentecostés, para que ya penetraran en esa divina sabiduría; pero no les ilumina Dios el corazón porque aquellos corazones no estaban dispuestos. Para entender el misterio de la cruz hace falta ir despojando antes el propio corazón de todo aquello que al misterio de la cruz se oponga. Mientras el corazón no se va ejercitando con la gracia divina en ese amoroso despojo, el corazón no entenderá el misterio sacrosanto de que ahora hablamos. Y los corazones de los discípulos todavía eran corazones mundanos, corazones llenos de vanidad, corazones que tenían fe en las cosas que el mundo ama. Todavía confiaban en esas cosas incluso para la obra del apostolado, y pronto les hemos de ver discutiendo entre sí acerca de primacías muy opuestas al espíritu del Evangelio. Eso era como un velo que les cubría los ojos, como una nube que los oscurecía; eso era algo que estorbaba para que penetrase en sus corazones la palabra salvadora de la cruz de Cristo.
Pero, cuando estaban tratando de interpretar estas palabras de Jesucristo, pensaron interrogarle acerca de ese misterio que tan tenebroso les parecía y que tantas veces les había descubierto el Señor, y dice el sagrado evangelio que no se atrevían a interrogarle. No le interrogaron; y, sin duda, no le interrogaron por todas estas causas que vais a oír: primero, porque temían decir alguna inconveniencia. Cuando San Pedro contestó al Señor a su anuncio de la pasión, mereció ser reprendido. Segundo, porque temían encontrar allí algo muy doloroso. Aunque ellos no profundizaban aquel misterio, entendían lo suficiente para saber que aquello era sacrificio y dolor, y, ante el temor de que se les revelara algo muy doloroso, que les hiciera sufrir y sacrificarse, huían de interrogar. Tercero, porque les faltaba amor. Si hubieran tenido amor a Jesucristo, al ver que Él insistía tantas veces en el anuncio de su cruz y que lo tenía tan grabado en su corazón, no hubieran podido vivir tan lejos de su divino Maestro, tan apartados espiritualmente de Él, ignorando lo que El tanto amaba y tan frecuentemente les predicaba. Que es lo que acontece con frecuencia a las almas.
Mirad esta verdad: nuestra santificación está en la cruz. Es una verdad que naturalmente entendemos todos y que naturalmente repetimos todos, y todos la repetimos de continuo. La santidad está en la cruz; y, aun las personas que hablan menos de la cruz y tienen menos de esta sabiduría celestial que en la cruz se encierra, cuando tienen que hablar en el evangelio de Jesucristo de la palabra de la cruz, anuncian esa ceguera y tibieza. Oímos muchas veces esa palabra, creemos entenderla; se nos habla del Calvario, se nos habla del amor de Jesucristo, pero notamos en nuestra vida que esa palabra no ha entrado en nuestro corazón. Si hubiera entrado, no huiríamos con tanto horror de la cruz, no la recibiríamos con tantas protestas, con tan poca humildad y con tan poca mansedumbre. Si entendiéramos esa palabra, la amaríamos como la han amado todos los que la entendieron, recorreríamos siempre el camino fervoroso de los santos y no sabríamos vivir fuera de la cruz de Cristo; anunciaríamos a Él y le amaríamos a Él, pero siempre crucificado. Y, como estamos tan lejos de estas cosas, ellas nos dan a entender que comprendemos la letra de esa palabra, pero no hemos conseguido todavía penetrar en su espíritu con sabiduría celestial.
¿Qué han de hacer entonces las almas? ¿Enmudecer por el temor de que Jesucristo les anuncie algo muy doloroso y que signifique sacrificio? ¿Huir de la palabra de Cristo y no pedirle que la esclarezca, para librarse así de los tormentos y de los dolores? Este es el camino absurdo de las almas sin amor y de las almas cobardes. Lo que han de hacer las almas es penetrar ese misterio. Porque el misterio de la cruz es tan impenetrable, y al mismo tiempo es tan fundamental y tan divino; porque el misterio de la cruz es palabra de sabiduría y es virtud de Dios para aquellos que se salvan, como diría San Pablo hablando de sí mismo y de sus hijos; pero nosotros, porque sabemos que éste es el supremo amor que hay en el corazón de Cristo, no deberíamos descansar, y deberíamos estar interrogando siempre al Señor, interrogando con insistencia insaciable, hasta que el Señor se dignara descubrirnos ese misterio salvador y amorosísimo.
¡Ah si las almas que oyen tantas veces hablar del misterio de la cruz no tomaran estas palabras como una de tantas fórmulas espirituales que hay que repetir cuando se habla de Jesucristo! ¡Ah si las almas no se contentaran con conocer la letra de esa frase divina, y con ansia, con afán, buscarán penetrar en ese misterio del amor y alcanzar esa sabiduría divina que les descubriera ese misterio! ¡Cómo hallarían el camino corto para llegar en seguida a la santidad; cómo aprenderían a negarse a sí mismas; qué vida espiritual tan fundada, y tan sólida, y tan incontrastable sería la suya; qué cerca se encontrarían de Jesús!
Si alguna vez puede decirse que nuestro corazón late a impulsos del amor de Jesucristo y que hay en nosotros los mismos sentimientos que había en Cristo Jesús, es cuando en nosotros hay el amor a la cruz que en el corazón de Cristo palpitaba. No hay nada que se acerque a Jesucristo como ese entender y ese amar su divina cruz, y hasta podemos decir que ésa es nuestra gloria. Porque el Señor quiso juntar en este anuncio la muerte y la resurrección, no sólo para dar fortaleza a los suyos, sino para hacerles entender que la semilla de la resurrección es la cruz y la semilla de nuestra gloria es nuestra cruz. De modo que, al hablarnos de la cruz y de la muerte de nosotros mismos, nos está hablando de corona y de triunfo, de misericordias y de amor infinito; y quien levanta los ojos y contempla ese amor infinito y esas misericordias, esas coronas y esos triunfos, aunque en su camino se atraviese la cruz de Cristo, no se detiene: toma esa cruz sobre los hombros, comienza a caminar con ardimiento por las sendas de la verdadera virtud, y no descansa hasta haber penetrado en el corazón de nuestro Redentor divino y hasta que llegue el día de ir triunfalmente a recibir el premio de esa cruz en los cielos.
Alfonso Torres, SJ, Lecciones Sacras, Lección IV, BAC, Madrid, 1968. pag. 522-322