P. Alfonso Torres, S.J.
P. Alfonso Torres, S. J.
EL PRIMADO DE PEDRO
En la lección sacra del último domingo empezábamos a explicar aquel episodio evangélico que tuvo lugar en Cesarea de Filipo, y en el cual San Pedro confesó la divinidad de Jesucristo y nuestro divino Redentor le otorgó magníficas promesas.
Explicamos la primera parte de ese episodio, o sea, todo lo que se refiere a la confesión de San Pedro, y nos quedó por explicar la segunda parte, en la que nuestro Señor hace a Pedro las promesas que hemos indicado.
Esa segunda parte del episodio evangélico, según el evangelio de San Mateo, capítulo 16, dice de esta manera:
Y Jesús, replicando, le dijo a él: Bienaventurado eres, Simón Bar Joná, porque carne ni sangre no te lo reveló, sino el Padre mío, que está en los cielos.
Y yo a mi vez te digo a ti que tú eres Pedro, y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia, y las puertas del infierno no prevalecerán contra ella.
Y te daré las llaves del reino de los cielos; y lo que atares sobre la tierra, será atado en los cielos, y lo que desatares sobre la tierra, será desatado en los cielos. Entonces expresamente ordenó a los discípulos que a nadie dijesen que El es el Cristo.
Hay en los sagrados evangelios unos cuantos testimonios que se refieren de una manera expresa a las prerrogativas de San Pedro. De esos testimonios se puede sacar toda la doctrina relativa al romano pontífice. Entre esos testimonios se cuenta el que yo acabo de leeros, y es uno de los principales. Forzando la consideración, apurando hasta el último extremo los argumentos de estas palabras dirigidas por Jesús a San Pedro,
Podríamos sacar íntegro todo un tratado teológico acerca del romano pontífice; pero como las verdades que ahora tendríamos que explicar las vamos a ir encontrando en otros textos del santo evangelio, vamos a reducir nuestra consideración a un solo punto, o sea, a considerar en estas palabras del santo evangelio la autoridad que Jesucristo nuestro Señor confirió a San Pedro para gobernar y regir a la santa Iglesia; en otros términos, lo que llaman los teólogos el primado de jurisdicción de San Pedro.
Sabéis que, cuando se habla del primado de San Pedro, se suele entender esta palabra en sentidos muy diversos. Se habla de un primado de honor: es San Pedro a quien compete el mayor honor en la Iglesia de Jesucristo; se habla de un primado de jurisdicción, y entonces se entiende que San Pedro tiene el poder de gobernar la Iglesia, y de gobernarla con autoridad suprema, y así se va explicando este nombre, primado, en muy diversos sentidos. Para nosotros, ahora significa ese poder supremo de gobernar la Iglesia de Dios, o sea, lo que encierran los teólogos en la frase «primado de jurisdicción».
Antes de explicar las palabras del evangelio, quisiera yo hacerles notar de paso alguna controversia que hay acerca de ellas. Todos entenderán, sin necesidad de otras explicaciones, que estas palabras del evangelio son molestísimas para todos aquellos que no reconocen la autoridad del romano pontífice, y en primer término para los herejes protestantes en cualquiera de sus sectas y en cualquiera de sus manifestaciones. Son molestísimas, porque son el fundamento indestructible de lo que ellos combaten, de lo que ellos niegan, de aquella autoridad contra la cual ellos se rebelaron. Siendo molestísimas para ellos estas palabras, han tratado, como era natural, de quitarles toda su fuerza, y no ha quedado ningún camino por el cual no pretendan llevar adelante su intento.
Principalmente, los ataques que se han dirigido a estas palabras del evangelio son tres: algunos han negado la autenticidad de esta frase evangélica, es decir, han negado que esta frase estuviera primitivamente en el santo evangelio; otros han querido eliminar de estas palabras de Jesucristo la persona de San Pedro, y han querido referirlas a la fe, no a la persona de Pedro, sin buscar en ellas ninguna autoridad. Si lo que quiso Cristo decir es que la confesión de fe de San Pedro era como un fundamento de la Iglesia, era algo así como las llaves y el atar y desatar el reino de los cielos, entonces no tiene derecho San Pedro a recabar para su persona ninguna autoridad; y este camino lo han seguido los protestantes hasta empleando con habilidad unas palabras de los Santos Padres. Por último, ya que no han podido eliminar la persona de San Pedro, han querido que él en esta ocasión no fuera más que un representante de todos los apóstoles, de modo que no es a él solo, personalmente, a quien se da la autoridad de que aquí se habla o a quien se hacen estas magníficas promesas del Señor, sino que es ésta una promesa hecha a todo el colegio apostólico, digamos a toda la Iglesia, que no supone ninguna primacía, ningún privilegio, ninguna autoridad especial en el que nosotros llamamos cabeza de la Iglesia, o sea, en el apóstol San Pedro, y después en cada uno de sus sucesores.
Por estos caminos se ha intentado quitar toda su fuerza, enervar estas palabras del santo evangelio.
Los tres caminos son tan evidentemente equivocados, que, cuando hay que leer en algún tratado de teología las discusiones interminables entre protestantes y católicos acerca de estas palabras del evangelio, no le queda a uno en el ánimo otra sensación que la de cansancio, de hastío; esa sensación que suele quedar cuando se está haciendo una cosa inútil, y, más que inútil, necia. Cada una de esas afirmaciones tiene una refutación evidente, que, reducida a pocas palabras, podría ponerse así: que el texto es auténtico, lo sabemos nosotros, porque no hay ni uno solo de los manuscritos del evangelio, desde los más antiguos que se conocen hasta los más modernos, que no contenga esta frase, que no contenga estas palabras; y como el mayor argumento de la autenticidad es este que yo estoy mencionando ahora, es—como dijo el Señor refiriéndose a San Pablo—empeñarse en dar coces contra el aguijón combatir esa autenticidad.
Aunque os parezca inverosímil, todo el fundamento que han encontrado para combatir la autenticidad de estas palabras evangélicas es que en algunas citas de los Santos Padres se ha alterado alguna palabra del texto; no una palabra que signifique una mutación sustancial del mismo, sino una palabra secundaria. Y porque alguna vez algún escritor eclesiástico o algún Padre ha alterado una palabra secundaria del texto, ya han creído encontrar una razón suficiente para decir que el texto no era auténtico; es decir, todas las veces que nosotros citamos un texto de la Escritura, y no lo citamos literalmente, como está en el texto original o como está en la versión que usamos, pues estamos destruyendo, según ese sistema, la autenticidad de aquel texto bíblico. Alguna vez se empeñan en que ese texto lo debieron citar los que no lo citaron, que es uno de los argumentos más socorridos que hay, a veces, contra la autenticidad de las cosas más históricas, y aun se empeñan en hacerlo en tratados, en libros, que para nada tenían que hablar del sumo pontífice. Es como si nos empeñáramos en que en un tratado acerca de la presencia de Dios debiera haber toda la doctrina del primado de jurisdicción de San Pedro.
Como veis, los argumentos son tan vanos, tan necios, que bien podemos decir que la primera afirmación se refuta de un modo evidente.
La segunda afirmación es igualmente falsa, pues el Señor se refiere a la persona de San Pedro y no se refiere a la fe de San Pedro. Aquí hay un equívoco, y es que, ciertamente, en la escena evangélica que estamos comentando se habla de la persona de San Pedro y de la fe de San Pedro; la razón es muy clara. San Pedro tuvo que hacer una confesión de fe en Cristo nuestro Señor, y a esa confesión de fe responde Jesús haciéndole estas divinas promesas. De alguna manera interviene ahí la fe de San Pedro, y, apoyándose en esa intervención de la fe, se puede oscurecer el sentido de las palabras evangélicas hasta hacer que desaparezca lo que es más evidente.
Las palabras del evangelio, es decir, estas palabras en que nuestro Señor hace a Pedro aquellas grandes promesas que hemos oído, ciertamente se refieren a su persona. No sé yo de qué manera se podría hablar, qué otro modo podríamos encontrar de referirnos a una persona que este que encontramos nosotros en los versículos que ahora comentamos.
Lo mismo que esas dos dificultades anteriores, se puede refutar la tercera con sólo considerar que se trata aquí de un diálogo entre Jesucristo nuestro Señor y San Pedro, y todo lo que se quiera añadir no tiene el menor fundamento en el texto evangélico.
Para no entretenemos en cosas secundarias, dejemos esta primera serie de observaciones y entremos en algo que va más derechamente a nuestro asunto. En el texto evangélico que ahora comentamos, nuestro Señor hace sus promesas a San Pedro valiéndose de una triple metáfora: primero, de la metáfora de una peña, de una roca; segundo, de la metáfora de las llaves, y tercero, valiéndose de esa manera figurada de hablar que encierran las palabras atar y desatar, le da potestad para atar y desatar en el reino de los cielos.
Desentrañando el sentido de esta triple metáfora, se llega a conocer todo lo que en la ocasión presente nuestro divino Redentor prometió a su apóstol y luego le otorgó, como tendremos ocasión de ver cuando expliquemos otras palabras evangélicas.
En la metáfora de la piedra hay algo que no se percibe en nuestra traducción. En nuestra traducción se suele decir: Tú eres Pedro, y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia; pero en realidad el texto debería exponerse así: Tú eres piedra, y sobre esa piedra edificaré mi Iglesia. Al traducirse esas palabras al castellano, para guardar el género correspondiente a cada cosa, se han alterado; pero el sentido verdadero de las mismas es el que expresa la traducción que yo acabo de hacer. ¿Qué puede significar aquí esta frase: Tú eres piedra, roca, y sobre esa roca edificaré yo mi Iglesia? Se trata, naturalmente, de una sociedad humana. La palabra Iglesia, que se usa pocas veces en el Nuevo Testamento, viene a significar aquí lo mismo que esa otra palabra el reino de Dios o el reino de los cielos, que vimos cuando exponíamos las parábolas del lago. Antiguamente, existía esa sociedad espiritual que los judíos llamaban la sinagoga, correspondiendo esta palabra Iglesia en el Nuevo Testamento a la sinagoga del Antiguo. Cristo nuestro Señor habla de su Iglesia, funda su Iglesia, y esa sociedad espiritual, esa sociedad humana, dice El que se fundará sobre una piedra, sobre una roca firme, y esa roca firme será la persona de San Pedro.
Si algo puede significar esta metáfora, y si no queremos atribuir a Jesucristo una palabra vana, hemos de convenir que esa sociedad humana—humana en el sentido de que va a ser compuesta de hombres, porque en otro sentido puede llamarse y debe llamarse divina—tendrá por cabeza y por autoridad al mismo Pedro. Fundar la Iglesia sobre algo, ser el sostén de la Iglesia, ¿qué otra cosa puede significar? Cristo nuestro Señor, al establecer con firmeza esa sociedad de hombres para que subsista, para que viva, le da una autoridad que la gobierne, que la dirija, que la defienda, que sea, en una palabra, su cimiento y su sostén.
Apunta el Señor o acentúa con un nuevo matiz esa metáfora de la piedra, aludiendo a unas palabras del evangelio que explicábamos nosotros cuando hablamos del sermón de la Montaña. Recordarán que el sermón de la Montaña acaba con una parábola. Se habla del hombre que edifica su casa sobre roca viva, y se da a entender que el primero es imprudente, porque su casa se arruinará muy pronto, en cuanto soplen los vientos, en cuanto se desaten las tempestades, en cuanto salgan los torrentes, y, en cambio, se alaba la prudencia de aquel que construyó su casa sobre una roca viva, porque, al construirla así, la hizo como indestructible.
Aludiendo a esa parábola que hay al final del sermón de la Montaña, el Señor, después de haber dicho que va a fundar su Iglesia sobre la roca viva de la persona de Pedro, añade:
Y las puertas del infierno no prevalecerán contra ella.
Se discute si esta palabra ella se refiere directamente a la Iglesia o se refiere a la piedra sobre que está edificada de una manera directa; pero en cualquiera de las dos hipótesis, el sentido es el mismo: si no prevalecen contra la piedra, no prevalecen contra la Iglesia, y, si no prevalecen contra la Iglesia, tampoco prevalecen contra la piedra en la cual la Iglesia está asentada. Esta podría ser una discusión meramente verbal, pero la idea siempre sería la misma: la Iglesia fundada sobre Pedro es indestructible.
Tampoco sabemos con toda certeza lo que significan aquí las puertas del infierno. Hay una interpretación posible, según la cual las puertas del infierno sería una alusión a la muerte, para decir que la Iglesia es indefectible, que no morirá jamás; pero hay otra explicación mucho más ajustada al texto del evangelio, mucho más apoyada en la tradición eclesiástica, según la cual lo que quiere decir aquí el Señor es las potestades infernales, que están señaladas con la palabra puerta del infierno —tomando aquí la palabra puerta en el sentido de tribunal y en el sentido de autoridad, como todavía la tomamos nosotros cuando para hablar de las autoridades del imperio otomano mencionamos la Sublime Puerta, y como muchas veces se emplea en otros lugares de la Sagrada Escritura—; entendiendo esta palabra así, por las potestades infernales, se ajusta uno más al texto evangélico, y lo que quiere significar es que se levantarán contra la Iglesia las potestades del infierno, pero no podrán prevalecer contra ella.
En uno y otro caso, en una y otra significación, lo que afirma el Señor es que contra esa Iglesia que Él va a fundar sobre la roca viva que es Pedro no prevalecerá la muerte y no prevalecerá la persecución. Él es como el hombre que ha sabido edificar sobre roca viva, y al edificar sobre roca viva ha hecho inmune la propia casa, la propia Iglesia, contra todas las tempestades. Se levantarán vientos huracanados, caerán lluvias, se desatarán los torrentes, pero la casa seguirá en pie, la Iglesia sobrevivirá a todos los diluvios, a todas las tormentas; la Iglesia, en una palabra, será inmortal, indefectible. Y será inmortal y será indefectible precisamente por esta razón, porque está fundada sobre la roca viva que es Pedro.
Por si pudiera quedar alguna oscuridad en esta metáfora, el Señor precisa más, y nos hace entender con las palabras del evangelio que siguen que se trata aquí realmente de la autoridad de la Iglesia. Al decir a Pedro: A ti te daré las llaves del reino de los cielos, es decir, de mi Iglesia, porque notad bien que aquí no se habla ahora únicamente del reino de los cielos, que hemos de poseer nosotros después de la muerte, sino que se emplea esta palabra reino de los cielos en el sentido en que tantas veces la hemos visto empleada en el evangelio, para significar la Iglesia que vive aquí, en la tierra. Te daré las llaves del reino de los cielos: esta metáfora de las llaves no ha de entenderse en el sentido pobrísimo de que San Pedro pueda abrir o cerrar a los hombres las puertas de la Iglesia, sino en ese sentido más amplio que suele tener cuando se entregan, como símbolo de autoridad, las llaves de una ciudad al conquistador; que ésta es la alusión que contienen las palabras de Jesucristo: transferir el poder, transferir la autoridad; o simplemente: nombrar un representante suyo, un vicario suyo, es algo que se hace con este símbolo de entregar las llaves, y lo que el Señor hace aquí es decir con una metáfora muy corriente entre los hombres y con unas palabras muy conocidas que el fundar la Iglesia sobre la piedra que es Pedro equivale a este otro: entregar la autoridad de la Iglesia a San Pedro.
Y ¿qué autoridad es ésa? En la tercera metáfora, el Señor completa estas ideas de una manera magnífica. Es la suprema y total autoridad. Porque la palabra de Cristo dice así: Todo lo que tú atares aquí, en la tierra, será atado en el cielo, y todo lo que tú desatares aquí, en la tierra, será desatado en el cielo. Sin entretenemos a ver el significado de esas palabras atar y desatar, que, evidentemente, es un significado moral; no se trata aquí de atar materialmente, sino de atar y desatar en el sentido en que ata y desata el legislador o el juez, es decir, el que tiene autoridad para gobernar, para regir, para mandar; sin entretenemos, repito, en explicar el sentido de esas palabras, al fijarnos en esta otra: cualquier cosa, todo lo que tú atares, será atado, y lo que tú desatares, será desatado, ¿qué se quiere significar o qué se puede significar con palabras semejantes sino que esa autoridad que se entrega a San Pedro cuando sobre él se funda la Iglesia como sobre una roca viva y cuando se le entregan las llaves del reino de los cielos es una autoridad suprema, universal? Es decir, ¿qué se puede significar con esas palabras sino eso que expresamos nosotros cuando, hablando del romano pontífice, le nombramos vicario de Jesucristo? Pedro va a quedar en la tierra como representante de Jesucristo para ejercer su autoridad, para gobernar su Iglesia en nombre del divino Fundador; en una palabra, para tener lo que llaman los teólogos «el primado de jurisdicción».
Siento que un asunto tan importante como éste lo hayamos tenido que explicar de una manera tan atropellada. Sin perjuicio de insistir en el mismo cuando se nos ofrezca una ocasión oportuna y limitándonos ahora a lo que acabáis de oír, no quisiera yo que termináramos esta lección sacra sin sacar algún fruto especial. Claro es que de lo que llevamos dicho ya se saca algún fruto, y es el renovar nuestra fe, renovar nuestra fe en ese primado otorgado por Cristo a San Pedro; pero yo quisiera algo más. Contentarse con que unos fieles que ya creen y se glorían de ser hijos de la Iglesia renueven esa fe, me parece que es contentarse con muy poco. Hay que buscar algo más, y ese algo más podrían ser, los sentimientos que han de brotar en nuestro corazón cuando consideramos, cuando miramos esta escena divina en que Jesús promete la autoridad a San Pedro.
Esos sentimientos pueden ser muchos y pueden ser hermosísimos. Primero, puede ser un sentimiento de gratitud, dejar Jesucristo a San Pedro en su lugar para que gobierne la Iglesia, es dejarnos con una providencia visible y es continuar Él en medio de los hombres para apartarlos de los peligros, para enseñarles el camino de la verdad, para conducirles al cielo; y ya éste es un gran beneficio, al cual corresponde o debe corresponder una inmensa gratitud.
Podríamos nosotros sacar de estas palabras una, confianza; una seguridad, una fortaleza inquebrantable. Está la palabra de Cristo diciéndonos que contra la Iglesia no prevalecerán las puertas del infierno, y, aunque nosotros sintamos rugir en torno nuestro la tempestad y aunque veamos cómo coinciden, cómo se unen, cómo conspiran los perseguidores de la Iglesia, nada tendremos que temer. A nosotros nos podrán quitar las cosas terrenas, que son del mundo; a nosotros nos podrán quitar la honra y la vida, pero la Iglesia no peligra, y mientras nosotros vayamos guiados por el sumo pontífice, sucesor de San Pedro, representante de Jesucristo, sabemos que caminamos hacia la vida y que nadie tendrá poder para arrebatarnos ese tesoro; que lo que se prepara cada vez que se realizan persecuciones nuevas contra la Iglesia son nuevos laureles, son nuevas victorias para la Iglesia de Jesucristo. Y ¡cómo se llena el alma de esperanza, de confianza, de fortaleza, cuando se sabe mirar a través de estas verdades de la fe todo el rugir de la tempestad en torno del solio de San Pedro!
También podríamos, repito, sacar estos sentimientos; pelo, — sobre dodo, hay, dos sentimientos que quizá en esta ocasión son principales. El primero es el de la sumisión y la obediencia. Esta es nuestra obligación estricta con relación a San Pedro y sus sucesores: proceder con humildad y con sumisión, y, notadlo bien, obedecer con obediencia completa, no simplemente con las acciones exteriores de nuestra vida, ejecutando de buena o mala gana lo que emane de la Sede Apostólica, sino obediencia con el entendimiento que es una obediencia rarísima, porque, aunque sea poner un acento de amargura en este comentario del santo evangelio, hay que decir que son pocas las almas que rinden por entero su juicio al gobierno del sumo pontífice. ¡Cuántas veces las palabras del Papa se reciben con poca sinceridad! ¡Cuántas veces se acentúa un aspecto de esas palabras al mismo tiempo que se atenúa otro para no tener que hacer negación de las propias ideas o de las propias tendencias! ¡Cuántas veces hay un brote de soberbia en el corazón para lanzarse a juzgar lo que viene de Roma, y cómo se confrontan las enseñanzas del sucesor de San Pedro con nuestras propias ideas y con nuestras propias opiniones, y hasta cuántas veces, en virtud de una dialéctica malsana, se tuerce el sentido de esas palabras salvadoras y se les quita su eficacia! Almas que estén mirando siempre a lo que viene del Sumo Pontífice, sucesor de San Pedro, y que lo reciban con el corazón dilatado, poniendo toda su buena fe, toda la negación de sí mismos y hasta la de su propio juicio, toda la sumisión cordial que Jesucristo nuestro Señor quiere de nosotros, almas que procedan así, no son muy numerosas, no se encuentran con mucha frecuencia, y, sin embargo, nuestra obligación es ésta, nuestra dulcísima obligación; porque, en vez de habernos condenado el Señor a que con el trabajo de nuestro pobre entendimiento tuviéramos que ir buscando cada momento la senda de nuestra vida, nos ha hecho el beneficio de encender la luz que siempre nos guía y de tendernos una mano que nunca nos abandona, y ¡es tan dulcísima la sumisión, la sumisión que se hace en esta providencia visible de Jesucristo! Brota aquí nuestro amor para que no nos extraviemos, para que no perdamos la senda del reino de los cielos. Por eso a esta providencia habría que añadir el amor.
Nosotros no debemos mirar a la autoridad eclesiástica simplemente como miran, los que no tienen fe, a las autoridades temporales: como a quien tiene la espada en la mano para castigar o para obligar. La autoridad eclesiástica tiene poder para castigar, pero nosotros la hemos de mirar como a una autoridad de paz y una autoridad que podrá pedir de nosotros obediencia amorosa, pedir de nosotros, inmenso amor; inmenso amor que se traduzca, primero, en dolernos de las amarguras que tantas veces anegan el corazón de nuestro Padre común; segundo, en agruparnos en torno suyo como muro indestructible para obedecer sus órdenes y defender sus derechos; tercero, en glorificarle, en promover las obras de su celo y en cooperar con nuestra sumisión cordial a las direcciones de su gobierno y en luchar con él, como buenos soldados, por la gloria de Jesucristo.
Amad al papa, amad al papa, que ha de ser como el amor que tengamos a Jesucristo, a quien el Papa representa. Porque amar al Papa porque tiene talento, amar al Papa porque tiene ciertas condiciones personales, amar al Papa por motivos humanos, eso no es amar al Papa; porque eso es rebajar al Papa y amarle como amaríamos a cualquiera otra persona que no fuera vicario del Señor.
Amar al Papa, propiamente, es amarle porque representa a Cristo, porque es Cristo entre nosotros, porque es la autoridad y el amor de Cristo llamándonos, y defendiéndonos, y salvándonos; y el amor que hemos de poner en él ha de ser como el amor que ponemos en Jesucristo, hasta cerrando los ojos a todo lo demás. ¿Qué importa todo lo otro cuando tenemos esta seguridad completa de que Cristo vive en el Papa y por medio del Papa nos rige, nos gobierna y nos ama?
Pues todos estos sentimientos que yo he enumerado los podemos sacar de la lección sacra de hoy, más especialmente de las dos palabras sumisión cordial y amor; pero poniendo en esa sumisión y en ese amor toda la verdad que corresponde a los cristianos, toda la sinceridad que Cristo quiere en los suyos y toda la efusión y todo el fuego que puede comunicar a nuestras almas la divina caridad. Si de estas palabras de Cristo sacamos un fruto semejante, bien podemos decir que, aunque no hayamos hecho un tratado completo del romano pontífice y aunque no hayamos explicado estas palabras del evangelio con la extensión y minuciosidad que hubiéramos deseado, la lección sacra, repito, no ha sido inútil; hemos encontrado en ella la lumbre de verdad y, sobre todo, frutos de vida eterna.
Alfonso Torres, SJ, Lecciones Sacras, Lección XI, Ed. BAC, Madrid, 1968, 413-423