P. Alfonso Torres, S.J.
P. Alfonso Torres, S.J.
Curación de un sordomudo
El evangelista San Marcos cuenta en particular uno de los milagros que entonces realizó nuestro Señor. Esta narración está en el capítulo 7 de su evangelio, versículos 31 y siguientes, y es como vais a oír:
Y, habiéndose de nuevo partido de los términos de Tiro, vino por Sidón al mar de Galilea por en medio de los términos de la Decápolis.
Y le traen un sordo y mudo, y le suplican que ponga sobre él la mano.
Y, habiéndole sacado de entre la turba aparte, metió los dedos suyos en la oreja de él, y, escupiendo, tocó su lengua. Y; alzando la vista al cielo, dio un gemido, y le dice: «Effetha», que es: Abrete. Y al punto se abrieron los oídos de él y se soltó la atadura de su lengua, y hablaba perfectamente.
Y seguidamente les encargó que a nadie lo dijesen; pero, cuanto más lo encargaba, tanto más ellos lo pregonaban.
Y mucho más se pasmaban, diciendo:
Muy bien lo ha hecho todo; a los sordos
hace oír, y a los sin habla, hablar.
Vamos a explicar los milagros de nuestro Señor que nos ha contado en los versículos … que nos cuenta el evangelista San Marcos.
Para comentar este episodio evangélico declararemos con brevedad los puntos siguientes: primero, las circunstancias en que se realizan todos estos milagros; después, la manera particular como hace el Señor el milagro que cuenta San Marcos y, por último, la impresión que estos milagros produjeron en aquellos que los contemplaban.
[…] abandonó (el Señor) los confines de Tiro, se dirigió hacia Sidón y desde allí volvió a Palestina.
En esa región el Señor no pudo permanecer oculto; le conocieron pronto, y, tal vez porque no había llegado hasta allí la persecución de los escribas y fariseos, volvió a congregarse de nuevo en torno suyo una muchedumbre. Veremos, por la narración que sigue a esta que comentamos hoy, que esa muchedumbre era muy grande. Era una de esas muchedumbres que el Señor había encontrado en su camino en el segundo año de su vida pública, cuando su predicación, su trabajo apostólico, iba, por decirlo así, de triunfo en triunfo.
Estas son las, circunstancias de tiempo y de lugar en que el Señor realizó los milagros que ahora comentamos. El evangelista San Mateo dice que los milagros fueron muchos. Le traían al Señor una verdadera muchedumbre de enfermos, que depositaban a sus pies, y el Señor los curaba a todos. Ya veremos la consecuencia que trajo esta muchedumbre de curaciones y qué ocasión dio a nuestro Señor para de nuevo manifestar su misericordia a aquellas gentes que iban errantes como ovejas sin pastor.
De entre esa muchedumbre de enfermos curados por el Señor, el evangelista San Marcos menciona uno que era sordomudo, y refiere con toda puntualidad de qué manera, por qué medios le curó el Señor de su enfermedad.
Los evangelistas nos dicen que ese enfermo fue llevado a Jesús por otras personas, las cuales intercedieron por él, suplicando al Señor que le impusiera las manos, o, lo que es igual, que le curara imponiéndole las manos. El Señor se resolvió a curarlo, y lo hizo de este modo: apartó al enfermo de la muchedumbre, se retiró con él. Cuando estuvieron solos, introdujo sus dedos divinos en los oídos del enfermo, tocó su lengua con su propia saliva, pronunció la palabra Ábrete en la lengua que entonces se hablaba en Palestina, en arameo, palabra que lo mismo podía significar el desatarse la lengua para hablar que el abrirse los oídos para oír, y el enfermo entonces recobró el habla y recobró el oído.
A esto añade el evangelista San Marcos otro pormenor.
Dice que el Señor gimió y como que se estremeció antes de realizar este milagro y después de haber levantado los ojos al cielo. Todo es claro en esta narración, y únicamente se necesita averiguar, si es posible, las causas de esta manera de proceder algo singular y algo extraña que el Señor emplea en el milagro presente. En otras ocasiones, el Señor cura a los enfermos o imponiéndoles las manos o diciéndoles algunas palabras; en esta ocasión el Señor emplea toda una serie de ceremonias. ¿Por qué estas ceremonias? ¿Por qué estas acciones de nuestro Señor para curar al sordomudo? Esto es lo único que puede quedar oscuro después de haber referido la narración del evangelio, y éste es uno de aquellos puntos en que nadie puede dar una respuesta definitiva y cabal.
Cuando el Señor no se ha dignado manifestar a los hombres de una manera clara por qué realizaba determinadas acciones, los hombres no pueden hacer otra cosa que conjeturar, apoyándose en la analogía que guarda el hecho con otros hechos del Evangelio, en la condición de Jesucristo o en la condición de las personas que recibían aquel milagro. En general, se puede decir que nuestro Señor quiso mostrar en sus milagros toda su omnipotencia y majestad, toda su misericordia y su amor, y para esto fue cambiando las condiciones de los milagros. Unas veces hacía una manifestación pura y simple de su poder y otras veces se valía de las cosas criadas como instrumento para realizar el milagro; así aparecía más ampliamente su omnipotencia divina. En esta ocasión llegó a realizar el milagro valiéndose de estas acciones, ciertamente muy significativas, que nos cuenta el sagrado evangelio de San Marcos.
Miradas espiritualmente estas acciones, cierto, son de un gran significado; pero, aun ateniéndose al comentario literal en los términos del evangelio, creo que podemos descubrir una finalidad de ese procedimiento de nuestro Señor, y la finalidad es ésta: el Señor solía exigir a aquellos en quienes realizaba el milagro que avivaran su fe, y una manera de avivar la fe del sordomudo era esta de apartarse de la muchedumbre, de hacer con él esas acciones. Todo esto daba ocasión a que el ánimo del enfermo se fuera disponiendo para recibir dignamente este beneficio del Señor. Los milagros del Señor no se han de mirar de una manera muy material; hay que pensar que los milagros de Jesucristo también son predicaciones de Cristo, medios de que Él se vale para iluminar las almas y para encender los corazones, vehículos de su gracia sobrenatural; y por esto no se contenta el Señor con dar materialmente la salud, sino que además procura que la salud corporal vaya acompañada de la salud espiritual. Que al lado de ese beneficio material y temporal, el hombre sepa aprovecharse de los beneficios espirituales que con el beneficio material le otorga la misericordia divina.
Que las acciones son significativas, lo habéis podido ver vosotros sin necesidad de más comentario. Cierto; cuando se quiere llevar un alma a Dios, lo primero es apartarla del tumulto de las gentes, del tumulto de la conversación humana, del tumulto de los pensamientos y preocupaciones humanas. Esto es lo primero que se hace. Cuando se quiere convertir un alma a Dios, se la invita a la soledad y al recogimiento, para que en el recogimiento y en la soledad encuentre a su Dios. Y este apartar el Señor al sordomudo de la muchedumbre puede muy bien simbolizar esto de apartar las almas del tumulto de las cosas criadas para que vean y oigan las inspiraciones santas del Señor.
Las almas, cuando están lejos de Dios, se suelen comparar con cuerpos enfermos, mudos, sordos, ciegos. Ciertamente, un alma que está apartada de Dios no tiene oídos para oír las santas inspiraciones del Señor, no tiene ojos para ver las luces del Espíritu Santo, no sabe hablar de las cosas espirituales; su lenguaje es terreno, sus pensamientos son terrenos, y tiene como cerradas las puertas del alma a todo lo que sea sobrenatural y divino.
Abrir el alma a estas luces de lo alto, a esas inspiraciones del Espíritu Santo, a esos beneficios celestiales, es algo que se puede significar muy bien con abrir los oídos a un sordo o con desatar la lengua de un mudo. Parece que el Señor podía indicar muy bien, y quizá indicaba con estas acciones, qué es lo que hemos de hacer nosotros cuando queramos acercarnos a Dios: apartarnos del tumulto de las cosas criadas y luego prestar oído atento a las inspiraciones del Espíritu Santo y disponernos a glorificar al Señor con toda nuestra vida.
Ora el Señor para que aprendan los hombres, siempre que reciben un beneficio celestial, a levantar los ojos al Padre de todas las misericordias, a ver a Dios en esos favores que se les hace; y ora con gemidos; de un lado, para dar a entender el fervor divino de su oración, cómo es su corazón el que trabaja allí, el que se esfuerza allí, y, de otro lado, para mostrar la misericordia que tiene hacia los que sufren, hacia todos los hombres que son víctimas del pecado primero y que van cargados con esa herencia de lágrimas y de dolor. La misericordia y el fervor le hacen como gemir y como clamar. Ciertamente, con eso nos descubre cuál es su misericordia y cómo recibe Él a las almas enfermas cuando las almas saben apartarse del tumulto de las cosas criadas, cuando saben abrir sus oídos a las voces de Dios, a las palabras de Dios, que habla en el recogimiento a nuestro propio corazón, y entonces es cuando experimenta las misericordias del Señor, que por nosotros intercede, por nosotros se apena y sobre nosotros derrama la muchedumbre de sus beneficios celestiales.
Esto es todo lo que nosotros podemos como conjeturar acerca de las causas que obligaron al Señor a realizar el milagro presente en circunstancias tan singulares; esto es todo lo que nosotros podemos ahora decir.
Pero hay, después de este milagro y después de la narración evangélica acerca del mismo, unas palabras que se refieren a la impresión que este milagro produjo en las muchedumbres que lo presenciaron; porque, aunque el Señor se apartó de las muchedumbres con el sordomudo para curarle, todavía el sordomudo, curado ya por el Señor, volvió glorificando a Dios, y las muchedumbres pudieron ver cómo había realizado el milagro, y el evangelista nos dice la impresión que esto produjo en las muchedumbres. La primera impresión fue un como desbordarse de entusiasmo: el Señor les había mandado que guardaran silencio, que no divulgaran aquel prodigio, y las muchedumbres, sin poder contenerse, cuando más recomendaba el Señor silencio, más clamaban glorificando a Dios. Es el caso que ya hemos encontrado otras veces; un caso que no hay que interpretar como una desobediencia obstinada o como un desprecio de las palabras y de las órdenes de Jesús, sino más bien como algo que no se puede evitar. El Señor daba muestras de su modestia, de su humildad, de su prudencia divina, encargando que se guardara el secreto acerca de aquel milagro, y las muchedumbres daban testimonio de su agradecimiento, de su amor y de su entusiasmo no enterándose de la palabra de Jesucristo y clamando para glorificarle y glorificar al Padre celestial.
No hay siempre que interpretar los hechos del evangelio como si hubiera una oposición moral entre lo que ordena el Señor y lo que hacen aquellos que contemplan sus milagros, sino como algo que brota espontáneamente, y que, teniendo las apariencias de una desobediencia, propiamente no lo es. ¿No concebís vosotros que, si el Señor se dignara realizar en nuestros propios ojos, en nuestra presencia, uno de estos milagros, nos quedaríamos como sordos para oír toda palabra en que nos recomendara silencio y circunspección, y no sabríamos otra cosa sino desbordar nuestro entusiasmo, nuestra gratitud y nuestro amor? Pues esto que nos acontecería a nosotros aun deseando complacer al Señor, aun deseando obedecer sus palabras, es lo que acontecía a aquellas muchedumbres.
Lo primero de todo fue, pues, un desbordarse de entusiasmo. ¡Ojalá que cuantas veces recibimos un beneficio del Señor se desbordara así la gratitud nuestro corazón! ¡Ojalá que no nos olvidáramos con tanta facilidad de los beneficios recibidos, contentándonos con alegrarnos de nuestro bien y olvidándonos de dar a Dios las gracias que se le deben por sus misericordias!
En medio de ese entusiasmo, de ese como desbordarse de las muchedumbres, se oyó una palabra de alabanza. En parte, esa palabra de alabanza eta como el recuerdo de una antigua profecía: el profeta Isaías había dicho que en los tiempos mesiánicos andarían los cojos, verían los ciegos, oirían los sordos y hablarían los mudos, y al decir eso: hace hablar a los mudos y hace oír a los sordos, parece como que estaban aludiendo a esa profecía de Isaías, parece como que estaban confesando por Mesías a Jesús; a su modo entienden esta palabra
A aquella alusión se añadía una alabanza clara: Todo lo ha hecho bien. Esa alabanza es una de aquellas palabras hermosísimas del santo evangelio que jamás se deberían olvidar, jamás se deberían borrar de nuestra memoria y de nuestro corazón, y que ellas solas bastan para santificar toda una vida. Muchas veces os habrá atormentado a vosotros (nos ha atormentado a todos, porque, al fin y al cabo, el Señor nos ha dado esta buena voluntad) el deseo de imitar a Jesucristo, y de imitarle muy de cerca, y de imitarle con mucho amor. Quizá en esas ocasiones se os han presentado ante el pensamiento mil maneras de imitar a Jesucristo, y quizá, recordando, por ejemplo, sus virtudes, habéis ido mirando cuáles podíais vosotros realizar de nuevo y cuáles no podíais, cuáles podíais imitar de una manera exacta y cuáles no podíais imitar, y quizá también algunas veces ha entrado como el descorazonamiento, la desilusión, el desencanto en vuestra alma al ver las cumbres por las que caminaba nuestro Redentor divino y al mirar, por otra parte, la propia debilidad, que es incapaz de subir a esas cumbres. ¡Quién sabe! Quizá muchas veces estos pensamientos han cruzado por vuestra mente, y entonces os habréis preguntado: ¿Qué haré yo para imitar a Jesucristo? ¿Tendré yo que cambiar completamente mi vida? ¿Tendré que salirme de las circunstancias en que me veo obligado a vivir? ¿Tendré que tomar otra senda, como si tuviera otra vocación? ¿Qué tendré que hacer? ¿Estará la santificación de mi vida en algo resonante y decisivo que en un momento me transforme y me cambie, de modo que yo deje de ser el que soy y comience a ser el que Dios quiera? Parece que a todos estos titubeos, a esta desorientación del alma y a estos anhelos del corazón responde maravillosamente esta frase del evangelio: Todo lo ha hecho bien.
Apoyándonos en aquella palabra de San Pablo, en la cual se decía: cada uno permanezca en la propia vocación, es decir, en las circunstancias en que Dios nuestro Señor le ha puesto, en vez de pasarse la vida discutiendo si aquellas circunstancias son más favorables o más desfavorables a la virtud, si por ahí se puede uno santificar con más facilidad o con menos facilidad, se debe poner la intención, el pensamiento, el corazón, en santificar cada una de las cosas que se traen entre manos, sean cosas pequeñas o cosas grandes, cosas sin trascendencia o cosas muy trascendentales, cosas públicas o cosas muy ocultas, cosas individuales o cosas colectivas; como las hagamos bien, ciertamente imitamos a Jesucristo y ciertamente agradamos a Dios nuestro Señor.
Y el camino corto y sencillo para santificarnos, para imitar a Jesús, para acercarnos a Dios, es este camino de hacerlo todo bien, desde lo pequeño hasta lo grande, desde lo más individual a lo más colectivo, muy familiar o muy social. Hacer las cosas bien; es decir, hacer las cosas guiados por el Espíritu del Señor, con la recta intenci´no de seguir las santas inspiraciones del Espíritu; hacer las coas bien, no buscándonos a nosotros en las cosas que hacemos, ni dando pábulo a nuestras pasiones, sino procurando satisfacer deseos dormidos de nuestro corazón, sino olvidándonos de ellas para sacar a Dios nuestro Señor; hacer las cosas bien, o, lo que es igual, hacerlas en unión con Dios, porque lo mismo que se une la mente con Dios cuando está recogida en la oración, puede unirse cuando está en medio de su trabajo cotidiano, y aun en medio de esos afanes y esos apremios que las circunstancias de la vida tienen muchas veces, hacer la cosa unidos a Dios, hacerlas bien; es decir, no hacerlas guiados por criterios humanos o por la prudencia de la carne y de la sangre, sino por la palabra del Señor, con fe en esa palabra, sin discutirla, sin pensar en las consecuencias que esa palabra puede tener: he cumplido la palabra del Señor, y esto me basta; hacer las cosas bien, es decir, no hacer las cosas con solicitud inmoderada del éxito o del fracaso, con la solicitud inmoderada del provecho o del perjuicio, de la honra o de la deshonra, del gusto o del sacrificio, sino dejando aparte todas estas cosas, como quien se abandona en Dios, cumple la palabra divina y sigue las inspiraciones del Espíritu Santo; en una palabra, mira únicamente a Dios.
Una vida que se lleva así podrá desenvolverse en cosas triviales, como, por ejemplo, se desenvolvió la vida de San Benito de Labre, pidiendo limosna de puerta en puerta, despreciándolo todo, pasando desconocido, o podrá desenvolverse en una acción tan intensa, tan universal como la acción de San Ignacio de Loyola o como la acción de un San Pablo; pero no por eso al que Dios haya elegido para esas cosas más menudas o pequeñas se santificará menos que aquel otro a quien Él haya elegido para cosas más grandes, universales. Únicamente está el secreto de la santificación en que se haga bien aquello que está conforme con nuestras circunstancias y con nuestra vida, y el secreto de nuestra santificación está en que Dios nos haya elegido para una vida humilde o para una vida gloriosa, para una vida muy escondida o para una vida muy notoria o pública. Ahí está el secreto de la santificación, y todo eso es lo que está encerrado en esas palabras: hacerlo todo bien, y mirando al Señor lo mismo cuando toma el alimento que cuando está en el monte tratando con el Padre celestial, lo mismo cuando soporta pacientemente las injurias de sus enemigos que cuando impera a los vientos y a los mares, lo mismo cuando se oculta con timidez divina que cuando da rostro a sus enemigos y con una palabra los derriba. Mirando al Señor, se ve que siempre todo lo hace bien, y la gran defensa de su vida, y el aroma divino que esa vida esparce, y la gran predilección suya, predicación tácita y eficaz que debía llegar hasta el fondo de los corazones, está en esa vida inmaculada, en esa vida santísima.
Si pensáramos que por ese camino podemos llegar nosotros a ser verdaderos apóstoles de Jesucristo y que no pase un instante de nuestra vida en que no estemos practicando su Evangelio y convirtiendo los corazones, si pensáramos esto, ¡Cómo amaríamos esa frase hermosísima del Evangelio y cómo la llevaríamos escrita en el corazón! ¡Todo lo hizo bien! Yo no sé si Dios me elige para cosas grandes; pero, haciendo bien lo que hago, las acciones cotidianas que llenan mi vida, yo podré ser un gran apóstol. Porque esas acciones son santificar almas, convertirme a mí mismo en sal de la tierra y luz del mundo; esas acciones son una predicación incesante, la mejor de las predicaciones, que es la predicación de una vida humilde, abnegada; de una vida pura, de una vida santa, de una vida conforme con la voluntad del Señor.
Esta es la gran enseñanza, la principal de este episodio evangélico, y éste es el recuerdo que debe quedar en nuestro corazón de la lección sacra de hoy: todo lo hizo bien.
Miremos esta palabra muchas veces, confrontemos con ella nuestra propia vida, propongámonos con amor fervoroso convertirla en norma de todas nuestras acciones, y entonces mereceremos que el Señor nos diga aquella palabra del sermón del Monte: Vosotros sois la sal de la tierra y la luz del mundo. Y si hemos sido sal de la tierra y luz del mundo, hemos conquistado para nosotros la corona eterna de muchísimas almas a quienes pudimos salvar y pudimos santificar con esa vida inmaculada. ¡Quiera el Señor que de tal manera se quede grabada esa palabra en nosotros, que sea el comienzo de una vida santa y que un día merezcamos esta corona que está reservada a los que imitan al Señor y todo lo hacen bien!
Alfonso Torres, SJ, Lecciones Sacras, Lección V, BAC, Madrid, 1968, pag. 340-351