P. Alfonso Torres, S.J.
P. Alfonso Torres, S.J.
Pureza Farisaica
Explicamos en la última lección sacra la primera parte de este episodio. Dijimos qué tradiciones eran esas a que aludían los enemigos de Jesús; comentábamos la palabra de nuestro Señor, en que por su parte alude a otra tradición que era diametralmente contraria al cuarto mandamiento, y, por último, hicimos ver cómo en toda esta discusión estaban enfrente luchando, opuestas, la verdadera y la falsa vida espiritual.
Nos queda por explicar hoy la segunda parte del episodio, la cual, como habréis visto, consta de todas estas cosas. Hay en ella principalmente una palabra del Señor dirigida a las muchedumbres que presenciaban la discusión; hay, además, una respuesta que dio en general a los discípulos cuando éstos le advirtieron que los fariseos se escandalizaban de su doctrina […].
Al lado de esta enseñanza relativa a la pureza legal hay otra que consiste en un juicio dado por nuestro divino Redentor acerca de los maestros de Israel, o sea, acerca de los escribas y de los fariseos que le habían interrogado. Estos son los dos puntos que se tocan en la segunda parte del episodio evangélico que yo os voy a explicar.
Vamos a comenzar declarando con brevedad esos dos puntos, y luego, Dios mediante, sacaremos una doctrina general que de todo el episodio se deduce, y que es la que nos ha de servir a nosotros para entender la verdadera vida espiritual y para amarla y resolvemos a seguirla.
Como habéis visto por la lectura del evangelio y como os explicaba en la última lección sacra, los fariseos daban una importancia tan grande a ciertas purificaciones exteriores, que habían puesto en esa cuestión de las purificaciones toda su atención y todo su celo. Esta había traído como consecuencia el que las purificaciones se multiplicaran y el que estuvieran rodeadas de una serie de ceremonias y de circunstancias que hada muy difícil la observancia de las mismas y creaba una obligación que casi no se podía cumplir para los que seguían su doctrina. Escandalizados de que los apóstoles no guardaban algunas de esas purificaciones, ya que habían visto a los discípulos del Señor comer sin lavarse antes las manos, según la fórmula ritual, interrogaron acerca de esto al Señor. La verdad, lo que se escondía debajo de esa pregunta, las verdaderas intenciones de aquellos hombres, el fondo de la discusión, era otra cosa. Aquella ceremonia exterior era un pretexto; debajo de ese pretexto se ocultaba la realidad de las intenciones, de los propósitos y del mal ánimo con que aquellos hombres se acercaban a Jesús. Vamos a ver si logramos, valiéndonos al mismo evangelio, descubrir el fondo de esa discusión y el espíritu con que aquellos hombres la promovieron. Por lo pronto se descubre esto: aquellos hombres vivían exclusivamente preocupados de lo exterior. Por las palabras que dijo Jesucristo nuestro Señor, y que luego repetiremos, se ve que, mientras procuraban tan escrupulosamente que se guardaran esas purificaciones externas, no cuidaban para nada de la limpieza del corazón. Con la mayor facilidad devoraban los mayores pecados, se manchaban con los más horrendos crímenes.
Ya en la lección sacra precedente pudimos ver esto: se preocupaban de que se hubiera pronunciado, o no, la famosa palabra korban, pero no les importaba que, mediante esa palabra, un mal hijo dejara perecer de hambre a su padre, o un deudor burlara a la justicia y no pagara a su acreedor. De modo que en realidad estos hombres vivían para las cosas exteriores, no poniendo en esas cosas exteriores el espíritu, el deseo, el amor que debe ponerse en ellas cuando son para el servicio del Señor, sino prescindiendo de todo lo que las hermosea y de todo lo que le satisface, y llegando a ser, según la frase del profeta Isaías, que nuestro Señor cita en este pasaje evangélico, unos hombres que honran a Dios con los labios, pero tienen su corazón muy lejos de El.
De esta primera observación; brota una qué casi viene a decir lo mismo con otras palabras, pero que a nosotros nos puede dar nueva luz. Aquellos hombres tenían una idea falsa de la santidad. En la santidad suele haber dos cosas: algo escondido, secreto, y algo que sale al exterior, que se muestra a los ojos de todos. La santidad, fundamentalmente, consiste en el ejercicio heroico de las virtudes; pero unas veces esas virtudes heroicas están revestidas de tal manera en el exterior, que hieren la atención, atraen la mirada, roban el corazón de aquellos que las presencian; y otras veces, por la fuerza misma de las circunstancias, por la práctica de la humildad, por los designios de Dios, no llevan esas circunstancias exteriores, no tienen ese aspecto exterior. Por eso suele haber dos géneros de santidad: una santidad que es muy asequible para el vulgo de los hombres y otra santidad que no lo es tanto.
Hay ciertas manifestaciones externas de virtud que en seguida se canonizan, y se canonizan por la muchedumbre; y hay, en cambio, otras manifestaciones de virtud que pasan inadvertidas a los ojos de la muchedumbre. Cuando simplemente consiste la virtud o la santidad en el ejercicio de abras heroicas del servicio de Dios y no va acompañada de esas formas exteriores que tanto atraen la mirada del vulgo, y que les sirven a-él para canonizar al que practica aquellas obras, entonces el mundo la desconoce. En cambio, aunque no haya esas obras heroicas, como se guarde lo exterior de la santidad, ciertas ceremonias y ciertas manifestaciones exteriores de la piedad, eso solo basta para que el mundo canonice a quien lleva tal conducta y a quien lleva tal vida.
Generalmente, las muchedumbres se pagan de lo puramente exterior. Un santo extraordinariamente austero suele ser un santo que llega a todas las muchedumbres; la austeridad es una manifestación de la virtud que llega a todos los corazones. Mas un santo cuya austeridad no aparezca así, al exterior, y que tenga que vivir discutido, en medio de combates y de luchas, no podrá ser fácilmente un santo popular; ésta no es la santidad que llega a las muchedumbres.
Los fariseos tenían un concepto equivocado de la santidad en este sentido, en cuanto que procuraban que exteriormente se guardaran todas las formas de la santidad. Tenían determinado dónde habían de orar, qué postura habían de tener, con qué hábitos se habían de cubrir, qué ceremonias debían practicar mientras oraban, todo cuanto se refería, por ejemplo, a lo exterior de la oración, y lo mismo al exterior de todas las obras buenas, y en esto ponían la idea de la santidad. Buscaban algo que les consiguiera crédito grande delante del pueblo, y como el pueblo lo que entiende es esa santidad exterior, con ella se contentaban. Pero la santidad verdadera, que consiste en la pureza de corazón, en el heroísmo de la virtud, en el olvido de sí mismo, en vivir buscando únicamente a Dios sin buscarse a sí mismo jamás, aunque haya que llegar a todas las renuncias y haya que aceptar todos los sacrificios, ellos no la entendían. Esa santidad, a sus ojos, era algo que no alcanzaban; algo tan oscuro, que parece que ellos ni siquiera columbraban. De modo que esos hombres tenían un falso concepto de la santidad. Además, como no conocían la virtud verdadera, y, por el contrario, vivían para lo exterior, se escandalizaban de todo lo que era no atenerse a su código de ceremonias externas. EI escándalo de los fariseos en esta ocasión trae a la memoria aquella palabra del sermón de la Montaña, en que nuestro Señor dice: Hipócrita, quita primero la viga de tu ojo, y luego podrás quitar la paja del ojo de tu hermano. No teniendo una idea verdadera de la virtud, siendo voluntariamente ciegos, porque se buscaban a sí mismos y porque no querían otra cosa que conseguir la influencia y la preponderancia en el pueblo, veían todo lo que significaba un quebrantamiento de las ceremonias externas, de su santidad ficticia y se rasgaban las vestiduras y discutían acerca de esos quebrantamientos de la santidad exterior, pero no veían que tenían delante a la misma santidad.
Todos los ejemplos de Jesucristo, todas su virtudes divinas, todos sus heroísmos, su humildad, su condescendencia, su sacrificio, su amor, todo eso pasaba inadvertido a los ojos de aquellos hombres. En cambio, veían la pequeñez de que los discípulos no se habían lavado las manos antes de tomar el alimento. Por otra parte, veían esas cosas en el prójimo, pero no veían en el propio corazón la podredumbre de que les acusa Jesucristo cuando les dice ahora en otros términos, y después con las mismas palabras, que no son más que sepulcros blanqueados, que exteriormente se cuidan de aparecer irreprochables, pero en el corazón admiten toda injusticia y toda maldad,
Ya que estamos en este asunto, permitidme que sigamos describiendo esta forma de falsa piedad y de falsa vida espiritual para que veáis hasta dónde llega la exteriorización de los hombres, aunque esas exteriorizaciones se encubran con la apariencia de vida devota.
En último término, llegamos a una dureza insensata del corazón: Esos hombres tan sensibles para todo lo que era quebrantar, según ellos decían, una ceremonia exterior prescita por los ancianos, y que nada tenía que ver con la ley santa de Dios nuestro Señor; tan sensibles para todo lo que, según ellos, podía escandalizar al pueblo, no tenían inconveniente en convertir las cosas sagradas de la religión en instrumento para practicar la dureza de corazón, la crueldad; hasta la crueldad y le dureza de corazón del hijo con el padre. El egoísmo se apodera de tal modo de los hombres que viven de esa falsa piedad! Entenderán mucho de ceremonias exteriores, pero la verdadera piedad, que consiste en sacrificarse por el prójimo, en vivir para el bien de sus hermanos, en colocarse siempre en el último lugar, cediendo las honras a los otros, está tan lejos de ellos, que más bien se van al extremo contrario, y se hacen insensibles a las lágrimas de su prójimo, y se hacen duros para compadecerse de sus miserias y de sus sufrimientos. Son jueces inexorables que por una mera apariencia, por un mero quebrantamiento exterior de ciertas ceremonias, condenan irremisiblemente al que ha tenido la desgracia de presentirse ante su tribunal. Hasta esa dureza de corazón se puede llegar y es natural que se llegue. El que en la vida espiritual no busca a Dios, no busca el bien de las almas, sino que se busca a sí mismo, cada vez se va encastillando más en su egoísmo, cada vez se va cerrando más en el amor de sí mismo, cada vez se va aislando más de todo lo que es generosidad y amor desinteresado y de todo lo que es buscar simplemente a Dios; y caminando por esa senda de egoísmo, ¿adónde se ha de llegar si no es a la dureza de corazón y a la crueldad para con sus hermanos?
Este es el fondo negro, trágico, que se descubre a través de las palabras con que los fariseos atacan a Jesucristo, y a través también de las palabras amorosísimas con que Jesucristo, nuestro divino Redentor, refuta a esos hombres malvados e hipócritas.
Responde el Señor, diciendo que no es lo exterior lo que contamina; lo que contamina no es lo que viene de fuera, sino lo que sale del corazón.
No interpretéis estas palabras del evangelio como si aquí nuestro divino Maestro hubiera querido darnos una lección minuciosa de casuística, determinando el juicio que en cada caso se ha de hacer acerca de las cosas exteriores, o como si Él hubiera querido resolver con una sola palabra todas las cuestiones que se refieren a lo exterior de la virtud, a lo exterior de la piedad. No es así; el Señor ahora no intenta otra cosa que refutar a sus adversarios y para refutarlos se vale de pensamientos generales que necesitan aclaración, que deben entenderse según la intención de quien los dice, y, si no se entienden según las intenciones de quien los dice y no se aclaran, podrían dar ocasión a graves errores.
El Señor dice así materialmente: que no es lo que se come sin haberse lavado antes las manos, según las prescripciones fariseas, lo que contamina al hombre, o, empleando una palabra que hay en el evangelio de San Marcos, lo que hace común al hombre. En la Sagrada Escritura se distingue lo que es sagrado y lo que pertenece al uso común, y se emplea un término, para hablar de lo que no es sagrado, al que nosotros no estamos acostumbrados. Una cosa que no está dedicada al culto de Dios se llama común, ordinaria, corriente, y, cuando uno emplea mal las ceremonias, las costumbres que se refieren al culto del Señor, y de alguna manera se contamina, se dice de él que ha venido a reducirse a un estado común. De modo que no es lo que se come sin haberse lavado antes las manos, Según el rito de los fariseos, lo que contamina al hombre; no es lo que entra en la boca lo que contamina al hombre, sino lo que sale del corazón es lo que le contamina.
Para señalar que lo que entra en la boca, el alimento quo se toma, no es lo que contamina a los hombres, se vale el Señor de unas palabras enérgicas y despectivas, describiendo así, en rasgos muy generales, todo el fenómeno de la digestión.
Con eso no intenta el Señor decir que no haya cuidado para los alimentos, porque eso equivaldría a decir que habría que borrar del número de las virtudes cristianas la templanza, que no habría que contar en el número de los vicios la gula y que habría que condenar lo mismo que el Señor practicó cuando ayunaba en el desierto. Además, en ese caso significaría la palabra de Jesucristo que El condenaba la ley
Moisés, donde se había establecido la distinción entre alimentos puros y alimentos impuros, cosa ajena a su pensamiento. Lo que quiere decir el Señor sencillamente es esto que no es ahí donde hay que poner la intención, no es allí donde hay que atender; ver la materialidad de las cosas que se comen o ver si están materialmente limpias o no están limpias las manos con que se comen, porque de ahí no viene la mancha del hombre, no se contamina al hombre. Materialmente consideradas, esas cosas no contaminan el alma, que es donde está la verdadera contaminación de que aquí habla nuestro Maestro divino; si contaminan, no es por sí mismas, sino en virtud de ese mandamiento de Dios que prohíbe o manda; y, cuando se quebranta ese mandamiento, entonces se contamina el hombre, no por la materialidad de las cosas, sino por haber quebrantado esa ley; y ese quebrantamiento de la ley no nace de las cosas mismas, sino que nace de la rebeldía del corazón. De modo que aun en ese caso hay que buscar interiormente lo que al hombre contamina, y no creer que, porque se ha reglamentado todo de una manera material y exacta, ya se ha evitado toda contaminación. Además, aun guardando todas esas ceremonias exteriores, en el acto mismo con que se guardan puede el hombre contaminarse, porque puede poner allí la soberbia de su espíritu, puede poner allí su egoísmo, puede poner allí sus pasiones; y en ese caso, aunque exteriormente no aparezca contaminado, interiormente lo está, y lo está con la única contaminación que hay que atender, que es la contaminación del alma.
En este sentido deben entenderse las palabras del Señor; pero, más que nada, teniendo en cuenta que la idea dominante es la siguiente: hasta hoy se cuida demasiado de lo exterior, y no es eso lo que importa; lo que importa es la vida interior, el fondo del corazón; porque mirad—sigue explicando el Señor—, del corazón sale todo lo malo. El corazón nuestro es como el centro del alma; de él sale todo lo malo: salen las maledicencias, salen los falsos testimonios, salen las fornicaciones, salen los adulterios, salen los homicidios, sale cuanto de malo puede practicar el hombre. Todo eso tiene maldad, en cuanto que brota de la voluntad humana, en cuanto que brota del corazón humano, y la fuente de la contaminación está dentro de nosotros, no fuera de nosotros, y ahí es a donde hay que mirar. ¡No pasarse la vida contemplando las cosas exteriores, como se la pasan los fariseos, sino escudriñando el secreto del corazón! Si nuestro corazón es puro, si nosotros nos purificamos, todo ahí será pureza de corazón; pero si nuestro corazón no es puro, aun guardando los mismos ritos religiosos, todo lo contaminaremos de impurificación con las impurezas que llevamos dentro del alma.
Parece que, al oír estas palabras de Jesucristo nuestro Señor se está sintiendo la indignación divina de su corazón. Claro está que esas palabras debieron de quitarle muchas voluntades de aquella gente, que no entendía más santidad que la santidad exterior, que era incapaz de ver en Jesucristo el heroísmo divino de su amor, su humildad profundísima, su amor a la pobreza, sus trabajos incesantes, su espíritu de sacrificio. Toda esa gente que se pagaba de lo exterior, los fariseos, desde aquel mismo instante debieron de huir del Señor, porque no era santo de la misma santidad, y, en cambio, debieron de sumarse a los hombres que con hipocresía eran sencillamente lobos con piel de ovejas. Y la indignación de Jesucristo al ver descarriado a su pueblo así, y enseñado en las falsas doctrinas, y apartado de la verdadera vida espiritual por unas cuantas tradiciones humanas y por unas cuantas enseñanzas humanas, debió de ser infinita, y se siente esa indignación en la manera enérgica con que responde a los que han querido hacerle ver que la verdadera piedad estaba en ceremonias exteriores.
Alfonso Torres, SJ, Lecciones Sacras, Lección III, BAC, Madrid, 1968. pag. 314-322