Manuel de Tuya
Efecto producido por el discurso en los “discípulos” y “apóstoles,”
(Jn.6,60-71)
La enseñanza de Cristo produjo, como era natural, sus efectos. En la muchedumbre los dejó ver el evangelista (v.41.42.52). Aquí va a recoger, por su especial importancia, el efecto producido en dos grupos concretos: 1) en los discípulos (v.60-66), y 2) en los apóstoles (v.67-71).
1) Efecto producido por el discurso en los “discípulos” (6,60-66)
60 Luego de haberle oído, muchos de sus discípulos dijeron: ¡Duras son estas palabras! ¿Quién puede oírlas? 61 Conociendo Jesús que murmuraban de esto sus discípulos, les dijo: ¿Esto os escandaliza? 62 Pues ¿qué sería si vierais al Hijo del hombre subir allí a donde estaba antes? 63 El espíritu es el que da vida; la carne no aprovecha para nada. Las palabras que yo os he hablado son espíritu y son vida; 64 pero hay algunos de vosotros que no creen. Porque sabía Jesús, desde el principio, quiénes eran los que no creían y quién era el que había de entregarle. 65 Y decía: Por esto os dije que nadie puede venir a mí si no le es dado de mi Padre. 66 Desde entonces muchos de sus discípulos se retiraron y ya no le seguían.
Esta doble enseñanza de Cristo produce “escándalo” en los “discípulos.” Estos están contrapuestos a los “apóstoles,” y por este pasaje se sabe que eran “muchos.” En diversas ocasiones, los evangelios hablan de “discípulos” de Cristo. Para ellos era esta enseñanza “dura,” no de comprender, sino de admitir; pues por comprenderla es por lo que no quisieron admitirla. Era doble: que él “bajó” del cielo — su preexistencia divina — y que daba a “comer” su “carne.”
Cristo les responde con algo que es diversamente interpreta-do. Si esto es “escándalo” para ellos, “¿qué sería si lo vieran subir a donde estaba antes?” Por la “communicatio idiomatum” hace ver su origen divino: donde estaba antes era en el cielo (Jua_17:5.24), de donde “bajó” por la encarnación. Esta respuesta de Cristo, para unos vendría a aumentarles el “escándalo,” al ver subir al cielo al que, por lo que decía y exigía, venían a considerar por blasfemo. Para otros, estas palabras que se refieren a la. ascensión serían un principio de solución: verían un cuerpo no sometido a ley de la gravedad; por lo que a un tiempo demostraba, “subiendo a donde estaba antes,” que era Dios, y que podía dar a “comer su carne” de modo prodigioso — eucarístico — sin tener que ser carne partida y sangrante.
Pero, en la perspectiva literaria de Jn, probablemente se refiere a ambas cosas.
Para precisar más el pensamiento, les dice que “el espíritu es el que da vida,” mientras que “la carne no aprovecha para nada.” De esta frase se dan dos interpretaciones:
Pudiera, a primera vista, parecer esta frase un proverbio, ya que Cristo no dice mi carne. Sin embargo, en la psicología judía, el principio vivificador de la carne, de la vida sensitivo-vegetativa — aunque no muy precisa — , no era el “espíritu” (πνεύμα ), sino el “alma” (ψυχή ). Por eso, si la expresión procediese de un proverbio, éste estaría modificado aquí por Cristo, con objeto de que sobre él se aplicase esta sentencia.
Así como la carne sin vida no aprovecha, pues el alma, el espíritu vital, es el que la vitaliza, así aquí, en esta recepción de la carne eucarística de Cristo, que no es carne sangrante ni partida, ella sola nada aprovecharía; pero es carne vitalizada por una realidad espiritual, divina, que es el principio vitalizador de esa carne eucarística, y, en consecuencia, de la nutrición espiritual que causa en los que la reciben. Sería una interpretación en función de lo que se lee en el mismo Jn: “Lo que nace de la carne, es carne; pero lo que nace del Espíritu, es espíritu” (Jua_3:6).
La Eucaristía es la “carne de Dios” (Dei caro), que, por lo mismo, vivifica. Por eso, el concilio de Efeso condenó al que negase que la “carne del Señor” no es “vivificadora,” pues fue hecha propia del Verbo poderoso para vivificar todas las cosas 51.
Otra interpretación está basada en que sólo se afirma con ello la imposibilidad humana de penetrar el misterio encerrado en estas palabras de Cristo. “Carne” o “carne y sangre” son expresiones usuales para expresar el hombre en su sentido de debilidad e impotencia (Jua_1:14; Mat_16:17, etc.). Aquí la “carne,” el hombre que entiende esto al modo carnal, no logra alcanzar el misterio que encierra; sólo se lo da la revelación del “Espíritu.”
En función de la interpretación que se adopte está igualmente la valoración del versículo siguiente: “Las palabras que Yo os he hablado, son espíritu y vida.”
En el segundo caso, el sentido de éstas es: aunque el hombre por sus solas fuerzas no puede penetrar el misterio de esta enseñanza de Cristo si no es por revelación del Espíritu, éste, por Cristo, dice que estas palabras son “espíritu y vida,” porque son portadoras o causadoras para el ser humano de una vida espiritual y divina. En Jn es frecuente que la expresión “es” tenga el sentido de “causar” (Jua_6:35ss).
En el primer caso, el sentido es que las enseñanzas eucarísticas de Cristo — “las palabras que Yo os he hablado” — son vida espiritual, porque esa carne está vitalizada por una realidad espiritual y divina, que es el Verbo hecho carne (Jua_1:14).
En la época de la Reforma se quiso sostener que estas palabras de Cristo corregían la interpretación eucarística del discurso sobre el “Pan de vida” de la segunda sección, insistiendo sobre el sentido espiritual de cuanto había dicho sobre su carne y su sangre. Pero esta posición es científicamente insostenible.
En primer lugar, porque la frase, en sí misma, es ambigua e incidental, y podría tomarse en diversos sentidos. Y, en segundo lugar, porque Cristo no iba a rectificar con una sola frase ambigua, e incidentalmente dicha, todo el realismo eucarístico, insistido, sistematizado y en un constante “crescendo,” de su segundo discurso sobre el “Pan de vida.”
Pero estas enseñanzas de Cristo no encontraron en “muchos” de sus “discípulos” la actitud de fe y sumisión que requerían. Y las palabras que ellos llamaron “duras,” les endurecieron la vida, y no “creyeron” en El; y “desde entonces,” sea en sentido causal (Jua_19:12), sea en un sentido temporal (Jua_19:27), aunque ambos aquí se unen, porque, si fue “entonces” o “desde entonces,” fue precisamente “a causa de esto,” abandonaron a Cristo. En un momento rompieron con El, retrocedieron, y ya “no le seguían.” El verbo griego usado (περιπατούν ) indica gráficamente el retirarse de Cristo y el no seguirle en sus misiones “giradas” por Galilea. Pero el evangelista, conforme a su costumbre, destaca que esto no fue sorpresa para Cristo, pues El sabía “desde el principio” quiénes eran los “no creyentes,” lo mismo que quién le había de entregar. Es, pues, la ciencia sobrenatural de Cristo la que aquí destaca de una manera terminante. Este “desde el principio” al que alude, por la comparación con otros pasajes de Jn (Jua_15:4; 1Jn_2:24; 1Jn_3:11; 2Jn_1:5), hace ver que se trata del momento en que cada uno de ellos fue llamado por Cristo al apostolado.
Juan se complace en destacar frecuentemente la “ciencia” sobrenatural de Cristo.
2) Efecto producido por el discurso en los “apóstoles,” (6:67-71)
Jn, en este capítulo, tan binariamente estructurado, pone ahora la cuestión de fidelidad que Cristo plantea a los “apóstoles.”
El momento histórico preciso al que responde esta escena no exige que sea precisamente a continuación de esta crisis de los “discípulos.” Puede estar estructurado aquí por razón de un contexto lógico.
67 Y dijo Jesús a los Doce: ¿Queréis iros vosotros también? 68 Respondióle Simón Pedro: Señor, ¿a quién iríamos? Tú tienes palabras de vida eterna, 69 y nosotros hemos creído y sabemos que tú eres el Santo de Dios. 70 Respondióle Jesús: ¿No he elegido yo a los Doce? Y uno de vosotros es diablo. 71 Hablaba de Judas Iscariote, porque éste, uno de los Doce, había de entregarle.
Cristo plantea abiertamente el problema de su fidelidad ante El, a causa de esto, a sus “apóstoles.” La partícula interrogativa con que se lo pregunta (μη ) supone una respuesta negativa. No dudaba Cristo de ellos, pero habían de hacer esta confesión en uno de esos momentos trascendentales de la vida.
Y le confiesa que no pueden ir a otro, pues sólo El tiene “palabras de vida eterna,” porque la enseñan y la confieren, como relatan los evangelios.
Y le confiesa por el “Santo de Dios,” que es equivalente al Mesías (Jua_10:36; Mar_1:24). No deja de ser un buen índice de fidelidad histórica, y del entronque de Jn con los sinópticos, el que aquí, en este evangelio del “Hijo de Dios” (Jua_20:31), se conserve esta expresión. Y ante el “Santo de Dios,” el Mesías, no cabe más que oírle y obedecerle. Ya no bastan Moisés ni los profetas 52.
Aquí se contrapone acusadamente su fe en El por los “apóstoles” — “nosotros hemos creído y sabido” — , frente a la incredulidad ligera de los “discípulos” que le abandonaron (Jua_17:8).
Si la confesión de Pedro en nombre de todos era espléndida, había, no obstante, entre ellos un miserable a quien el Padre notraía,” sino a quien arrastraba, como en otras ocasiones, el Diablo (Jua_13:2.27). La presencia de Cristo se muestra una vez más. El había elegido “doce,” pero uno “es diablo.” Este era diablo, no en el sentido etimológico de la palabra, de calumniador u hombre que pone insidias, sino en el sentido de ser ministro de Satanás, como lo dirá Jn en otros pasajes (Jua_13:2.27; Luc_22:3).
El evangelista no omitirá decir que del que hablaba era Judas Iscariote 53, destacando que, siendo uno de los Doce, había de entregarle a los enemigos y a la muerte. Es el estigma con que aparece en el evangelio.
(DE TUYA, M., Evangelio de San Juan, en PROFESORES DE SALAMANCA, Biblia Comentada, BAC, Madrid, Tomo Vb, 1977)