P. Gustavo Pascual, I.V.E.
P. Gustavo Pascual, I.V.E.
EL TESTIMONIO DEL PADRE SOBRE JESÚS EN SU BAUTISMO
Primero, pondremos los textos:
“Y una voz que salía de los cielos decía: Este es mi Hijo amado, en quien me complazco” (Mt 3, 17)
“Y se oyó una voz que venía de los cielos: Tú eres mi Hijo amado, en ti me complazco” (Mc 1, 11)
“Vino una voz del cielo: Tú eres mi hijo; yo hoy te he engendrado” (Lc 3, 22)
En todos los pasajes es una voz que habla del Hijo. Es una voz que viene del cielo.
La voz del cielo da a entender el lugar donde reside el Padre.
En cuanto a lo que dijo la voz: en el Bautismo es igual en los tres sinópticos con la variante que en Mateo señala al Hijo con un pronombre indeterminado “Éste” dirigiéndose a los allí presentes y en Marcos y Lucas usa el pronombre personal “Tú” dirigiéndose al Hijo y así aparece en el texto griego. Sin embargo el texto de Lucas en la Biblia de Jerusalén dice: “Tú eres mi hijo; yo hoy te he engendrado” y anota: Var.: “Tú eres mi Hijo amado, en ti me complazco” sospechosa de armonización con Mt Mc. La literalidad probablemente original de la voz del cielo en Lucas no hace referencia a Is 42 como en Mt y Mc sino al Sal 2, 7.
El cielo
El cielo es la morada de Dios. Allí tiene su trono y allí convoca su corte, “el ejército de los cielos”, que expide y cumple sus órdenes hasta las extremidades del mundo. Es en verdad el Dios del cielo.
La Escritura con sus fórmulas expresa verdades profundas de la realidad de nuestro mundo, de un universo sometido en su totalidad a la soberanía de Dios y penetrado por su mirada. La morada celestial de Dios evoca sin duda alguna en primer lugar su trascendencia invulnerable, pero también la omnipresencia del cielo en torno al hombre, su presencia sumamente próxima. Más de un texto asocia en forma explícita esta distancia infinita y esta proximidad.
Puesto que el Dios de Israel es un Dios salvador y que está en su casa, está allí, por tanto, con su verdad, su gracia y su fidelidad, está allí para derramar la salud sobre la tierra. El cielo, símbolo de la presencia soberana y envolvente de Dios, es también el símbolo de la salvación preparada para la tierra. Por lo demás, del cielo descienden como bendición la lluvia fertilizante y el rocío, expresiones de la generosidad divina y de su gratuidad. Símbolos naturales y recuerdos históricos convergen para hacer de la esperanza de Israel la espera de un acontecimiento venido del cielo.
Ya el rapto de Henoc y el de Elías invitaban a buscar en esta dirección la familiaridad divina, a la que habían sido admitidos. A su vez los videntes de los apocalipsis, Ezequiel, Zacarías, Daniel, reciben del Dios que está en el cielo la revelación de los misterios concernientes al destino de los pueblos; la salvación de Israel se halla, por tanto, escrita en el cielo, del cual va a descender. Desde el cielo desciende Gabriel sobre Daniel para prometerle el fin de la desolación; sobre las nubes del cielo ha de aparecer el Hijo del hombre para que sea dado el imperio a los santos. Finalmente, del cielo es enviado Gabriel a Zacarías y a María, y al cielo retornan los ángeles que se revelan a los pastores. La presencia de sus ángeles entre nosotros es el signo de que Dios ha desgarrado verdaderamente los cielos y de que es Emmanuel, Dios con nosotros.
El cielo es una palabra muy frecuente en el lenguaje de Jesús, pero no designa jamás una realidad que existe por sí misma, independientemente de Dios. Jesús habla del reino de los cielos, de la recompensa en reserva en los cielos, del tesoro que se ha de constituir en los cielos, pero es porque piensa siempre en el Padre que está en los cielos. El cielo es esa presencia paternal, invisible y atenta, que envuelve al mundo, a las aves del cielo, a los justos y a los injustos con su inagotable bondad.
Jesús ha venido y con Él el reino de los cielos. Ha venido para que el reino sea en nosotros una realidad viva y triunfante.
En el Bautismo de Jesús la voz del Padre baja del cielo para proclamar que Jesús es el Mesías.
Parece inspirarse en Isaías (64, 1): se localiza a Dios en el cielo y se pide que se rasguen los cielos y baje. Se añoraban los antiguos profetas, pero se esperaba una nueva intervención de Dios en la historia. Por eso, al abrirse los cielos, en el contexto penitencial del Bautista, indica que Dios baja para iniciar el tiempo salvador prometido (Cf. Hch 10, 9-11; Ap 4, l; Henoc 71, 1).
El abrirse los cielos sería tal vez un resplandor repentino parecido al relámpago. Sabemos por el cuarto evangelio que el Bautista atestiguó haberlo visto, y San Lucas insinúa que también la multitud que allí estaba lo percibió. Parece lo más obvio, ya que aquella manifestación externa, como la voz del Padre, que en seguida se oyó, no era necesaria para Jesús, sino más bien para el pueblo, ante el cual iba a comenzar su predicación. La aparición del Espíritu de Dios en forma visible, como expresamente anota San Lucas, podía recordar a los judíos lo que en el Antiguo Testamento se cuenta de muchos de los profetas, que comenzaban su ministerio profético impulsados por el Espíritu de Yahvé. Era, por parte del Padre, una manifestación de que aquél era el profeta Mesías, tantas veces anunciado y prometido en los sagrados libros. Por lo demás, la figura de una paloma era únicamente un símbolo del Espíritu Santo, que trae al mundo la paz y la amistad con Dios. Después de la humillación de Cristo en el bautismo siguió su glorificación. Cristo se ofreció como víctima de los pecados de los hombres, y en esta manifestación del Espíritu Santo y del Padre se significó de alguna manera el fruto de su oblación. Los cielos, cerrados después del pecado de Adán, se abren, el Espíritu Santo baja a la tierra para reconciliarnos con el Padre y el mismo Padre da testimonio de que aquél es su Hijo, a quien ha enviado para redimir al mundo.
Podemos resaltar en el Bautismo del Señor la imagen del cielo que se abre: sobre Jesús el cielo está abierto. Su comunión con la voluntad del Padre, la “toda justicia” que cumple, abre el cielo, que por su propia esencia es precisamente allí donde se cumple la voluntad de Dios. A ello se añade la proclamación por parte de Dios, el Padre, de la misión de Cristo, pero que no supone un hacer, sino su ser: Él es el Hijo predilecto, sobre el cual descansa el beneplácito de Dios. Junto con el Hijo, se manifiestan, también al Padre y al Espíritu Santo: se preanuncia el misterio del Dios trino, que naturalmente sólo se puede manifestar en profundidad en el transcurso del camino completo de Jesús.
- La voz del Padre
¿A quién va dirigida la voz del Padre?
Va dirigida al pueblo (Mt) que ha bajado al Jordán para hacerse bautizar por Juan. En Marcos y Lucas se dirige a Jesús con la diferencia que en el primero la voz se oyó al salir Jesús del agua y en Lucas cuando estaba orando. En Juan esta voz no aparece ni se dirige a nadie; solamente se da el descenso de la “paloma” como “contraseña” a Juan de que Cristo es el Mesías.
¿Qué dice la voz?
Dice:
“Este es mi Hijo amado, en quien me complazco”.
“Tú eres mi Hijo amado, en ti me complazco”.
El Padre proclama con estas palabras la dignidad del que acaba de ser bautizado. “Mi Hijo, el Amado” añadiendo: “en él me complací”. La frase la traen los tres sinópticos. Se dice que ese Hijo es “el Amado” por excelencia. Los LXX traducen, ordinariamente, por esta expresión la forma hebrea “Yahid”, el “Único”. “El Amado” no indica que Jesús sea el primero entre los iguales, sino que indica una ternura especial; en el Antiguo Testamento no hay gran diferencia entre “amado” y “único”. Es muy probable que aquí “el Amado” pueda ser equivalente del “Único”, o mejor, del “Unigénito”, puesto que habla el Padre. En el Nuevo Testamento es término que se reserva al Mesías. En el caso presente el Padre se dirige a su Hijo divino. En una palabra, aquél es su hijo propio, natural, eterno, imagen perfecta suya y de su bondad.
“En quien me complazco” hemos traducido siguiendo a la Biblia de Jerusalén. La traducción literal sería “en quien me complací”, lo que puede ser la traducción griega o corresponder al perfecto estático semita, que puede, a su vez, corresponder al presente. De ahí el poder traducírsele por me estoy complaciendo siempre.
Las palabras del Padre se refieren al pasaje de Isaías:
“He aquí mi siervo a quien yo sostengo, mi elegido en quien se complace mi alma”.
Respecto de Isaías podemos hablar del gozo que el Padre tiene en su Hijo encarnado, en su Mesías y en su obra. Isaías toca el tema del “Siervo de Yahvé”, y que confirma abiertamente en Mt 12, 18 aunque modificando “siervo” por “hijo”.
Cristo no va como pecador a su bautismo, sino, para cumplir “toda justicia”: el plan de Dios.
El Padre presenta a Cristo no sólo como el verdadero Hijo de Dios, por filiación divina, sino también como el auténtico Mesías, el de la espiritualidad y el dolor, y no el Mesías nacionalista y de triunfalismo político, que estaba esperado en el medio ambiente rabínico y popular. Era el Mesías anunciado por el profeta Isaías, como “Siervo de Yahvé”.
Cristo es presentado, no ya como el simple “Siervo” de Yahvé, ni como el “Elegido” del profeta, sino como verdadero Hijo suyo.
Toda su obra, pues, está “sostenida” y movida por Dios. Por eso ha “puesto” su Espíritu (Santo) sobre él, para que dicte la ley a las naciones. La narración evangélica evoca con esto a Isaías. La obra, pues, de aquel judío que, humildemente, se bautizaba por Juan, era el mismo Mesías-Hijo de Dios.
Aunque también algunos hacen derivar Hijo del Salmo 2:
“Tú eres mi hijo; yo te he engendrado hoy”.
De hecho la Biblia de Jerusalén que seguimos dice: “Tú eres mi hijo; yo hoy te he engendrado” (Lc). Y dice en nota: la literalidad probablemente original de la voz del cielo en Lucas no hace referencia a Isaías como en Mt y Mc sino al Sal 2; más bien que reconocer en Jesús al “Siervo” le presenta como el Rey-Mesías del Salmo, entronizado en el Bautismo para establecer el Reino de Dios en el mundo.
“Yo te he engendrado hoy” es una interpolación proveniente de Sal 2, 7 que no estaba en los códices más antiguos, dice San Agustín. Caso que fuera auténtica esta lectura, con ella sólo se expresaría “la filiación mesiánica” inaugurada hoy que como veremos no es su comienzo sino su manifestación. Sin embargo, la proclamación de la voz del Padre, en Lc, tiene también el sentido de la filiación divina.
El bautismo de Cristo señala el comienzo de su vida pública. Esta escena no significa que Jesús recibiese entonces por primera vez su dignidad mesiánica, ni que éste fuera el momento en que comenzó a tener conciencia de ella, ni que entonces recibiese la plenitud de gracia, ni mucho menos la filiación divina. El Padre declara con sus palabras lo que Cristo es desde su concepción virginal en el vientre de la Virgen. El bautismo de Cristo es solamente el solemne comienzo de su manifestación externa ante el mundo como Mesías e Hijo natural de Dios.