Manuel de Tuya
Enseñanza en la fiesta de la Dedicación
(Jn.10,22-39)
El relato que pone Jn a continuación responde a un tiempo bastante alejado de los últimos acontecimientos. Va a tener lugar en los días de la fiesta de la Dedicación o de las Encenias. Los discursos anteriores debieron de estar más próximos de la fiesta de los Tabernáculos (Jua_7:2; c.9). De ser así, entre ambas fiestas tenían que transcurrir unos dos meses, ya que la fiesta de la Dedicación se celebraba el 25 de Kasleu (nov.dic.), y la de los Tabernáculos en el mes de Tishri (sept.-oct.).
22 Se celebraba entonces en Jerusalén la Dedicación; era invierno, 23 y Jesús se paseaba en el templo por el pórtico de Salomón. 24 Le rodearon, pues, los judíos y le decían: ¿Hasta cuándo vas a tenernos en vilo? Si eres el Mesías, dínoslo claramente. 25 Respondióles Jesús: Os lo dije y no lo creéis; las obras que Yo hago en nombre de mi Padre, ésas dan testimonio de mí; 26 pero vosotros no creéis, porque no sois de mis ovejas. 27 Mis ovejas oyen mi voz, y yo las conozco, y ellas me siguen, 28 y yo les doy la vida eterna, y no perecerán para siempre, y nadie las arrebatará de mi mano. 29 Lo que mi Padre me dio es mejor que todo, y nadie podrá arrebatar nada de la mano de mi Padre. 30 Yo y el Padre somos una sola cosa. 31 De nuevo los judíos trajeron piedras para apedrearle. 32 Jesús les respondió: Muchas obras os he mostrado de parte de mi Padre; ¿por cuál de ellas me apedreáis? 33 Respondiéronle los judíos: Por ninguna obra buena te apedreamos, sino por la blasfemia, porque tú, siendo hombre, te haces Dios. 34 Jesús les replicó: ¿No está escrito en vuestra Ley: “Yo digo: Dioses sois”? 35 Si llama dioses a aquellos a quienes fue dirigida la palabra de Dios, y la Escritura no puede fallar, 36 de aquel a quien el Padre santificó y envió al mundo decís vosotros: “Blasfemas,” porque dije: “Soy Hijo de Dios”? 37 Si no hago las obras de mi Padre, no me creáis; 38 pero si las hago, ya que no me creéis a mí, creed a las obras, para que sepáis y conozcáis que el Padre está en mí, y Yo en el Padre.39 De nuevo buscaban cogerle, pero El se deslizó de entre sus manos.
La escena pasa en Jerusalén, en los días en que se celebraba la fiesta de la Dedicación. El término griego significa “innovar,” y, en sentido derivado, “consagrar” o “dedicar.” En hebreo se llama la fiesta hanukkah (Esd_6:16ss; Dan_3:2), del verbo hanak, “innovar,” “dedicar.”
Esta fiesta tenía por objeto conmemorar anualmente la purificación del templo por Judas Macabeo, en el año 148 de los Seléucidas, que corresponde al 165 a.C., después de la gran profanación que de él había hecho Antíoco IV Epífanes (1Ma_4:36-59; 2Ma_1:2-19; 2Ma_10:1-8).
Comenzaba esta festividad el día 25 del mes de Kasleu (nov.-dic.). La fiesta duraba ocho días (2Ma_10:6). Tenía un ceremonial calcado en el de la fiesta de los Tabernáculos (2Ma_1:9; 2Ma_10:6). Más tarde vino a caracterizarse por las luminarias (2Ma_1:19-22), tanto que se la llamó, por antonomasia, la fiesta de las Luminarias 12. Pero no tanto por las “luminarias” cuanto por la luz de la libertad, según Josefo.
Para la fiesta de la Dedicación no era obligatoria la peregrinación a Jerusalén, como en las otras tres grandes fiestas de Pascua, Pentecostés y Tabernáculos 13.
La escena tiene lugar cuando Cristo “se paseaba” en el templo, por el llamado “pórtico de Salomón.” Así se llamaba a “una sección del pórtico oriental” 14. “Estaba situado este pórtico en la parte exterior oriental del templo y dominaba un profundo valle, el Cedrón; sus muros medían 400 codos (sobre 200 metros), y estaba construido con blanquísimas piedras de sillería, cada una de las cuales medía 20 codos de largo (sobre 10 metros) y seis de alto (unos tres metros); era la obra del rey Salomón,” 15 y el pórtico más antiguo de los conservados.
Probablemente, al referir que se estaba en invierno y que se paseaba Cristo por este pórtico, es que sería lugar acogedor en esta estación del año. Es además una indicación para los lectores de la gentilidad, para precisarles la época de esta fiesta.
En este escenario, un día de la fiesta de la Dedicación, los “judíos,” que son indudablemente, por su argumentación, los fariseos, lo “rodean,” lo estrechan así en un “círculo” para forzarle a una respuesta. Es lo que parece seguirse de todo el episodio, del tipo de argumentación farisaica insidiosamente usada y de su emplazamiento literario en este preludio final yoanneo de la muerte de Cristo. Las ideas, fundamentalmente, se repiten. Así le dicen y preguntan:
“¿Hasta cuándo nos tendrás en suspenso?”; literalmente: “¿Hasta cuándo (tendrás) levantada nuestra alma?”; es decir: le preguntan hasta cuándo los va a tener en incertidumbre sobre algo que les interesa grandemente. Por eso concluyen: “Si eres el Mesías, dínoslo claramente”; y por el término griego usado aquí y en otros pasajes de Jn, probablemente significa, no sólo “claramente,” sino dicho con plena libertad (Jua_7:13.26; Jua_18:20).
Lagrange notó muy bien que “Juan está, por eso, aquí perfectamente de acuerdo con los sinópticos sobre el secreto mesiánico, tan notable, sobre todo, en Marcos.” 16
La respuesta de Cristo es que ya se lo dijo repetidas veces, no tomando la misma palabra de Mesías, pero sí “con las obras,” que, hechas “en nombre de mi Padre,” dan, por lo mismo, testimonio de El. Pero, a pesar de todo, ellos no creen. ¿Por qué? Cristo va a dar la razón honda de esto, al tiempo que, con este motivo, va a hacer una declaración terminante de su divinidad. El razonamiento se puede sintetizar así:
No creen porque no son de sus ovejas,
pues éstas oyen su voz, por lo que se sigue
que por eso no perecerán, [El las conoce, ellos le siguen.
El les da la vida eterna]
pues “nadie las arrebatará de mi mano.”
Y como “esto” (éstas) es don del Padre a Cristo,
nadie puede arrebatar nada del Padre.
Y el Padre y Cristo son “una misma cosa” en esto.
Varios son los puntos doctrinales de este pasaje. Son los siguientes:
1) En la fe en Cristo, y, por tanto, en sus “obras,” que son “signos,” si inmediatamente hay causas diversas, v.gr., malas disposiciones, temor de la “luz” (Jua_3:19-21), espíritu terreno (Jua_8:23), en el fondo de ello existe una “predestinación.” Braun ha escrito, comentando este pasaje: “La doctrina de la predestinación no tiene que hacer nada aquí.” 17 Pero esta afirmación va en contra del contexto del evangelio de Jn, en donde ya se dijo, a propósito de la incredulidad en Cristo, que “nadie puede venir a mí si el Padre no le trae” (Jua_6:44; cf. 8:47), y contra el contexto inmediato, en donde se dice que los que creen en El es don del Padre (v.29).
2) Cristo se presenta con un “conocimiento” sobrenatural y universal de sus ovejas; con un oficio de Pastor que llama a sus ovejas de modo real, aunque misterioso, porque aquéllas “oyen su voz”; con un poder vitalizador, pues les da “la vida eterna” (v.28); y se presenta dotado de un poder trascendente, pues nadie puede “arrebatar de su mano” estas ovejas.
3) Todo este rebaño espiritual es un “don” del Padre a El. Pero la formulación de este hemistiquio tiene una dificultad clásica de lectura y de interpretación. Son las siguientes:
a. “Mi Padre, el que (hos) me dio a mi es más grande que todo.”
b. “Mi Padre, lo que (hos) me dio, es más grande que todo.”
Críticamente, la primera lectura es admitida por muchos, apoyada en los siguientes manuscritos: Β S L W, Vet. lat., Vulg., Tert., HiL, Ag. 18. Por crítica interna se ve que es lectura más fácil. Además deja sin complemento lo que el Padre dio a Cristo. La segunda es la ordinariamente admitida. En ella puede ser traducido el “más grande” por “más precioso” (Mat_23:17.19). Así, su lectura es:
“Lo que el Padre me dio es más precioso que todo.”
¿Qué es eso que el Padre dio a Cristo? A tres pueden reducirse las posiciones.
- a) La naturaleza divina. — San Agustín es el primer representante de esta posición. 19. Entre los exegetas que le han seguido están Cornelio A., Knabenbauer, Patrizi, Lebreton. Con esta posición parece concordar lo que se dice en el concilio IV de Letrán (a. 1215): “El Padre, generando eternamente al Hijo, le da — dedit — su sustancia, conforme a lo que El mismo dice: Lo que me dio el Padre es más grande que todo.” 20 Pero, como nota oportunamente Prat, “se sabe que la prueba escrituraria no es definida con la doctrina que ella ilustra” 21, y los autores católicos lo interpretan diversamente.
- b) El poder divino. — Sería el poder divino que el Padre le había comunicado, tanto para hacer milagros como para conducir las ovejas y darles la vida eterna. Así Belser, Schanz, Tillmann.
Pero el contexto, como se verá, exige otra interpretación, distinta de estas dos propuestas. Cristo no iba a decir algo incoherente. Pues si aludiese a que este don del Padre era la naturaleza divina o el poder divino, ¿quién pretendería “arrebatar” del Hijo la naturaleza divina o el poder divino de que estaba dotado?
c) Las “ovejas” que oyen su voz. — Esta interpretación es exigencia del ritmo conceptual progresivo del pasaje. La garantía de que las ovejas que oyen su voz no perecerán es:
a) “Que nadie las arrebatará de mi mano,” o poder.
b) Porque es un “don” que le dio el Padre, el cual “don” es “más precioso que todas las cosas.” Nada es comparable a la “vida eterna,” que Cristo dispensa (Jua_17:1-4). El mismo lo dijo en otra ocasión: “¿Qué aprovecha al hombre ganar todo el mundo si pierde su alma?” (Mat_16:26; Luc_9:25) 22.
c) Y de la misma manera que nadie puede “arrebatar nada de la mano de mi Padre,” que aquí son las “ovejas,” así tampoco se las puede arrebatar de las suyas.
d) Porque, en definitiva, “Yo y el Padre somos una sola cosa.”
Así, el pensamiento tiene un ritmo de desarrollo progresivo perfectamente lógico. Y conceptualmente encuentra otros pasajes paralelos en el mismo cuarto evangelio (Jua_6:37.39; Jua_17:24; compárese con Jua_17:24).
4) Por último, Cristo, como garantía de este poder salvífico que tiene para sus ovejas, proclama su divinidad, diciendo: “Yo y el Padre somos una cosa” (εν έσμεν ).
Directamente se expresa esta unidad entre el Padre y el Hijo en el poder. El Padre y el Verbo encarnado son “una sola cosa.” Pero lo son no sólo como un profeta, en el plan, conocimiento y actividad de Cristo para su obra salvadora. Sino también, por razón de la persona divina, tiene una “unión” ontológica divina con el Padre.
Esta expresión encuentra su clarificación en la “oración sacerdotal,” en la que Cristo pide al Padre que le glorifique con “la gloria que tuve cerca de ti antes de que el mundo existiese” (Jua_17:5.24), lo mismo que en el “prólogo,” en el que se enseña abiertamente que el Verbo, que se va a encarnar, “era Dios.”
Y que éste es el intento del evangelista no cabe dudarlo después de lo que enseña en el “prólogo,” en la tesis de su evangelio, y por la reacción que recoge de los “judíos” fariseos que le oyeron, pues “trajeron piedras” de las que había allí mismo en el templo aún en construcción, y de las que se sirvieron los judíos en más de una ocasión para apedrear a la guarnición romana 23, “para apedrearle” como blasfemo, pues dijeron que “tú, siendo hombre, te haces Dios” (v.31-33).
Al argumentarle los fariseos, sacando la conclusión que encerraba su enseñanza, que se “hacía Dios,” quisieron “apedrearle,” puesto que este tipo de pena era el que correspondía a los blasfemos. Y el argumento que Cristo va a esgrimir contra ellos es éste:
En la Ley 23, que son los Salmos, pero que Jn cita así en otras ocasiones la Escritura (Jua_7:49; Jua_12:34; Jua_15:25), se lee la siguiente personificación escenográfica: Dios cita a su juicio a los jueces inicuos, y para nombrarles y constituirles como tales, les dice: “Yo dije: Sois dioses — Elohím athem — , todos vosotros hijos del Altísimo” (Sal_82:6). A los jueces, por recibir su poder de Dios (Rom_13:1) y porque “el juicio es de Dios” (Deu_1:17; cf. Deu_19:17), se los llama, en esta mentalidad semita, “dioses,” por participadores de este poder divino (Gen_1:27).
Partiendo de esto, Cristo va a usar un argumento “a fortiori,” de tipo rabínico, llamado “del ligero y de grave” (qal washomer) 24. Y así les argumenta: Si la Escritura, palabra de Dios, que “no puede fallar,” llama “dioses” a unos hombres por participar un simple poder judicial, no puede ser blasfemia que El, a quien el Padre “consagró” y envió al mundo, y la prueba de lo que dice son los milagros, diga que es Hijo de Dios.
Si los fariseos no negaban las obras milagrosas de Cristo, y aquí no las atribuían, como en otras ocasiones, a Satanás (Mat_12:24 par.), el argumento era incontrovertible. Y que no podían hacerlo es lo que decía el ciego de nacimiento: que Dios no oye a los pecadores (Jua_9:31); y los milagros suyos eran tan evidentes, que aquí mismo los alega como testimonios inexcusables; precisamente los milagros fueron lo que hizo creer en El a Nicodemo y a otros grupos de fariseos (Jua_2:23; Jua_3:1-2). Pero no por negarlos desvirtuaban su valor objetivo; tanto que esto les hacía a ellos inexcusables (Jua_9:39-41; Jua_12:37ss; Jua_15:24). Más que un simple juez — “dios” — era el que el Padre envió al mundo como su Mesías, y que, proclamándose el Hijo de Dios, lo rubricaba apologéticamente con milagros.
Por eso alega esto, como en otras ocasiones (Jua_5:36; Jua_10:25; Jua_14:10.11), para que “sepáis y conozcáis” que “el Padre está en mí, y yo en el Padre.”
Si Dios estaba jurídicamente presente en los jueces, tenía que estarlo realmente en el que se decía su Hijo.
Esta presencia mutua del Padre y del Hijo no es sólo una presencia moral, ni aun simplemente física por la acción del milagro, del cual Cristo es instrumento, sino que es más profunda. La presencia moral de Dios, y viceversa, la tenía todo judío piadoso; la física parecería explicarlo. Sería la profunda presencia y unión con el Padre en sus obras, ya que El nada hacía sin el Padre (Jua_5:30). Pero la lógica de la argumentación es que, no habiendo retirado nada de su proposición primera, por la que querían lapidarle, puesto que “tú, siendo hombre, te haces Dios” (Jua_10:33), aquí la conclusión abocaba a lo mismo. Si inmediatamente indica la absoluta “unión” (v.30) y “presencia” (v.38) del Padre y del Hijo en el obrar, está expresándose esta “unión” íntima y total — ontológica — de Cristo con el Padre — el Hijo de Dios encarnado — , que se expuso a propósito del v.30. Esto es lo que entienden los judíos, pues quieren volver a apoderarse de El, sin duda para lapidarle. Pero esto es a lo que lleva por necesidad, además, el intento del evangelista, por la semejanza conceptual con otros pasajes de Cristo y de Juan.
De Cristo basta ver los atributos divinos que reclamó para sí en el capítulo 5 (Jua_5:19-30) 25.
En el capítulo 14 dirá Cristo: “El que me ha visto a mí (como Hijo), ha visto al Padre. El Padre, que mora en mí, hace sus obras. Creedme, que yo estoy en el Padre, y el Padre en mí; al menos, creedlo por las obras” (Jua_14:9-11; cf. Jua_17:21).
Y el evangelista dice del Verbo encarnado que “el Verbo estaba en Dios (en el Padre) 26, y el Verbo era Dios” (Jua_1:1).
Y queriendo apoderarse de El, “se salió de sus manos.” No había llegado su “hora,” tema que tanto cuenta en el evangelio de Jn (Jua_7:30; Jua_8:20, etc.). El mismo logró evadir aquello ¿Cómo? No se dice. “¿Es que la lapidación no había sido más que una amenaza? ¿O acaso el pueblo se puso de su parte?” 27. Acaso, una vez más, la grandeza de Cristo, sin aparatosidad, se impone.
(DE TUYA, M., Evangelio de San Juan, en PROFESORES DE SALAMANCA, Biblia Comentada, Tomo Vb, BAC, Madrid, 1977)