P. Alfredo Sáenz, S.J.
P. Alfredo Sáenz, S.J.
EL MANDAMIENTO NUEVO
Siempre que escuchamos el presente texto evangélico, viene a nuestro recuerdo aquella anécdota que cuentan del apóstol San Juan. Siendo éste anciano, se le acercaban sus discípulos para pedirle algún consejo, y el Apóstol reiteradamente respondía: "Amaos los unos a los otros". Un día le preguntaron por qué siempre respondía lo mismo, a lo que contestó: "Porque ese es el mandato del Señor y su solo cumplimiento basta". Al parecer, había quedado muy grabado en su mente aquel mandamiento nuevo que Cristo promulgó en la Última Cena.
No deja de llamar la atención que el Señor diga que se trata de un mandamiento "nuevo". El mandamiento del amor al prójimo ya existía en el Antiguo Testamento, ya tenía vigencia en el pueblo de Israel. ¿En qué consistía, pues, la novedad de este mandamiento? En el modo o la manera con que se debe amar. Por eso Jesús aclara: "Así como Yo os he amado, amaos también vosotros los unos a los otros". Eso es lo nuevo: amar al prójimo hasta el punto de estar dispuesto a dar la vida por él, si así fuera preciso.
El mandato de la caridad quedó tan grabado en el corazón no sólo de los discípulos sino también de los primeros cristianos, que su ejercicio constituyó el factor decisivo que hizo crecer la Iglesia naciente, según lo atestigua el libro de los Hechos de los Apóstoles, hasta terminar por convertir al Imperio Romano al cristianismo. De allí la famosa expresión que los paganos empleaban refiriéndose a los cristianos: "Mirad cómo se aman".
Y es que la caridad, esa virtud sobrenatural que infunde Dios en nuestras almas, por la que amamos a Dios sobre todas las cosas, y a nosotros y al prójimo por Dios, es, a la vez, una fuerza de cohesión, ya que tiende a unificar el cuerpo de la Iglesia, y una fuerza de expansión o irradiación, ya que a lo largo de los siglos no deja de atraer a los hombres al seno de la Iglesia. Por eso la caridad fue una originalidad del cristianismo, dado que el mundo disperso por el pecado original y sus consecuencias no era capaz de establecer una sólida cohesión entre sus miembros.
Si la caridad es una fuerza, nada más opuesto a ella que la debilidad malsana. Bien decía San Agustín que "hay que amar al prójimo porque Dios está en él o para que Dios esté en él". Si se lo quiere amar para tratar de que Dios esté en él, se requiere que en el que ama haya esa fortaleza divina que busca el bien en el otro y que es la caridad. Muchas veces la debilidad de los buenos es por falta de caridad. La caridad no es complaciente ni permisivista a ultranza. Si así lo fuera, no sería verdadera caridad. Si un padre no corrige a su hijo que va por mal camino, en realidad no estaría buscando su bien. Es cierto que la corrección deberá brotar de la caridad y no del encono, y deberá hacerse buscando el modo y el momento, pero deberá hacerse.
Tampoco debe confundirse el amor sobrenatural con el amor puramente pasional, que fácilmente se desorbita y desordena. La caridad no es solamente afectiva sino, por sobre todo, efectiva, buscando el bien natural del amado pero considerándolo desde la óptica del bien sobrenatural.
Asimismo la caridad ha de evitar el error del ilusionismo, es decir, del amor puramente abstracto, amando a los que están lejos sin tener en cuenta a aquellos que nos rodean. Sería una evasión engañosa del verdadero concepto de la caridad, ya que si bien la caridad es universal y debe extenderse a todos, necesariamente habrá de concretarse en los que están más cerca, aquel con el cual comparto el tiempo y el lugar.
De este modo la caridad tendrá las características que señalara San Pablo: "es paciente, es servicial, no es envidiosa, no es jactanciosa, no se engríe, es decorosa, no busca su interés..." Podríase decir que el amor de caridad concretado en el prójimo es algo así como el termómetro o el pulso de nuestro amor a Dios. Bien ha escrito San Juan: "El que dice que ama a Dios a quien no ve, pero odia a su hermano a quien ve, es un mentiroso". La caridad es efectiva, operante. Debemos amar "no de palabra y con la lengua, sino con obras y de verdad", como afirma el mismo San Juan. Si nuestra caridad con el prójimo se acrecienta, señal es de que ha aumentado en nosotros el amor a Dios.
Será preciso que tengamos especial cuidado por evitar todo lo que se oponga a la verdadera caridad, como el odio, el rencor, la calumnia, la difamación, el juicio temerario, la murmuración, el desear el mal a los demás...
Dentro de todas las posibles formas de caridad, el apostolado es la más eminente, ya que no se limita a atender las necesidades materiales del prójimo, sino que se dirige a subvenir su necesidad más apremiante que es la sobrenatural, busca darle a Dios, llevarlo a la gracia, conducirlo a Jesucristo. Precisamente en la primera lectura de este domingo hemos escuchado cómo el apóstol San Pablo y su compañero Bernabé, encendidos por el celo apostólico, recorrían pueblo tras pueblo, y retornaban una y otra vez a las ciudades donde ya habían predicado, para confesar y exhortar a sus discípulos a perseverar en la fe. Todo ello es una expresión de la caridad apostólica que los caracterizaba.
El apostolado es una exigencia para el cristiano, exigencia derivada del carácter bautismal. No se trata, por cierto, de un mero impulso proselitista o propagandístico, sino que debe constituir una verdadera expresión de la caridad, debe ser una especie de desborde de la caridad, de la contemplación, que vuelca en el prójimo aquello de lo que se ha tenido experiencia. Así lo entendía San Juan cuando escribía al comienzo de su primera epístola: "Lo que hemos oído, lo que hemos visto con nuestros ojos, lo que tocaron nuestras manos acerca de la Palabra de vida... eso es lo que os anunciarnos". El celo apostólico es como un fuego interior. San Pablo, el apóstol por antonomasia, se lanzaba a la labor apostólica sin importarle las dificultades, amenazas, torturas, peligros de muerte, con tal de predicar a Cristo.
Para terminar, aludamos a lo que nos refiere San Juan, en la segunda lectura de hoy, tomada del Apocalipsis. Allí nos muestra cuál es el desemboque de la caridad: el cielo. "Vi la ciudad santa, la nueva Jerusalén, que descendía del cielo y venía de Dios, embellecida como una novia preparada para recibir a su esposo". El discípulo amado nos muestra ese término para animarnos a practicar aquí la caridad, para que las dificultades del camino no nos desalienten o enfríen nuestra caridad. Al término de la carrera está el cielo. Al fin y al cabo, ¿qué es la caridad sino el cielo que comienza aquí en la tierra? Allí, nos sigue diciendo el Apocalipsis, "Dios secará toda lágrima, y no habrá más muerte, ni pena, ni queja, ni dolor, porque todo lo de antes pasó". Lo de "antes" es lo de la tierra, cuando todavía vivimos en las penumbras de la fe, y en las ansiedades de la esperanza. Lo de allí sería el triunfo de la caridad. Como lo ha enseñado San Pablo: "Ahora permanecen estas tres cosas: la fe, la esperanza y la caridad, pero la más excelente de ellas es la caridad". La fe será reemplazada por la visión, la esperanza por la posesión, pero la caridad permanecerá en el cielo, jamás perecerá.
Dentro de algunos instantes recibiremos el Amor de los Amores, a aquel que "habiendo amado a los suyos, los amó hasta el fin". Pidámosle que nos dé la gracia para nos vayamos ejercitando en el amor al prójimo, para que hagamos nuestro su mandamiento y logremos amar a los demás como El nos ha amado.
(SAENZ, A., Palabra y Vida, Ciclo C, Ediciones Gladius, Buenos Aires, 1994, p. 159-162)