Blog: Monasterio de la Sagrada Familia – P. Jason Jorquera: lacasadesantaana.vozcatolica.com
Las benditas almas del purgatorio y el sentido cristiano de la muerte
Como sabemos, la santa Iglesia de Jesucristo, está formada por todas las almas que mediante la gracia se unen verdaderamente a Dios en una misma fe. Pero esta iglesia se encuentra en tres estados distintos que se fundirán en uno solo después del día del juicio final. Estos tres estados son: la iglesia militante (nosotros…); la iglesia purgante (las benditas almas del purgatorio…) y finalmente la iglesia triunfante, conformada por todas las almas que ya se encuentran gozando del cielo.
Nosotros ayer celebramos la solemnidad de la Iglesia triunfante, hacia la cual todos nosotros peregrinamos en esta vida. Y hoy se nos invita especialmente a conmemorar a las almas de todos los fieles difuntos.
Una “conmemoración” es la Memoria o recuerdo que se hace de alguien o algo, especialmente si se celebra con un acto o ceremonia, es por eso que en este día, se ofrece la santa Misa por todos los fieles difuntos, y se nos invita a rezar especialmente por las almas que ya han dejado la tierra pero aún no han llegado al cielo.
¿Quiénes son estas almas que aún no han llegado al cielo?, todos aquellos bautizados que murieron con la esperanza de la resurrección al fin de los tiempos y se encuentran ahora en el purgatorio. Es decir, que esta santa misa se ofrece por todos nuestros familiares y amigos, conocidos o no, por todos los hombres y mujeres de fe que nos precedieron en el camino al Cielo. Es cierto que ellos ya pueden estar gozando del Cielo, pero sólo Dios sabe si ya lo hicieron o si les hacen falta oraciones que los ayuden a terminar de purificarse para entrar en la gloria.
La tradición de rezar por los muertos se remonta a los primeros tiempos del cristianismo, en donde ya se honraba su recuerdo y se ofrecían oraciones y sacrificios por ellos, de hecho san Isidoro de Sevilla escribía lo siguiente: « Ofrecer el sacrificio por el descanso de los difuntos (…) es una costumbre observada en el mundo entero. Por eso creemos que se trata de una costumbre enseñada por los mismos Apóstoles. En efecto, la Iglesia católica la observa en todas partes; y si ella no creyera que se les perdonan los pecados a los fieles difuntos, no haría limosnas por sus almas, ni ofrecería por ellas el sacrificio a Dios.»[1]
Debemos recordar que cuando una persona muere, ya no es capaz por sí misma de hacer más para alcanzar el Cielo, porque los méritos sólo se pueden alcanzar en esta vida (después de la muerte no podemos hacer más méritos, como tampoco podemos perderlos, es imposible); por otro lado, hay que mencionar también que en el purgatorio las almas para poder purificarse sufren, aunque este sufrimiento, por grande que pueda ser, se alivia por la esperanza del Cielo. La esperanza del descanso eterno da fortaleza a aquellas almas para sufrir los dolores de la purificación: El purgatorio –podríamos decir que- es como un gran desierto, después del cual hay un oasis eterno. Sin embargo, nosotros los vivos sí podemos ofrecer sufragios para que el difunto alcance finalmente la terna salvación; y estos sufragios son las oraciones, sacrificios, limosnas, Misas etc., que ofrecemos por ellos. ¿Cómo se entiende esto? Se entiende a la luz de la comunión de los santos; o sea, que los cristianos del Cielo y los de la tierra pueden interceder por las almas que se encuentran en el purgatorio terminando de purificarse antes de entrar al cielo, pero que ciertamente van a entrar.
Para comprender mejor la necesidad de rezar por los fieles difuntos es conveniente tratar un poco acerca del sentido cristiano de la muerte, que es lo que nos tiene que motivar a estar siempre preparados para cuando la muerte nos toque la puerta; porque, como dice aquel adagio: “la muerte está tan segura de sí misma, que nos da toda una vida de ventaja”. (No importa si es larga o corta, de todas maneras llegará).
De la muerte, en sentido general, sabemos con certeza 3 cosas:
– 1º que es cierta en su venida… (nadie puede escapar de ella… no es racista ni discrimina a nadie)
– 2º que es incierta en el tiempo y circunstancias… (en cualquier momento)
– 3º que nos vamos a morir una sola vez… el día del juicio será la resurrección…
Sin embargo, en cuanto somos creyentes e hijos de Dios por el bautismo, también sabemos otras cosas respecto a la muerte, pero que son de otro orden, porque son verdades no ya de orden humano sino de orden sobrenatural, como por ejemplo:
– (la 1ª gran verdad) Que la muerte vino por culpa del pecado: No es Dios quien hizo la muerte ni se complace cuando perecen los vivos (Sab 1,13); la muerte es una consecuencia del pecado, y el pecado lo cometió el hombre.
– (2ª gran verdad) Que “Dios creó inmortal al hombre, lo hizo a imagen de su propia naturaleza. Fue por envidia del diablo que entró la muerte en el mundo” (Sab 2, 23-24)
– (3ª gran verdad) Que Dios se hizo hombre y participó de nuestra muerte para destruir con Su muerte al que tenía el imperio de la muerte, es decir al Diablo, y librar a aquellos que por el temor de la muerte estaban sujetos a servidumbre durante toda su vida (Hb 2,14).
A la luz de estas verdades reveladas podemos hablar más claramente del sentido cristiano de la muerte… es decir, no ya como el castigo más terrible del pecado, sino como el verdadero umbral de la casa de Dios para toda alma creyente que se encuentra con ella estando en gracia de Dios.
Este sentido sobrenatural de la muerte comienza con la resurrección de Jesucristo. A partir de ella la esperanza del paraíso revive, la fe se robustece y la caridad se enciende en deseos de imitar a aquel que venció la muerte por su obediencia al Padre.
Enseña el catecismo: «En la muerte Dios llama al hombre hacia Sí. Por eso, el cristiano puede experimentar hacia la muerte un deseo semejante al de San Pablo: “Deseo partir y estar con Cristo” (Flp 1, 23); y puede transformar su propia muerte en un acto de obediencia y de amor hacia el Padre, a ejemplo de Cristo (cf. Lc 23, 46)»[2]
Por eso dice la liturgia de este día en el prefacio de los difuntos: “La vida de los que en ti creemos, Señor, no termina, se transforma; y, al deshacerse nuestra morada terrenal, adquirimos una mansión eterna en el cielo.”(MR, Prefacio de difuntos).
«La muerte es el fin de la peregrinación terrena del hombre, del tiempo de gracia y de misericordia que Dios le ofrece para realizar su vida terrena según el designio divino y para decidir su último destino.»[3]
Por eso cantaba san Francisco de Asís en su conocido cántico a las creaturas:
Y por la hermana muerte,
¡loado mi Señor!
Ningún viviente escapa de su persecución;
¡ay si en pecado grave sorprende al pecador!
¡Dichosos los que cumplen la voluntad de Dios!
… En esta última frase está todo el gran secreto del sentido cristiano de la muerte: “¡Dichosos los que cumplen la voluntad de Dios!”, porque el que es fiel a los mandamientos y aprovecha los sacramentos no tiene por qué temer la muerte, y así, el único temor que debería tener el cristiano es el temor de llegar a ofender a Dios.
Éste es el sentido cristiano de la muerte: el saber que para el alma fiel no es más que un paso desde el tiempo hacia la eternidad. Pero un paso que a veces se retarda cuando todavía han quedado algunos pecados veniales por terminar de purificar, y es en este lugar de purificación y espera donde están las almas que pueden acortar ese tiempo de entrada en el Cielo mediante nuestras oraciones, limosnas y sacrificios por ellos… pero principalmente nuestra oración, porque: Nuestra oración por los muertos puede no solamente ayudarles, sino también hacer eficaz su intercesión a nuestro favor. Porque cuando un alma del purgatorio pasa al cielo, comienza a interceder por aquellos que rezaron por ella en la tierra.
Ésta es la gran diferencia entre la muerte del cristiano fiel y la del impío: el impío se asusta o desespera, en cambio el fiel, el que tiene la conciencia tranquila delante Dios, se duerme lleno de paz y esperanza. Ésta es la esperanza que anima a las almas de los fieles difuntos y que debe animarnos también a nosotros a rezar por ellas.
Que María santísima, Reina y Señora de los cielos, nos alcance la gracia de vivir constantemente pensando en el Cielo.
P. Jason Jorquera M.
[1] San Isidoro de Sevilla, Sobre los oficios eclesiásticos, 1
[2] Catecismo de la Iglesia Católica nº 1011
[3] Catecismo de la Iglesia Católica nº 1013
Una respuesta
Gracias Padre por su hermosa reflexión. Hoy le pido especialmente oración por el eterno descanso dei padre Heriberto y mis abuelitos José y Delia, también por mi sobrino Danielito.
Y ya que en su monasterio se dedican a la oración por las vocaciones, le pido oración por mis tres hijos. Uno es seminarista (Agustín)y los otros dos quieren serlo (Mercedes y Francesco)